La Realidad Venezolana: La "Caja de Pandora",
A pesar de la caída de la cabeza del régimen, Rogelio Núñez Castellano, advierte sobre tres riesgos críticos:
El Chavismo sigue intacto: El aparato estatal, las Fuerzas Armadas y figuras clave (Cabello, Padrino, los hermanos Rodríguez) mantienen el control. Se sugiere que pudieron permitir la captura de Maduro para negociar su propia supervivencia.
Transición Compleja: Se abren opciones como el ascenso de Edmundo González o nuevas elecciones con María Corina Machado. Sin embargo, el chavismo buscará capacidad de veto y control sobre cualquier nuevo gobierno.
Riesgo de "Iraquización": Venezuela es un país económicamente arrasado y fragmentado por grupos criminales (Tren de Aragua, ELN) que actúan como "Estados dentro del Estado". Sin un plan de reconstrucción detallado por parte de EE. UU., el país podría derivar hacia el caos total.
Conclusión del Autor
La intervención de Trump fue efectiva para eliminar a un adversario, pero carece de un plan minucioso para la gobernabilidad. La falta de compromiso de Washington para invertir recursos en la reconstrucción deja a Venezuela ante la posibilidad de una transición fallida o una fragmentación violenta del poder.
Un gran éxito de Trump conduce a Venezuela al abismo de la incertidumbre/ Rogelio Núñez Castellano, es doctor en Historia Contemporánea de América Latina e investigador asociado del Real Instituto Elcano.
El Mundo, 04/Ene/2026;
La jornada del 3 de enero se saldó con un completo y doble éxito para el presidente Donald Trump. Un triunfo desde un punto de vista geopolítico y de la política interna estadounidense. Pero para la democratización y la futura gobernabilidad de Venezuela es muy discutible que sea un éxito, más allá de haber contemplado la caída del dictador, de Nicolás Maduro.
Trump puede mostrar un innegable éxito interno, de cara a las elecciones de medio mandato de finales de este año 2026. Y lo obtiene sin haber metido a su país en una larga y costosa guerra. Eso habría disgustado a esa parte de su electorado MAGA, que se caracteriza por una tendencia más aislacionista. Además, como los antiguos emperadores romanos -por ejemplo, como Aureliano hizo con Zenobia de Palmira-, puede exhibir ante sus partidarios un trofeo de carne y hueso: la imagen icónica y mediática de un Maduro apresado y esposado. Y juzgarlo por narcotráfico como le ocurrió al hondureño Juan Orlando Hernández, a quien Trump, por cierto, indultó recientemente. Las guerras no ganan elecciones, pero en este caso, para el dirigente es una oportunidad de eludir el peligro de convertirse en un pato cojo antes de lo esperado.
Geopolíticamente, EEUU refuerza la esfera de influencia sobre Latinoamérica que los resultados electorales a lo largo de 2025 -victorias de Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile y Nasry Asfura en Honduras- ya le estaban otorgando. Incluso si el aparato chavista siguiera controlando los resortes del poder, esa nueva dirigencia no va a ser tan rebelde contra Washington como Hugo Chávez en su día y Maduro hasta ayer. Además, el chavismo podría pactar con la Casa Blanca no sólo permitir una transición sino, sobre todo, dejar de apoyar a Cuba. La vieja teoría del dominó, pero en versión siglo XXI: el final de Maduro precipitaría el del castrismo.
La caída de Maduro supone la concreción del corolario Trump nacido con la publicación, hace menos de un mes, de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, la cual subrayaba que «tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental». Y eso es, precisamente, lo que ocurrió este 3 de enero.
Curiosamente, en 1902, EEUU, invocando la Doctrina Monroe, salió en defensa de una Venezuela que estaba ad portas de sufrir una intervención del Reino Unido y Alemania. Dos años después, en 1904, nacía el corolario Roosevelt, antecedente de la actual estrategia trumpista, que daba carta blanca a Washington para intervenir en las repúblicas latinoamericanas. Trump se convierte así en heredero directo, en la teoría y en la práctica, de Theodore Roosevelt, quien anunció su corolario el 6 de diciembre de 1904: «Cualquier país en el que su gente se conduzca correctamente, puede contar con nuestra profunda amistad [...] Pero los comportamientos incorrectos crónicos [...] requieren la intervención de alguna nación civilizada, y en el Hemisferio Occidental el apego de Estados Unidos a la Doctrina Monroe nos obliga [...] a ejercer un poder internacional policial».
La acción de Trump no va a encontrar fuerte oposición en la región más allá de las acciones que busque emprender el presidente colombiano, Gustavo Petro, que en agosto abandonará la presidencia. O las de una Cuba sumida en una crisis terminal económica, social, energética y sanitaria. La Habana percibe que puede ser la siguiente pieza en caer: por el empeoramiento de su situación interna, al profundizarse su aislamiento, o por una acción directa, algo menos probable. Brasil y México, las dos potencias regionales, mostrarán su desagrado, pero no van a salir a defender a una figura como la de Maduro. Además, Lula da Silva parece haber encontrado el modus vivendi con Trump y Claudia Sheinbaum ha mantenido, hasta ahora, una estrategia de enorme prudencia. A escala mundial, Rusia, inmersa en la invasión de Ucrania, no va a ir más allá de exhibir su «solidaridad» y China jugará, como siempre, bien sus cartas para no quedar fuera del juego de lo que esté por venir.
Sin embargo, para Venezuela las cosas son muy diferentes. La intervención de EEUU no ha respondido a un plan cuidadosamente diseñado que fuera más allá de acabar con Maduro. Una vez eliminado el dictador, el aparato chavista sigue intacto y controlando el poder vía Fuerzas Armadas bolivarianas y figuras como la de Diosdado Cabello (ministro del Interior), Vladimir Padrino (ministro de Defensa) o los hermanos Rodríguez (Delcy era la vicepresidenta de Maduro y Jorge, presidente de la Asamblea Nacional). Un aparato chavista que muy posiblemente haya permitido, por acción u omisión, la captura de Maduro a cambio de preservar su capacidad de fuego y su control del país.
En este contexto, se abren varias opciones. Lo más lógico es o bien la instauración del ganador de las elecciones de 2024, Edmundo González Urrutia, o bien la convocatoria de unas nuevas elecciones de donde saldría consagrada la premio Nobel María Corina Machado. Es muy difícil que los militares y el aparato chavista traten de eternizarse en el poder, pero muy posiblemente buscarán controlar la transición y tener capacidad de veto para el futuro gobierno. El aparato chavista se juega mucho en el envite: su supervivencia política, física y económica (los negocios santos y non santos).
Históricamente, en Venezuela, la clave pasa por el rol que cumpla el ejército. Cuando murió en la cama el dictador Juan Vicente Gómez (1908-1935), la población también salió a festejar a las calles, pero los caballeros del gomecismo -los hombres del dictador- mantuvieron el control del poder hasta 1945 y desde 1948 a 1958. Las circunstancias son muy diferentes. Sin embargo, la cultura política venezolana concede al ejército un rol predominante y las fuerzas armadas siguen siendo claves.
Un futuro gobierno democrático se va a encontrar con una situación muy compleja. Con un país arrasado económicamente, aunque con unas reservas petroleras y recursos naturales (tierras raras) que permiten avizorar un futuro, a medio plazo, esperanzador una vez que se lleve a cabo un traumático proceso de ajuste y reformas estructurales.
Más complejo va a ser el tema político. La oposición ha sido históricamente una jaula de grillos. Un eventual triunfo de Machado no garantiza la unidad opositora. En cuanto aparezca la inevitable frustración de expectativas y las divergencias, otros líderes antichavistas, como Henrique Capriles o Leopoldo López, estarán esperándola. María Corina Machado, el mayor liderazgo que ha habido en Venezuela desde la muerte de Chávez, tiene que asumir el papel de aglutinante más que desencadenar una vendetta que transformaría en ingobernable a Venezuela.
Ese gobierno democrático tendrá enfrente la capacidad de veto del ejército, un aparato chavista enquistado en la Administración y en la sociedad y un conjunto de actores que se han convertido en Estados dentro del Estado. Es el caso de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional colombiano, los grupos del crimen organizado, el Tren de Aragua o las propias fuerzas armadas y de seguridad. Esta situación es un caldo de cultivo para que el país pudiera precipitarse hacia un proceso de iraquización o haitinización. EEUU tendría que invertir recursos y efectivos a fin de evitarlo, algo que no parece entrar en los planes de Trump y mucho menos de sus partidarios MAGA.
Una intervención como la del 3 de enero, sin un plan minucioso y detallado de transición, supone abrir una caja de Pandora. O, como diría la madre de Forrest Gump, sacar un bombón de una caja de bombones: «Nunca sabes cuál te va a tocar».
No hay comentarios.:
Publicar un comentario