15 ene 2026

De regreso a Díaz Ordaz/Jorge Fernández Menendez,

El espejismo del pasado: crónica de una democracia en retroceso

La historia política de México parece haber entrado en un bucle temporal. El análisis de mi amigo Jorge Fernández Menéndez nos advierte que, mientras el mundo avanza, nuestro sistema electoral camina con paso firme hacia el pasado a 1976, una época donde la pluralidad era un decorado y el partido único, el director de orquesta.

Jorge plantea una premisa cruda: hemos pasado de un sistema de "leyes laxas aplicadas estrictamente" (que suelen funcionar) a uno de "leyes estrictas aplicadas con parcialidad". La reforma actual no busca justicia, sino cerrazón, imponiendo un esquema retrógrado justo cuando la tensión internacional con Estados Unidos exigiría mayor apertura y solidez democrática.

Su columna "Razones" de hoy destaca una contradicción histórica encarnada en figuras como Pablo Gómez. Quien fuera beneficiario de la apertura democrática de Jesús Reyes Heroles en los 70 —aquella que buscaba "más gritos en el Congreso y menos bombas en la calle"— hoy Pablo, desde el poder, se convierte en el principal operador para desmantelar la autonomía del INE y regresar al control estatal.

Frente a la propuesta oficialista, se plantean los pilares de lo que debería ser una reforma de vanguardia:

  • Financiamiento: Pasar del subsidio eterno a la certificación de gastos reales. Los partidos deben usar recursos propios para publicidad y medios.

  • Libertad y Apertura: Reglas más laxas para la creación de nuevos partidos, eliminando la "patente de corso" que hoy los mantiene vivos artificialmente.

  • Segunda Vuelta (Ballotage): Una herramienta vital en democracias modernas para combatir la polarización. Como dicen los franceses: "En la primera vuelta se escoge, en la segunda se elimina". Esto garantiza mayorías legítimas y obliga a la construcción de acuerdos.

El regreso al "Carro Completo"

El resumen del peligro es claro: se busca un sistema electoral cerrado, financiado por el Estado para perpetuar la inequidad y con un Congreso donde la sobrerrepresentación oficialista sea la norma. Al sumar la revocación de mandato y la elección judicial en una misma jornada —con un INE debilitado y sin organismos estatales (OPLES)—, el escenario que se dibuja para México es, sencillamente, un desastre democrático, es un regreso a Díaz Ordaz, como bien lo comenta Jorge..

De regreso a Díaz Ordaz/Jorge Fernández Menendez, 

Excelsior,  15 ENERO, 2026;

Dicen que los sistemas que funcionan tienen leyes laxas que se aplican de forma estricta, y los que no funcionan tienen leyes estrictas que se aplican de forma laxa, y eso es lo que hemos estado viviendo en este país en muchos ámbitos. Pero lo que viene con la reforma electoral es todavía peor: será un sistema con leyes estrictas y parciales que se aplicará de forma estricta y parcial.

No es casualidad que en un contexto de suma tensión con Estados Unidos, se imponga otra etapa de mayor cerrazón del régimen político, con una reforma electoral profundamente retrógrada.

La reforma electoral nos retrotrae a 1976, a aquellas elecciones en las que José López Portillo fue candidato presidencial único del PRI, acompañado por un par de partidos paleros, el PPS y el PARM. En el congreso todos los senadores, en esa época eran 64, fueron para el PRI, y en la cámara de diputados, de 236 diputados, 196 fueron para el PRI, más otros 12 del PPS y 9 del PARM que eran también del PRI. La única oposición, el PAN obtuvo sólo 20 diputados. Esas elecciones llevaron a López Portillo a comprender que el sistema no daba para más. El objetivo de aquella reforma, que instrumentó Jesús Reyes Heroles fue explicó: preferimos, se dijo entonces, que haya más gritos en el congreso y menos bombas en la calle.

Pablo Gómez, fue uno de los participantes y beneficiarios de aquella reforma que le abrió la participación tanto al partido comunista como al sinarquismo, fue de los primeros cien diputados plurinominales de 1979 por el partido comunista. Hoy es el principal operador para volver al sistema contra el que tanto luchó en aquellos años. Ahora claro, está en el poder. 

El sistema electoral tiene que modernizarse, tiene que liberalizarse, los recursos irracionales que se dedican hoy a financiar partidos tienen que usarse para certificar gastos reales de campaña. Los espacios en medios deben ser comprados por los partidos con sus propios recursos. El contenido de esos espacios debe ser libre, salvo los casos evidentes de difamación. Las campañas deben ser más cortas pero los partidos deben tener libertad para decidir cómo y cuándo elegir sus candidaturas. 

La participación de nuevas fuerzas y candidatos debe tener condiciones más laxas. Hoy, tener un partido con registro es muy difícil pero también es casi como obtener una patente de corso a perpetuidad, financiada por el Estado y los contribuyentes. Los partidos deben formarse o rediseñarse de acuerdo a sus exigencias y posibilidades, pero deben valerse de sus propios recursos para operar. El financiamiento público debe ser para el control, la participación, el respeto de las normas. 

Necesitamos imponer la segunda vuelta. El llamado ballotage se aplica en Francia desde 1852 y se diseñó para que nadie sin mayoría fuera designado jefe de gobierno o diputado uninominal. Cuando no se alcanza una mayoría absoluta (en muchos países se pone como límite el superar un 45 por ciento o una diferencia con sus rivales de por lo menos 15 por ciento), se repite una segunda vuelta con los dos principales contendientes, t para presidente. a veces también para legisladores, y se mantiene a los plurinominales para equilibrar la representación proporcional. Es más toda la distribución de posiciones en el congreso y otros órganos colectivos, en las vedaderas democracias, debería ser simplemente por representación proporcional, erradicando la sobrerrepresentación.

Hoy casi todas las democracias del mundo tienen segunda vuelta. En ambientes políticos que tienden a la polarización, pero también donde el voto suele estar pulverizado, es la segunda vuelta la que permite que quien gane en ella haya tenido que asumir una serie de acuerdos con los rivales o sectores que lo apoyaron para lograr esa mayoría, lo mismo para la presidencia que para las diputaciones o senadurías. Dicen los franceses que en la primera vuelta se escoge, en la segunda se elimina. En otras palabras, en la primera vuelta la gente expresa sus preferencias, en la segunda elimina, descarta a quien no quiere en el gobierno. Es un instrumento muy útil para garantizar la estabilidad y crear mayoría legislativas. No asegura nada, como ningún sistema político, pero ha demostrado ser muy útil sobre todo en los procesos de democratización en América latina. Por supuesto que de nada sirve sin un organismo electoral independiente y autónomo. 

Todo eso es lo que se quiere eliminar: se quiere un sistema electoral más cerrado, controlado por el gobierno, con pocos espacios para la oposición y para crear nuevos partidos, financiado por el Estado para que de esa forma se perpetúe la inequidad, con un INE que, como dijo Pablo Gómez no sea autónomo, y donde la sobrerrepresentación del oficialismo en el congreso sea la norma. 

Lamentablemente, por lo que hemos visto hasta ahora, la reforma va, en todas sus iniciativas, de regreso a 1976. Y a eso se agrega el peligro de sumar en la misma jornada la revocación de mandato y la elección judicial, un galimatías en sí misma, con un INE debilitado, sin autonomía y sin OPLES, sin las instancias estatales para organizar los comicios en esos ámbitos. Lo que viene será, sencillamente, un desastre para la democracia. 


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