22 ene 2026

El hombre de la silla: 35 años de una sombra que nunca dejó de rodar

 El hombre de la silla: 35 años de una sombra que nunca dejó de rodar

Pedro Inzunza Noriega es hoy el número uno de una lista de 37. Pero antes de ser una "ofrenda de paz" entre gobiernos o el primer mexicano con el sello de narcoterrorista, Pedro fue simplemente "El Pedrón": un delantero con hambre de gol en las canchas de la colonia Guadalupe y un repartidor de tostadas que recorría Culiacán para sostener a su madre.

El encuentro que cambió el balón por el plomo

La historia de Pedro se partió en dos a finales de los 80, cuando el destino le puso enfrente a un hombre de botas blancas y aire de artista grupero: Arturo Beltrán Leyva. Ese día, el joven de las tostadas dejó de mirar el reloj para cumplir entregas y empezó a mirar el mapa para trazar rutas.

No fue un gatillero del montón. Pedro tenía cabeza para la estrategia. Se convirtió en el "brazo real" de los Beltrán, el hombre que tejía alianzas mientras otros jalaban el gatillo. Sin embargo, el destino le cobró la factura en el cuerpo: un atentado le arrebató a un hijo y le quitó el movimiento de las piernas. Así nació el mito de "El de la Silla".

La impunidad desayuna en cinco estrellas

Lo increíble de su relato no es solo su ascenso, sino la tranquilidad de su estancia. Durante años, mientras el mundo lo buscaba, él desayunaba en el Hotel Santa Anita de Los Mochis. Su silla de ruedas rodaba por pasillos de cinco estrellas bajo el amparo de una red de protección que él mismo alimentó con 35 años de sobornos a jueces, policías y políticos.

Pero el ruido de sus hijos —muchachos que mandaban a patrulleros a comprarles cerveza y resolvían riñas a balazos— empezó a desgastar el silencio que Pedro tanto cuidaba.

El fentanilo: el principio del fin

La caída no llegó por su pasado, sino por el presente químico. Cuando el fentanilo entró en sus bodegas, el gobierno de Donald Trump le puso la etiqueta de "narcoterrorista". Entonces, el mundo se le hizo pequeño. Tras el abatimiento de su hijo "El Pichón" en la sierra y el decomiso de toneladas de droga, los aliados se esfumaron.

Cansado, a sus 62 años, Pedro volvió a donde todo empezó: a la colonia Guadalupe. No hubo gran batalla final. El 31 de diciembre de 2025, el estruendo de un Black Hawk rompió la última cena de año nuevo del capo. Inzunza no corrió; simplemente se dejó llevar en su silla hacia el helicóptero.

Un archivo que cruza la frontera

El pasado 21 de enero, Pedro apareció ante una corte en San Diego. Escuchó sus cargos —terrorismo, lavado de dinero, tráfico de fentanilo— a través de un intérprete, mientras sus abogadas le sugerían el protocolo de rigor: "no culpable".

Pero más allá del juicio legal, México ha entregado un archivo viviente. En la memoria de "El de la Silla" viajan los nombres de quienes, durante tres décadas, permitieron que su organización fuera una de las más sofisticadas del planeta. Hoy, el hombre que repartía tostadas en un auto viejo duerme en una celda sin fianza, esperando el 6 de marzo para enfrentar a la jueza Cathy Ann Bencivengo.

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Inzunza Noriega, El de la Silla: 35 años de conexiones políticas/Héctor De Mauleó

EL UNIVERSAL

Pedro Inzunza Noriega, alias Sagitario o El de la Silla, uno de los líderes del Cártel de los Beltrán Leyva, aprehendido el 31 de diciembre en la colonia Guadalupe, de Culiacán, Sinaloa, era visto con frecuencia en el Hotel de Santa Anita, un establecimiento de cinco estrellas ubicado en el centro histórico de Los Mochis, al que el capo solía acudir a desayunar en su silla de ruedas.

Antes de convertirse en el primer narcotraficante mexicano designado como narcoterrorista por el gobierno de los Estados Unidos, Inzunza Noriega gozó de tranquilidad y protección en el municipio de Ahome, desde donde, según la acusación de agencias de inteligencia estadounidenses y la fiscalía federal del Distrito Sur de California, dirigía al lado de Fausto Isidro Meza Flores, El Chapo Isidro, y de Óscar Manuel Gastélum Iribe, El Músico (llamado así porque, según reveló el fiscal Adam Gordon, escribe las letras de sus propios narcocorridos), “una de las redes de producción de fentanilo más grandes y sofisticadas del mundo”.

Su nivel de impunidad era tal que uno de sus hijos, conocido como El Niño, asesinado en el atentado que condenó al capo a vivir para siempre postrado en una silla de ruedas, solía mandar a los patrulleros de la policía municipal a comprarle alcohol y cervezas.

Inzunza Noriega salió de Ahome y se refugió en una comunidad serrana de Choix tras el decomiso histórico, a finales de 2024, de más de una tonelada de fentanilo en dos bodegas de su organización, y cuando se hizo pública la acusación del gobierno estadounidense, a principios del año pasado.

A los pocos meses de ser designado como narcoterrorista abatieron en Choix, durante una incursión de la Marina, a otro de sus hijos, Pedro Inzunza Coronel, alias El Pichón, que había tomado el relevo como gran operador del cártel desde que su padre quedó parapléjico y quien estaba encargado de la conexión del grupo con la clase política estatal.

Inzunza Noriega buscó entonces un nuevo refugio. Fue a dar a la colonia Guadalupe de Culiacán, de donde era originario, y en donde había comenzado su carrera criminal. A quienes lo conocieron en sus primeros años como El Pedrón, les costó creer que el gobierno de Donald Trump lo hubiera ubicado como narcoterrorista. Fanático del futbol, delantero del equipo amateur “Colonia Guadalupe”, era considerado en el barrio como “un muchacho noble”, que para sostener a su madre trabajaba como repartidor, en las tiendas, de Tostadas Trizalet.}

Cuentan que la colonia Guadalupe, al oriente de la ciudad, se pobló en un primer momento con personas de origen duranguense. En una etapa posterior se sumó a esa población gente llegada de Badiraguato. Fue notorio el cambio. A fines de los años 80, El Pedrón se hizo amigo de un hombre barbón, de botas blancas, aire como de grupero y aspecto imponente. Se llamaba Arturo Beltrán Leyva. Solía ir a visitarlo o a recogerlo.

En poco tiempo, la gente de la colonia lo vio ascender. El Pedrón cambió el viejo auto en el que repartía tostadas por uno que le había regalado Beltrán. Remodeló la casa de su madre desde sus cimientos y la rodeó de lujos. Sus viejos amigos lo perdieron de vista. “Se desconectó”, recuerdan. Solo se supo que estaba haciendo viajes a la frontera.

Desde esos años, Inzunza Noriega se convirtió en el hombre de confianza de Beltrán Leyva. Fue descrito como “el brazo real” de ese líder de una de las facciones más poderosas del Cártel de Sinaloa. “Fue El Barbón el que lo llevó con El Chapo Isidro. Los fue juntando”, relatan. Inzunza no llevaba a cabo funciones operativas: daba órdenes, manejaba a los mandos del Cártel de los Beltrán, en tiempos en que este grupo se hallaba incrustado en la cúpula del Cártel de Sinaloa a través de su alianza con El Mayo Zambada y El Chapo Guzmán.

En sus horas de esplendor, los Beltrán dominaron Sinaloa, Sonora, Chihuahua, Baja California, Tamaulipas, Guerrero, Zacatecas, Morelos, Querétaro, Puebla, la Ciudad de México, Cancún, Jalisco, Veracruz y Guanajuato, entre otros estados. Tras el abatimiento de Arturo Beltrán Leyva en 2009, El Chapo Isidro y Pedro Inzunza quedaron al frente de la organización criminal. Para entonces, Inzunza llevaba dos décadas de experiencia, comprando policías, judiciales, ministerios públicos, políticos y funcionarios, y pagando campañas políticas de alto nivel.

El grupo se asentó al norte de Sinaloa y quedó fuera del radar durante varios lustros. Desde Guasave y Los Mochis impidió el avance de las otras facciones del Cártel de Sinaloa, rotas tras la traición que llevó a prisión a otro de los grandes jefes, Alfredo Beltrán Leyva, El Mochomo.

Inunza Noriega, El Chapo Isidro y El Músico lograron relanzar el Cártel de los Beltrán y volvieron a dominar extensos territorios del noroeste del país. Gracias a su alianza con el sobrino de Rafael Caro Quintero, José Gil Caro Quintero, El Pelo Chino, mantuvieron una fuerte presencia a lo largo de la costa del Pacífico.

A poco más de medio año de haber sido designado como narcoterrorista por el gobierno de Estados Unidos, y a cosa de un mes del abatimiento de su hijo, El de la Silla organizó una cena de fin de año en una casa de la colonia Guadalupe. Había botanas y tragos. Un intercambio de información entre agencias de Estados Unidos y la Marina permitió que lo ubicaran y esperaran el momento exacto. Fue uno de los 37 enviados el martes pasado a los Estados Unidos, como parte de la ofrenda de apaciguamiento del gobierno de Claudia Sheinbaum al de Donald Trump.

Sagitario o El de la Silla lleva consigo el archivo de 35 años de narcopolítica: el archivo de la protección oficial, estatal y federal, que permitió que su organización criminal construyera, entre otras cosas, “una de las redes de producción de fentanilo más grandes y sofisticadas del mundo”.

Esa información está ya fuera de México. Tarde que temprano, será empleada.

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