21 ene 2026

Concepción de la Llata: El aroma de los ángeles en la Avenida Obregón

 Concepción de la Llata: El aroma de los ángeles en la Avenida Obregón

Concepción de la Llata y Acevedo (1891-19799 no fue solo una religiosa queretana; fue el epicentro de uno de los sismos políticos más violentos del México posrevolucionario. La historia la arrancó del claustro para convertirla en la "Madre Conchita", la mujer señalada por el Estado como la mente detrás del asesinato del caudillo invicto, Álvaro Obregón.

El eco de La Bombilla y el pacto en el infierno de sal

Aquel 17 de julio de 1928, mientras las notas de "El Limoncito" resonaban en el restaurante La Bombilla, el destino de México giró bruscamente bajo los disparos de León Toral. El castigo fue feroz: mientras unos marcharon al paredón, a la Madre Conchita le aguardaba un calvario más lento: veinte años en el penal de las Islas Marías.

Allí ocurrió una de esas paradojas que solo nuestro México produce. Entre la sal y el abandono, la monja entabló una amistad profunda con el director del penal, el general Francisco J. Múgica, un jacobino radical de convicciones firmes. Para protegerla en aquel entorno brutal, la Santa Sede autorizó un movimiento inaudito: su matrimonio civil con el reo Carlos Castro Balda. No fue un romance de novela, sino un pacto de honor; una armadura jurídica para que la "mujer del preso" fuera respetada en el presidio. Se casaron el 20 de octubre de 1934, uniendo sus soledades hasta que la libertad llegó en 1940.

El regreso: La pluma y el compromiso

Al volver al mundo, la libertad no trajo descanso. La Madre Conchita se convirtió en una voz errante que recorrió la República dando conferencias sobre su fe y su destierro, siempre defendiéndose de quienes querían encasillarla en el movimiento cristero. Pero el estigma pesaba: a su esposo, Carlos, nadie quería darle empleo; el boicot oficial era una sombra que los perseguía.

La providencia llegó con rostro de periodista. Isaac Araiza, de la revista Hoy, la contrató para escribir sus memorias. El trato era sencillo pero vital: ocho cuartillas semanales por 75 pesos. Ella dictaba y Carlos transcribía, convirtiendo el recuerdo en sustento. Más tarde, la generosidad de amigos como Margot Valdés Peza y el industrial Bruno Pagliai permitió que Carlos recuperara la dignidad del trabajo en LAMSA y TAMSA.

Pero el corazón de Conchita siempre estuvo en el servicio. En 1952, fundó la sociedad "Luz Fernández Semallera" para rescatar a los niños otomíes del Valle del Mezquital. No se detuvo ante nada: gestionó apoyos con la esposa del presidente Ruiz Cortines, logró subsidios del Monte de Piedad y levantó internados y caminos donde antes solo había olvido. Incluso su libro, Una mártir de México, nació de un consejo del Papa Juan XXIII, convirtiéndose en un testimonio que recorrió el mundo, desde Madrid hasta las mesas de noche de los hogares mexicanos.

El camino hacia San José de Gracia

Texto de mi amigo J. Jesus Herrera (RIP), michoacano. La entrada personal en esta historia no ocurrió en las bibliotecas, sino en las carreteras de Michoacán. Entre 1976 y 1982, mis pasos me llevaron frecuentemente a San José de Gracia, tierra de hombres recios y de una fe que se lleva en la sangre. Allí conocí a Don Bernardo González Cárdenas, un hombre de estirpe fundadora y sobrino del gran historiador Luis González y González.

Don Bernardo era la historia caminante. Excombatiente cristero, me conmovía al hablar de su hermano Gaudencio, quemado vivo por las fuerzas federales en Jiquilpan. Nuestra amistad nació de una confianza natural; al saber que yo me había formado con los Jesuitas en la Casa Loyola de Guadalajara, me abrió sus recuerdos. Éramos dos católicos compartiendo el peso de la memoria.

"Lo voy a llevar a que la vea..."

Un día, en la Ciudad de México, Don Bernardo me sorprendió: “Mire Licenciado, lo voy a llevar a que conozca a la Madre Conchita”. El corazón me dio un vuelco.

Llegamos al edificio en la Avenida Álvaro Obregón. La ironía era casi poética: ella vivía en la calle que llevaba el nombre del hombre por cuya muerte fue condenada. En el departamento número 2 nos recibió Carlos Castro Balda. Recuerdo aquel hogar austero, custodiado por la mirada de Pío XII desde un retrato.

Don Bernardo me indicó pasar. Allí estaba ella, postrada en su cama, envuelta en una delicada capita de encaje y sábanas de un blanco impecable. Bajo un gran crucifijo, encontré a una anciana de facciones hermosas y una mirada profundamente maternal. Me preguntó mi nombre, se interesó por mis hijos y me dio su bendición. En ese momento, no vi a la "conspiradora" de los libros de texto; vi a una abuela espiritual que irradiaba una paz que el mundo no alcanza a comprender.

Al bajar las escaleras, Don Bernardo se detuvo y me hizo una pregunta que aún resuena: — “Licenciado, ¿pudo usted percibir un perfume especial? Es el aroma de los ángeles que custodian a la Madre”. Confieso que mis sentidos no percibieron fragancia alguna, pero no lo contradije. Comprendí que, para él, aquel aroma era una certeza del cielo.

El silencio final

Poco tiempo después, en agosto de 1979, la muerte llamó a la Madre Conchita. Tenía 87 años. Por permiso especial del Papa Pablo VI, fue amortajada con su hábito de monja, el mismo que la historia intentó quitarle.

Guardo el relato de mi amigo Jesús Herrera sobre la bandera de "Los Josefinos" que Don Bernardo poseía, una pieza juarista del siglo XIX. Al pensar en esa bandera y en aquel encuentro, reafirmo que la historia no solo son fechas, sino encuentros sagrados. Como aquel perfume que yo no olí, pero que Don Bernardo sí sintió, hay verdades que solo se perciben con el alma.


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