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César Vallejo en el corazón/ Gonzalo Santonja

"....Se habrá hecho de noche en tus miradas;
y sufrirás, y tomarás entonces
penitentes blancuras laceradas.
Ausente!  Y en tus propios sufrimientos
ha de cruzar entre un llorar de bronces
una jauría de remordimientos!...."César Vallejo.
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César Vallejo en el corazón/ Gonzalo Santonja, escritor
ABC, domingo, 01/Jul/2018
A los ochenta años de la muerte del gran poeta peruano y de la publicación, en circunstancias épicas, de su deslumbrante España, aparta de mí este cáliz, acabado de imprimir el 20 de enero de 1939 bajo la dirección de Manuel Altolaguirre en el monasterio de Montserrat por «soldados de la República [que] fabricaron el papel, compusieron el texto y movieron las máquinas» para las Ediciones Literarias del Comisariado del Ejército del Este (tirada de 1.100 ejemplares, 250 numerados), se celebra en Salamanca, en el marco del VIII centenario de su Universidad, un congreso, organizado por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, USAL, Catedra Vallejo (Lima) y Academia Peruana de la Lengua para recordar y profundizar en la vida y pasión española del poeta de Santiago de Chuco, que nunca se sintió extranjero en España.
De hecho, al hilo de su primer viaje, desde París y en octubre 1925, remitió a la revista limeña «Mundial» una crónica que a las claras pone de manifiesto esa identificación: «Voy a mi tierra sin duda», escribe. Y a renglón seguido añade, haciendo del idioma el nexo de unión: «Vuelvo a mi América hispana, reencarnada por el amor del verbo que salva las distancias en el suelo castellano», asentado primero en Madrid, el rompeolas machadiano de todas las Españas, y viajero pocos años después tierras adentro, Toledo, Burgos, San Sebastián, Salamanca, León o Astorga, allí acogido en su casa familiar por los Panero.
Amigo de Alberti, a cuyo lado firmó en 1933 tal vez el primer manifiesto mundial contra Hitler, García Lorca, que apoyó el estreno (frustrado) de sus obras teatrales, Bergamín y Gerardo Diego, impulsores y prologuistas de la reedición de «Trilce» (Madrid, CIAP, 1930), Marichalar o, entre otros destacados intelectuales, Ricardo Gullón, quien más tarde lo recordaría en La Granja del Henar «sentado a una mesa, junto al ventanal de la derecha, […] delgado, tez ligeramente cobriza, manos delicadas que accionaba sobriamente, tocado con un sombrero de fieltro gris y ancha cinta de seda oscura», rodeado «por un nutrido grupo de fieles, amigos [y] correligionarios» en una especie de «miniseminario marxista» ahogado por la algarabía y «la turbulencia de la tertulia hispana».
Tras esos años de luces y sombras, con amigos y proyectos pero también con zozobras y dificultades económicas, del drama de la Guerra (in)Civil le brotó España, aparta de mí este cáliz, canto de angustia y amargura que desemboca en esa advertencia, terrible por lúcida, de «¡Cuídate España, de tu propia España!». Impreso, como señalé al comienzo, por Altolaguirre a comienzos de 1939 y reeditado al comienzo del exilio por Juan Larrea en las Ediciones Séneca de José Bergamín (México, 1940), aquella primera edición se creyó irreparablemente perdida hasta que Julio Vélez y Antonio Merino, estudiosos al respecto fundamentales, descubrieron cuatro ejemplares en el monasterio de Montserrat, de los que al parecer únicamente quedaría uno, magníficamente reproducido en facsímil por Ardora Ediciones en 2012, con un epílogo estupendo de Alan E. Smith, estando todavía pendiente una edición que ponga los puntos de la realidad sobre las íes de algunas interpretaciones, válidas en su momento pero no tanto ahora.
Por ejemplo, el nombre verdadero de Pedro Rojas, aquel supuesto ferroviario de Miranda de Ebro que «solía escribir con su dedo grande en el aire./ ¡Viban los compañeros!», héroe literario que Vallejo cuajó a partir del testimonio de Doy fe … Un año de actuación en la España Nacionalista de Antonio Ruiz Vilaplana, abogado, presidente del Colegio de Secretarios Judiciales de Burgos y secretario de su Juzgado de Instrucción y de la Comisión de Incautación de Bienes, cargos que le llevaron a manejar informes confidenciales y le obligaron a asistir a infinidad de levantamientos de cadáveres anónimos, en el bolsillo de la chaqueta de uno de los cuales «hallamos un papel rugoso y sucio, […] escrito a lápiz, torpemente y con faltas de ortografía»: «abisa a todos los compañeros y marchar pronto», decía, «nos dan de palos brutalmente y nos matan/ como lo ben todo perdío no quieren sino la barbaridad».
Aquel hombre, sigue Ruiz Vilaplana, no exageraba, y la certeza de su aviso «pronto había de comprobar el desgraciado, pues el forense apreció además de las heridas mortales un apaleamiento grande, que había quebrantado el cuerpo». Un cadáver sin nombre, uno más, ya que, «como ocurría siempre, nadie se atrevía a identificarlo». A partir de ahí César Vallejo, conmocionado, inventó el nombre de Pedro Rojas: Pedro por Petrus, piedra, «firme como una roca», y Rojas, en plural, posiblemente por las banderas rojas del Partido Comunista. Además del nombre, también fue de su cosecha la ciudad: Miranda de Ebro, llevando así la contraria al relato de Ruiz Vilaplana: «Uno de los primeros [asesinados] que nos hizo actuar y que se halló junto al cementerio de Burgos, era el cadáver de un pobre campesino de Sasamón; apareció junto a una morena de trigo […]. Era un hombre relativamente joven, fuerte, moreno, vestido pobremente, y cuya cara estaba horriblemente desfigurada por los balazos».
De Sasamón, no de Miranda, y tampoco Pedro Rojas, personaje literario, sino Eutiquio Martín Triana, campesino y con un hermano herrero, hombre de izquierdas, afín al PSOE y alcalde de dicha villa, asesinado él y asesinado igualmente el otro alcalde de izquierdas de localidad (Paulino Campos Cuasante), datos indudables a partir de la lista de represaliados establecida por la Asociación de Memoria Histórica mirandesa y las pesquisas casa por casa y familia por familia del historiador Isaac Rilova. Desde tales aportaciones se tiñen de claridad el desencadenante del poema «Pedro de Rojas», mundialmente conocido, y la génesis España, aparta de mí este cáliz, poemario, como diría Luis Cernuda, en que «la angustia se abre paso entre los huesos,/ [y] remonta por las venas/ hasta abrirse la piel». La vigencia de la poesía sobre el crimen.
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