Las luchas del Poli y Ayotzinapa se hermanaron/SANTIAGO
IGARTÚA
La
indignación y movilización de amplios sectores estudiantiles del país se le
atragantan al gobierno de Enrique Peña Nieto. En el caso del Instituto
Politécnico Nacional, el descontento se convirtió en rabia al conocerse la
brutalidad ejercida por policías y grupos de choque ligados al narco contra los
alumnos de la Normal de Ayotzinapa. No sólo el origen social y los ideales democráticos
identifican a los estudiantes de una y otra institución. Los hermana el dolor y
los mueve la determinación de emprender la batalla frontal contra la impunidad
y la inquina gubernamentales.
Magali
no puede quitarse de la cabeza que, sólo por algunos kilómetros, no fue
desaparecida por ser lo que es: una estudiante “inconforme” que hace más de 20
días decidió tomar las calles para exigirle al Estado los derechos que le
corresponden.
Ella
es alumna de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura Zacatenco (ESIA),
donde estalló el conflicto que detonó el movimiento estudiantil en el Instituto
Politécnico Nacional (IPN). La suerte que corrieron sus 43 “compañeros” de la
Escuela Normal Rural Isidro Burgos, en Iguala, la perturba.
Cuenta
en entrevista, casi a manera de catarsis: “Las (escuelas) normales rurales y el
IPN son hermanas. Lo que les pasa (a los normalistas) nos duele en las
entrañas, es familia de otro lado. Estamos ligados. Nacimos como instituciones
para hijos de campesinos y obreros. Compartimos el mismo padre, Lázaro
Cárdenas, y la misma finalidad: hacer crecer a México”, se escucha la rabia
entrecortada.
Entiende
su lucha, la de normalistas y politécnicos, como una misma. Lo que cambia todo,
lamenta, son las trincheras. “No se puede pensar que son hechos aislados. Entre
lo que pasa con los normalistas y la lucha del Politécnico hay conexiones:
estudiantes sin certezas, que salen a defender los mismos ideales contra el
mismo gobierno. Pero en este país injusto, por no estar en el DF, los medios a
ellos (los normalistas) los olvidan, viven expuestos. (Los periodistas) sólo se
enfocan en lo que pasa aquí”, suelta.
Alude
a lo que pasó en Guerrero: “Pudimos ser nosotros. Pienso que, en su lugar, la
angustia sería mayor pero, como no lo hicieron con ellos, tampoco creo que nos
hubieran doblegado. Nuestros padres nos han enseñado el espíritu de pelear.
Hacer lo que te toca”, dice Magali, orgullosa del apellido Fernández.
La
tarde del viernes 3, de cara al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio
Chong, el movimiento estudiantil del IPN hizo suya la demanda de justicia en el
caso de los estudiantes secuestrados en Ayotzinapa.
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Magali
acepta la entrevista con desconfianza. Dice que los medios “tergiversan” la
realidad del movimiento a partir de la negativa de éste a las soluciones
“exprés” del gobierno. Los tachan, en el mejor de los casos, de incongruentes.
“Aún no se ha logrado nada y todos somos conscientes”, agrega Magali, y
responde a quienes critican las posturas del movimiento:
“Muchos
medios de comunicación, lejos de dimensionar los logros y el esfuerzo de los
alumnos, desde un inicio dejaron de lado al movimiento y enfocaron al
secretario (Osorio Chong) como si fuera un héroe. Él salió a recibirnos por
estrategia política. La nuestra es que se enfoquen en el potencial del
movimiento. ¡Necesitamos ser escuchados!”
La
mañana del decimoquinto día de octubre comenzó a sesionar la Asamblea General
Politécnica (AGP). Dos representantes de cada una de las 42 escuelas del IPN se
reúnen en el auditorio Víctor Bravo Ahuja, con el hermetismo de un cónclave,
para debatir las propuestas que el gobierno federal hizo al alumnado
politécnico.
Cancelada
la comunicación al exterior, sólo un par de comunicados de prensa han dado
rumbo de la postura estudiantil. Apoyados por la Facultad de Derecho de la
UNAM, reprochan que el documento del gobierno federal no sea más que otro
artilugio “mediático” para desmovilizar a los estudiantes, planteando
respuestas sin sustento.
“La
respuesta de la SEP es una burla porque propone una mesa de diálogo
inequitativa e imponer sus condiciones”, relata Magali, representante de la
ESIA Zacatenco en la asamblea.
Fernández
plantea que instalar un Congreso Politécnico Nacional, que estaría conformado
por alumnos, profesores y especialistas –de cara a conseguir la autonomía para
el IPN–, es una demanda que el gobierno debe autorizar con carácter resolutivo.
“Esto
es el inicio. Estamos conscientes de que no vamos a mantener el paro hasta
obtener la autonomía. Todos los que participamos del movimiento queremos
regresar a estudiar, pero tenemos que dejar las bases hacia el Congreso
Nacional Politécnico para levantar el paro.”
Al
tocar el tema, a Magali se le nota impotente. Vuelve a esa suerte de diván para
desahogarse. Lleva tres semanas sin llegar a casa, de los últimos 25 vio un
solo día a su familia, ha bajado de peso y pasa las noches con frío en el piso
de la ESIA. Ha sufrido acoso de patrulleros, motociclistas encapuchados, y
presiones que no se corresponden con la figura de una veinteañera vacacionando.
Entre
la frustración y la rabia, concluye: “Tal vez suene idealista, pero creemos que
es nuestro deber despertar y pelear por los que vienen detrás. No es fácil
estar en el paro sabiendo que en cualquier momento puede entrar alguien y
hacernos daño. Por supuesto, no tenemos armas ni cómo defendernos. La gente no
piensa que algo nos puede pasar, que no somos porros, somos estudiantes, y que
lo que defendemos es la educación de México, la nuestra y la de los que vienen.
Si alguien cree que eso no es un riesgo, desconoce la realidad del país en el
que vivimos”.
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Magali
apura el final de la entrevista. Tiene que regresar con sus compañeros.
La
AGP ha causado inquietudes al interior del movimiento y confusión hacia afuera.
No se pueden negar las pugnas dentro de la organización y la injerencia de
intereses externos.
Magali
está convencida de que las propuestas “inconcretas” del gobierno tienen la
finalidad de desgastar a los politécnicos y, al mismo tiempo, desvincularlos de
las movilizaciones estudiantiles que se han solidarizado con su causa y la de
los estudiantes de Ayotzinapa.
Al
tiempo que terminaba la charla se difundían las declaraciones del subsecretario
de Gobernación, Luis Enrique Miranda, quien negaba cualquier vínculo entre el
movimiento estudiantil del IPN y el de Ayotzinapa. “Son dos conflictos
distintos en momentos distintos y por cuestiones exactamente opuestas”.
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El
decimoquinto día de octubre, el movimiento estudiantil –agitado días atrás por
los jóvenes del Instituto Politécnico Nacional– detonaría en una sola explosión
por Ayotzinapa.
“Esta
no es una lucha aislada, todos somos estudiantes. La única razón por la que en
Guerrero hay seis compañeros muertos y 43 desparecidos, y en nuestro movimiento
no, es por el impacto mediático que conseguimos. A ellos no los recibe el
secretario de Gobernación ni se les ofrecen soluciones en media hora.
“Los
jóvenes de los estados viven permanentemente violentados, como en el caso de
Ayotzinapa, donde luchar por una mejor educación puede costar la vida.
Invitamos a luchar hombro con hombro, todos juntos, como uno solo.
“En
el Poli abrimos los brazos para recibirlos. Unidos podemos transformar nuestra
realidad”, se le escucha a un chico tembloroso con los cabellos largos, teñidos
de rojo, en “las islas” de Ciudad Universitaria.
Está
rodeado de familiares de las víctimas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa
y de más de 3 mil alumnos de las 21 escuelas de la UNAM que la semana pasada
mantuvieron un paro de 48 horas en solidaridad con éstos, al que se sumarían
más de 30 universidades, públicas y privadas, nacionales e internacionales, con
huelgas, marchas, bloqueos de avenidas, desplegados en medios y manifestaciones
de arte.
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Cuatro
de la tarde. Sobre Paseo de la Reforma, estudiantes de arte reproducen los
rostros de los 43 normalistas desaparecidos con aerosoles color rosa y morado y
verde y azul y naranja y amarillo. “Ayotzi somos todos”, se lee en la acera
frente a las instalaciones de la Procuraduría General de la República (PGR).
A
lo lejos se escucha la explosión de una masa enardecida. Quince minutos más
tarde aparecen cientos de jóvenes exigiendo la presentación con vida de sus
compañeros y castigo a los culpables de su ausencia.
Cada
uno lleva un estandarte, consignas en pancartas donde predomina el rojo y
banderas de México en blanco y negro:
“¡Vivimos
en un país donde ser estudiante es un delito! ¡Nos hacen falta 43 y los
queremos ya!”
“Ellos
como tú son estudiantes. Deberían buscarlos en los salones de clase, no en
narcofosas, entre cuerpos torturados, calcinados. ¡Si esto no nos indigna, qué
lo hará!”
“Gobierno
fascista que matas normalistas. Gobierno farsante que matas estudiantes. ¡Por
qué, por qué, por qué nos asesinan!”
“¡Necesitamos
a los normalistas vivos y a Peña y a Aguirre presos!”
“¡Ni
PRI ni PAN ni PRD ni Morena ni su puta madre!”
“El
gobierno podrá tener el poder y al Ejército, pero si no tiene el valor de
enfrentar al pueblo, está completamente desarmado. Si nos niegan la justicia,
¡la haremos nosotros!”
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Improvisan
un templete con fierros y maderos viejos a un costado de la PGR, Reforma 211.
Han pasado dos horas desde que se inició el mitin y dan paso a los oradores.
Ninguna de esas palabras llegará a los diarios al día siguiente, concentradas
las portadas en un grupo minúsculo de “anarquistas” reventando los vidrios de
la fachada de la Procuraduría con piedras e incendiando pancartas como
protesta.
“México
ya no es el mismo. La barbarie que el pasado 26 de septiembre sufrieron los
estudiantes normalistas en Iguala, Guerrero, ha sembrado indignación en todos
los jóvenes estudiantes y sus familias.
“Desde
que fueron desaparecidos forzadamente nuestros 43 compañeros, las instituciones
del Estado mexicano han guardado un silencio cómplice. Las mezquindades de los
partidos políticos y las instancias de gobierno han sido evidentes. Sus
confrontaciones han estado por encima de la emergencia que implica la búsqueda
de los jóvenes.
“A
20 días de la tragedia, la PGR no ha actuado según sus competencias, y lo que
ha hecho es crear un ambiente de confusión, con declaraciones imprudentes en
las que pone de manifiesto su desinterés por encontrar a los compañeros con
vida.
“No
aceptaremos que los hechos se atribuyan al crimen organizado, cuando a todas
luces sabemos que se trató de un crimen de Estado, en el que policías y
funcionarios de distintos niveles de gobierno estuvieron involucrados, por
omisión o por aquiescencia.
“Los
hechos ocurridos en Iguala son apenas una muestra de lo que pasa todos los días
en el país. La desaparición forzada y las ejecuciones extrajudiciales son vidas
que se cuentan por miles y que se pierden en el abismo de la injusticia, el
silencio y la sordera del gobierno mexicano, que ha servido para encubrir a los
culpables y garantizar condiciones de impunidad, para continuar este trabajo de
muerte.
“No
aceptamos que el futuro de los jóvenes mexicanos siga estando en manos de esta
clase política. No aceptamos que la violencia inunde el país. No aceptamos que
México se desangre.
“A
ellos, a los gobernantes, los responsabilizamos por sus vínculos con el
narcotráfico, por ser ejecutores de esta política criminal y de sistemático
desprecio por la vida. Los responsabilizamos a ellos de la muerte de tres
compañeros y la desaparición de 43 más.
“Compañeros
de Ayotzinapa: hoy más que nunca les decimos que no están solos, que su dolor
también es nuestro dolor y que su lucha también es nuestra lucha. Les hablamos
a las madres y a los padres de los 43 desaparecidos, de los compañeros heridos
y asesinados: les decimos que el 22 de octubre volveremos a salir a las calles,
volveremos a parar las escuelas, cerraremos carreteras y calles, sumando voces
ante el silencio que nos deja la ausencia de sus hijos y hermanos; de nuestros
compañeros.
“En
estos momentos es necesario levantar la voz, gritar más fuerte que las balas,
encontrar la calma y las respuestas a la barbarie. Se hace urgente evitar que
el miedo nos paralice o que nos silencie. Hoy se requiere de un grito sólido,
uno solo, que sea de todos. Y que les quede claro, esto va a seguir creciendo.
Vamos por un movimiento estudiantil más grande. ¡Vivos se los llevaron. Vivos
los queremos!”
*
* *
Doña
Mari, madre de cuatro hijos desaparecidos, dos de ellos en Guerrero, toma la
palabra. Dirige la mirada a la frialdad del edificio azul, construido de
espejos.
“Pareciera
que los gritos de dolor no los oyeran por ninguna parte. En nuestras marchas he
escuchado decir: ‘Ahí va esa ronda de locos’. ¡Y yo les he dicho que sí, que
estamos locos de dolor, locos de angustia, locos de impotencia!
“Ojalá
nadie pudiera vivir lo que nosotros estamos viviendo, que no se sumen a las
filas de estas protestas.
“Mi
pregunta va hacia el señor presidente de la República: ¿Cuántas familias más
tienen que pasar por esto; cuántas más tienen que vivir este dolor; cuántas
familias más tenemos que entregar a nuestros hijos para que sean sacrificados;
cuántos más? Hasta que la sociedad se rebele. Esto es sólo el principio. Que
tenga cuidado y que se fije bien, que sus reformas y todo lo que ha hecho no
han movido a México. El dolor está moviendo a México.”
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