La Libertad y la Constitución: El deber de habitar la Ley
"La Ley es como el amor... No acierta ni se equivoca". — Wystan Hugh Auden
El espejismo del silencio
En este México de 2026, la palabra "libertad" parece haber sido desterrada del diccionario oficial. Es un silencio que algunos celebran y otros toleran bajo un letargo peligroso. Sin embargo, la historia no es muda y nos lanza una advertencia: ignorar la libertad es un error de proporciones trágicas. Como bien apunta Enrique Krauze, la libertad es como el aire; solo notamos su valor cuando empieza a faltarnos. Mientras en latitudes como Irán, Venezuela o Cuba la gente se juega la vida por un respiro de democracia, aquí parecemos seducidos por la idea de entregarla a cambio de una comodidad aparente o de una ideología que llena titulares pero vacía derechos.
El gran mal de nuestra época es pretender que la política llene los vacíos del alma. El liberalismo no se diseñó para darnos la felicidad absoluta; su promesa es mucho más humilde pero sagrada: la decencia. El orden liberal ofrece reglas del juego justas y respeto a la dignidad. El sentido de la vida lo busca cada quien; el Estado solo debe garantizar que nadie te estorbe mientras lo haces.
El nacimiento de un ideal: Entre la espada y la pluma
Para defender esta decencia, hay que entender su origen. Mi amigo, el constitucionalista José Barragán —con esa lucidez de quien ha sido pilar en el IIJ-UNAM—, me explicaba que México nació de una contradicción. Nuestra independencia emergió de la pluma ambiciosa de Iturbide, cuyo imperio colapsó por su propia soberbia, pero el verdadero México nació del desacuerdo y la resistencia. Cuando se traicionó la confianza de las provincias y se clausuró el Congreso, 19 entidades se transformaron en Estados soberanos para forjar el Pacto de Unión de 1824.
Ahí nació el Estado Constitucional de Derecho: ese refugio donde la ley deja de ser el capricho del gobernante para convertirse en la armadura del ciudadano. Ponciano Arriaga y León Guzmán lo defendieron en 1857 con una claridad que hoy estremece: "El derecho a la vida y a la seguridad existen por sí mismos... nadie necesita una ley para que un niño tenga derecho a mamar". Pero ya sabemos lo que dice la sabiduría popular: niño que no llora, no mama. Y hoy, nos toca llorar por la justicia.
Los pilares que tambalean
Esta herencia nos dejó tres principios que hoy vemos crujir bajo el peso del autoritarismo:
La soberanía es un préstamo: El poder pertenece a la gente. El gobernante es solo un inquilino temporal, aunque a veces pretenda escriturar la casa a su nombre.
Derechos anteriores a la ley: El Estado no nos "regala" libertades; su función es proteger las que ya traemos puestas al nacer.
La división de poderes como garantía de supervivencia: Si el legislador se arrodilla o el juez supremo se tapa los ojos, la estructura colapsa. La reciente reforma al Poder Judicial no fue un ajuste, sino un rompimiento del pacto de 1824 que nos ha dejado en la orfandad jurídica.
La erosión: El "Yo" frente al "Nosotros"
Nuestra herida comenzó con una frase que rompió el cristal de lo sagrado: «No me vengan con que la ley es la ley». En ese instante, la certeza jurídica se hizo añicos. Desde la cancelación caprichosa de obras hasta un Congreso que aprueba "a ciegas" por consigna, hemos visto cómo la voluntad personal camina por encima de la Constitución. Total, pensarán algunos, ¿qué tanto es tantito?
Incluso la pandemia fue un ensayo de este poder sin frenos. Bajo el manto del miedo, se limitaron libertades ignorando el procedimiento de excepción del Artículo 29. Se olvidó que, incluso en la crisis, la libertad tiene un procedimiento legal que debe respetarse para evitar que la emergencia se convierta en tiranía.
El 136: Nuestra póliza contra el olvido
A pesar de este panorama sombrío, donde la inseguridad y la falta de medicinas nos arrancan la dignidad, nuestra Constitución guarda una póliza de seguro: el Artículo 136. Este precepto, heredado de 1857, es nuestra brújula en la tormenta. Establece que, aunque un gobierno contrario a sus principios logre silenciar las instituciones, la Constitución no pierde su vigor. Está ahí, esperando en silencio a que el pueblo recobre su memoria.
Para José Natividad Macías, arquitecto de nuestra Carta Magna, el gran "pecado" de los liberales del siglo XIX fue el abandono de la guardia. Sostenía que la ley se perdió en el fango de las pasiones y la desunión, dejándola huérfana de defensa. Macías nos legó una advertencia que hoy resuena en cada rincón del país: la legalidad que no se custodia con unidad termina siendo el puente hacia la dictadura.
La destrucción puede ser política, pero la esencia de la ley sigue viva, lista para juzgar a quienes, en su embriaguez de poder, se creen intocables. Porque al final del día, la ley no es de quien la grita, sino de quien la habita. Como concluye Krauze con urgencia: debemos defender la libertad hoy, antes de que sean nuestros hijos o nietos quienes, entre penurias, tengan que salir a reclamarla.
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