El siglo de las sombras: cuando las reglas dejaron de importar
El 2026 ha comenzado con el estruendo de los cimientos del siglo XX derrumbándose. La captura de Nicolás Maduro en Venezuela no es solo un titular de prensa; es el epitafio de un orden mundial que, durante ocho décadas, intentó regirse por normas, tratados y una diplomacia de carrera que hoy parece una reliquia arqueológica. Como bien advierten pensadores de la talla de Adam Tooze, Monica Duffy Toft y Héctor Schamis, estamos entrando en una era de "incertidumbre radical". Lo que antes eran certezas geográficas y jurídicas, hoy son esferas de influencia donde impera una ley tan vieja como la humanidad: la del más fuerte.
El regreso de los imperios sin fronteras
Estamos presenciando el retorno de un manual que creíamos superado: expandirse o morir. Pero hay una diferencia aterradora respecto al pasado. En 1945, tras el horror de la guerra, el Acuerdo de Yalta buscó disciplina para evitar la extinción nuclear. Hoy, como señala Monica Duffy Toft en The New York Times, vivimos la "lógica de las esferas sin la disciplina de las esferas". Las potencias buscan dominio sin límites ni fronteras acordadas, ignorando que en un mundo hiperconectado, el aislamiento es una forma de suicidio.
La soberanía como coartada
En este escenario, el caso venezolano es el espejo de nuestras hipocresías. Mientras sectores de la comunidad internacional se rasgan las vestiduras hablando de "soberanía", el profesor de Georgetown, Héctor Schamis, nos recuerda que Venezuela ya era una nación secuestrada por una "Internacional de la Autocracia".
¿De qué derecho internacional hablamos cuando se usa para proteger a tiranos en lugar de a sus pueblos? El lenguaje diplomático se ha vuelto un ejercicio de eufemismos. No es lo mismo el "apaciguamiento" que pacta silencios con los verdugos, que la claridad moral de quienes llaman a las cosas por su nombre: una dictadura no se convierte en Estado por el simple hecho de ocupar un territorio.
Nostalgia contra realidad
Mientras el mundo se fractura, la administración Trump apuesta por una visión que el historiador de Columbia, Adam Tooze, califica de "steampunk": un regreso nostálgico al dominio del petróleo y el desprecio por la ciencia. Pero la física no negocia. Mientras Washington pelea por el crudo pasado, China avanza en el "cultivo del sol", consolidando un imperio electrotécnico que dominará la inteligencia artificial y los drones del futuro.
El riesgo es quedar atrapados en una contradicción letal: buscar la grandeza con herramientas del siglo XIX, mientras las amenazas del siglo XXI —pandemias, IA militarizada y colapso climático— no respetan aduanas ni ideologías.
Una advertencia necesaria
La conclusión es tan cruda como necesaria: no hay estabilidad sin Estado de derecho. Como advierten los gigantes de la energía, naciones como Venezuela hoy son "ininvertibles", no por falta de recursos, sino por ausencia de justicia. Sin reglas claras, solo queda la guerra de facciones criminales.
El mundo de ayer ha muerto. Lo que emerge es una policrisis multipolar donde la ética y la técnica están en colisión. Si permitimos que el derecho internacional se convierta en la guarida de los tiranos y que la nostalgia reemplace a la ciencia, el nuevo orden no será más que un desorden alimentado por el conflicto.
¡Cuidado! El vacío que dejan las reglas no lo llena la paz, sino el caos.
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Trump rompió el orden mundial. ¿Y ahora qué? / Adam Tooze es profesor de historia en la Universidad de Columbia.
The NYT, 222 y 23 de nero
Desde que el gobierno de Donald Trump capturó al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y anunció sus planes para dirigir el país, el mundo se ha visto obligado a enfrentar un hecho: las reglas establecidas por décadas están dejando de importar. La mayor alianza de seguridad mundial se precipita hacia una crisis existencial. Las protestas, cada vez más extendidas, amenazan con derribar la República Islámica de Irán. Rusia ha lanzado hacia Ucrania un misil con capacidad nuclear. La sección de Opinión del Times preguntó a cinco escritores hacia dónde creen que podría dirigirse nuestro mundo, mientras los cimientos de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial se nos escapan de las manos y las naciones intentan recuperar el equilibrio. Ofrecen visiones crudas de lo que podría traer el próximo siglo: una carrera energética más dura, centros de poder en pugna, un mundo dominado por China, oportunismo, años de incertidumbre radical. En una cosa en la que todos están de acuerdo: el mundo que conocemos está llegando a su fin. Algo nuevo ha comenzado.
Los gigantes de la energía se enfrentan
A principios de la década de 1910, Winston Churchill ordenó convertir a petróleo, en lugar de carbón, la propulsión de la gigantesca flota británica de acorazados tipo dreadnought. Con ello, cuenta la historia, inauguró la era del poder del petróleo. También, en la práctica, ungió a Estados Unidos —entonces el mayor productor mundial de petróleo— como el hegemón natural del siglo XX.
Si la competencia global está inextricablemente entrelazada con la tecnología y la energía, la forma en que los Estados se abastecen podría anticipar cómo tomará forma el próximo orden mundial.
Hoy, China es un ejemplo clásico de Estado-potencia. Busca energía en todas direcciones, movilizando a un ejército de científicos y la I+D industrial. Estados Unidos, al menos hasta el final del gobierno de Joe Biden, parecía estar en el mismo juego. Gracias al esquisto bituminoso, Estados Unidos se adelantó a Arabia Saudita en la disputa por el petróleo y el gas. El énfasis del presidente Joe Biden en el acero estadounidense tenía un aire retro tipo Tinkertoy, pero al menos Estados Unidos competía en energía verde.
Luego llegó el segundo gobierno de Trump, producto a su vez de una generación de radicalización en el movimiento conservador estadounidense. Hay elementos de su política que son relativamente convencionales: el discurso sobre el dominio energético, el uso de la fuerza contundente para asegurarse una esfera de influencia. Pero también está el negacionismo climático, los ataques a la ciencia, la fobia a las turbinas eólicas. En su versión más sombría, el gobierno adopta una visión del conservadurismo a medio camino entre el steampunk y un catolicismo reaccionario del siglo XIX.
El problema, por supuesto, es que el steampunk no existe y los paneles solares sí; que la inteligencia artificial necesita gigavatios de energía; y que los drones son una amenaza para los acorazados, incluso de la clase Trump. Separarse de la física, la ingeniería eléctrica, los mercados y la comunidad internacional del siglo XXI quizá le sirva al gobierno para irritar a los liberales, pero las pandemias son reales, el petróleo venezolano es realmente pegajoso y el ejército estadounidense moderno funciona con baterías, no con flexiones.
El carácter antisistémico y posfactual del poder estadounidense y su obsesión por el petróleo no se originaron con Donald Trump. ¿Recuerdas a Dick Cheney, George W. Bush y 2003? Los chinos sí. La determinación con la que Pekín ha impulsado energías alternativas durante la última generación refleja su deseo de no quedar sometida a los caprichos de Washington y a su política violenta y caprichosa. China es hoy, ante todo, una gigantesca potencia de energía fósil, con mucho la mayor que el mundo haya visto jamás. Pero su principal fuente de energía es una que Estados Unidos no controla: el carbón. Y, fiel al ejemplo soviético, la columna vertebral del sistema energético chino es la electricidad industrial, solo que ahora es electrotécnica. Para reemplazar con el tiempo sus centrales eléctricas de carbón, China ha alentado a empresarios privados a construir fábricas innovadoras de baterías y paneles solares que hoy dominan los mercados mundiales.
En el horizonte se vislumbra la promesa de un sistema energético mundial basado no en la búsqueda de petróleo, sino en el cultivo del sol. Ese sistema no vendrá sin sus propias complicaciones. En contraste con la grotesca caricatura que ofrece hoy Estados Unidos, resulta tentador pintar a China como un refugio luminoso: aguas claras y montañas verdes, como le gusta decir al presidente Xi Jinping. Pero su sistema también tiene un lado oscuro. Las granjas solares en el Tíbet y las líneas eléctricas en Xinjiang tienen intereses imperiales. La economía de la región es un desastre.
Pero la de China es la verdadera dialéctica de la modernidad, no la versión WWE de Trump. ¿Surge un orden mundial de esta competencia desigual entre gigantes energéticos? ¿Se formarán nuevos bloques de poder e influencia entre los petroestados y los países que compren un futuro más verde made in China? Nadie puede ver tan lejos. El panorama, por ahora, es el de un desorden multipolar profusamente alimentado con energía barata: una policrisis con drones y crudo pesado.
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Tump rompió el orden mundial. ¿Y ahora qué? (2)/ Monica Duffy Toft,,es profesora de política internacional en la Escuela Fletcher de la Universidad de Tufts.
The New York Times, 23 de enero
Desde que el gobierno de Donald Trump capturó al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y anunció sus planes para dirigir el país, el mundo se ha visto obligado a enfrentar un hecho: las reglas establecidas por décadas están dejando de importar. La mayor alianza de seguridad mundial se precipita hacia una crisis existencial. Las protestas, cada vez más extendidas, amenazan con derribar la República Islámica de Irán. Rusia ha lanzado hacia Ucrania un misil con capacidad nuclear. La sección de Opinión del Times preguntó a cinco escritores hacia dónde creen que podría dirigirse nuestro mundo, mientras los cimientos de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial se nos escapan de las manos y las naciones intentan recuperar el equilibrio. Ofrecen visiones crudas de lo que podría traer el próximo siglo: una carrera energética más dura, centros de poder en pugna, un mundo dominado por China, oportunismo, años de incertidumbre radical. En una cosa en la que todos están de acuerdo: el mundo que conocemos está llegando a su fin. Algo nuevo ha comenzado.
El mundo se divide en tres
El orden basado en normas posterior a la Segunda Guerra Mundial se derrumba, y los Estados más poderosos del mundo están recurriendo a un viejo manual: las esferas de influencia. Rusia ha invadido Ucrania dos veces. China ha militarizado el mar de China Meridional. Estados Unidos se ha apoderado del presidente en funciones de Venezuela y ha amenazado públicamente con adquirir Groenlandia a un aliado de la OTAN por la fuerza. Lo que une a estas acciones es una premisa compartida: las grandes potencias deben expandirse o morir.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los dirigentes de Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética se reunieron en Yalta y dividieron efectivamente Europa en bloques rivales: uno administraba un sistema abierto que gradualmente deslegitimizó el colonialismo, el otro un sistema cerrado sostenido mediante la represión. Los participantes sabían que permitir que la Unión Soviética pisoteara las aspiraciones soberanas de Europa Oriental era extremadamente injusto, pero la alternativa era más guerra. El acuerdo funcionó porque se negoció, se delimitó y sirvió a los intereses mutuos de unos dirigentes que entraban en una época en la que un conflicto mundial podría significar la extinción.
Lo que está tomando forma hoy no tiene garantías de éxito comparable. En su lugar, estamos entrando en un mundo en el que las grandes potencias buscan la dominación sin normas, límites ni fronteras acordadas. Es la lógica de las esferas sin la disciplina de las esferas.
Tres características clave de las esferas actuales socavan su capacidad para crear un orden mundial estable. La primera es que la actual consolidación del poder no es una respuesta a la amenaza inminente de otra guerra mundial. El Acuerdo de Yalta de 1945 se forjó entre Estados agotados para evitar el retorno al conflicto mundial. Las esferas que ahora se están configurando no ofrecen ningún beneficio estabilizador comparable. En todo caso, pueden llevar al mundo por el camino opuesto.
En segundo lugar, está la naturaleza del liderazgo actual de Estados Unidos. La democracia más poderosa del mundo ahora está dirigida por un presidente que ha invertido un siglo de política exterior estadounidense, el cual pretendía poner al mundo a salvo de la guerra en apoyo del libre comercio. El presidente Donald Trump ha dejado clara su admiración por el presidente Xi Jinping de China y el presidente Vladimir Putin de Rusia, no tanto como individuos, sino como autócratas capaces de utilizar el poder del Estado para avanzar y mantener su propio poder. Los tres hombres han reescrito la historia de maneras que respaldan una política exterior más dura, militarmente coercitiva.
La tercera es que, hoy en día, la geografía por sí sola ya no puede sostener esferas de poder como antes. Aunque el gobierno de Trump intente dominar el hemisferio occidental, la influencia estadounidense sigue dependiendo de las alianzas, las bases en el extranjero y la centralidad en las finanzas y el comercio mundiales. China también ha construido amplias redes globales a través del comercio, la financiación de infraestructuras y la tecnología. Incluso Rusia aún depende de los mercados mundiales a través de las exportaciones de energía, alimentos y armas. Ninguno de estos Estados puede replegarse en burbujas autosuficientes sin socavar las redes superpuestas necesarias para mantener su poder.
El repliegue, que ya está muy avanzado, es autodestructivo. Algunas de las amenazas más existenciales a las que se enfrentarán las grandes potencias este siglo —futuras pandemias, cambio climático, inteligencia artificial militarizada, ciberataques y el terrorismo transnacional— sencillamente no pueden gestionarse en solitario. A medida que el mundo vuelve a fracturarse en esferas rivales, la cooperación necesaria para hacer frente a esas amenazas se marchita.
El panorama emergente promete estabilidad, pero solo ofrece incertidumbre y peligros crecientes: más puntos de conflicto entre potencias nucleares, más proliferación nuclear, menos cooperación frente a amenazas globales y un sistema estructuralmente incapaz de mitigar los riesgos que genera.
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Maduro y el sistema internacional/ Héctor Schamis es profesor en la Universidad de Georgetown.
ABC, Viernes, 23/Ene/2026
Ya lo había señalado Jorgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel: «Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hizbolá, proporcionando armas, sistemas de vigilancia y recursos de supervivencia económica. Hacen que el régimen sea más robusto y más brutal». Nunca más oportuna la afirmación, describe una suerte de 'Internacional de la Autocracia' cuya ideología en común es el dinero ilícito. Tal Internacional hoy está sin ropa ante nuestros ojos. Así como en ocasión del Nobel a María Corina Machado, la captura de Maduro también obliga a una revisión conceptual sobre el funcionamiento del sistema internacional. Leemos y escuchamos acrobacias discursivas que solo sirven para exponer complicidades con las dictaduras. La revuelta iraní arroja luz sobre lo mismo. Así como se desnudan los encubrimientos de una supuesta izquierda en el caso de Maduro, varias caretas seudofeministas se desvanecen en silencio ante el terrorismo de Estado de la teocracia iraní.
Agréguese la confesión de parte del Gobierno de Cuba, honrando a los 32 militares caídos custodiando a Maduro. Que dicha asistencia tuviera lugar a solicitud del Gobierno venezolano, según informa el Partido Comunista, en nada disimula la relación de sometimiento. Al contrario, pues delegar la seguridad de un jefe de Estado en el Ejército de una nación extranjera indica, como mínimo, una situación de 'soberanía restringida'. Como máximo, sugiere la hipótesis de un ejército de ocupación, especialmente teniendo en cuenta que la presencia de efectivos cubanos en Venezuela habría llegado a 20.000.
Las autocracias no han tenido un feliz inicio de 2026. Sus eventuales caídas podrían generar un efecto dominó, una primavera democrática en el sur global. El problema es que la comunidad internacional, como quiera que se defina el término, no necesariamente ha estado a la altura de las circunstancias. De ahí el surgimiento de interpretaciones del derecho internacional para denunciar la captura de Maduro, teóricamente por ser violatoria de la soberanía de Venezuela. Así dicen algunos.
España criticó la intervención y urgió a «defender el derecho internacional siempre y en todas partes»; Alemania y Francia expresaron preocupación por la «vulneración del derecho internacional»; Austria condenó «la violación de la Carta de las Naciones Unidas». Pronunciamientos críticos se escucharon también al secretario general de ONU, China y Rusia. Hasta Hamás condenó la captura de Maduro por ser «una grave violación del derecho internacional y un ataque a la soberanía de un Estado independiente». La neutralidad europea es exasperante, el apaciguamiento de Maduro hoy es como el de Putin ayer. Que, al mismo tiempo, Hamás adopte idéntico lenguaje subraya la pobreza moral e intelectual de la discusión.
El derecho internacional es producto del internacionalismo liberal de la posguerra. Dicha arquitectura institucional no se pensó para proteger a los Estados, sino para evitar que se cometan atrocidades contra los pueblos dentro de las fronteras, y por acción, de un Estado. A menos que se pretenda regresar al orden internacional surgido de Westfalia en 1684, ello requiere relajar o suspender el principio de soberanía. Y aún bajo aquella noción arcaica, el argumento tampoco se aplicaría hoy a Venezuela dada su situación de soberanía restringida. Venezuela ya estaba invadida.
Si las agresiones de Rusia o de China a países vecinos se consideran equivalentes a las acciones militares de Estados Unidos para arrestar a un dictador y usurpador –además, un transgresor del principio de la soberanía del pueblo– la hipocresía se hace explícita. Si el Derecho Internacional es usado como coartada exculpatoria para beneficio de tiranos, se corrompe su historia y su espíritu. No resulta gratis para las víctimas, el pueblo venezolano. Mucho menos para los presos políticos, rehenes del régimen ahora excarcelados en cuentagotas, mas no liberados.
El sadismo es vocacional en el chavismo, lo practica todo el tiempo y en los mínimos detalles. La llamada 'diplomacia de rehenes' –presos de nacionalidad extranjera usados como moneda de cambio– lo ilustra. A los españoles excarcelados se les ha restringido la libertad de expresión a su regreso, no se les permite formular declaraciones a la prensa. Según se informa, se trataría de acuerdos humanitarios y diplomáticos formalizados entre el régimen y Zapatero, siempre el nombre propio del chavismo en España. Pedro Sánchez celebró la liberación de los españoles que han pasado más de un año «retenidos en Venezuela», nótese el eufemismo.
El contraste con excarcelados de otras nacionalidades no podría haber sido más marcado. Los italianos, por ejemplo, fueron recibidos en el aeropuerto por la propia primera ministra Meloni y el canciller Tajani. Todos hablaron libremente con la prensa y 'postearon' en redes sociales su descripción del «infierno vivido», según lo llamó uno de ellos. Meloni hizo lo propio, exhibiendo principios éticos que el dúo Sánchez-Zapatero no conoce. Así como hay encubrimiento y complicidad en unos, también hay empatía y solidaridad en otros.
Si bien en descomposición, el régimen sigue en pie. Regenteado por los hermanos Rodríguez y Cabello, y bajo supervisión de Washington, es una fórmula provisoria. Lo aclaró el propio Trump, tal vez sin saber que el chavismo es eximio en los juegos de dilación. Es de imaginar que la visita de Machado a la Casa Blanca acelere los tiempos, haciendo a dicho arreglo aún más temporal. Trump ve en esta dictadura pos-Maduro capacidad para gobernar el corto plazo y encaminar la explotación de petróleo y minerales críticos. Muy pronto se dará cuenta de que con el chavismo no podrá lograr lo uno ni lo otro. Es que orden político y prosperidad se encuentran en una relación de causalidad reciproca.
Darren Woods, el CEO de Exxon Mobil, lo resumió de manera concluyente: «Venezuela es ininvertible». Lo explicó a partir de la imprevisibilidad jurídica que ha permitido una larga historia de expropiaciones arbitrarias. Ocurre que en Venezuela no hay Estado, por lo cual la explotación de recursos naturales se reduce a la pura guerra por el recurso dentro del PSUV, inicialmente un partido político luego transformado en una confederación de facciones criminales comandados por 'warlords'. De hecho, el negocio petrolero ya está en manos privadas: las bandas que lo roban, lo venden en contrabando y embolsan la ganancia; y que compiten entre sí. La explotación de minerales críticos otro tanto: el oro del Orinoco ya está concesionado, al ELN colombiano. Los arquitectos de este modelo de negocios siguen en el poder, ninguno de ellos tiene incentivos para modificarlo.
La prosperidad económica requiere reglas de juego claras e imparciales para construir seguridad jurídica y reducir el riesgo del inversor. O sea, no hay prosperidad de largo plazo sin Estado de derecho. No casualmente, esa es la misma institucionalidad que asegura derechos ciudadanos y paz social, creando las condiciones propicias para un orden político democrático. En definitiva, sin democracia no habrá inversión, retorno del éxodo, estabilidad política ni recuperación económica. Además, ese es el deseo de los venezolanos, un pueblo que, 26 años de chavismo después, exhibe convicciones democráticas intactas.
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