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¿Quién ganó en Grecia?

¿Quién ganó en Grecia?/Bernard-Henri Lévy es filósofo. 
Traducción de José Luis Sánchez-Silva.
El País | 9 de julio de 2015.
No, amigos griegos, pese a lo que se oye por todas partes y a lo que pregonan en Francia esos que aconsejan pero nunca pagan, como los Le Pen y los Mélenchon, la votación del domingo no es una “victoria de la democracia”.
Primero porque la democracia, y vosotros lo sabéis mejor que nadie, es mediación, representación, delegación regulada de las voluntades y los intereses. No necesariamente un referéndum. O, si lo es, es solo excepcionalmente, cuando los representantes electos están contra las cuerdas, cuando han perdido la confianza de sus mandantes y los procedimientos normales han dejado de funcionar.
¿Acaso era este el caso? ¿El señor Tsipras estaba tan debilitado que no tuvo más remedio que descargar su responsabilidad sobre su pueblo y caer en esta democracia de excepción que es la democracia plebiscitaria? ¿Y qué ocurriría, dicho sea de paso, si cada vez que se enfrentan a una decisión que no tienen el valor de asumir, los socios de Grecia suspendieran las conversaciones y pidieran ocho días para que el pueblo zanjase la cuestión? A menudo se oye —y es cierto— que Europa es demasiado burocrática, demasiado lenta en sus decisiones, demasiado aparatosa. Lo menos que se puede decir es que si el método Tsipras, Dios no lo quiera, llegase a inspirar a un Gobierno estilo Podemos o similar, no remediaría esa deficiencia.

Supongamos que la decisión hubiese sido tan crucial, tan compleja, como para merecer semejante procedimiento de excepción. Entonces, lo adecuado habría sido una consulta que hubiera hecho justicia a tal complejidad. Una votación solemne, escrupulosa, organizada desde el respeto al pueblo y a las mínimas exigencias pedagógicas que exigía la situación.
En lugar de todo eso, lo que hemos visto ha sido un referéndum chapucero. Sin una verdadera campaña. Una pregunta opaca o incomprensible. Un llamamiento al no que no se sabía lo que significaba, pues del “no al euro” de los primeros momentos al sí del domingo por la noche, pasando por el no a unas propuestas de los acreedores que no se explicaban, cambió de sentido tres veces en ocho días. La antigua Grecia contaba con dos palabras para nombrar al pueblo. Por una parte, el demos de la democracia. Por otra, el laos de la muchedumbre —los latinos dirán de la turba— y de la demagogia plebiscitaria. Con su pueril llamamiento a transferir sobre sus conciudadanos europeos la carga de sus errores y de su reticencia a la reforma, el señor Tsipras se inclina claramente por el segundo sentido, que es la cara oscura de la política en Grecia.
Nuestra preocupación, objeta, no era tanto consultar como servirnos de la consulta para entablar un “pulso” con unos socios que habían tenido la insoportable audacia de reclamarnos progresos en lo tocante al Estado de derecho, a la justicia social y a la necesidad de meter en cintura a los armadores y al clero. Sea.
Pero, una vez más, ¿de qué democracia estamos hablando? ¿La Unión Europea no es ese espacio pacificado en el que, poco a poco, aprendimos a reemplazar precisamente la eterna lógica del pulso por la de la negociación y el compromiso? ¿No es, pese a sus inmensos defectos, ese lugar de invención democrática en el que, por primera vez desde hace siglos, intentamos resolver nuestras discrepancias mediante la escucha, el diálogo y la síntesis de puntos de vista, y no mediante la guerra política y el chantaje? ¿Y en virtud de qué perversión intelectual se puede ver un acto de “resistencia” en ese corte de mangas dirigido contra 18 países, algunos de los cuales atraviesan por situaciones no menos difíciles que Grecia pero no por ello dejaron de asumir sacrificios considerables para concederle, en 2012 por ejemplo, una quita de su deuda de 105.000 millones, pese a que ellos también tienen que rendir cuentas ante sus pueblos?
Pues este es otro misterio. Desde el domingo, todo el mundo se comporta como si el señor Tsipras fuera el último demócrata de la eurozona. Y como si hubiese tenido que afrontar a una camarilla “totalitaria” (señora Le Pen) ante la cual habría “resistido” valientemente (señor Mélenchon). Pasemos por alto su pacto de gobierno con una derecha complotista (los Griegos Independientes) cuyos dirigentes no escatiman en diatribas, unas veces contra los gais, otras contra “los budistas, los judíos y los musulmanes”, acusados de no pagar impuestos. Y pasemos por alto el hecho de que, para conseguir que el Parlamento aprobase su proyecto de referéndum, no le haya importado obtener el apoyo de los neonazis (Amanecer Dorado), cuyo respaldo descalificaría a cualquier otro dirigente europeo.
Sus 18 homólogos no son ni menos demócratas ni menos legítimos que él. Los países de Europa central que atravesaron el infierno de los dos totalitarismos, nazi y comunista, no necesitan recibir lecciones de legitimidad de nadie, y menos de él. Y no digamos los valerosos países bálticos. Según las últimas noticias su otro amigo, el señor Putin, está estudiando la “legalidad de su independencia” y, sin embargo, no ceden al pánico ni a la tentación de convertir sus problemas en una deuda, ni a la de usarlos como pretexto para faltar a su deber de solidaridad hacia Atenas…
Todo esto no quiere decir que Europa tenga que despedirse de la patria de Pericles. Y nada sería más triste que ver a este pueblo que tan caro pagó en otro tiempo su “No” al nazismo y, más tarde, al fascismo de los Coroneles, pagar ahora por este pobre “No” que no es sino una sombra del otro, un grotesco remedo. Ojalá los dirigentes de la eurozona tengan la suficiente sangre fría para comprenderlo y para ser más griegos que los griegos. Ojalá consigan evitarles el trago de verse confrontados, si las negociaciones fracasaran, a la verdadera y trágica significación de su referéndum del domingo.

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