Mucho rollo..
Entre el "Faro del Mundo" y el asfalto de Tlalnepantla
Bajo el cielo plomizo de Tlalnepantla, la Presidenta Sheinbaum subió al estrado con una misión: convencer de que México no es solo una nación, sino un faro global. Con un discurso encendido por ese nacionalismo que tanto gusta al movimiento, aseguró que nuestro país sigue siendo "la esperanza del mundo". Según su visión, la elección popular del Poder Judicial nos ha colocado en un pedestal único en la historia contemporánea.
Sin embargo, detrás de la narrativa de gloria, la plaza dictaba otra sentencia. Los claroscuros de la jornada nos recordaron que la política, antes que ideología, es resistencia física:
Sheinbaum celebró la llegada de un indígena a la presidencia de la Corte, evocando el fantasma de Benito Juárez. Para ella, las pensiones y el legado de Leona Vicario son tesoros que "no cualquier país tiene". Es la historia de bronce intentando cobrar vida en el presente.
Mientras el micrófono hablaba de futuro, el reloj castigaba el presente. Miles fueron citados desde las 15 horas para un acto que arrancó pasadas las cinco y media. El resultado fue humano y predecible: justo cuando la Presidenta aparecía, cientos de personas —que ya habían pasado lista y cumplido con la foto de rigor— emprendieron la retirada. El entusiasmo tiene un límite, y ese límite suele ser el hambre, el sol y la espera.
La confesión del "rollo": En un destello de honestidad —o quizás de cansancio compartido—, la propia Sheinbaum admitió: "Bueno, ya me eché mucho rollo". Fue entonces cuando tocó la fibra más sensible, esa que no entiende de tribunales ni de héroes patrios, pero sí de llantas rotas: prometió pavimentación y cero baches. Ahí sí, los aplausos fueron reales.
La estampa en el Estado de México es el fiel reflejo de un Gobierno que se mira con fascinación en el espejo de la "Historia Grande", pero que lidia con el desgaste de una base que padece la burocracia del mitin.
Nota al margen: No dejen de leer en la edición impresa de Reforma la crónica de Jorge Ricardo. Su ojo clínico captó ese detrás de cámaras que la televisión no muestra: el acarreo, el cansancio y la maquinaria que sostiene la escenografía de la esperanza.
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