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Un caso inédito de eutanasia en Belgica

Carine se deja morir/Martina Keller
El País Semanal, 20/11/2011;
El día en que va a morir, Carine parece excitada y contenta. Esta mujer belga de 43 años se ha instalado en una habitación de la Clínica Universitaria de Amberes solo por unas horas; luego ya no la necesitará. La acompañan sus tres hijos, de entre 17 y 21 años, y su novio. Beben juntos un último vaso de vino blanco. Carine está impedida desde que sufrió un accidente cerebrovascular. Durante un año luchó por recuperar su antigua vida, pero ya no espera ni curación ni mejoría. Desea morir, aquí, en la clínica, a manos de un médico. "Quiero liberarme de mi cuerpo. Ya no funciona", le dijo dos días antes de su muerte a su doctor de cabecera.
¿Por qué los pacientes que solicitan eutanasia no deberían tener la oportunidad de donar órganos si lo desean? Los de Carine han beneficiado a cinco niños
Al principio, tras sufrir el ictus, Carine se alegró de volver a casa. Pero ahora, dos días antes de su muerte, dice: "Esto no es vida. Es el infierno"
"Nosotros no somos médicos de la muerte, sino que tratamos de mantener una calidad de vida plena", explica el neuropsiquiatra Peter Paul de Dyen
¿La siguen viendo como a una paciente moribunda por cuyo bien deben velar o la ven ya como donante? ¿Pueden separarse ambas cosas?
Patrick Wyffels ha filmado la conversación con ella, como recuerdo para sus familiares, pero también para protegerse a sí mismo. Es uno de los médicos que han verificado el deseo de morir de Carine y hecho posible la eutanasia. Esta palabra, que en lugares como Alemania tiene connotación negativa (manchada por los crímenes del nazismo y la eugenesia), se emplea en otros sin problema. En Bélgica significa el fin de la vida por deseo propio. Una práctica permitida siempre que se cumplan estrictos requisitos legales, pero el caso de Carine es especial. No solo quiere morir, sino que quiere donar sus órganos. Por eso pasa sus últimas horas en la clínica y no en casa. Recibirá la inyección letal en el quirófano. Y su caso es una novedad mundial. Nunca antes los médicos habían quitado la vida a un paciente e inmediatamente le habían extraído órganos.
Ahora bien, en un primer momento, el mundo no debía saber nada de este acontecimiento. Los médicos implicados acordaron guardar silencio cuando Carine dejó de existir el 29 de enero de 2005 hacia las 13.30 y a continuación le extrajeron riñones, hígado y páncreas. Hasta 2009 no aparecerá la primera publicación sobre el caso en la prensa médica especializada. La opinión pública belga se entera de la historia ese año por el programa de televisión Terzake (Al grano); en él mostraban, entre otros, extractos de la entrevista citada. Wyffels, su médico, cree llegado el momento de iniciar un gran debate: otras personas deben enterarse de que existe esta posibilidad: que los cirujanos extraigan órganos a los pacientes después de una muerte deseada y se los implanten a personas que los necesitan.
Pero el debate no acaba de arrancar. Los diarios belgas informan en tono aprobatorio de esta "primicia mundial". Las informaciones facilitadas por los doctores, prudentemente dosificadas, no llegan a Alemania, por ejemplo, hasta la primavera de 2011, tras la celebración de un congreso de la Real Academia de Medicina en Bruselas. En él, tres cirujanos presentaron su nuevo procedimiento. Después aparecieron algunos artículos en revistas médicas, pero los medios dirigidos al gran público no siguieron la pista. A pesar de que lo ocurrido con Carine obliga a replantear cuestiones fundamentales de la ética médica. En muchos países, si un médico mata a un paciente, puede ir a la cárcel. En otros, solo se permite el acompañamiento a la muerte, que significa la omisión o supresión de las medidas destinadas a prolongar la vida. Vincular la muerte de un paciente con una extracción de órganos rompe un tabú mundial. ¿Qué supone el hecho de que se vea en una persona dependiente un posible donante de órganos? ¿Qué significa tolerar algo semejante?
Miles de pacientes en el mundo esperan una donación que les salve la vida. En muchos sitios, los expertos han introducido nuevas estrategias para afrontar la escasez crónica de órganos: en EE UU, los cirujanos han extraído corazones a recién nacidos condenados a una muerte segura 75 segundos después de haber sufrido un paro cardiaco para transplantárselos a otros bebés. En España, los equipos de rescate llevan a personas desahuciadas a clínicas donde se les sigue reanimando para salvar sus órganos. En Holanda, a enfermos muy graves e inconscientes se les retira el respirador artificial conforme a sus deseos, de tal forma que los cirujanos puedan extraer los órganos pocos minutos después del paro cardiaco. ¿Por qué los pacientes que solicitan la eutanasia no deberían tener la oportunidad de donar sus órganos si así lo desean? Los de Carine han beneficiado a cinco niños, asegura Wyffels. Se extrajeron cuatro, el hígado se dividió.
Patrick Cras es el médico que ha puesto fin a la vida de Carine. Tiene 53 años y una presencia elegante: gafas de concha, pantalón de pinzas, pelo gris cortado al milímetro. Es una persona elocuente y amable que de vez en cuando mira el reloj para dar a entender a la periodista que su tiempo es limitado. Este neurólogo se ha hecho un nombre en su especialidad. Más de 160 artículos en prestigiosas revistas internacionales lo mencionan como autor o coautor.
Cras es presidente de la Comisión Ética de la Clínica Universitaria de Amberes, que se encargó de decidir si era admisible esta primera extracción de órganos tras una eutanasia activa. Colaborar en la muerte de pacientes no es algo inusual para él. Según sus cálculos, ha tomado parte unas 50 veces. No obstante, asegura: "La eutanasia no deja una buena sensación en un médico, queda siempre una cicatriz". El caso de Carine es algo especial, incluso para alguien experimentado como él. La mayoría de las personas que solicitan la eutanasia en Bélgica padecen enfermedades terminales. Pero Carine podría haber vivido décadas. De acuerdo con la información de su médico de cabecera, cuando le dieron el alta en la clínica de rehabilitación en verano de 2004 estaba físicamente estable, aunque necesitaba asistencia: no podía lavarse sola, ni vestirse, ir al baño o preparar la comida. Su brazo izquierdo quedó semiparalizado, solo podía moverlo con mucho dolor. En la clínica había vuelto a aprender a andar y subir escaleras, pero necesitaba estar acompañada. Su centro visual estaba dañado. Carine no podía conectar imágenes con acciones, carecía de orientación espacial. Aunque las paredes de su casa estaban marcadas con puntos de colores, se golpeaba con ellas cuando se desplazaba sin ayuda.
"¿Cómo pasa el día?", le pregunta Wyffels en la entrevista. "Sentada en el sillón". "¿Qué hace cuando está sentada en el sillón?". "Me aburro". Durante la charla, de unos 40 minutos, hay veces en que a Carine le lleva mucho tiempo dar con las palabras adecuadas. Las subraya con gestos de la mano derecha, que aún puede mover. A ratos, parece imperturbable. ¿Quién estará con ella en la clínica el día de su muerte? Su novio e hijos. Si quieren. Pero no deben tener la sensación de que deben. "Me da igual si quieren o no". A menudo ríe, pero después, su rostro se apaga. ¿Puede leer o ver la tele? No. Música, sí, con mando a distancia. Al principio, Carine se alegró de volver a casa. Ahora, dos días antes de su muerte, dice: "Esto no es vida, es el infierno".
Pero ¿se puede quitar la vida a una persona desesperada por su discapacidad? La ley de eutanasia belga no descarta esa posibilidad. En 2002, Bélgica fue el segundo país del mundo tras Holanda en declarar la despenalización de la asistencia a la muerte solicitada por el afectado en determinadas circunstancias. También pueden pedir la eutanasia pacientes cuyo estado no desemboca necesariamente en la muerte. Así murió en 2008 el escritor y candidato al Nobel Hugo Claus, mediante inyección letal, porque no quería experimentar el avance del Alzheimer. Ahora bien, si se trata de un paciente no terminal hay que cumplir unos requisitos estrictos. El enfermo debe estar plenamente capacitado para tomar decisiones, sufrir de forma insoportable, sin esperanza de mejoría, y debe expresar su deseo de morir reiteradamente. Además, todo eso debe ser verificado por tres médicos (solo dos, en caso de enfermedad mortal).
El neurólogo Cras no fue uno de los examinadores que debían dictaminar sobre el caso de Carine. Pero como presidente de la Comisión Ética de Amberes, y como médico que la asistió, conoce su caso. Recalca que cuando se trata de víctimas de accidentes cerebrovasculares, como Carine, debe haber transcurrido tiempo suficiente entre que se produce la enfermedad y la decisión de optar por la eutanasia. No solo porque el paciente puede seguir recuperándose físicamente y entonces quizá se replantee su decisión, "también es importante la adaptación psicológica a la nueva situación". Cras está convencido de que Carine tuvo tiempo para acostumbrarse a su situación. Tuvo al menos tres o cuatro años de rehabilitación. "Jamás iniciaríamos el proceso de una solicitud de eutanasia si, por ejemplo, alguien sufre un ictus y tras tres meses pide la eutanasia". Pero, ¿quizá sí al cabo de un año? "Tampoco, estoy totalmente seguro".
¿Entonces? Veamos la ficha médica de Carine. "La paciente fue admitida en nuestro servicio el 7 de noviembre de 2003. Tiene crisis de dolor de cabeza... El 13 de noviembre desarrolló repentinamente trastornos visuales, aumento de los dolores de cabeza y episodio de hipertensión". Se lee en un protocolo detallado sobre el caso, con indicaciones temporales, que Wyffels nos ha facilitado. Tras la subida de tensión, Carine entró en coma, del que despertó con graves daños cerebrales. Entre el comienzo de su enfermedad, en noviembre de 2003, y su muerte, en enero de 2005, transcurrieron 14 meses. No tres o cuatro años, como afirma Cras. ¿Lo ha olvidado? ¿Se les ha pasado por alto a los restantes galenos?
Como primer médico encargado del caso, Wyffels verifica el cumplimiento de las condiciones legales para la eutanasia activa. Ha anotado en su protocolo cuándo fue la primera vez que la paciente expresó su deseo de morir. Fue el día después de la muerte de Luce, la mejor amiga de Carine. Ambas se veían casi a diario, jugaban a las cartas e iban juntas de vacaciones. Luce padecía cáncer de mama en fase terminal y quería morir. Wyffels, que también era su médico de cabecera, le administró la inyección letal. Cuando al día siguiente dio el pésame a Carine, la encontró presa de una gran agitación. "¿No puedes ayudarme como has ayudado a Luce?", le preguntó.
Estamos en septiembre de 2004, cuatro meses antes de la muerte de Carine. Wyffels la conoce desde hace 20 años, como paciente y amiga. Procedía de un hogar adinerado, era atractiva, buena tenista, persona afortunada. Su marido era capitán, ganaba buen sueldo, con tres hijos sanos, una casa propia. Pero su vida dio un vuelco. A la separación de su marido le siguieron dificultades económicas y un trabajo como vendedora de pastillas para dietas. Llevaba una vida turbulenta en busca de nueva pareja. "Sale mucho, fuma mucho y de vez en cuando bebe mucho", escribe Wyffels. Inimaginable, así califica la "diferencia entre su acelerada vida antes de la enfermedad y el mínimo de hoy, con una existencia casi vegetativa".
Wyffels promete a Carine hablar con ella sobre su deseo de morir. El médico valora positivamente la ley de eutanasia. "Me alegra que tengamos esta posibilidad en Bélgica", comenta. El día que le visitamos tenía en el armario un set de medicamentos letales. En la entrevista filmada, Wyffels coge un libro que está sobre la mesa: Zoals ik het wil (Como yo lo quiero), dice el título. Son conversaciones con pacientes que han optado por morir con ayuda médica. Su novio se lo ha leído, dice Carine. ¿Qué le ha aportado? "Esas personas piden la eutanasia, y eso que pueden hacer mucho más que yo", responde ella. Cuenta que, al principio, su estado mejoraba, pero que ahora le horroriza la terapia diaria porque no hay progreso. Eso y la dependencia de otros le parece espantoso. "Es que lo es", ratifica Wyffels.

El 21 de noviembre de 2004, tras varias citas entre médico y paciente, se suma la familia: la madre, las dos hermanas, los hijos de Carine y su novio. Wyffels quiere preservar su anonimato. Según su protocolo, él mismo se encargó de moderar la conversación. Describe a los parientes como tristes, aunque comprensivos con el deseo de Carine. No obstante, su hijo de 17 años estaba consternado y lloró. Pero su madre parecía estar decidida. Al final, le dio un ataque de risa interminable y pidió vino. Quería brindar con su familia por el buen desarrollo de la charla. En ningún momento, hasta entonces, se había hablado de la donación de órganos. Faltan dos meses para la muerte de Carine.
Ahora, Wyffels está convencido de que quiere morir. Empieza a buscar a otros dos examinadores. Encuentra al primero: un médico LEIF (Forum Informativo sobre el Final de la Vida). Estos galenos tienen conocimientos sobre terapias aplicables, emiten dictámenes sobre pacientes, asesoran a colegas y, en casos excepcionales, se encargan del propio proceso de muerte. Los médicos LEIF están en ejercicio como los demás, pero se han especializado. Saben quién tiene derecho a la eutanasia según la ley, qué formularios hay que rellenar, qué medicamentos son seguros e indoloros; han sido instruidos en la ética de la eutanasia.
El médico especializado en eutanasia Jan Bauwens (pide no dar su verdadero nombre) se reunió con Carine por vez primera el 31 de diciembre de 2004 en presencia de Wyffels. Se quedó sorprendido al ver lo atractiva que era, una mujer de la que uno jamás esperaría que tuviese deseo de morir. En la entrevista filmada, Carine lleva un forro polar y tiene el pelo rubio y corto. Es delgada. Cuando ríe se le forman hoyuelos en las mejillas. Bauwens promete reflexionar sobre su deseo. Lo registra por escrito. Faltan cuatro semanas para su muerte. El 9 de enero de 2005, el médico de cabecera y el experto en eutanasia se reúne con Carine y su familia. Esta vez, la hija mayor llora y pregunta: "¿Tiene que ser ahora?". La hija piensa constantemente en la muerte de su madre y sueña con ello, anota el médico de cabecera. Bauwens también está convencido de que la eutanasia está justificada. "Ya no tenía calidad de vida, o no la suficiente como para querer seguir viviendo", dice hoy volviendo la vista atrás. Se fija la fecha. Pero aún falta el tercer examinador, que, según la ley, debe ser psiquiatra o especialista en la enfermedad que padece la paciente. Así se descartan alteraciones psíquicas que pudieran comprometer su capacidad para tomar decisiones.
El médico de cabecera Wyffels pide ayuda a una psiquiatra, aunque la cita se pospone varias veces. Y de repente, el tiempo se les echa encima. Según el protocolo, el 17 de enero, Carine pregunta a su médico de cabecera si podría donar sus órganos, y así hacer algo bueno. Wyffels considera que es "una pregunta sensata". Aun así, le informa de que nunca se ha presentado tal caso. Le promete aclararlo. Contacta de inmediato con Cras, el presidente de la Comisión Ética de la Clínica Universitaria de Amberes, y obtiene una primera señal positiva. La cuestión es admisible desde un punto de vista jurídico, ahora bien, hay que analizar aún más el caso. Faltan 12 días para su muerte.
El 19 de enero de 2005, la psiquiatra visita a Carine en calidad de tercer médico examinador... y rechaza la eutanasia activa en su caso. Según ella, la paciente todavía tiene potencial. Una noticia esperanzadora, a decir verdad. Pero su médico reacciona enojándose. La examinadora ha llorado en presencia de Carine, está bajo la impresión de una muerte no superada en su familia, su decisión no es objetiva, opina, y promete buscar un tercer médico, "aunque el tiempo apremia". Pero, ¿apremia el tiempo? Los médicos podrían ignorar el voto negativo de su colega porque, según la ley, basta con consultar a un tercero, independientemente de lo que decida. Pero, al plantear también la donación de órganos, el caso de Carine es demasiado delicado como para seguir adelante solo con dos votos afirmativos.
Mientras, el proceso de decisión sobre la donación sigue su curso. El 24 de enero, Cras convoca una reunión urgente de la Comisión Ética, anota Wyffels. También se invita a los médicos que deberán asistir en la muerte. Según Cras, las deliberaciones se centraron en cómo evitar dar la más mínima impresión de que existe un conflicto de intereses. Para la comisión estaba claro "que el procedimiento de la eutanasia tiene que estar completamente desligado de la obtención de órganos". Para que no pareciera que se estaba matando a Carine a fin de beneficiar a pacientes del propio centro, la Clínica Universitaria debía renunciar a la asignación de órganos. Existía preocupación acerca de cómo podría reaccionar la opinión pública. Y se acordó que el asunto "se mantendría guardado bajo llave durante un tiempo indeterminado", según Wyffels. Faltan cinco días para la muerte de Carine.
DÍA 26 de enero. Un nuevo experto examina a Carine. Es el neuropsiquiatra que la asistió en la rehabilitación. Peter Paul de Deyn es un hombre de gran estatura, con barba tupida y melena de rizos grises. Un tipo desenfadado que aprecia la buena vida. Como                                                                                                                  director científico del prestigioso Instituto Born-Bunge de Amberes, es amo de 6.000 cerebros donados a la ciencia. Este experto de 54 años lucha para que los pacientes que padecen demencia puedan solicitar su muerte mientras siguen siendo capaces de tomar decisiones. Les ayuda a no dejar pasar el momento adecuado: si un enfermo expresa su deseo de morir en un estadio temprano de la enfermedad, De Deyn le recuerda a su debido tiempo que ha llegado el momento de aprovechar la última oportunidad para decidirse. Él mismo administró la inyección letal a su amigo el escritor Hugo Claus.

"Nosotros no somos doctors of death, médicos de la muerte, sino que tratamos de mantener una calidad de vida plena", explica De Deyn. Naturalmente, también hay ocasiones en que rechaza una petición de eutanasia. Por ejemplo, una anciana que padecía demencia y que su familia le llevó a su consulta, había expresado su deseo de morir año y medio antes en un testamento vital. De Deyn preguntó a la anciana qué tal estaba. Bien, respondió ella con mirada radiante. Sí se sentía feliz. ¡Muy feliz! La paciente tampoco pudo decir mucho más, no estaba capacitada para tomar decisiones. Además, no había indicio de sufrimiento insoportable. El neuropsiquiatra desestimó las pretensiones de la familia. Pero buscaron otros médicos y encontraron uno que aprobó la muerte desde una "perspectiva humana". La familia volvió a recurrir a De Deyn porque debía ser el médico ejecutor. Pero él volvió a rehusar.
De Deyn expone este tipo de casos para demostrar que Bélgica tiene una buena ley de eutanasia. Aunque no se puede descartar por completo que los familiares no consigan su objetivo a fuerza de ir de médico en médico. En realidad, debería existir un control para evitar abusos. En Bélgica, cada caso debe notificarse a una comisión integrada por médicos, enfermeras, psicólogos y juristas para que comprueben si se cumplen los requisitos legales. Pero lo cierto es que, en 2007, la comisión solo tuvo conocimiento de uno de cada dos casos de un millar, según una investigación publicada en el British Medical Journal. Y en el 17% de las muertes registradas falta, incluso, la declaración de conformidad por escrito del paciente. La comisión podría remitir los casos sospechosos a la fiscalía para que sean investigados. Pero, según la información facilitada por su presidente, no lo ha hecho ni una vez en nueve años.
De Deyn consideró que el deseo de morir de Carine era justificado y también que estaba capacitada para tomar decisiones. Es cierto que había tomado antidepresivos durante un tiempo, pero solo para levantarle el ánimo. No fue depresión en sentido clínico. Así que ya tenían el tercer dictamen positivo. Faltaban cuatro días para la muerte.
El psiquiatra de Bayreuth Manfred Wolfersdorf ha examinado el caso de Carine a petición de este periódico. Es un famoso especialista en depresiones y prevención del suicidio, autor de libros, asesor científico. Él no consigue entender la decisión de De Deyn y sus colegas. "Sabemos que muchos pacientes tienen depresión después de un accidente cerebrovascular", explica. "Los primeros dos años tras el incidente son los peores. Después, la mayoría se reorienta". Wolfersdorf cree que es probable que Carine padeciera depresión acusada. Además, no se habían agotado las posibilidades de rehabilitación que ofrecía su cuadro clínico. Tras siete meses de terapia en clínica y otros siete ambulante, todavía es posible una mejoría. Su conclusión: "Esta paciente necesitaba urgentemente acompañamiento y una terapia intensiva a largo plazo".
Los últimos días de Carine estuvieron dedicados a preparar la extracción de órganos. Tuvo que acudir a la clínica para analizar con ultrasonidos su calidad. Le extrajeron sangre. El jefe de la sección de trasplantes de la Clínica Universitaria de Amberes, Dirk Ysebaert, le explicó al detalle la extracción. Cras recuerda que se ponía malo de solo pensarlo. "Trataba de imaginarme cómo se sentiría al hablar con el cirujano que extraería sus órganos tras su muerte". Wyffels preguntó a Carine dos días antes si recordaba la descripción del proceso. "Llegaré allí y me dormirán", dijo ella. Después, mejor que la cosa no siguiera como en esa traqueotomía que tuvo que soportar en una ocasión estando consciente. No quería "oír decir: ahora vamos a sacarle el hígado, y que enseguida empiecen a cortar". Carine se ríe. "Así no".
Hacia el mediodía del 29 de enero llegó el momento. Tres médicos -Cras, Wyffels y Bauwens- entraron en la habitación de la clínica donde Carine había pasado sus últimas horas con sus hijos y su novio. Este, recuerda Wyffels, trataba de mostrarse fuerte, probablemente por los hijos. Sostenía la mano de Carine. Poco antes de que comenzara el proceso, ella quiso llamar por teléfono. Al marido de Luce, su amiga fallecida, para decirle que ella iba a morir igual. Acto seguido, Cras le inyectó primero un medicamento para narcotizarla. Pero las cosas no salieron como estaba previsto. Carine se dormía, pero volvía a despertar... en presencia de sus allegados. "Esa lenta sedación dio pie a una emotividad...". Cras no termina la frase. "No deberíamos haberlo hecho así y quizá nunca volvamos a hacerlo así".
Cuando Carine se durmió fue trasladada al tercer piso de la clínica, al quirófano. Sus allegados no la acompañaron, tal como se había acordado; solo la siguieron los tres médicos, informa Cras. Una vez allí, el neurólogo inyectó a la paciente dormida las sustancias que la iban a matar: primero, pentobarbital, producto para narcotizar animales que se usa en ejecuciones en EE UU; después, Esmeron, para la relajación muscular, que paraliza la respiración. Casi al tiempo, Cras inyectó otros dos medicamentos, según sus declaraciones, para proteger los órganos de posibles daños por falta de oxígeno tras el paro cardiaco. Una medida en interés de los receptores que, según Cras, se había acordado con Carine.
Es algo insólito que tres médicos acompañen una eutanasia. Fue a petición de los cirujanos, explica Cras. Está claro que para ellos era importante que la constatación de la muerte de Carine fuera irrebatible. Solo entonces podían empezar a actuar los cirujanos. Se requiere un diagnóstico exacto: cuando el corazón deje de latir y se detenga su respiración, cada minuto cuenta. Cada minuto de falta de oxígeno puede dañar los órganos y reducir las posibilidades de los receptores. Para que los cirujanos no influyan en la comprobación de la muerte esperan en la habitación contigua, preparados ya con su vestimenta estéril. Pero los médicos encargados de la eutanasia también saben que existe el riesgo de que los órganos sufran daños. ¿Siguen viendo a Carine durante esos minutos como una paciente moribunda por cuyo bien deben velar hasta el último momento o la ven ya como donante? ¿Pueden separarse realmente ambas cosas?
Cras controla su latido cardiaco con un estetoscopio y observa su respiración. Pocos minutos después de la administración de la inyección letal, el corazón de Carine se detiene, ya no respira, sus pupilas están inmóviles. Cras es el primero en certificar su muerte. Wyffels y Bauwens confirman el diagnóstico. A continuación, los hechos se suceden rápidamente, según recuerdan. Entran los cirujanos y se lanzan a trabajar antes de que los encargados de la eutanasia hayan abandonado el quirófano. Cortan y retiran la ropa, desinfectan su piel. Dos equipos se inclinan al tiempo sobre el cuerpo sin vida, unos cinco minutos después de diagnosticarse la muerte. Uno abre el vientre con cortes rápidos e introduce agua helada dentro para enfriar los órganos, el otro se abre paso hasta la vena y la arteria de la ingle para conectar un catéter que introducirá líquido refrigerante en el cuerpo.

Cras, el experto en ética, todavía se muestra impresionado a día de hoy por la eficiencia del equipo. "Contemplé los primeros 30 segundos y debo admitir que me resultó muy duro". Bauwens, que también vio las primeras maniobras, asegura: "Fue una de las eutanasias más difíciles que he vivido nunca". Vio cómo abrían el vientre de Carine y salió, "porque a nivel emocional no quería tomar parte". Wyffels habla retrospectivamente de pesar y alivio al tiempo. También resuena algo de orgullo en sus palabras: "Era la primera vez en la historia de la humanidad". El hecho de que nunca hubiera pasado antes quizá se deba al miedo a turbios manejos. Describe el posible escenario: "Esas personas extremadamente ricas que necesitan un páncreas y... aparece alguien que tiene el órgano adecuado, pero no está enfermo de muerte... Quizá llegarían a pagar 10 millones de euros para convencerle de donarlo".
Cuando en el Congreso Europeo sobre Anestesia celebrado en Milán en 2009 un grupo internacional de médicos se enfrentó al caso de Carine, la crítica se mantuvo dentro de ciertos límites. No obstante, un anestesista preguntó por qué no habían trasplantado también el corazón, recuerda Cras. La pregunta era una provocación: los corazones son especialmente sensibles a la falta de oxígeno. Una vez que han dejado de latir, queda prácticamente descartada la posibilidad de trasplantarlos. Si se hubiese querido implantar, habría que habérselo extraído bajo los efectos de la narcosis, es decir, antes de su muerte. En ese caso, Carine no habría muerto por los medicamentos, sino por la extracción de órganos. De hecho, la Comisión Ética de Amberes ya había discutido esa posibilidad en la fase preparatoria y se había pronunciado en contra. Había que separar por completo el proceso de la muerte de la extracción de órganos, explica Cras.

De lo contrario habría caído también el último tabú de la medicina de trasplantes: los órganos esenciales para la vida solo se pueden extraer a los muertos, no se puede matar a personas vivas para extraérselos. Esta férrea norma, aceptada internacionalmente desde los inicios de la medicina de trasplantes, empieza a tambalearse. ¿Supone realmente una diferencia que los donantes de órganos no estén muertos?, pregunta, por ejemplo, el especialista en bioética estadounidense Robert Truog. El filósofo de Oxford Julian Savulescu ha descrito un escenario en el que se podría reducir la escasez de donantes extrayendo los órganos antes de la muerte de los pacientes.

Savulescu escribió su tesis doctoral bajo la dirección del polémico filósofo australiano Peter Singer y es también utilitarista como él: en su opinión, un buen fin justifica casi cualquier medio. Savulescu se pregunta por qué en las unidades de cuidados intensivos se deja morir a pacientes graves a los que queda un tiempo de vida limitado, cuyos órganos aún podrían ser de utilidad. Si se considera aceptable éticamente suprimir las medidas para mantener con vida a estos pacientes, ¿por qué no se los podría narcotizar antes de morir, extraerles los órganos y dejarlos morir de ese modo? Naturalmente, los pacientes tendrían que haber elegido semejante opción en vida, aunque también podrían decidirlo sus familiares. Según Savulescu, son posibles "fuentes de órganos para trasplantes" los pacientes que llevan mucho tiempo inconscientes o, también, los bebés nacidos sin cerebro. Según sus cálculos, solo en Inglaterra se podrían conseguir así hasta 2.200 órganos más cada año.
Hasta ahora, en Bélgica, ocho pacientes se han convertido en donantes tras una muerte deseada. Cras asegura que deben ser siempre ellos y no los médicos quienes planteen la donación. A diferencia de lo ocurrido en el caso de Carine, en el futuro, la Clínica Universitaria de Amberes no tendrá que renunciar a ser posible destinataria de órganos. Los médicos belgas estiman que el potencial de donaciones adicionales así obtenidos es alto. En 2008, 705 pacientes belgas fueron asistidos en su deseo de morir. La quinta parte padecía enfermedades neuromusculares; posibles donantes.
Como siempre en los casos de muerte deseada, en el certificado de defunción de Carine se consignó "muerte natural". Su familia dio a conocer su fallecimiento en la web www.inmemoriam.be. Allí se lee que la incineración sería entre íntimos. Se invita a amigos y conocidos al sepelio religioso y al enterramiento de la urna. Carine murió plácidamente el 29 de enero de 2005 en el hospital Universitario de Amberes. P
Die Zeit.
Traducción de News Clips.

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