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Rumor de viento es la palabra

Rumor de viento es la palabra
 Nota crítica a la poesía de Alejandro Avilés/Leopoldo González
Tomado del libro Un Grito contra nadie. Aproximaciones a la obra de Alejandro Avilés/ Fred Alvarez Palafox y Leopoldo González; Primera edición 2016, Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC))
Tienes diamantes y perlas 
y cuanto hay que apetecer... Heinrich Heine
El poeta Alejandro Avilés (La Brecha, Sinaloa, 1915-Morelia, Michoacán, 2005) se sabía sombra de la luz, incógnita de ser, misterio desolado, interrogante de infinito, transparencia en llamas, senda de célula y conciencia en los caminos de la tierra, escritura de explo-ración interior y canto de reivindicación del mundo, lo cual queda de manifiesto en el grito interior que da voz a su silencio, en el aire sereno que dota de equilibrio y rige cada uno de sus poemas y en la hondura y la originalidad lírica de toda su obra.

En las líneas que siguen, intentaré probar que Alejandro Avilés fue un poeta del interior del hombre, que en el hablar consigo mismo fijó la coordenada de un diálogo permanente y fecundo con el otro y los otros; al mismo tiempo, propondré la hipótesis de que en toda su obra —sin ser propia y cabalmente religiosa, sacra o mística— late un espiritucentrismo que guía el pensar, el sentir, la emoción estética y el quehacer del poeta, dentro de un imaginario en el que todo en el ser y en las cosas del ser busca y se dirige a la trascendencia, como representación simbólica y una de las metáforas más logradas del sentido de plenitud en el cosmos; por último, habré de postular la consideración de que su obra, insuficientemente leída y poco estudiada, se constituye en punto de continuidad de la poesía moderna mexicana del siglo xx, no solo por las preocupaciones temáticas, la forma de decir y los acentos vitales que la caracterizan, sino porque creó un estilo muy suyo, sin figuras tutelares ni resonancias de otras voces, pero abundante en hermanos mayores y menores deseosos de poner su «Pica» en el «Flandes» de las letras y la cultura nacional.
Cinco libros en un autor pueden ser suficientes para descifrarse a sí mismo, dialogar con el otro y nombrar al mundo. Por lo menos, esto es cierto en el caso de Alejandro Avilés, quien entre 1948 y 1980 publicó cinco libros de poesía, alentó la edición de la antología Ocho Poetas Mexicanos —publicada «bajo el signo de Ábside» por la Editorial Jus, en 1955— con la que se dio a conocer el Grupo de los Ocho, y cuya obra fue objeto de una primera selección, hecha por él mismo (Obra Poética, Coedición Club Primera Plana y Lotería Nacional para la Asistencia Pública, México, 1994), y posteriormente de una segunda selección, también de su autoría (En torno a Claros Días, Edición Biblioteca del ISSSTE, Colección ¿Ya LEISSSTE?, México, 2000), donde el poeta deja entrever quién es y por qué es lo que es, pues se propone a sí mismo como enigma a descifrar; muestra que la poesía —ese «oficio de tinieblas»— es fuente de respuestas y ruta de salvación a la altura del hombre; despliega una visión del mundo en la que ser y deber ser, sombra y luz, realidad y deseo, vida y muerte terminan reconciliándose en el abrazo cósmico de la san-gre; en suma, en toda su obra, que comienza con su primer poema Oda a Sandino y concluye con la obra inédita que dejó revisada y lista, fluyen el ser y el mundo, los pasos del hombre y el sueño, la historia sin mayúscula y las vidas de la memoria como un sistema de preguntas a las que el poeta intenta comprender y responder, dar forma y claridad desde la luz del lenguaje.
Formado en lecturas que describen la grandeza de la Edad Media, en el aula sin muros del espíritu renacentista, en la lectura de los clásicos que editó en México José Vasconcelos y en el conocimiento de pensadores humanistas como Juan Luis Vives, San Buenaventura, Rogerio Bacon, Ramón Sibiuda, Chesterton y Johannes Messner, en la poesía de Avilés no son claras ni definidas las influencias que pudiera tener de otros poetas, de siglos anteriores o del xx, aunque sí ciertas semejanzas con poetas religiosos y modernos del siglo xx mexicano; lo que sí puede afirmarse es que hay en su obra ecos y transbordos de filosofía humanista, huellas de las vanguardias del medio siglo, preocupaciones temáticas que lo colocan en la saga de López Velarde y de Pellicer, e incluso resonancias de cierta espiritua- lidad franciscana (sobre todo en Don del Viento), no solo porque su diáfana escritura se derrite en una ardiente convocatoria a la humil- dad, a la fraternidad y al amor (Francisco de Asís se había desposado con «Madonna Povertá», la Señora Pobreza), sino, además, porque lo mejor del canto de Avilés sabe a tierra recién nacida, a reivindica- ción de la naturaleza y del amor de las criaturas, a sollozo del hombre en carne viva, a rebelión y revelación del ser en la palabra. A propó- sito de esto, en los poemas cuarto, quinto y séptimo que sin título publica en la antología Ocho Poetas Mexicanos (1955), define su ac- titud de vida y el lugar que ocupa la poesía en sus intereses estéticos:

Oh Poesía, perdurable imagen, 
efímera palabra.
*
Miro por las rendijas de la sangre
 para ver lo que veo:
un corazón que sufre
para mecerse en su columpio lento, 

un dolor enquistado
para transfigurarlo en gozo y vuelo,
 una vida que espera
para llevarla a donde yo me quedo 

y una muerte olvidada
para buscarle dueño.
*
Callar, que las palabras
 humo son de la imagen.
 (...)
Callar porque callando 
se abren ojos y oídos
a la santa prudencia de los árboles 
y al callado rumor del pensamiento.

En la obra de Alejandro Avilés, la experiencia del lenguaje es una tentativa de iluminación del mundo, en lo que tiene de penumbra rota u obscuridad baldía; por su parte, la palabra es entraña de silencios que se dispone a nombrar las cosas de la tierra y a recrearlas, desde su propio poder de significación, buscando descubrir el lugar moral del individuo en la historia y establecer los lazos jerárquicos que unen a las criaturas y a las cosas con el hombre, y al hombre con Dios. En este sentido, Avilés, desde poco antes de los veinte años de edad, se sabe depositario de los materiales que acarrea el viento de todas partes a otra parte, de lo que dice el grito seco de la realidad que lo envuelve y lo interpela, de la responsabilidad de urdir el canto que haga visible lo que somos. Con el tiempo, en el duro vivir las cosas de este mundo, descubrió en la invisible voz «el ciego resplandor de la palabra». Lammenais dejó escrito: «Después de la palabra, el silencio es la segunda potencia en el mundo».  (Le silence est, aprés la parole, la seconde puissance du monde...,El silencio es después de la palabra, la segunda potencia de este mundo.." Jean Bautista Henri Lacordaire, predicador dominico (1802-1861).
La palabra que dice el poeta dice al poeta: cuando escribe sobre la pantalla cibernética, le habla al viento o traza en el aire la arruga de un desconsuelo o el gesto radiante de un gozo, la realidad ha tomado la palabra. Al escribir esto aquello, el poeta se vuelve uno con la rea-lidad a la que ha dado nombre, que a su vez lo transforma en sujeto cognoscible y en predicado posible de lo nombrado, con lo cual uno y otro refuerzan su identidad sustancial: al compenetrarse uno de la sustancia del otro, se corresponden dándose peso y levedad. Así, cuando el poeta escribe: «Escucho una palabra que no entiendo/ No sé cómo ha venido, ni de dónde», en realidad alude a la misterio- sa voz interior que crea el poema, y a su hacedor como demiurgo, mediador, intérprete o traductor de la oscura palabra; si dice, en el poema Río Natal, «No huyas, forma en luz transfigurada», describe al río-niño que fue en la llanura y en la resolana, y al poeta adulto que –lejos de la tierra nativa- hizo de la melancolía del origen su casa y de la añoranza la segunda piel de su canto. No hay un solo poema que no lleve en su ser la temperatura, la respiración, el cartílago y la combustión interna de su autor: el que escribe, se describe.
Las pasiones culturales de la mitad del siglo xx en México fueron la filosofía, la literatura, el cine, la fotografía, la pintura, la poesía y la música, todas ellas preguntando por el ser del mexicano, por el lugar de sus «secretas raíces» en el subsuelo de la cultura, por su filiación espiritual y su realidad histórica y, a partir de cierta visión crítica, por la manera de entroncar la realidad histórica del mexicano con la realidad histórica del mundo. Desde la filosofía (grupo La Espiga Amotinada), el ensayo de psicología social (El Laberinto de la Sole- dad), la novela (Pedro Páramo) y el cuento (Los de abajo,La malhorase proponen respuestas posibles a las preguntas que inquietan y des- velan al país desde el siglo xix. Alejandro Avilés, sin ser enteramente ajeno a esas preocupaciones y debates, opta por un camino diferente: él busca atisbosdel misterio del alma humana, y, siguiendo la huella de Charles Péguy y el método neoescolástico —que en esos años divulgaban con gran lucidez y pasión Jacques Maritain, Emmanuel Mounier y otros— va con la armadura de su poesía en busca del interior del hombre, para intentar curar las llagas de la radical herida teológica por la que sangra el mundo. Mientras se interna en sí mis- mo y vislumbra al hombre, establece la coordenada de un cambio desde adentro, sin el cual no es posible cambiar nada en el paisaje exterior: ni lo histórico, ni lo social. Lo dice en el poema Rostros en el agua 1, de Los claros días:

(...)
Un tímido horizonte de conciencia 
despunta sobre el alma,
una indecisa luz
corona el filo gris de la montaña. 

La tiniebla,
ceñida en lumbre opaca,
se oculta de sí misma
cuando el discreto resplandor avanza.


En el mismo libro, en el poema Personas, donde pueden advertirse claros destellos de las tesis tomistas sobre la idea y el problema del hombre, la manufactura de espiritualidad que Alejandro Avilés imprime al tratamiento y al desarrollo de cada uno de sus poemas, es reveladora del temple característico de toda su obra:
En la materia desolada fincan
el hueco de su forma,
la casi luz de un cuerpo,
la eternidad pequeña de su hora.

Cada una, en sus pálidos recintos, 
es insondable y sola.
Padece en sus abismos:
de los demás no sabe ni la sombra.


Otra faceta importante en la obra del autor sinaloense, es el lugar que ocupa en su universo mental y emocional la tierra como piso de la vida, como espacio de comunión de todas las criaturas y territorio de ensamble de los grados del ser en el mundo. Hasta podría decirse que la poética de la tierra hace homenaje a una poética del polvo, del agua y el viento en la obra de Alejandro Avilés.
En la reseca llanura y más allá, donde un sol de fuego arde a me- diodía como si quisiera derretir el mundo en un instante, la tierra brama en silencio sin atreverse a llorar, porque de soledad y sed están hechos los caminos del Norte de México. Bajo esa atmósfera de sole- dad luminosa, un corazón de poeta no tiene más remedio que cantar a las realidades «patafísicas» del mundo y a los nutrientes básicos de la semilla y la raíz, de lo que ve y respira, de lo que vive y palpa, de lo que sufre y ama, porque «...la sangre escribe/ en el propio latido su sentencia».
Hay una manera de ser específicamente local en Alejandro Avilés, que es a la vez el modo más genuino de ser universal, debido a que en su poesía hay una sola tierra, hay un río, hay un árbol, hay una luna, hay un viento, hay un sol, hay animales de campo, hay una senda de atardecer y hay un caserío que son el punto de partida del hombre y el punto de llegada del poeta. Como en todo viaje circular, en la poesía de Avilés hay un desplazamiento hacia lo Otro (Parmé- nides), que se resuelve en búsqueda de lo Uno (Plotino), y un ir y venir por los caminos de la tierra que se resuelve en jubiloso retorno a la comunidad natal. En este aspecto, cuando Avilés canta: «Pues la memoria de la luz sonríe / donde brota la alquimia de lo verde», pa- reciera intentar un juego de espejos o revelarse gemelo espiritual de GertrudeStein, cuando éste desplegó al aire uno de sus cantos más transparentes y magníficos:

Al fin y al cabo cada quien es
como es su tierra y su aire.
Cada quien es como el cielo es bajo o alto, 

el aire pesado o claro
y cada quien es según haya o no viento allí.


Por ello, ir por la vida y por la poesía enarbolando la palabra agua (Nocturno del agua/Rostros en el agua), recordando la desierta corriente en el río deshabitado de la infancia (Río de infancia/Cria turas del Río), iluminando recuerdos y espectros de familia como si fuesen ánimas (Hermanos en destierro/Hermanos/Ánima dócil), invocando el alma de las cosas y de las criaturas leves (Nocturno del sueño/Patos niños), o nombrando de forma directa –según quería Ezra- Pound- el dolor de ser y de vivir (Don del viento/La vida de los seres), como ocurre en la obra poética de Alejandro Avilés, es una manera de ir dando un testimonio de vida a través de la palabra y de las vidas de la memoria, pues «los poetas —de acuerdo a lo que escribió Raúl Navarrete— por más que lo intenten, no pertenecen a otros mundos sino a este».
Hay un aspecto ignorado, poco estudiado o mal apreciado en la obra del autor sinaloense, del que no se han ocupado con detenimiento ni los comentaristas de su obra (Raúl Navarrete, Joaquín Antonio Peñaloza, Dolores Castro, Benjamín Barajas) ni la crítica literaria que ha estudiado a la generación del Grupo de los Ocho y ese periodo de nuestra literatura. El aspecto insuficientemente ex- plorado en la obra de Avilés, es el relativo a lo que podríamos llamar la poética de la ternura y la química de la cordura que permean todo su quehacer literario, del que solo pueden dar cuenta, cual si fuesen clavija de iluminación interior, la limpia solera de lo humano y la buena química del corazón.
A diferencia de lo que acontece con muchos de nuestros poetas, que han hecho de su relación con la vida un asunto de púas y cica- trices verdaderas, de su compromiso con la escritura un capítulo de indescriptible dolor universal y de su oficio una estratagema para po- nerle al «Muro de las Lamentaciones» domicilio conocido en la poe- sía, sin más valor en al territorio de la experiencia estética que el de un mero desahogo sentimental o emocional, la escritura del sinaloense no es hiel del alma: se sacia en el acto de darse, en el acto de compartir con el otro edulcorantes verbales que lleven significación a su órbita de vida, en buscarle asideros a la luz sobre piélagos de oscuridad y en hacer de la poesía fuente de consuelo a la altura del hombre. «Como es su poesía es su vida», escribió Manuel Ponce tras la publicación de Madura soledad: «espontáneo espejo de su sentir y vivir cotidiano». Aunque viaja desde una geografía donde la conjunción del mar, el desierto y las cadenas montañosas forman una atmósfera de magia atemporal, se asienta en un territorio de «encendidas nadas» y no logra contener el grito mudo que asfixia la palabra. En un fragmento de Lo que pasa es el sol, y en otro de A fuerza de llorar, confiesa el amargor de la vida y el ácido origen de la dulzura:

Lo que pasa es que soy hombre y no puedo 
dejar de deshacerme
girando bajo el sol.

*
A fuerza de llorar cuitas amargas
fue adquiriendo una suerte de dulzura, 

celda de miel que a muchos embriagaba. 
Pero hacia adentro su amargor crecía
y la memoria de la luz perdida
era desolladura en sus entrañas.


Pero Avilés no hizo sombra en el mundo a su pesar; ni anduvo por su sombra y su luz bajo protesta; ni creó refugio en la poesía panfletaria para apedrear el «desencanto del mundo» que señalaba Heidegger; ni maldijo ingratamente la feracidad del caserío y del jardín de la infancia solo por ganar un sitio en el género de cierta «poesía ruidosa»; ni quiso «tomar el cielo por asalto» (la frase, lo habíamos olvidado, es de San Bernardo) como un impaciente de la eternidad; ni intentó, tampoco, desaparecer el espacio y detener el tiempo, porque lo suyo fue dejarse fluir con naturalidad en los plie- gues de la vida y en los torrentes de la palabra, para tomarle el pulso a todo lo que su corazón tocaba. Para subrayar que la poesía no está ni debe estar peleada con la vida, Julio Trujillo, editor y poeta, escri- bió: «Se puede ser poeta y ser feliz» (Letras Libres No. 127). Lo que todo esto nos dice —a reserva de mejores palabras—, es que el poeta Alejandro Avilés fue un ser humano querible, en sus dos hemisferios y en sus cuatro costados.
Lejos de un análisis exhaustivo y de una palabra final, este ensayo no agota lo mucho que puede ser extraído y pensado, ad pedemlit- terae, del humanismo poético que caracteriza la obra de Alejandro Avilés, pues aún falta situar con más profundidad su filiación esté- tica y determinar el lugar que ocupa la poesía de aliento social en el conjunto de su obra, porque entre la Oda a Sandino y el poema A Bertoldt Brecht, por ejemplo, media poco más de un cuarto de siglo, y ese periodo abre un paréntesis de significados latentes que deman-da investigación, examen y reflexión, para dar paso a un estudio más completo de la obra del poeta.
Por lo pronto, las líneas que cierran estas notas podrían ser la llave futura que reabra la puerta de acceso a una nueva tentativa por situar el quehacer poético del autor sinaloense, quien desde la piel de ayer parece hablarle al piso social de hoy:

En lo profundo se remueven 
vivas escamas, sedimentos fósiles, 
y bebemos la sal de los abismos.
*
No cabe duda: rondan los demonios. 
Y cuando llegan se oscurece el mundo.

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