7 dic 2014

Vicente Leñero por ESTELA LEÑERO FRANCO

Revista Proceso No. 1988, 6 de diciembre de 2014
Mi padre y maestro /ESTELA LEÑERO FRANCO
El pasado miércoles a las nueve de la mañana mi padre dejó de respirar. Como si fuera un sueño, nos sumimos en un torbellino de emociones, de dolor, de pena, de tranquilidad también. El homenaje tan sentido al día siguiente, compartiendo con hombres y mujeres, familia, colegas y amigos, permitió dimensionar al hombre que estuvo con nosotros 81 años y que dejó una huella indeleble en muchos de nosotros y en el devenir del México político, social y artístico.
Vicente Leñero fue maestro de varias generaciones, ejemplo a seguir, constancia del compromiso de un escritor en nuestra sociedad y del compromiso de experimentar en el arte buscando nuevas formas de expresión, transformando la repetición en proposición.
 Como periodista, siguió una línea de denuncia sin una intención de arengar. La verdad por sobre todas las cosas marcó su camino. Decir lo que pasa en el aquí y ahora, sentir que la noticia vieja no vale, que asumir una posición crítica implicaba cuestionar al poder, por lo que recibió amenazas, boicots, censuras, hasta salir con la cabeza en alto después del “Golpe a Excélsior” y fundar la revista Proceso para continuar hablando con la verdad cueste lo que cueste.


Escribió novelas, guiones cinematográficos, radionovelas y telenovelas; y en cada género se planteaba nuevos retos. Lo que importa es escribir, decía, porque ahí es donde está el aprendizaje. En los cuentos de su última época investigó la mezcla de realidad y ficción; hablar de personajes conocidos por muchos, confundirnos sin saber qué era inventado y dónde estaba su experiencia.
 En el teatro me contagió su pasión por la escena desde la dramaturgia, y aunque él me decía que eso ya lo llevaba dentro, él fue el maestro que me enseñó a buscar mi propia voz expresiva; porque la libertad era otro de sus  principios fundamentales. La libertad de elegir el camino conociendo las herramientas básicas; estudiando y trabajando. Por eso tenía tantos alumnos y era tan querido, porque gracias a su generosidad supo desentrañar las capacidades de los otros para poderlas desarrollar; porque él creía en la riqueza de la pluralidad, en lo maravilloso de la diferencia.
 Como dramaturgo abrió muchas brechas que indagar: convirtió la nota periodística en teatro con un lenguaje contemporáneo; jugó con el tiempo escénico y, obsesionado por las estructuras, como buen ingeniero, las llevó hasta sus últimas consecuencias.
 Hablar de mi padre en estos momentos resulta arriesgado: pasional, obnubilado por mi admiración y amor por él –no sin antes haber pasado por cuestionamientos y sentimientos encontrados–, pero no me queda más remedio que escribir, y exponer mis sentimientos y pensamientos con todo lo subjetivos que son.
 La ausencia de Vicente Leñero, mi padre y de muchos otros, es un hueco insustituible, a pesar de que “su obra queda para la posteridad” y a pesar del lugar común que implica la frase. Pero, como me dijo mi maestro Luis de Tavira al finalizar la ceremonia: él ya no nos hablará desde fuera porque ahora vive en nosotros y habrá que dejar que su voz se exprese desde el interior.
 Porque Vicente Leñero es para las letras y el teatro mexicano una presencia, un rompedor de estructuras, un hombre crítico de su sociedad que a través del testimonio de su vida y su quehacer, sigue marcando, en nuestro país y nuestros corazones, una ruta subversiva en el devenir. 

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