19 jul. 2017

De Joseph a Georg; instrumentalizaciones sobre los hermanos Ratzinger

De Joseph a Georg; instrumentalizaciones sobre los hermanos Ratzinger
Primero el mensaje del Papa emérito para el funeral de Meisner, después las noticias sobre los abusos que sufrieron los niños en Regensburg: ya no cuentan las palabras ni los contextos, sino solo su uso para atacar al adversario
Los hermanos Joseph y Georg Ratzinger

Vatican Insider, Pubblicato il 19/07/2017
ANDREA TORNIELLI
«El Papa emérito fue instrumentalizado voluntariamente, con esa frase no aludía a nada preciso, se refería a la situación de la situación de la Iglesia de hoy y del pasado con la imagen de una barca que no navega por aguas tranquilas. Lo dice incluso Francisco. Comprendo que esta imagen pueda dar pie a alusiones o despistes, pero detrás de esas palabras no hay ningún ataque». Con estas palabras monseñor Georg Gänswein, prefecto de la Casa Pontificia y secretario de Benedicto XVI, trató de desinflar, en una entrevista al periódico italiano «Il Giornale», las polémicas que provocó el mensaje enviado por el Papa emérito al funeral del cardenal Joachim Meisner, que falleció hace pocos días. 
En ese mensaje, para recordar a su amigo, Joseph Ratzinger escribió: «Lo que más me ha conmovido es que el cardenal Meisner ha vivido este último periodo de su vida con una certeza cada vez más profunda de que el Señor no abandona a su Iglesia, aunque a veces la barca se haya llenado hasta casi naufragar». Palabras que fueron inmediatamente interpretadas como un ataque a su sucesor el Papa Francisco. 

 La de la barca en el mar agitado, y del Señor que parece dormir en lugar de guiarla, es una referencia que recorre dos mil años de historia de la Iglesia. El episodio evangélico es el que cuenta Marcos (4, 35-41): los discípulos, aterrorizados, se encuentran en una barca en medio de una tormenta en el mar, y Jesús, que está con ellos, se encuentra durmiendo profundamente en la popa, tranquilo. Los discípulos lo despiertan y casi le reprochan su actitud. Él ordena que el mar y el viento se calmen e inmediatamente llega la bonanza. El objetivo del milagro no es tanto el de resaltar la potencia del Hijo de Dios, sino suscitar la fe en sus seguidores, reprochándoles haber tenido miedo a pesar de que el Maestro estuviera en la misma barca. 
 Se pueden recordar al respecto las palabras de Pablo VI, pronunciadas en diciembre de 1968 ante los miembros del Seminario lombardo. Sucedió pocos meses después de la publicación de la encíclica «Humanae vitae», que representó el momento de mayor aislamiento para el Papa Montini, a quien atacaban incluso sus amigos. Dijo: «Muchos esperan del Papa gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa no considera deber seguir más líneas que la de la confianza en Jesucristo, quien se preocupa por su Iglesia más que ningún otro. Será Él quien calme la tempestad. Cuántas veces el Maestro repitió: “Confidite in Deum. Creditis in Deum, et in me credite”. El Papa será el primero que siga este mandamiento del Señor y que se abandone, sin angustia o ansias inoportunas, al juego misterioso de la invisible pero cierta asistencia de Jesús a su Iglesia. No se trata de una espera estéril o inerte, sino de una espera vigilante en la oración». 
 Esta misma concepción de que no es el protagonismo del Papa lo que guía a la Iglesia surgió muchas veces durante los ocho años del Pontificado de Benedicto XVI. Basta recordar las palabras de Ratzinger en su discurso durante la última audiencia en la Plaza San Pedro, el 27 de febrero de 2013 por la mañana, un día antes de que comenzara la sede vacante después de su renuncia: «¡Veo a la Iglesia viva!La Iglesia no es mía, no es nuestra, sino del Señor, que no la deja hundirse; es él quien la conduce…». 
La misma mirada de fe se encuentra en el Papa Francisco, quien, durante el Ángelus del 10 de agosto de 2014, al comentar el pasaje evangélico de Marcos, dijo: «¡Cuántas veces también a nosotros nos pasa lo mismo! Sin Jesús, alejados de Jesús, nos sentimos tan atemorizados y poco adecuados que pensamos no poder seguir adelante. ¡Falta la fe! Pero, Jesús siempre está con nosotros, acaso oculto, pero presente y listo para sostenernos. Esta es una imagen eficaz de la Iglesia: una barca que debe afrontar las tempestades y que a veces parece a punto de ser arrollada. Lo que la salva no son las calidades o el valor de sus hombres, sino la fe, que permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre a nuestro lado, de su mano que nos aferra para alejarnos del peligro. Todos nosotros estamos en esta barca, y aquí nos sentimos al seguro a pesar de nuestros límites y de nuestras debilidades». Palabras casi idénticas a las que ahora repitió el Papa emérito a propósito de la barca que está casi por naufragar. 
 Se comprende, entonces, la intrumentalización de las palabras que utilizó el Papa emérito en el mensaje para el funeral de Meisner, como si fueran en contra de su sucesor. Y, sobre todo, se comprende que esta instrumentalización revela una falta de conocimiento sobre el magisterio de Benedicto XVI, así como, en el fondo, la falta de una mirada de fe. Y parece además poco creíble la hipótesis de que el Papa emérito no haya sido el autor de aquel mensaje para su amigo cardenal. 
 Ha surgido en las últimas horas también otra instrumentalización, pero ahora de su hermano Joseph, que tiene 93 años y fue director del coro de Regensburg.  
 Para evitar equívocos, hay que afirmar que el resultado de la investigación que promovió la diócesis durante los últimos dos años son terribles: 547 niños fueron víctimas de maltratos, y 67 de ellos sufrieron abusos sexuales, en algunos casos repetidos. Los episodios se refieren a un arco temporal que va desde los años 50 a la década de los 90. Los abusos se verificaban en la escuela a la que iban los chicos del coro. 
 El caso surgió en 2010, en el punto más alto del escándalo de la pederastia en el país, y lo que suscitó mucha agitación fue que el hermano del entonces Pontífice hubiera dirigido durante 30 años el coro «Regensburger Domsplatzen». Ahora, la comisión de investigación concluyó su trabajo y el martes 28 de julio dio a conocer el resultado final. Ninguna de las acusaciones de abusos sexuales fue en contra de Georg Ratzinger, quien en 2010 pidió perdón por algún exceso de ira, admitiendo que había dado alguna bofetada, así como por no haberse dado cuenta de la gravedad de lo que sucedía dentro de la escuela. El abogado de las víctimas declaró que Georg Ratzinger no podía no saber, por lo que habría de alguna manera encubierto lo que sucedía. Habrá que esperar a leer detalladamente las declaraciones de las víctimas, pero en 2010 el hermano de Benedicto XVI declaró que no sabía nada sobre abusos de naturaleza sexual. 
 Habría, pues, que tener mayor cautela: es evidente que tanto en 2012 como ahora el nombre de Georg Ratzinger represente una noticia. Pero asociar ese nombre a abusos sexuales en los titulares (aunque sean formalmente correctos) de los medios parece sugerir que tuvo alguna responsabilidad en los abusos mismos. Responsabilidad que, por el contrario, no existe. 
 Da risa (e indica el nivel al que se ha llegado con la instrumentalización) la patética intención de los que han subrayado la «coincidencia» temporal entre el mensaje de Benedicto XVI para el funeral de su amigo Meisner y la publicación de los resultados de la investigación sobre los abusos en Regensburg. Según el típico estilo «complotista» estos dos hechos tienen relación, aunque nadie haya dado a conocer ningún indicio real de que exista algún nexo. Dan a entender que el segundo evento está relacionado con el primero, como si se pudiera tratar de una «contraofensiva» de carácter «bergogliano» en contra de los resistentes «ratzingerianos». 
  También hay que desmontar las intenciones de quienes pretenden (frecuentemente en los últimos días) enfatizar el alcance de los casos relacionados con presuntos abusos de los que es acusado el cardenal George Pell y de la presunta falta de atención por el fenómeno de Regensburg en 2010 por parte del cardenal Gerhard Ludwig Müller, para utilizarlos en las luchas intestinas de la Curia romana. 

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