Rosa Bertha Martínez: El eco eterno de “La Faraona”
En la historia del toreo mexicano, los nombres suelen escribirse con trazos de virilidad y arena. Sin embargo, entre el estruendo de los clarines y el polvo de los ruedos, surgió una figura que desafió el destino y las convenciones de su época. Hablo de Rosa Bertha Martínez, la mujer que el mundo conocería para la posteridad como “La Faraona”.
El bautismo de una leyenda
Nacida bajo el cielo de Saltillo, Rosa Bertha llevó en la sangre el ímpetu de sus padres, don Pedro Martínez Reynaga y doña Ester González. Pero el destino, ese que a veces da vueltas como un toro en el tercio, la llevó a Guadalajara, la tierra de sus ancestros. Fue allí donde el mítico Silverio Pérez, el “Faraón de Texcoco”, reconoció en ella una chispa que no se aprende en las escuelas. Con la autoridad que da la maestría, la bautizó para siempre: “Yo soy el Faraón y tú serás la Faraona”.
Aquel encuentro no fue un simple elogio; fue el preludio de su alternativa, ese rito sagrado donde el aprendiz deja de serlo para ser investido matador. Es el momento en que un maestro cede el estoque y la muleta, entregando no solo los trastos, sino la responsabilidad de lidiar con la vida y la muerte ante los ojos del mundo. Para Rosa Bertha, fue el pasaporte a la inmortalidad.
El temple de una madre.
Más allá de los olés, Rosa Bertha construyó un hogar junto al político guerrerense Mario Lasso Pérez. De esa unión nacieron cinco hijos, aunque la vida, siempre caprichosa, le arrebató temprano a Gustavo y a Gerardo.
Como madre, ella conocía bien el miedo que se siente al otro lado de la barrera. Hay una escena que define su carácter con la crudeza del sol de tarde: se dice que cuando su primogénito, mi buen amigo Mario Lasso, tenía apenas ocho años, ella misma decidió probar su valor frente a un becerro en Michoacán. Bajo la vigilancia del matador José Luis Padilla “El Seminarista” (1952-), el niño intentaba descifrar la embestida cuando, de pronto, Rosa Bertha gritó con voz de mando: “¡Déjalo solo!”.
El golpe seco de la vaquilla contra el cuerpo del niño fue la lección definitiva. Aquel revolcón le quitó a Mario las ganas de volver a un ruedo, cumpliendo quizá el plan secreto de una madre que prefería saberlo a salvo en la barrera que expuesto en el albero. Solo su hijo Pedro insistiría un tiempo en la fiesta brava antes de refugiarse, finalmente, en los planos de la arquitectura.
La posada de los sueños
La grandeza de “La Faraona” no se midió solo por alternar con figuras como Conchita Cintrón o Juana Aparicio. Su verdadero “pase de pecho” lo dio fuera de las plazas. Durante años, su posada en Morelia, junto a la Universidad Nicolaita, fue el refugio de los “muletillas” y toreros que no tenían más que sus sueños y el hambre a cuestas.
Por su mesa pasaron personajes como “El Glison”, a quien le obsequió un capote de paseo bordado con la Virgen de Guadalupe, y maestros como el potosino Gregorio García, a quien cuidó en sus últimos inviernos. Incluso rescató de la desolación al pintor Luis Solleiro tras el sismo de 1985, ofreciéndole un techo donde sus pinceles pudieran volver a encontrar el color.
El último tercio
Rosa Bertha fue una mujer nómada, dejando su esencia en Tuxtla Gutiérrez, Puerto Peñasco y la capital. El 25 de diciembre de 2007, mientras el mundo celebraba la calma de la Navidad, ella dio su última vuelta al ruedo en Toluca, a los 73 años.
Hoy, sus restos descansan en un panteón de esa misma ciudad, pero nos queda su imagen poderosa: vestida “de corto”, orando en silencio antes de la batalla. Una mujer que, en un mundo de hombres, supo mandar, templar y, sobre todo, dar refugio a quienes, como ella, vivieron entregados a la pasión taurina.
PD: La historia de nuestra cultura popular se escribió con música y arena. Así como Agustín Lara quedó cautivado por el arte del 'Faraón de Texcoco' y le inmortalizó el alma en ese pasodoble que hoy es un himno —‘Silverio, Silverio Pérez... diamante del redondel’—, uno pensaría que a la Faraona, siendo tan cercana a José Alfredo Jiménez, le esperaba un destino similar. Sin embargo, el Rey de la canción ranchera nunca le compuso un verso a su valor. Quizá porque ella, al empuñar la espada y el capote, se atrevió a invadir un terreno que el machismo de la época guardaba celosamente para los hombres, dejando a la matadora sin la gloria de una melodía que celebrara su arrojo en el ruedo
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