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El punto más extremo del viaje birmano/Roger Cohen

El punto más extremo del viaje birmano/Roger Cohen, joined The New York Times in 1990. He was a foreign correspondent for more than a decade before becoming acting foreign editor on Sept. 11, 2001, and foreign editor six months later.
The New York Times, Miércoles, 03/Ene/2018
Un grupo de refugiados rohinyá al anochecer cerca de la frontera de Birmania y Bangladés, el mes pasado. Credit Wong Maye-E / Associated Press

Cada vez resulta más difícil perderse. Los sistemas globales de geolocalización despliegan una vigilancia tenaz. Sin embargo, estar perdido es una condición necesaria.
Para poder estar inmerso en un lugar, tienes que deshacerte de tus pertenencias y del tiempo mismo. Solo entonces los misterios comienzan a revelarse.
En todos los viajes hay un punto más lejano: tiene que ver con un sentimiento, con una inflexión más que con un lugar. V.S. Naipaul escribió sobre el “enigma de la llegada”. Eso se le acerca.

Una mañana temprano, aquí en la capital del turbulento estado de Rakáin, en Birmania, fui a caminar por la orilla del mar. Me acompañaban unos perros callejeros. Las aguas lodosas de la bahía de Bengala bañan una playa donde las sillas de plástico formaban filas por debajo de las sombrillas.
Un joven vestido con una chaqueta de camuflaje le daba migajas a unas sucias gaviotas. Las grandes barracas navales tenían un aire de abandono. Los rostros lucían devastados.
Un prolongado saqueo, pensé, provocó esta desolación. Los ingleses saquearon Rakáin cuando era parte de la India imperial. En su novela Los días de Birmania, George Orwell escribió: “El Imperio en la India es un despotismo benévolo, de eso no cabe duda, pero despotismo a fin de cuentas, con el robo como fin último”. Las personas de piel morena eran medios desechables para ese fin.
Antes de los ingleses, la monarquía birmana saqueó el reino de Arakan, lo que ahora es Rakáin. ¿Acaso no vi en Mandalay al Buda Mahamuni, que se llevaron de Rakáin como botín de guerra y ahora es objeto de veneración en una pagoda dorada?
Sí, en Mandalay, una muchedumbre murmuraba sus plegarias, acercándose a la imagen del Buda. Un niño dormía en un tapete, indiferente a las moscas. Los puestos del mercado cercano ofrecían dahs, unos cuchillos birmanos como pequeñas hoces. Quienes leen la palma de la mano, agotados por las profecías, se habían quedado dormidos después del almuerzo.
Después de los ingleses, el ejército birmano buscó participar en el saqueo: hicieron tratos de negocios clientelistas; el saqueo de la historia para producir enemigos que pudieran justificar la depredación; el saqueo de la verdad en un intento de esconder las aldeas destrozadas, los miles de masacrados en una sucesión de guerras en contra de los disidentes y las minorías étnicas de Birmania.
Rakáin siempre fue un lugar de sospechosos. Como otros estados de minorías —como Kachin o Shan—, Rakáin tenía una historia que debía ser doblegada, mediante la fuerza si fuera necesario, ante la nacionalidad birmana. Las imágenes sonrientes de las 135 minorías étnicas oficiales de Birmania (no incluyen a los rohinyás) en el Museo Nacional en Rangún constituyen un engaño folclórico.
En su libro Finding George Orwell in Burma, Emma Larkin habla con un historiador, Tin Tin Lay, quien dice sobre el ejército: “Solo están interesados en el nacionalismo y el patriotismo. Ya no hay historia en Birmania. Puedes buscar en los libros de texto y las bibliotecas. No la encontrarás. Somos un país sin historia: sin una historia verdadera”.
La destrucción de la distinción entre la verdad y la falsedad es la base de la dictadura.
El ataque del ejército en contra de la población rohinyá musulmana del estado de Rakáin que ha expulsado a más de 600.000 personas a la frontera con Bangladés, no fue una anomalía. Fue igual que el saqueo y las mentiras del gobierno militar de medio siglo. Aung San Suu Kyi, la encarnación de la lucha democrática en Birmania, está tratando de liberar a su país de las garras del ejército, pero también de la mentira, la opacidad y el miedo. Ese es un trabajo de generaciones.
El nacionalismo birmano ha quedado cada vez más envuelto en un budismo desafiante. El papa Francisco se reunió esta semana con Sitagu Sayadaw, uno de los monjes más reverenciados de Birmania. Sayadaw hace poco pronunció un sermón en una escuela de entrenamiento para combate del ejército. Aludió a una batalla histórica entre los budistas y los tamiles. Después de la batalla, cuenta la historia, el rey budista estaba apesadumbrado porque miles de tamiles habían muerto.
Los monjes lo consolaron diciéndole que todos los tamiles muertos solo sumaban un ser humano y medio, porque solo quienes guardaran los preceptos budistas eran humanos. Sitagu Sayadaw dijo que el rey, igual que el ejército hoy en día, luchaba por la seguridad del budismo.
Los rohinyás, para la mayoría budista de Birmania, son solo una identidad inventada, menos que humana, agentes de un subterfugio para islamizar y conquistar el territorio.
Ninguna democracia puede construirse sobre la negación de la existencia de un pueblo.

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