6 ene 2026

Todo bajo el cielo en el mandato de Trump

Todo bajo el cielo en el mandato de Trump

El País, Martes, 06/Ene/2026 

En la nueva Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana, la impronta china atraviesa el texto como una presencia ubicua que moldea fondo y forma. Para empezar, conviene señalar que se trata de un documento plagado de contradicciones, donde se afirma, sin rubor ni matiz, una cosa y su contraria. Proclama la predisposición hacia el no intervencionismo, salvo cuando los intereses nacionales dicten lo contrario, como acaba de ocurrir en Venezuela. Afirma no haber “nada incoherente ni hipócrita” en mantener relaciones estrechas con regímenes autoritarios, mientras acusa a los europeos de dañar la democracia. A ratos, el escrito parece una colección de fragmentos desconectados, un conjunto de retazos de declaraciones, ideas sueltas y generalidades sin continuidad. 

En la sección de América Latina, se intuye la mano del secretario de Estado, Marco Rubio; en los pasajes sobre Europa, la inquina del vicepresidente Vance. Pero bajo esas contradicciones internas, a modo de forro envolvente, late el principio rector del América Primero, en una visión que recuerda por momentos a la concepción clásica del poder imperial chino, fundamentada en ideas como el Mandato del Cielo y Tianxia (“todo bajo el cielo”), que concebían al emperador como centro legítimo de un orden jerárquico mundial. Una cosmovisión que se manifiesta en un sistema de círculos concéntricos de influencia, definidos por la proximidad geográfica y la afinidad cultural con el núcleo civilizatorio, donde el Imperio del Centro ocupaba la posición dominante, y en la lejana periferia habitaban los pueblos bárbaros. Las relaciones exteriores respondían a la lógica del vasallaje simbólico, bajo el principio de no injerencia, salvo cuando la periferia representaba una amenaza directa a la estabilidad del centro. El emperador era la fuente última de autoridad, por encima de cualquier principio de legalidad o Estado de derecho, y ejercía el poder a través de una ley emanada de su persona, dando lugar al Leviatán despótico sobre el que han escrito los premios Nobel Acemoglu y Robinson.

La Estrategia de Seguridad Nacional articula las capacidades norteamericanas en un lenguaje que evoca la representación del Imperio del Centro en términos de civilización. Estados Unidos es el país “más fuerte, más rico, y más poderoso… La nación más grande y exitosa de la historia de la humanidad” (sic). Desde esa posición, el texto despliega una jerarquía espacial de intereses en círculos concéntricos. En el primero, por proximidad geográfica, se sitúa América Latina. Le sigue el Indo-Pacífico, en tanto que proyección directa del flanco occidental norteamericano. En un tercer nivel aparece Europa, incorporada por afinidad cultural e histórica. Y finalmente, China aparece por alusión, en “la otra punta del mundo”.

Aun cuando la estrategia sitúa al Hemisferio occidental en primer plano, el Indo-Pacífico concentra mayor protagonismo, con un apartado casi el doble de extenso (2.002 palabras frente a 1.233). En línea con la Administración de Biden, se define como región de interés vital —“campo de batalla económico y geopolítico clave”—, cuya estabilidad se garantizará mediante una mayor presencia militar orientada a restablecer un equilibrio favorable a Estados Unidos y sus aliados. La paz en el estrecho de Taiwán y el Mar del Sur de China descansará sobre este poder disuasorio.

En las relaciones con la India, no se observa un cambio sustancial y destaca una valoración favorable hacia el país. La huella de China en el documento es omnipresente y refleja su principal objetivo: impedir que Pekín alcance un predominio global incontestado. Aunque se evita la retórica hostil que caracterizó el primer mandato, las referencias son redundantes. No podría ser de otro modo tras el jaque mate que Xi Jinping asestó a Trump en noviembre, al amenazar con restringir las exportaciones de tierras raras. La potencia asiática aparece una y otra vez en una ristra de eufemismos: “competidores no hemisféricos”, “adversario externo” y “propietario de activos clave”. De América Latina a Oriente Próximo, pasando por Europa, no hay región del mundo donde no se proyecte la silueta amenazante del gigante asiático.

Para la Unión Europea, resulta de interés especial el papel asignado a socios y aliados, considerados el medio fundamental para lograr el propósito final. Citados de forma recurrente, son definidos como “la base sobre la que se construirá la seguridad y la prosperidad en las décadas venideras”. Su reconocimiento se cuantifica en dólares: los aliados contribuyen con 35 billones de dólares a los 30 aportados por Estados Unidos, conformando así un núcleo que representa más de la mitad del producto económico global. Al respecto, el mensaje es inequívoco: la magnitud de sus aportes debe corresponder con una mayor responsabilidad estratégica, por lo que tendrán que contribuir de forma significativa a la defensa colectiva, de igual forma serán los principales garantes de su seguridad nacional, y se desprende que Washington jugará un papel menos directo.

La estrategia funde la dimensión comercial con la militar en un solo entramado: “Se trata de consolidar nuestro sistema de alianzas en un grupo económico”. Los aranceles aplicados a países amigos dejan de ser meras medidas proteccionistas, y emergen como instrumentos orientados a contener la ascendencia de Pekín. Aquellos que reduzcan su dependencia de China y alineen sus controles de exportación con los de Washington, recibirán, a cambio, un trato preferencial en el ámbito comercial. Serán, además, recompensados con un mayor margen de maniobra en la Gran América acotada por Trump.

En esta nueva arquitectura, tanto los aliados confluyen en un marco de influencia más amplio, el de los llamados “países de ingresos medios”, una categoría que algunos resumen como el Sur Global, pero que en realidad rebasa esta etiqueta. Es en esta vasta periferia estratégica donde Washington y Pekín compiten por liderar la tecnología y los estándares —en particular en inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica— que impulsan el avance del mundo.

Desde China, la lectura de la nueva Estrategia de Seguridad difiere sensiblemente de la europea. Mientras que aquí se interpretan los recientes movimientos como una repliegue o viraje hacia el hemisferio occidental, diversos analistas chinos perciben algo distinto: no habría una retirada, sino una reconfiguración, una recalibración estratégica. Lo que realmente se observa —afirman— es un reajuste de prioridades, un movimiento calculado para ganar tiempo y recomponer fuerzas. Como señala Diao Daming en The Paper, “no hay un cambio en la dirección de la hegemonía, sino un cambio en el método de esta”, con una distribución de los costes de mantenimiento entre los aliados. La aparente distensión con China no sería más que una pausa táctica, un camuflaje, una maniobra retórica que busca suavizar tensiones mientras se racionalizan los recursos. Trump —escribe Mei Yang, de la Universidad China de Hong Kong—, como empresario convertido en político está llevando a cabo, frente a las crisis internas, una reestructuración contable que sienta las bases para la próxima expansión.

Pero, a pesar de su ambición, la estrategia revela una falla estructural importante, la valoración de unos aliados, europeos y asiáticos, que son vitales para su objetivo. Lejos de una relación entre pares, lo que se dibuja es una rígida jerarquía, más cercana al vasallaje que a la cooperación. Una visión marcadamente instrumental que subraya lo que estos socios aportan a la suma de fuerzas norteamericana, pero omite cualquier apreciación sustantiva de sus necesidades o prioridades estratégicas. En el caso particular de la UE, el desdén es tan evidente, que cabe preguntarse si no se tratará de otra táctica de camuflaje e intimidación. En cualquier caso, está por ver si Donald Trump podrá cuadrar tanto círculo.

Eva Borreguero es profesora de Ciencia Política en la UCM, especializada en Asia Meridional. Ha sido Fulbright Scholar en la Universidad de Georgetown y Directora de Programas Educativos en Casa Asia (2007-2011). Autora de 'Hindú. Nacionalismo religioso y política en la India contemporánea'.



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