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El perro/

El perro/FABRIZIO MEJÍA MADRID
A Chavela, nuestra perra huachicolera
PROCESO 2202, 13 ENERO, de 2019
Siento que los relatos más entrañables sobre el amor incondicional son sobre los perros. La descripción que hace Konrad Lorenz en Cuando el hombre encontró al perro (1950) del paseo que hace con su perra Susi para nadar en el Danubio, sólo es comparable en intimidad a la que escribe sobre el seguir escuchando sus pasos después de muerto. Los perros son, de muchas formas, la idea que tenemos de lo desprovisto de mala fe: aunque los veamos tratando de cazar un ratón, un pájaro, una ardilla, sabemos que no hay en esa acción ninguna apuesta hacia la maldad, que sólo es humana. 
Lorenz, quien había estudiado la conducta animal para compararla con la humana mucho antes de recibir el Premio Nobel de Medicina, escribe: “La fidelidad de un perro es un don precioso que impone obligaciones morales no menos imperativas que las de una amistad con un ser humano. Me siento orgulloso de haberme arrojado al Danubio a 28 grados bajo cero para salvar a un perro, Bingo. Pero, ¿hasta dónde uno es igual de leal que un perro? El hecho de que un perro me quiera más que yo a él, me llena de vergüenza. El perro está siempre dispuesto a dar la vida por mí, a lanzarse, digamos, contra un león que me ataca, a sabiendas de que perderá la lucha. Me defenderá, aunque sea por unos segundos. Pero, ¿y yo?”


El perro en la cultura es casi lo contrario al dinero. Es único, no es intercambiable, no tiene realmente más utilidad que existir a nuestro lado. El libro más conmovedor de Virginia Woolf es la biografía del cocker spaniel de la poeta Elizabet Barret Browning, Flush. Es la historia del amor incondicional de un perro que prescinde de salir al mundo por cuidar de su enferma e inmóvil propietaria, que soporta el cambio de una alfombra en el encierro para vivir en las calles de Florencia donde nadie lo protege, a un secuestro. 

Escribe Virginia Woolf: “Flush pertenecía a ese reducido número de cosas que no pueden reducirse jamás al dinero”. Cuando lo secuestran, la poeta no cuenta con el dinero para recuperarlo. Al final, por supuesto, Flush siente que la muerte se acerca y camina hasta el lugar donde está la persona que más lo amó: junto a esa cama donde Elizabeth pasa un lápiz por las páginas de un cuaderno. Virginia Woolf se había basado en su propio perro, Pinka, para hacer esta novela insólita sobre una poeta feminista, enferma desde niña, el gran amor del poeta Robert Browning, adicta al opio, desde el punto de vista de su mascota. 

La literatura se ha ocupado con regular consistencia en el perro como punto de vista desinteresado. Desde el célebre Argos que, viejo, pulgoso, y abandonado en una montaña de estiércol, le mueve lo que le queda de cola a Ulises cuando regresa, disfrazado, incógnito, a ver qué ha sido de su mujer y su hijo en su larga ausencia. Argos se ha mantenido con vida sólo para atestiguar el regreso de su amo. Después de mover la cola, muere, sin la angustia que todos nuestros perros tienen cuando nos vamos. Lamer es la felicidad del retorno del otro. La esposa y el hijo de Ulises, Penélope y Telémaco, no lo reconocen en su disfraz. Argos, para quien el olfato es más verdadero que la vista, simboliza la dignidad de la espera. 

Es la misma lealtad que celebra la estatua del perro Hachikó en Japón, a una mascota que esperó durante 10 años a que su dueño, el profesor Ueno, regresara a la estación de tren donde a diario lo acompañaba y esperaba. El profesor había muerto inesperadamente de una hemorragia cerebral. Pero, con reciprocidad, como existe esa “decisión inescrutable” –como escribe Lorenz– de que los perros vivan cinco veces menos que los humanos, nosotros padecemos su ausencia. Pablo Neruda le dedica este poema a Nyon:  

Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades. 

Rafael Alberti y Niebla – “los largos resplandores que por el monte dejas/al saltar, rayo tierno de brizna despeinada”–; Eduardo Galeano y Morgan – “el sol lo atrapa, Morgan huye”–; José Saramago y Camoens –“fue tan intensa su impresión de soledad, tan insoportable, que le pareció que sólo podría ser mitigada en la extraña sed con la que el perro le bebía las lágrimas”–; Sigmund Freud y Jofi –“Cariño sin ambivalencias, la simplicidad de una vida libre de los conflictos de la civilización, la belleza de la existencia por lo que es, todo”. 

Todo escritor que se adentra en la lealtad habla en términos sentimentales de los perros. Es acaso la única ocasión en que los escritores se permiten esa prohibición autoimpuesta de no ser cursis. 

Alberti pasea por los escombros de la España bombardeada y mira con Niebla a los perros que han quedado huérfanos. Mirando a su mascota que sabe sin saber, piensa que, muy pronto, todo será como a través de sus ojos “de humo de tabaco”: alegre, alegre, alegre. Galeano pasea con Morgan y miran juntos a una niña que camina “como osito borracho”, dándole los buenos días al “pastito” de una jardinera. Galeano le comenta a Morgan:

–¿Lo ves, Morgan? Todos a esa edad somos paganos. 

Saramago, por su parte, en una visita a México en 2003, confesó que quería ser recordado por “el perro de las lágrimas” en Ensayo sobre la ceguera. Pero su perro Camones –porque llegó de la calle a su casa junto con el anuncio de ese premio literario de Portugal– es también todos los perros de sus cuentos y novelas que aparecen en la casa del alfarero, que sirven de guías, como en la tradición mexica, que miran todo desde una vida que no admite la maldad. Freud veía Jofi justo en su perfección no-humana: ante el estado de ánimo de los pacientes, la perra chou-chou reaccionaba sin que interfirieran las palabras y sus disfraces. Comenzó a incluirla en las terapias, quizás pensando en el perro de Ulises, que huele más que ve. 

“La maravilla de que lo que es, sea”, dice Heidegger del mundo natural, antes de que los pensadores hagan la equivalencia entre deseos, animales y mercado, y coloquen al hombre en la compatibilidad entre la voluntad, la historia, y la utopía. Tenderán a igualar lo natural con lo calculable y lo repetible, y al hombre como el único que realmente comete errores. El hecho es que somos humanos sólo en el sentido que el Renacimiento descubrió: somos en la justa medida en que nos faltamos, de que estamos ausentes. Decidimos todo el tiempo en función de nuestro propio vacío, entre ser animales y ser más que humanos. Somos esa apertura. Los animales son lo que son, una especie del mundo cerrado. 

Arthur Schopenhauer, el filósofo de la misantropía, veía en esa cerrazón una forma en que lo humano –el ocultar y descubrir– no le estorbaba. Dice de su perro Atma:

“Lo que me hace tan grata la sociedad de mi perro es la transparencia de su ser. Mi perro es transparente como el cristal. El perro, único amigo del hombre, tiene un privilegio sobre todos los demás animales, un rasgo que le caracteriza y es ese movimiento de cola tan benévolo, tan expresivo, tan profundamente honrado. ¡Qué contraste a favor de esta manera de saludar que le ha dado la naturaleza, si se compara con las reverencias y horribles arrumacos que cambian los hombres en señal de cortesía!”


Hasta aquí el elogio continuado por toda nuestra cultura a los perros, siempre interesados y atentos a lo que hacemos, dispuestos a saludarnos tras esperarnos, intrusivos sólo hasta antes de molestar, juguetones, vigilantes, intrépidos. Sólo justos en lo cerrado que, a veces, contiene una lealtad para nosotros inaccesible. Esta columna se escribió para ellos, a raíz del debate de las leyes contra la crueldad animal y las denuncias en redes sobre los ataques de sociópatas contra ellos. La escribí con la perra Chavela en mis muslos, acostada pacientemente hasta que la terminé. 

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