Miguel Agustín Pro Juárez: Un mártir en busca del milagro final
Hay momentos en nuestra historia que se quedan grabados no por la frialdad de los documentos oficiales, sino por el eco de un grito que se niega a morir. El 23 de noviembre de 1927, en los patios de la vieja Inspección de Policía —justo donde hoy se levanta el edificio de la Lotería Nacional—, ese grito fue: “¡Viva Cristo Rey!”.
Eran las últimas palabras de Miguel Agustín Pro Juárez. El mártir zacatecano fue llevado al paredón sin juicio ni derecho a defensa, por la simple voluntad de hierro de Plutarco Elías Calles. Pero, ¿quién era este hombre cuya muerte conmovió a un país?
El Sacerdote de los mil rostros
La vida de Miguel Agustín no se explica sin su alegría ingeniosa. Nacido en Guadalupe, Zacatecas, fue un hombre que, a pesar de padecer constantes males estomacales, nunca permitió que el dolor le borrara la sonrisa. Su formación jesuita lo llevó por España, Nicaragua y Bélgica, pero su corazón siempre estuvo en México.
A su regreso, en plena Guerra Cristera, se convirtió en un símbolo de resistencia pacífica. Para burlar a la policía callista, echó mano de su creatividad: se disfrazaba de chofer con gorra para hablar con obreros, o de elegante "catrín" con todo y perro "fifí" para entrar a reuniones de alta sociedad y llevar auxilio a las familias perseguidas.
La sombra del paredón y el testimonio de Roberto Cruz
El destino se selló el 13 de noviembre de 1927 tras el atentado fallido contra Álvaro Obregón. Aunque los hermanos Pro eran inocentes, un automóvil vendido previamente por Humberto Pro sirvió de pretexto para la injusticia.
Muchos años después, en 1961, Julio Scherer García entrevistó para Excélsior al general Roberto Cruz, quien ejecutó la orden de fusilamiento. Scherer lo describió como un hombre culto que miraba de frente. Sin embargo, aquel día de 1927, frente a las armas, el Padre Pro no mostró rastro de miedo. Pidió permiso para rezar, perdonó a sus verdugos y, con el Santo Rosario en una mano y el crucifijo en la otra, extendió los brazos en cruz para recibir la descarga. Aquel gesto lo inmortalizó, pero el camino a los altares sería otro calvario de diplomacia.
Cuando la política frena a la fe
La historia de su beatificación es también la historia de las tensiones del Estado mexicano. En julio de 1986, el Vaticano dio el visto bueno para elevarlo a los altares, pero el presidente Miguel de la Madrid —en un gesto que hoy leemos como un exceso de prudencia— pidió postergar la fecha para no "contaminar" el proceso electoral de 1988.
Finalmente, San Juan Pablo II lo beatificó el 25 de septiembre de 1988. Sin embargo, por disposición oficial, la ceremonia no fue emitida por televisión. Fue un error histórico, nacido de una época donde aún no existían relaciones diplomáticas con la Santa Sede.
"Pregúntenselo a Dios"
En 2009, el padre José Camarena SJ, postulador de la causa, recordaba que aunque su vida está documentada, falta "el milagro contundente". Ante la impaciencia de los obispos, Camarena solía contestar: "Pregúntenselo a Dios".
Incluso el Papa Francisco, en su gira por México en 2016, tras recibir una reliquia del mártir, lanzó un reto directo a sus hermanos jesuitas: "Aceleren el proceso". Pero, por alguna razón que escapa al entendimiento público, el trámite no prospera.
La ciencia frente a la esperanza
Hoy, la esperanza reside en dos casos que el vicepostulador Amado Fernández ha puesto sobre la mesa:
Una religiosa de las Hijas de la Caridad, sanada de un cáncer de mama terminal.
Una misionera de la fraternidad Serviam, cuya leucemia aguda desapareció de forma inverosímil.
Ambos expedientes están bajo el rigor de médicos especialistas. Son ellos quienes deben certificar que lo ocurrido es, a la luz de la ciencia, inexplicable.
Un círculo que no termina de cerrar
A casi un siglo de su fusilamiento, la procesión que recorre las calles desde la Lotería Nacional hasta la colonia Roma nos recuerda que la memoria del Padre Pro sigue viva en el asfalto.
¿Por qué el proceso no camina? Quizás la respuesta solo la tenga Dios. Mientras tanto, en el corazón de México, el perfume de su sacrificio sigue esperando ese último milagro que lo lleve, definitivamente, de las páginas de nuestra historia política a la gloria total de los altares.
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