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Vivir con el narco

Vivir con el narco /Luis Astorga, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Es autor del libro El siglo de las drogas.
Publicado en Nexos on line, enero de 2010
Vivo de tres animales
que quiero como a mi vida
con ellos gano dinero
y ni les compro comida
son animales muy finos
mi perico, mi gallo y mi chiva...
Los Tucanes de Tijuana: Mis tres animales
En lo que se refiere a las sustancias psicoactivas que los seres humanos han empleado a través del tiempo para curar sus males o para alterar sus estados de conciencia, encontramos que según las culturas y las épocas han existido algunas cuyas propiedades intrínsecas han dado lugar a usos sociales más o menos apreciados, tolerados, extendidos o restringidos. Para los griegos de la antigüedad, por ejemplo, los fármacos designaban sustancias que podían ser tanto remedio como veneno según la dosis. El problema no eran las plantas de donde se obtenían ni la gente que las usaba, sino la combinación y la cantidad adecuada. Los efectos probados y los atribuidos por partidarios y opositores colocaron a algunas de ellas, en diferentes ámbitos geográficos y momentos históricos, en los primeros lugares de la jerarquía de las preferencias y de los rechazos, relación dialéctica que provocaría el dominio, con duración variable, de cierto tipo de valoraciones no sólo acerca de las sustancias sino de los propios consumidores. Valoraciones cuyo espectro va desde la veneración y la apología hasta el terror sagrado y la demonización, derivadas de preocupaciones genuinas, ignorancia, conocimientos incompletos y de relaciones de poder. Por un lado es la apertura hacia nuevas experiencias, con los riesgos que ello conlleva; por el otro, los límites a la libertad de elección y la imposición de dispositivos de control. Por un lado es la apertura hacia nuevas experiencias, con los riesgos que ello conlleva; por el otro, los límites a la libertad de elección y la imposición de dispositivos de control. Polos de un campo que contiene un número determinado de posiciones intermedias, no siempre expresadas ni bien representadas en una configuración social dominada por uno de los extremos.
Se le teme a lo desconocido, a lo que se conoce mal, a lo que se conoce muy bien. El activismo y las ideas de unos cuantos se han logrado imponer infinidad de veces en la historia. En el tema de los fármacos, las restricciones que han sido decretadas para controlar el uso de algunos de ellos han sido producto de esa misma combinación de elementos. Quienes deciden y tienen capacidad para imponer sus propias percepciones a los demás, lo hacen desde posiciones de poder. Razón y poder no siempre van de la mano. El predominio de un determinado esquema de percepción no implica automáticamente el consenso ni la creencia compartida. En este sentido, en una sociedad X el acatamiento de las disposiciones restrictivas sobre algunos fármacos, y la creencia en la argumentación que la acompaña, están diferencialmente distribuidas según los agentes sociales y su ubicación espacial.
Hay fármacos cuyos usos sociales se remontan a milenios y sólo el desconocimiento de su historia, como un proceso de larga duración, puede hacer pensar que las percepciones dominantes actuales acerca de ellos son definitivas y válidas universalmente. Es el caso del opio, la coca y la marihuana, sustancias cuyas propiedades, y sobre todo las de los alcaloides derivados de las dos primeras, provocaron inicialmente una fascinación entre el cuerpo médico –de países con mayor grado de desarrollo económico y sus zonas de influencia-, principal promotor de su uso masivo; de ahí que se recetaran para curar una gran variedad de enfermedades. Después, los excesos de algunos y la dependencia física y psíquica que empezaron a presentar otros grupos de usuarios frecuentes, entre ellos los propios médicos, contribuyeron a la modificación de los criterios iniciales. Aunado a ello, ciertos grupos de orientación religiosa, particularmente protestantes, con fuerza suficiente para influir socialmente, condenaron el uso de sustancias que desde su punto de vista degradaban al ser humano y lo desviaban de las formas permitidas de comunión con la divinidad. A finales del siglo XIX, los discursos médicos, eugenistas, raciales y morales se combinaron, en Europa y los Estados Unidos, para formar el núcleo duro de lo que en un principio iba encaminado principalmente a la prohibición del opio y los opiáceos, y posteriormente sería el discurso dominante a nivel mundial contra una larga lista de drogas, no sin antes pasar por la asociación del consumo de éstas con minorías étnicas en E15: el opio con los chinos, la cocaína con los negros, y la marihuana con los mexicanos. A las razones originales se le agregaron en las últimas dos décadas, globalización y hegemonía estadunidense obligan, las de amenaza a la seguridad nacional y a la democracia, percepción apoyada en el poder descomunal atribuido a los grupos organizados de traficantes de países productores -excepto de EU, donde las autoridades aseguran que entre sus ciudadanos y en su territorio sólo existen cultivadores artesanales y distribuidores al menudeo-, agentes sociales inexistentes antes de las prohibiciones.
Perder el control de uno mismo, la salud física o la espiritual, en lo personal, o los riesgos del deterioro físico y psíquico del cuerpo social, han sido los temores más recurrentes cuando se habla de drogas. La metáfora dominante es ilustrativa: el "cáncer social". Las drogas serían el acelerador de la metástasis. El desconocimiento, la desinformación, los prejuicios y la manipulación prevalecen aún, a pesar de todos los avances científicos. A esos miedos se les ha sumado el pavor a los comerciantes de esas mercancías, personajes con poderes extraordinarios, seres diabólicos que no se han conformado con envenenar a una parte de la humanidad sino que están dispuestos a enfrentarse a los poderes legítimos y tomar su lugar. Los Estados nacionales no conocerían un mayor peligro desde el derrumbe de la Unión Soviética y sus satélites que el del acceso eventual al poder de los traficantes de drogas, según el discurso en boga. El fantasma de esa aberración conceptual llamada "narcodemocracia" andaría recorriendo el mundo.
La historia de los usos, las percepciones y los agentes sociales relacionados con los fármacos hoy prohibidos, en particular los que más se consumen en la actualidad y preocupan principalmente a las autoridades, se desconoce menos en unos países que en otros. Lo que se ha observado es que por primera vez en la historia se crean las condiciones para la universalización de un esquema de representaciones que asocia los fármacos prohibidos, quienes los consumen y los que negocian con ellos, con algo no muy lejano al mal en sí­ y, por lo tanto, algo temible. Este proceso de construcción social de nuevos enemigos de la sociedad convencional y posteriormente de la humanidad data de finales del siglo XIX y principios del XX.
Minorías étnicas y ciertas categorías sociales de clases populares son asociadas frecuentemente con el uso y el abuso de algunas drogas. Lo cual no significa que sean las únicas consumidoras, sólo que sus hábitos son menos tolerados por los dominantes. Se teme la expansión de sus prácticas, la invasión de sus costumbres entre el resto de los súbditos bajo la tutela de una élite autocomplaciente cuyos vicios privados no son muy diferentes; es más, en un primer momento fueron exhibidos como virtudes públicas. Se conforma y modela una mentalidad que al igual que las capas geológicas muestra huellas de los elementos que se han ido acumulando en las diferentes etapas históricas. En un principio, son los seres que viven en los márgenes de la sociedad o los enfants terribles de las élites; luego, una mayor cantidad de individuos de grupos sociales más allá de toda sospecha; finalmente, la masificación del consumo, pero al mismo tiempo una estratificación del mismo según el tipo de droga. Por el lado de la oferta, una rápida acumulación de capital y cierta redistribución del ingreso en grupos sociales marginados cuyas opciones de empleo en el mercado legal, reducidas o casi nulas, no podrían competir jamás en términos de ventajas económicas con las del mercado ilegal tal y como ha existido o persiste en la actualidad. El riesgo: una esperanza de vida mucho menor a la media, excepto para los que no dan la cara y se encuentran en mejores posiciones en la estructura del poder.
Más que a las drogas mismas y a sus efectos reales o atribuidos, o al fantasma de un virtual reinado del "homo pachecus", se le teme a aquellos agentes sociales que han hecho del tráfico de drogas una profesión lucrativa de alto riesgo, que han acumulado un capital económico por vías heterodoxas -no muy diferentes de otras empleadas por otros grupos en otras épocas y en la actualidad-, que han mostrado un espíritu empresarial digno de las primeras etapas del capitalismo, que en algunos países se han enfrentado directamente al Estado y, por si fuera poco, han logrado el respeto y la admiración de grupos sociales más allá de sus propias bases originales, pero también han provocado el temor de quienes no comparten sus opciones ni su filosofía de la vida.
Dos ejemplos paradigmáticos de relaciones conflictivas entre "crimen organizado" y Estado, Italia y Colombia, inspiran la lógica del híbrido discursivo construido, desarrollado e impuesto por las autoridades norteamericanas, desde el gobierno de Reagan (1986), acerca del tráfico de drogas y los traficantes como amenaza a la seguridad nacional, independientemente de las diferencias históricas y estructurales entre las experiencias de esos países y los que se supone, a priori, encajan, encajarían o encajarán inexorablemente en ese esquema definido implícita y explícitamente como válido de manera universal. El enemigo exterior de los EU serí­a el enemigo interior de todo Estado nacional donde se cultivan plantas prohibidas, o por donde transitan los cargamentos de droga dirigidos principalmente al mercado norteamericano. En este esquema se supone que el negocio de las drogas surge en todas partes desligado de las estructuras de poder político, económico y financiero: además, que el poder económico acumulado por los traficantes y su poder de fuego se transforman necesariamente en corrupción y violencia generalizada y en vocación política. Suena lógico, pero habría que ver en cada caso si las cosas lógicas corresponden a la lógica de las cosas, lo cual sólo es posible conocer mediante investigaciones concretas -inexistentes o insuficientes y poco difundidas- y no gracias a la creencia ciega en los discursos de autoridad.
La peor época de Cosa Nostra fue durante la dictadura de Mussolini. A los traficantes de cocaína chilenos no les fue mejor con Pinochet, ¿se deduce de allí que sólo bajo el fascismo es posible reducir a su mínima expresión al crimen organizado''? En un corrido colombiano se consigna una percepción que refuerza los escándalos políticos recientes y cada vez más frecuentes en varios países productores de droga: "No tan sólo son culpables los carteles de todo eso / porque a muchos gobernantes / también los han descubierto / son ley para enmascararse / y están más sucios que el resto". Habría que pensar en esquemas alternativos –ya empiezan a surgir voces que proponen la despenalización de ciertas drogas, por ejemplo- e imaginativos antes de que los "nuevos remedios" que se perfilan resulten peores que la enfermedad.


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