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Hombres de hierro/Marcelino Perelló

Hombres de hierro/Marcelino Perelló
Excélsior, 12 de octubre de 2011
Jacques Mornard se convirtió en Ramón Mercader en pocos días. A pesar suyo. Había sido Jacques desde que conoció a Sylvia Ageloff en Nueva York, en el verano, e hizo que la joven —joven madura, de 36 años— se enamorara de él. Ese era el plan. Lo que no excluye que él también se enamorara de ella.
Sylvia era una mujer atractiva e interesante en extremo. De manera que a Ramón/Jacques la farsa no le fue difícil. A veces, sólo a veces, las coartadas son verdaderas, sin dejar de ser coartadas. Es ese un laberinto inextricable, tanto para quien las usa como para quien pretende desentrañarlas.
Este es probablemente el caso. Jacques no sólo se habría enamorado de Sylvia, sino también Ramón. Y si Jacques estaba dispuesto, Bruto redivivo, a asesinar, por consigna, a Trotski, su paladín, no descarto la posibilidad de que esos celos que invocó frente a la policía mexicana como móvil del crimen, fueran reales.
Lev Davidovich no andaba con un lirio en la mano. Fue recibido en Tampico por Diego Rivera y Frida Kahlo, y se trasladaron a la Ciudad de México en el tren presidencial que había proporcionado Lázaro Cárdenas. Y la relación entre Trotski y Frida se inició ahí mismo, antes aun de que el bolchevique acabara de bajar la rampa del vapor.
Parece ser que el carisma, la fuerza que emanaba el judío ucraniano, aun a sus 60 años, era irresistible. Lo alojaron a él y a sus dos acompañantes, Natalia y Stefan, en su casa, la Casa Azul, hoy museo Frida Kahlo. El romance propiamente dicho entre el refugiado y la pintora coja se inició ahí. Y fue de tal intensidad que resultó inocultable, como siempre. Y como siempre llevó al rompimiento de Diego y Leo, León. No podía ser de otra manera.
Las cosas llegaron a tal punto que Rivera no sólo rompió con Trotski, sino con el trotskismo, y se reincorporó al PCM. León, por su parte, no tuvo más remedio que pintarse de colores y se mudó a unas cuadras, pa’lo que se ofrezca, a la finca que fue su residencia final y fatal. Tuvo que cambiar a su Frida por dos docenas de conejos enjaulados. Mal trato.
Ahí fue, a la Casa de los Conejos, donde llegó Jacques/Ramón. Y fue ahí donde asesinó (donde intentó asesinar, si hemos de creer esa versión velada que le conté hace quince días). Fue precisamente ahí donde encajó el piolet en la cabeza del inconmensurable Lev Davidovich Bronstein, llamado Trotski, sin que ni los sardos ni los conejos se enteraran.
Poco tiempo después, una vez realizada la autopsia, se dijo que el cerebro de Trotski era el mayor, en peso y en tamaño, jamás registrado. No me sorprende, si es que la inteligencia se mide en kilos.
Jacques Mornard fue capturado ahí mismo, y de ahí trasladado a los separos de la Policía Secreta. Su madre, Caridad Mercader, y el camarada Jotov, jefe de los servicios de la NKVD, lo esperaban a una cuadra, en Viena y Churubusco, con los boletos del avión de Panamerican con destino de Nueva York, que partía de Balbuena en dos horas. Ramón —esta vez sólo Ramón— nunca llegó.
Jacques nunca soltó prenda. Si lo torturaron, no se sabe ni se sabrá. Nunca, ni preso ni libre, lo dijo. Él sostuvo su coartada: se llamaba Jacques Mornard (ahí estaban sus papeles), estaba enamorado de Sylvia Ageloff y mató a Lev Davidovich por celos. De ahí no lo pudieron sacar. Era un hombre de hierro.
Pero hete ahí (la vida está pletórica de hete-ahí’s, ese es precisamente su chiste) que al tal Jacques Mornard le asignaron una celda para él solo, en el primer piso (es decir, el segundo) de la crujía M del Palacio Negro de Lecumberri, donde pasó veinte años. Él sí podía decir, con todas las de la ley, que “Era totalmente Palacio”.
Y resulta que una noche decembrina, ya tarde (tarde en las cárceles quiere decir las 7 o las 8), llevado por la nostalgia de su tierra querida y lejana, se le ocurre canturrear un villancico catalán, justo en el momento en que pasa por delante del calabozo nada menos que Leandro Sánchez Salazar, jefe del Servicio Secreto de la Policía. No fumaba en pipa, ni llevaba gabardina, pero sabía observar, supo observar.
Cómo supo el coronel Sánchez Salazar que aquello que escuchó durante dos o tres segundos era catalán, es y quedará como un misterio. Pero supo. E inmediatamente lo comunicó al jefe de Investigaciones y Criminalística Alfonso Quiroz Cuarón.
Quiroz Cuarón se haría célebre pocos años después, al desentrañar el caso del multihomicida (hoy los gringos nos ordenaron que los llamemos “asesinos seriales”) Goyo Cárdenas. La colaboración entre Sánchez Salazar y Quiroz Cuarón resultó fatal para nuestro hombre. La patraña fue disuelta en un santiamén. Si es catalán, entonces Caritat Mercader está en el ajo. Y el resto fue cosa de niños.
Pero el coronel Sánchez y el doctor Quiroz no eran niños. Mercader intentó durante unas semanas mantenerse en sus cuatro, pero ya era inútil. Finalmente tuvo que dar su brazo a torcer. No es que establecer que los autores “intelectuales” del crimen estuvieran en el Palacio de la NKVD en Moscú no tuviera importancia. La tenía, si no policiaca sí histórica.
Y lo que estaba en juego, frente a todos los prosoviéticos del mundo, era la imagen gansteril y represiva que Moscú ya había ofrecido desde las purgas de 1938. El Movimiento Comunista Internacional se cimbró y las consecuencias no se hicieron sentir en toda su intensidad sino 50 años después. Desde Aragon y Eluard hasta Semprún y Koestler, ya durante la guerra, el desánimo cundió entre los comunistas y procomunistas. Eso no se valía.
Ya dije aquí que era posible que Washington, a través de Trotski, preparara un alzamiento anticomunista en la URSS, bajo la máscara del antiestalinismo, y bajo la égida de Trotski.
Mercader hizo todo lo que pudo para evitar que la trama, desde Lecumberri hasta el Kremlin, fuera desentrañada. Y no lo logró. Él, hombre de hierro, se enfrentó a dos hombres de hierro. Eso no estaba previsto.
***
La mare de Déu/Marcelino Perelló
2011-10-05 00:00:00
A Marina Rosell,
el hada que un día soñé
me cantaba al oído una canción de cuna,
sentada a mi lado
junto a la tumba de Trotski.
Lev (o en la versión judía Leo) Davidovich Bronstein, ciudadano ucraniano, adoptó desde los 25 años el seudónimo y nombre de guerra de Trotski cuando al exiliarse, en 1902, coincidió con Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, en Londres y adhirió al Partido Socialdemócrata Ruso.
(Es común el error de atruibir “nombres de pila” a los seudónimos clandestinos, haciendo un menjurje entre éstos y sus nombre oficiales. Así es harto común oír o leer acerca de un tal “Vladimir Ilich Lenin” o de un supuesto “León Trotski”. Se trata de una barrabasada. Lenin fue Lenin, a secas, y Trotski, Trotski, más a secas todavía. (Para que nadie se me sienta ofendido, yo mismo he incurrido en esa equivocación más de una vez. Pero no es pendejo el que no sabe sino el que no aprende).
Desde niño fue conocido en su casa paterna como Leiva, diminutivo con el que se dirigían a él sus más allegados, hasta el día de su muerte al otro lado del mundo, en el Hospital de la Cruz Verde de la Ciudad de México, el jueves 22 de agosto de 1940.
En su ya larga y muy agitada vida, nuestro Leiva se las vio de todos colores. Unas porque se atravesaron y otras, la mayoría, porque las buscó. Se las buscó. Pero sólo lo asesinaron una vez. Lo mató otro comunista, dizque francés, dizque Jacques Mornard. Lo de comunista no era dizque. Y lo asesinó un día antes de su muerte. En esa pequeña finca donde hoy se alza su pequeña tumba, con la bandera roja que flamea al viento y la hoz y el martillo invertidos, como había decidido él fuera el emblema de la IV Internacional que acababa de fundar.
Eran la 6 de la tarde. El sol poniente empañaba la pequeña porción de cristales que los muros de protección que cegaban media ventana, habían respetado. Natalia Sedova dormía en la habitación de al lado, separada por una gruesa puerta de hierro. Stefan no estaba. No estaba nunca. En esa casa, entre el polvo de las montañas de libros y papeles, y la pavesa del miedo, no se podía respirar. Sylvia, como cada tarde, había ido a comer a su casa. La guardia militar dormitaba o jugaba a las cartas, mientras debían conversar de lo aburrido, inútil y poco heroico de su misión.
Mornard es recibido efusivamente, con entusiasmo, diría yo, por el jefe bolchevique. Ambos están de pie. Trotski se quita los lentes. No sé si lo abraza. Mornard lleva en la mano izquierda el piolet, cubierto por su gabardina. En la derecha un cartapacio de manuscritos. Ha escrito, dice, una tesis para la Segunda Conferencia de Nueva York, y quiere que el cabecilla la considere.
Trotski acepta gustoso y gratamente sorprendido. Estaba previsto que lo leyera de pie, como acostumbraba a hacer, pero esta vez se sienta frente al gran escritorio. Como si quisiera facilitarle las cosas al esbirro. Hay cosas, gestos, actitudes en esta vida que de plano no se entienden. Lev Davidovich se sienta mientras se pone los lentes y empieza a leer en silencio. Mornard se sitúa exactamente detrás de él.
Toma el piolet recortado con su mano derecha (tal vez en esos tiempos no existían los piolets cortos, hoy muy comunes, o bien el que era corto era el presupuesto de la NKVD destinado a la supresión de “enemigos, traidores y desviacionistas”). La tarde es apacible y en el despacho sólo se escuchan los pájaros, que inician su concierto vespertino. Es probable que tiemble un poco. Me recuerda la primera escena de La condición humana de André Malraux. Alza y dobla su brazo hasta que la mano quede detrás de su nuca, como un buen jugador de golf. Debió haberlo practicado muchas veces, con cocos.
Y asesta, con violencia inaudita, el golpe capital. En el momento justo en el que la mano mortífera desciende vertiginosa hacia su cráneo, Trotski levanta la cabeza y empieza a decir algo. De manera que el instrumento vuelto arma lo golpea casi en la frente, cerca del nacimiento del pelo (Leiva, a sus 63 años, conservaba buena parte de su cabellera).
Le pegó con el lado “romo” de la cabeza del piolet, es decir, la parte opuesta al “pico” o “pica”. La llamada “Pala” u “hojuela”. No sé, ya nadie sabe, si así estaba calculado o si la tensión lo hizo equivocarse. Contra lo que estaba previsto, Leiva no muere instantáneamente, sino que se levanta de golpe en medio de un alarido escalofriante, y tiene la fuerza suficiente para sostener por el cuello al asesino, hasta la llegada de la guardia.
La ambulancia no tardó. Trotski estaba vivo y consciente. Y consciente llegó al hospital. Hasta el momento en que es introducido al quirófano y anestesiado, el que fuera presidente del Soviet Militar para la Guerra, permaneció lúcido y dio pistas del camino seguido por sus agresores. Hasta 70 años después, cuando supe del caso del futbolista Salvador Cabañas, no me la acabé de creer.
Murió al día siguiente. A la seis de la tarde en punto. Existe la versión, que me hace saber R. L., según la cual existían posibilidades que sobreviviera, y que realmente fue asesinado en el hospital por agentes de la NKVD. A saber. Dicha versión la platiqué en Barcelona con Vanessa Redgrave (la inolvidable Isadora pelirroja y estatuaria, más alta que yo) trotskista convicta e inflamada.
Por su parte, Jacques Mornard fue detenido, juzgado y condenado a 20 años de cárcel, la máxima pena en el México de entonces. No creo que fuera torturado, pues mantuvo hasta el final su historia de que era francés, que estaba enamorado de Sylvia y de que había matado a Trotsky por celos y porque la maltrataba. Fue un preso ejemplar. En la cárcel dio clases y participó de múltiples talleres.
Lo perdió el que una noche de diciembre, encarcelado en un país extraño, ese hombre de acero no pudo evitar canturrear una canción de cuna/villancico de su lejana infancia y de su lejana Cataluña: “La mare de Déu, quan era xiqueta, anava a costura...”, con la mala/buena/increíble suerte de que, tal como me cuenta ese otro hombre de acero que es Juan Manuel Palacios, en ese momento pasaba por delante de la celda, el coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe del Servicio Secreto de la Policía, y que dijo: “Ah, eso es catalán”.

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