9 oct. 2010

La paz en medio oriente

El errado proceso de paz de Obama

Por Shlomo Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel y vicepresidente del Centro Internacional para la Paz de Toledo. Es autor de Scars of war, wounds of peace: the israeli-arab tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia israelo-árabe)
Traducido por Carlos Manzano
Publicado en EL PAÍS, 09/10/10):
Desde su comienzo en Oslo, hace casi dos décadas, el proceso de paz israelo-palestino ha estado obstaculizado por el mal funcionamiento de los sistemas políticos de las dos partes.
La capacidad de mando del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, rehén de una coalición imposible y de un movimiento proasentamientos de fanáticos que van por libre, está gravemente comprometida.
Sus homólogos palestinos no están en mejor posición. Hoy, la camarilla que rodea al presidente palestino, Mahmud Abbas, encarna la amarga decepción que ha sido para los palestinos el proceso de paz que se inició con el acuerdo de Oslo. Además, la Autoridad Palestina no ha llegado a representar a la mayoría de los palestinos ni a gobernar por medios democráticos.
El mandato presidencial de Abbas ha expirado y se están aplazando constantemente las elecciones. El primer ministro de la Autoridad Palestina, Salam Fayad, como sus homólogos de Gaza, gobierna mediante decretos, mantiene inactivo el Parlamento y silencia a la oposición. Al carecer de legitimidad democrática institucionalizada, la Autoridad Palestina ha de depender por fuerza de sus fuerzas de seguridad y de las del ocupante, Israel, para imponer el cumplimiento de sus órdenes.
Naturalmente, a lo largo de la Historia los movimientos de liberación nacional han tenido que marginar a sus elementos radicales y fanáticos para llegar a la Tierra Prometida. Así fue en el caso del sionismo, del Resurgimiento italiano y, en época más reciente, de los católicos de Irlanda del Norte. Pero la facción marginada nunca representó a la mayoría democráticamente elegida, así que no es probable que un proceso de paz concebido para debilitar y aislar a los vencedores de unas elecciones -Hamás- avance demasiado.
Como George W. Bush, el presidente Barack Obama limita sus contactos diplomáticos en gran medida a los amigos en vez de a los enemigos. Eso, más que ninguna otra cosa, explica la desconexión cada vez mayor entre la opinión pública árabe y el Gobierno de Obama.
La suposición, cara a los arquitectos del proceso actual, de que se puede lograr la paz metiendo una cuña entre los “moderados” y los “extremistas” es una concepción fatalmente errada. En este caso la paradoja es doble. No solo se negocia con los “moderados” ilegítimos, sino que, además, precisamente por su déficit de legitimidad es por lo que los moderados se ven obligados a mostrarse inflexibles sobre las cuestiones básicas, no vaya a ser que los radicales los califiquen de traidores.
El peligroso déficit de legitimidad de los negociadores palestinos -y, de hecho, la desorien
-tación de todo el movimiento nacional palestino- se refleja en el regreso de la OLP a su época anterior a Arafat, cuando era un instrumento de los regímenes árabes en lugar de un movimiento autónomo. Quien dio luz verde a los negociadores actuales fue la Liga Árabe, no los representantes democráticamente elegidos del pueblo palestino.
La aceptación por parte de Obama de la afirmación del primer ministro Netanyahu: “sorprenderé, porque no habrá límites” si Israel es reconocido como un Estado judío y se aceptan sus necesidades en materia de seguridad, ha hecho posible el proceso actual. Pero la seguridad máxima -por ejemplo, un calendario insoportablemente largo para la retirada, exigencias territoriales inmoderadas y presentadas como necesidades en materia de seguridad, una presencia israelí en el valle del Jordán y un control completo del espacio aéreo y del espectro electromagnético- chocaría inevitablemente con la concepción que tienen los palestinos de lo que supone la soberanía.
Para Netanyahu, la creación de un Estado palestino significa el fin del conflicto y también de las reclamaciones. Al volver a plantear la exigencia por parte de Israel de ser reconocido como el Estado del pueblo judío, está obligando a los palestinos a insistir aún más en las cuestiones iniciales del conflicto, la primera de las cuales es el supuesto “derecho de regreso” de los palestinos que huyeron o fueron expulsados a consecuencia de la independencia israelí en 1948.
Abbas es demasiado débil y comprometido para aceptar solución final alguna que pueda convenir a Netanyahu. Arafat estableció el criterio de lo que es aceptable y lo que no y Abbas no puede permitirse el lujo de desviarse de él. Como reconoció en una reciente entrevista concedida al periódico palestino Al Quds, si se le presionara para que hiciera concesiones sobre principios palestinos sagrados, como, por ejemplo, los relativos a los refugiados, a Jerusalén y a las fronteras, “haría la maleta y se marcharía”.
No es imposible que, con la participación de Hamás, un acuerdo pudiera poner fin a la ocupación, si no al conflicto. Dicho de otro modo, en semejante proceso se abordarían las cuestiones de 1967 -delimitación de una frontera (incluida Jerusalén), retirada y desmantelamiento de los asentamientos, aplicación de acuerdos en materia de seguridad y asunción por parte de los palestinos de la responsabilidad plena de la gobernación-, al tiempo que se aplazaran para un momento futuro las de 1948.
Hamás es un interlocutor mucho más cómodo para semejante solución que la OLP. Curiosamente, Hamás e Israel podrían tener más terreno común que Israel y la OLP. Israel quiere poner fin al conflicto, pero no es capaz de pagar el precio correspondiente, mientras que Hamás puede conciliar mejor su ideología con un acuerdo de paz con Israel, en caso de que no se lo considere definitivo.
El fin del conflicto, como el requisito de que se reconozca a Israel como un Estado judío, es un concepto que ha adquirido innecesariamente un significado mítico. En lugar de insistir en lo que los palestinos no pueden conceder, Israel debería centrarse en lo esencial: la legitimidad internacional de sus fronteras. Ya en 1947, la resolución 181 de las Naciones Unidas reconoció a Israel como Estado judío e, incluso si los negociadores palestinos acordaran poner fin al conflicto de una vez por todas, la probabilidad de que todas las facciones palestinas acatasen semejante acuerdo es nula.
Sea cual fuere el rumbo que se siga, hoy la gran cuestión es la relativa al enigma que es Bibi Netanyahu, un aspirante a Churchill convencido de que su misión es la de frustrar los designios del nuevo imperio chiíta del mal representado por Irán, cosa que requiere la buena voluntad de la comunidad internacional, en particular del Gobierno de Obama.
No resulta totalmente traído por los pelos suponer que Netanyahu haya calculado finalmente que, si necesita mayor margen de maniobra para afrontar a Irán, debe participar en el proceso de paz con los palestinos.
Pero en ese caso la aquiescencia iraní, no las relaciones pacíficas con una Palestina independiente, podría ser el verdadero objetivo de Bibi.

Palestinos

¿Quién representa a los palestinos?/Por Said Aburish, periodista y escritor palestino, autor de Naser, el último árabe

LA VANGUARDIA, 09/10/10;

Los palestinos son un pueblo dado a los extremos. A pesar de ser considerados los árabes más avanzados, han seguido a un charlatán y a un artista del trapecio durante casi cien años. El gran muftí de Jerusalén, en cierto modo el primer ayatolá, los condujo a una desastrosa alianza con Hitler y los fascistas durante la Segunda Guerra Mundial. Tras ella, la mayor parte del mundo respaldó la reivindicación sionista a expensas de los palestinos. Al muftí le siguió Yasir Arafat, quien, totalmente desprovisto de visión estratégica, completó el desastre respaldando a Sadam Husein en contra de los kuwaitíes, las Naciones Unidas y la coalición anti-Sadam.
En la actualidad es el anodino Mahmud Abas (Abu Mazen),sin capacidad alguna de seducción – un compatriota palestino dijo de él que era la encarnación de la palabra aburrimiento-,quien prepara a su pueblo para lo que parece una rendición total. Bajo su mandato los palestinos han experimentado una pérdida del apoyo árabe y han visto reducidas enormemente sus ambiciones.
Sin apoyo popular ni respaldo legal, Abas sigue ciegamente al principal árbitro de los problemas de Oriente Medio, Estados Unidos. Las políticas proisraelíes estadounidenses coinciden con sus ambiciones personales y pasan por alto el deseo de los palestinos de decidir su futuro en un país democrático y propio. Como sus predecesores, Abas tiene mentalidad tribal y, en su caso, eso significa seguir a pies juntillas la senda del capitalismo, por más que los palestinos sean pobres y deban utilizar sus recursos con sensatez. Ajeno a esta necesidad, representa un sistema que celebra la desigualdad.
Su alejamiento de la población se hizo patente hace unos años, cuando se construyó un palacio que costó casi 30 millones de euros en frente de uno de los campos de refugiados más pobres del mundo. Y ahí sigue, como ofensa para la vista y como ejemplo supremo de insensibilidad.
¿Por qué un hombre que lo tenía casi todo optó por traicionar a su pueblo? El dinero no le hace falta, pero en el mundo árabe eso es un hábito; y lo utiliza para comprar la lealtad de muchos de sus ciudadanos. Arafat compró la lealtad de las diferentes facciones palestinas. Abas intenta ahora comprar la lealtad de la vieja guardia de Arafat.
Además, sus fieles los superan a todos en corrupción. Los diferentes organismos de seguridad reciben más del 50% del presupuesto. En realidad, sin dinero para comprar apoyo, su reducida camarilla se vería marginada.
Tras haber dedicado los últimos tres meses a estudiar a Abas y Al Fatah, he descubierto algo más siniestro acerca de Abas. A Occidente le gusta por los enemigos que tiene. Occidente y, en particular, Estados Unidos creen que es el único hombre capaz de hacer frente al movimiento islámico palestino Hamas. Creen que Hamas puede convertir el problema palestino-israelí en un enfrentamiento frontal entre el islam y Occidente.
Se trata de un intento forzado de justificar a Abas, una excusa desfasada y completamente descabellada. Hamas no es en absoluto el único partido opuesto a Abas y Al Fatah. Además, ha perdido todo el apoyo del que gozó en otro tiempo. Su postura inmovilista e intransigente ya no supone un reto serio para Al Fatah y las atrocidades cometidas en Gaza no han contribuido en absoluto a su causa. Y, por lo demás, existen partidos islámicos creíbles. Algunos no tienen formación ni son razonables. Otros son buenos en el terreno organizativo. El movimiento Yihad Islámica es todavía más violento. El bando islámico, antaño exclusividad de Hamas, está hoy dividido en muchas facciones ineficaces.
Con todo, los islamistas no constituyen la única oposición a Al Fatah. Se ha producido un regreso masivo al Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) y al Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP). La fuerza motriz del FPLP, George Habash, está más en boga que nunca y, con él, también lo está el verdaderamente revolucionario FPLP.
George Habash ya está muerto, pero no ocurre lo mismo con sus ideas. Junto con el FDLP, el FPLP goza de predicamento sobre un alto porcentaje de graduados universitarios palestinos. La vieja consigna del FPLP según la cual “el camino a Tel Aviv” empieza en Riad o Ammán se oye hoy con más frecuencia que en los últimos veinte años. Sí, la mayoría de los palestinos todavía cree que los viejos regímenes corruptos acabarán cayendo y que eso abrirá la puerta a un frente árabe más unido contra Israel. Y quienes no albergan la misma opinión son vistos con desdén.
¿Quién debería hablar, pues, en nombre de los palestinos?
Occidente ha seleccionado a Abas, Mubarak de Egipto y Abdalah de Jordania, posiblemente los tres árabes a quienes más odian los palestinos y los propios árabes. Dicho de modo simple, ¿quién debería sustituir a Abas?
La respuesta depende de lo que esté dispuesto a ofrecer Israel. Es más, la cuestión de quién representa a los palestinos tiene prioridad sobre la de firmar la paz con Israel, que es subsidiaria. Eso es lo único en lo que George Habash acertó de pleno. El camino a Tel Aviv empieza en Riad, Ammán, Bagdad o Nablús, no en una representación otorgada en nombre de los palestinos. Incluso los dubitativos israelíes celebrarían eso.

Vargas Llosa visto por Juan Villoro

El triunfo del escribidor/Por Juan Villoro, escritor

EL PERIÓDICO, 08/10/10;

En 1974, a los 18 años, acompañé a mi padre en un viaje a Lima y lo convencí de que dedicáramos una tarde a buscar la apartada escuela Leoncio Prado, donde un cadete había sufrido suficientes humillaciones para convertirlas en gran literatura. Ya al anochecer, divisamos los farallones de un sitio inhóspito, que parecía más un presidio que una escuela. El exalumno cuyo libro fue quemado en el patio de ese colegio era Mario Vargas Llosa.
La ciudad y los perros fue una novela decisiva para mi generación. Los cambios de puntos de vista, los monólogos que se intersectan y el mundo de la juventud visto con la fiereza de quien ha perdido sus esperanzas en la sordidez, hicieron que fuera la Biblia de quienes nos iniciábamos en la desmesura de escribir.
Conversación en La Catedral, Los cachorros, La casa verde y La guerra del fin del mundo ampliaron ese horizonte narrativo, combinando complejas estructuras con un estilo llano, de engañosa sencillez. El autor se complicaba la vida con gusto al imaginar las tramas y se la facilitaba con más gusto al contarlas. La estructura se refractaba en planos muy diversos y contrastados, mientras la prosa fluía como una conversación. Un caleidoscopio descrito en tono de tertulia. La mezcla producía el sello distintivo del mayor novelista social de nuestro tiempo.

Reflexiones de Vargas Llosa

Catorce minutos de reflexión/MARIO VARGAS LLOSA

El País, 10/10/2010

Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las cinco de la mañana y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad. Dentro de una hora más o menos comenzaría a amanecer y, si estaba despejado el cielo, las primeras luces irían iluminando el río Hudson y la esquina de Central Park con sus árboles que el otoño comienza a dorar, un lindo espectáculo que me regalan cada mañana las ventanas del departamento (vivimos en el piso cuarenta y seis).
Recordé la broma pesada que le jugaron a Moravia unos falsos funcionarios de la Academia Sueca
Pensé en lo maravillosa que es la vida que inventamos para trasladarnos a otra, más libre, con la ficción
Tenía el día planificado con toda precisión. Trabajaría un par de horas preparando la clase del próximo lunes en Princeton, en la que ilustraría el tema del punto de vista con ejemplos tomados de El reino de este mundo de Alejo Carpentier, media hora de ejercicios para la espalda, una hora de caminata en Central Park, periódicos, desayuno, ducha, y a la Public Library de New York, donde escribiría mi Piedra de Toque para EL PAÍS sobre el suicidio, tirándose del puente George Washington, en la Universidad de Rutgers, de Tylor Clementi, violinista y joven estudiante al que dos compañeros homófobos habían denunciado como gay, difundiendo en la Red un vídeo en el que aparecía besándose con un hombre.
Inmediatamente fui absorbido por la magia de El reino de este mundo y la transfiguración mítica que la prosa de Carpentier hace de los primeros intentos independentistas en Haití. El narrador omnisciente de la historia es una astuta ausencia erudita, libresca, barroca y rebuscada que narra desde muy cerca de la sensibilidad del esclavo Ti Noel, quien cree en los Grandes Loas del vodú y que los hechiceros del culto, como Mackandal, gozan del don de la licantropía, es decir, pueden transformarse en animales a voluntad. Hacía por lo menos veinte años que no la releía y su poder de persuasión seguía siendo irresistible.
De pronto advertí la presencia de Patricia en la salita. Se acercaba con el teléfono en la mano y una cara que me asustó. "Una tragedia en la familia", pensé. Cogí el aparato y escuché, entre silbidos, ecos y eructos eléctricos, una voz que hablaba en inglés. En el instante en que alcancé a distinguir las palabras Swedish Academy la comunicación se cortó. Estuvimos callados, mirándonos sin decir nada, hasta que el teléfono repicó otra vez. Ahora sí se oía bien. El caballero me dijo que era el secretario de la Academia Sueca, que me habían concedido el Premio Nobel de Literatura y que la noticia se haría pública dentro de catorce minutos. Que podía escucharla en la televisión, la radio y el Internet.
-Hay que avisar a Álvaro, Gonzalo y Morgana -dijo Patricia.
-Mejor esperemos que sea oficial -le contesté.
Y le recordé que, hacía muchos años, en Roma, nos habían contado la broma pesada que le jugaron unos amigos (o más bien enemigos) a Alberto Moravia, haciéndose pasar por funcionarios de la Academia Sueca y felicitándolo por el galardón. Él alertó a la prensa y la noticia resultó un embrollo de mal gusto.
-Si es cierto, esta casa se va a volver un loquerío -dijo Patricia-. Mejor dúchate de una vez.
Pero, en vez de hacerlo, me quedé en la salita, viendo asomar entre los rascacielos las primeras luces de la mañana neoyorquina. Pensé en la casa de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, donde pasé mi infancia, y en el libro de Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que mi madre me había prohibido leer y que tenía escondido en su velador (el primer libro prohibido que leí). Pensé en lo mucho que le hubiera alegrado la noticia, si era cierta. Pensé en la gran nariz y la calva reluciente del abuelo Pedro, que escribía versos festivos y explicaba a la familia, cuando yo me negaba a comer: "Para el poeta la comida es prosa". Pensé en el tío Lucho, que, en ese año feliz que pasé en su casa de Piura, el último del colegio, escribiendo artículos, cuentecitos y poemas que publicaba a veces en La Industria, me animaba incansablemente a perseverar y ser un escritor, porque, acaso hablando de sí mismo, me aseguraba que no seguir la propia vocación es traicionarse y condenarse a la infelicidad. Pensé en el estreno, ese mismo año, en el Teatro Variedades de Piura, de mi obrita La huida del Inca, que mi amigo Javier Silva publicitaba a voz en cuello por las calles con una gran bocina, desde el techo de un camión, y en la bella Ruth Rojas, la Vestal de la obra, de la que yo estaba enamorado en secreto.
-Es una tontería pensar que esto puede ser una broma -dijo Patricia-. Llamemos a Álvaro, Gonzalo y Morgana de una vez.
Llamamos a Álvaro a Washington, a Gonzalo a Santo Domingo y a Morgana a Lima, y todavía faltaban siete u ocho minutos para la hora señalada. Yo pensé en Lucho Loayza y Abelardo Oquendo, los amigos de adolescencia y en la revista Literatura, de la que sacamos apenas tres números, de nuestro manifiesto contra la pena de muerte, del homenaje a César Moro, y de las feroces discusiones que a veces teníamos sobre si Borges era más importante que Sartre o éste que aquél. Yo sostenía lo último y ellos lo primero y eran ellos, por supuesto, quienes llevaban la razón. Fue entonces cuando me pusieron el apodo (que a mí me encantaba): "El sartrecillo valiente".
Pensé en el concurso de La Revue Francaise que gané el año 1957, con mi cuento El desafío, que me deparó un viaje a París, donde pasé un mes de total felicidad, viviendo en el Hotel Napoleón, en las cuatro palabras que cambié con Albert Camus y María Casares en las puertas de un teatro de los Grandes Bulevares, y mis desesperados y estériles esfuerzos para ser recibido por Sartre aunque fuera sólo un minuto para verle la cara y estrecharle la mano. Recordé mi primer año en Madrid y las dudas que tuve antes de decidirme a enviar los cuentos de Los jefes al Premio Leopoldo Alas, creado por un grupo de médicos de Barcelona, encabezado por el doctor Rocas y asesorado por el poeta Enrique Badosa, gracias a los cuales tuve la enorme alegría de ver mi primer libro impreso.
Pensé que, si la noticia era cierta, tenía que agradecer públicamente a España lo mucho que le debía, pues, sin el extraordinario apoyo de personas como Carlos Barral, Carmen Balcells y tantas otras, editores, críticos, lectores, jamás hubieran alcanzado mis libros la difusión que han tenido.
Y pensé lo increíblemente afortunado que yo he sido en la vida por seguir el consejo del tío Lucho y haber decidido, a mis veintidós años, en aquella pensión madrileña de la calle del Doctor Castelo, en algún momento de agosto de 1958, que no sería abogado sino escritor, y que, desde entonces, aunque tuviera que vivir a tres dobles y un repique, organizaría mi vida de tal manera que la mayor parte de mi tiempo y energía se volcaran en la literatura, y que sólo buscaría trabajos que me dejaran tiempo libre para escribir. Fue una decisión algo quimérica, pero me ayudó mucho, por lo menos psicológicamente, y creo que, en sus grandes rasgos, la cumplí en mis años de París, pues los trabajos en la Escuela Berlitz, la Agence France Presse y la Radio Televisión Francesa, me dejaron siempre algunas horitas del día para leer y escribir.
Y pensé en la extraña paradoja de haber recibido tantos reconocimientos, como éste (si la noticia no era una broma de mal gusto), por dedicar mi vida a un quehacer que me ha hecho gozar infinitamente, en la que cada libro ha sido una aventura llena de sorpresas, de descubrimientos, de ilusiones y de exaltación, que compensaban siempre con creces las dificultades, dolores de cabeza, depresiones y estreñimientos. Y pensé en lo maravillosa que es la vida que los hombres y las mujeres inventamos, cuando todavía andábamos en taparrabos y comiéndonos los unos a los otros, para romper las fronteras tan estrechas de la vida verdadera, y trasladarnos a otra, más rica, más intensa, más libre, a través de la ficción.
A las seis en punto de la mañana las radios, la televisión y el Internet confirmaron que la noticia era cierta. Como predijo Patricia, la casa se volvió un loquerío y desde entonces yo dejé de pensar y, casi casi, hasta de respirar.
New York, octubre de 2010
© Mario Varga Llosa, New York, octubre de 2010.

"Varguitas" Llosa

«Varguitas», el primero de la clase/J.J. Armas Marcelo, escritor
Publicado en ABC, 09/10/10;
Carlos Barral o Carlos Fuentes (todavía se disputa ese privilegio) lo nombraron «El Cadete». No sólo porque había escrito «La ciudad y los perros» (el mundo que conoció precisamente de «cadete», en el Colegio Militar Leoncio Prado), sino porque era el más joven del «boom» de la novela latinoamericana de los 60. Después del Leoncio Prado, y ya en el periodismo, Vargas Llosa era para todos «Varguitas», el primero de la clase. Quería ser Flaubert desde muy joven, soñaba y escribía novelas fumando como un poseso, y por la noches, con una jauría de tribuletes limeños comandados por Carlos «Coco» Meneses, visitaba hasta el amanecer los burdeles del puerto del Callao. Ya vivía literariamente: todo lo pasaba por el filtro del novelista que quería ser de mayor. Era muy joven, muy atractivo, bailaba muy bien y era, en fin, el primero de la clase. Era sartreano, aunque de mayor supo ver la luz y se hizo de Albert Camus. Y leyendo y escribiendo, siguió soñando con llegar a ser Flaubert, su modelo literario y estético. Según Vargas Llosa, aunque nunca he llegado a creérselo, el joven «Varguitas» supo desde el principio que escribir bien era muy difícil, pero al mismo tiempo entendió que la excelencia de la escritura literaria a la que aspiraba exigía mucho sacrificio, mucha dedicación, mucha disciplina, mucha rutina: ese era el camino y a él se sometió como un obrero que asiste todos los días a su trabajo. No en vano Carlos Barral, su editor y descubridor, dijo de «Varguitas», cuando ya iba camino de ser Vargas Llosa, que era el único escritor que conocía que trabajaba como un obrero a destajo y vivía como un burgués.