15 ene 2026

La “Ley Maduro”: crónica de un tropiezo hacia 1976

 La “Ley Maduro”: crónica de un tropiezo hacia 1976

Ayer, las piedras mudas del Palacio Nacional fueron testigos de un nuevo capítulo en nuestra biografía política; uno que exhala un rancio aroma a déjà vu. En ese epicentro del poder, el equipo de “expertos y operadores” liderado por el incombustible Pablo Gómez entregó a la Presidenta Sheinbaum lo que el oficialismo etiqueta como “voluntad popular”, pero que la oposición —con un escalofrío en la espalda— ha bautizado como la “Ley Maduro”.

Tras noventa días de simular oídos atentos en foros de voces “entrecomilladas”, el séquito acudió a rendir cuentas. La escena destilaba esa solemnidad casi religiosa del despacho presidencial. Vimos desfilar a la avanzada: Rosa Icela Rodríguez, con su rigor de hierro; a un Arturo Zaldívar que, entre canas y leyes, cuidaba que ninguna coma traicionara el guion “cuatroteísta”.

El tropiezo de Adán: Una metáfora en dos ruedas

La nota de color —y de advertencia— la puso Adán Augusto López. El senador tabasqueño irrumpió en la escena como quien escapa de un incendio: a horcajadas de una motocicleta de resguardo, sin casco, con la urgencia tatuada en el sudor de la frente. Pero el destino, que suele ser un editorialista implacable, le puso una trampa: al cruzar el umbral del Palacio, un mal paso lo hizo tropezar frente a las cámaras.

¿El casco? Un accesorio innecesario para quien se siente dueño del aire en el Senado. A fin de cuentas, quien redacta las reglas suele creerse exento de cumplirlas. El incidente fue una metáfora involuntaria: por más prisa que se tenga en imponer una reforma desde la soberbia, un descuido en el pavimento de la negociación puede terminar en una caída estruendosa.

Entre la austeridad y el control absoluto

Dentro, en la calidez del Salón de Asuntos, el lenguaje se disfrazó de virtud. Se habló de “democracia participativa” y de ese “tijeretazo” a las curules plurinominales y al presupuesto de los partidos; música celestial para un ciudadano harto del despilfarro. Sin embargo, en política, el papel aguanta todo, pero la realidad tiene memoria.

Instituciones como la Facultad de Derecho de la NYU y la Barra Mexicana de Abogados ya han encendido las alarmas: esta reforma no busca ahorrar, busca monopolizar. Al adelantar la revocación de mandato a 2027, Morena pretende convertir la figura presidencial en el motor que arrastre votos en la elección intermedia, garantizando así un control absoluto del Congreso. Es, en esencia, el diseño de un ecosistema donde la disidencia no tenga oxígeno.

La “rebelión en la granja”

Mientras en Palacio se servía el café de la estrategia, en los pasillos del Legislativo el aire se volvía denso. Reginaldo Sandoval, del PT —la voz de Beto Anaya—, recordó que la aritmética es una amante celosa. Morena es un gigante, sí, pero todavía necesita de sus satélites para mutilar la Constitución.

Sandoval lanzó una pregunta que dolió por lo honesta: ¿Para qué mover las reglas si ya tienen el control de los tres Poderes? Incluso Gerardo Fernández Noroña llamó a la prudencia. Abrir un frente interno en medio de crisis energéticas y sombras geopolíticas parece un error táctico. Es la “rebelión en la granja”: los aliados ya no quieren ser solo la comparsa del “segundo piso”; ahora exigen su parte del pastel antes de que el horno se apague.

El espejismo del pasado

Como bien apunta mi amigo Jorge Fernández Menéndez, hemos entrado en un túnel del tiempo. Esta reforma nos retrotrae a 1976, cuando la pluralidad era un decorado y el partido único el director de orquesta. La premisa es cruda: transitamos de leyes laxas aplicadas con rigor, a leyes estrictas aplicadas con una parcialidad quirúrgica.

La ironía es históricamente perversa: Pablo Gómez, quien se benefició de la apertura democrática de Reyes Heroles en los 70, hoy opera el desmantelamiento de la autonomía electoral. Frente a este “Carro Completo” que busca asfixiar a las minorías, México necesitaría -si-, una reforma de vanguardia: una segunda vuelta para obligar al consenso y un financiamiento basado en gastos reales, no en patentes de corso.

La propuesta de reforma ya está en manos del Ejecutivo, pero su camino tiene más curvas que la llegada de Adán al Palacio. Como dicen en los pasillos: el diablo habita en los detalles, y la paz dependerá de los “consensos” con aliados que hoy parecen más centinelas de sus intereses que compañeros de causa. Si no se corrige el rumbo, el destino es la era de Díaz Ordaz: un desastre para la democracia.

"Ojalá pase algo que te borre de pronto", reza la icónica canción de Silvio Rodríguez. Ojalá, por el bien de las instituciones, que el sentido común prevalezca antes de que el calendario termine de retroceder cincuenta años

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