1 ene 2026

La esperanza de Benedicto XVI

 La esperanza de Benedicto XVI/ Juan Antonio Martínez Camino es obispo auxiliar de Madrid.

ABC, miércoles, 31/Dic/2025 
El último día de 2022 Benedicto XVI terminó su vida en este mundo, pero seguro que acompaña a la Iglesia desde el Cielo. Además, su luminoso magisterio y su penetrante reflexión teológica siguen siendo una referencia para la evangelización de la cultura moderna. En enero de 2026 la Fundación Universitaria Española publica un libro titulado 'Benedicto XVI, padre de la Iglesia y profeta de la Esperanza'. «Padres de la Iglesia» son los grandes pastores y teólogos que pusieron las bases de la andadura de la Iglesia en diálogo crítico con la cultura grecorromana. Grecia fue la cuna de la filosofía, que, a la búsqueda de la verdad, acertó a ir más allá de los mitos de los poetas y de las costumbres de los políticos. Roma puso en marcha la maquinaria del derecho, de modo que la ley pudiera terminar con el reino de la fuerza. Dos pilares de la cultura occidental, que, si supera su profunda crisis actual, lleva camino de hacerse global.

Lo normal es que la entonces minúscula religión de los seguidores de Cristo hubiera compartido el destino de otras «religiones extranjeras» que, asimiladas por la potente cultura grecorromana, pasaron a la historia. Pero no podía ser así. Los padres de la Iglesia contaban con la sabiduría del Logos hecho carne, «la verdadera filosofía». No negociaron la equiparación de la fe cristiana con una religión más de las incorporadas al panteón romano. La sangre de los mártires lo atestigua. Tampoco se sometieron a las filosofías dominantes, como el neoplatonismo, tan tentador para intelectuales cristianos como Arrio. Los padres de la Iglesia no helenizaron el cristianismo. Al contrario, con la fuerza de la verdad de Cristo, evangelizaron la cultura grecorromana. El concilio de Nicea, del 325, lo puso bien de manifiesto.

El cristianismo de los tiempos modernos se enfrenta a un desafío de calado semejante al que afrontaron los padres de la Iglesia. La cultura moderna ha desembocado en un paganismo adorador de un hombre-dios que, de acuerdo con el mito del progreso, se promete a sí mismo un paraíso terreno de hechura humana. La cuestión pendiente para la Iglesia es ésta: ¿Cómo evangelizar la cultura moderna, acogiendo sus logros, pero sin asimilarse a ella, es decir, sin modernizarse?

Benedicto XVI es considerado un padre de la Iglesia, porque puede ayudar a responder al desafío moderno al modo en que los padres evangelizaron la cultura helénica. Su diálogo crítico con la Modernidad no elude la cuestión de la verdad, sino que la pone en el centro de la conversación, tal como hicieron san Justino, san Atanasio o san Agustín en su debate con los mitos y con los filósofos paganos.

Según el papa alemán, el diálogo de salvación con la cultura moderna versa sobre los dos asuntos principales que alimentan el mito del progreso y la filosofía del superhombre: el de la igualdad y el de la libertad; o si se quiere, el de la fraternidad y el de la esperanza. Frente a las antiguas sociedades esclavistas o estamentales, la Modernidad se enorgullece de estar a punto de hacer realidad histórica la igualdad de todos los seres humanos. El mayor aprecio de la igualdad es sin duda un logro de ascendencia evangélica: «En Cristo no hay judío ni griego, esclavo ni libre».

Las ideologías de corte socialista se centran en el aspecto económico y social de la igualdad. La cuestión es si la igualdad, entendida de modo cuantitativo («un hombre, un voto» o «a igual trabajo, igual salario») no constituye en realidad un retroceso respecto de la igualdad como fraternidad. Pero la fraternidad no puede darse sin una real paternidad común a todos los hombres. No se puede prescindir del paulino «en Cristo» sin detrimento o sin vaciamiento de la igual dignidad de los seres humanos.

De más hondo calado es tal vez la cuestión de la libertad, subrayada por las ideologías liberales, pero tampoco ajena a las socialistas, como la idea de igualdad no es extraña a los ideales liberales. En realidad, esos dos mimbres del mito del progreso son patrimonio común de la cultura moderna dominante.

Empoderado por la ciencia y por la técnica, el hombre moderno siente que ha conquistado su libertad. A diferencia de sus infantiles antepasados, el 'homo technicus' ya no es esclavo de la ignorancia y ni de la impotencia. No depende de nada ni de nadie para construir su presente y diseñar su futuro: ni de ninguna autoridad mundana ni de ninguna divinidad celeste. No se siente condicionado tampoco por la naturaleza, considerada como un mero material disponible para sus proyectos de libre autorrealización. Siendo por fin libre, el ser humano puede esperar el futuro que mejor le conviene a él. Su futuro es suyo, no está a merced del destino ni de ninguna voluntad divina. La esperanza es el fruto maduro y necesario de la libertad.

Este diagnóstico podría parecer un tanto anacrónico. La crítica del progreso cuenta ya con su historia, desde los románticos del XIX hasta el actual feminismo de Mary Harrington, pasando por la escuela de Frankfurt. La conciencia ecológica habría puesto también en serio aprieto al mito del progreso. Cierto, estos interlocutores pueden jugar un papel interesante en el pendiente diálogo crítico de la Iglesia con la Modernidad. Sin embargo, Benedicto XVI mantiene, como se puede leer en su encíclica 'Spe salvi', que la ideología del progreso sigue siendo la espina dorsal de la cultura neopagana occidental.

Para salir al encuentro de la legítima aspiración a libertad y a la esperanza no hay por qué creerse el mito moderno del progreso. La crisis que padece la Iglesia radica seguro en la bienintencionada, pero fatal sumisión de la esperanza cristiana a la mitología moderna. Benedicto XVI ha desvelado la vacuidad de la esperanza intramundana prometida por el ídolo moderno. Pero, sobre todo, ha refrescado la confianza en el tesoro de esperanza que encierra la fe cristiana.

Los cristianos modernizados ven en Jesús a un destacado colaborador del progreso del género humano. El profeta de Nazaret les sigue interesando por su capacidad de estimular el trabajo de la humanidad en favor de la paz, la igualdad y la libertad. Poco más. Los Evangelios se usan como cantera de historias ejemplares para movilizar energías éticas que alienten la esperanza del moderno paraíso terrenal. No es esa la esperanza de Benedicto XVI. No es esa la esperanza cristiana.

Ahí se plantea para Ratzinger «la gran pregunta» que formula y responde en su obra Jesús de Nazaret: «¿Qué ha traído Jesús en realidad, si no ha traído la paz mundial, ni el bienestar para todos, ni el mundo mejor? ¿Qué ha traído?... Jesús ha traído a Dios y con ello la verdad sobre nuestro destino y nuestro origen: la fe, la esperanza, la caridad. Sólo por la dureza de nuestro corazón nos parece que esto es poco... A la divinización mendaz del poder y el bienestar, a la promesa mendaz de un futuro que merced al poder y a la economía proporcionará todo a todos, Jesús le ha contrapuesto el ser Dios de Dios; Dios, como verdadero bien del hombre».

La esperanza de que los poderes humanos le darán todo a todos es un mito falaz. La esperanza de que el mundo está en manos del Dios que vino como hombre en Belén para vencer en la Cruz al mal y a la muerte misma, que viene en sus santos, y que vendrá de nuevo para juzgar y glorificar a su preciosa creación, es la gran esperanza capaz de hacernos cada vez mejores hermanos y más libres. Es una esperanza que no se marchita ni siquiera ante el posible final perverso de la historia, previsto por Kant. No sería un final absoluto. Todavía hay salvación para la cultura moderna.


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