8 jun. 2017

Renato Leduc: el único mito genial mexicano/por Jorge Meléndez Preciado

Renato Leduc: el único mito genial mexicano/por Jorge Meléndez Preciado
Tomado del libro “Soy un Hombre de Pluma y me llamo Renato…” Ed. Artes e Historia de México, 2013/ Fred Alvarez y José Alcaraz, coordinadores.
Supe de Renato Leduc cuando ingresé al Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1966, en la Preparatoria 7 de La Viga. Había pasado la campaña de 1964, Díaz Ordaz el impuesto por el PRI, aunque el Frente Electoral del Pueblo (FEP), sin registro, una organización amplia del PCM contendió llevando a la cabeza a Ramón Danzós Palomino, y como aspirantes a la senaduría del D.F. a David Alfaro Siqueiros y al periodista nacido en Tlalpan y afincado en la Villa de Guadalupe.
Manuel Terrazas, segundo de a bordo entre los comunistas mexicanos, me decía risueño: “En los mítines yo hablaba de la lucha de clases, de la dialéctica, la clase obrera y otras cuestiones marxistas. Al bajar, Renato movía la cabeza y me explicaba. “No. Dile al pueblo que se lo está llevando la chingada, que los cabrones ricos y los de arriba los joden”. Lección básica para el novel militante que venía de la Colonia Guerrero y se entusiasmó con el libro-panfleto
Así se templó el acero , de Nicolai Ostrovsky.
Desde entonces supe que el único mito genial era el Gran jefe pluma blanca, como le decían algunos. Lo corroboraba José Alvarado en un librito prácticamente clandestino: Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles (1963). En el texto, quien fue rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León y gran escritor se preguntaba si en realidad Leduc mascaba vidrio, bebía sin parar y andaba tras las muchachas cual Marqués de Sade.
Esas y otras leyendas han rodeado la vida de quien en una entrevista –que no encuentro pero aseguro fue en la revista Siempre! – decía que había estado en esta tierra muchos años porque nunca bebió leche, caminó mucho y trabajó incansable-mente. Fórmulas que hoy apadrinaría hasta el doctor House.
Las dos últimas eran plenamente verificables ya que, como Monsiváis, Renato nunca usó automóvil, visitaba los sitios más populares y colaboraba en las publicaciones más diversas, sobre todo en periodiquitos donde “no había censura, publicaban rápido, pagaban en efectivo y por adelantado”, lo que posibilitaba que este hombre de cabellera blanca pudiera llevar el chivo donde Amalia Romero –a quien el escritor decía cariñosamente Mona – y Patricia lo esperaban.
Renato era, faltaba más, un irreverente, aunque muy puntual en su trabajo. Formó también la Asociación Mexicana de Periodistas (AMP), de las primeras organizaciones en defensa de los tecleadores. Entre ellos estaban Juan Duch, Mario Gil, Ermilo Abreu Gómez y Antonio Caram.
La misma estaba afiliada a la Organización Internacional de Periodistas (OIP), con sede en Praga, Checoslovaquia. En un congreso realizado en la URSS, me contó Luis Suárez,
quien también era amapo , tomaron el ferrocarril transiberiano: de Pekín a Moscú. Todo el largo viaje, mientras se oía el chirriar de vías, la máquina de escribir de Renato no paró en el largo trayecto e incluso en la tierra de Lenin y Jrushchov.
Después, en 1975, los integrantes de la célula Froylán C. Manjarrez: Hugo Tulio Meléndez, el húngaro y entonces yerno de Emilio Portes Gil, Pedro Reyner Vamos; Humberto Musacchio; Eduardo Ibarra y el que esto relata, entre otros, decidimos formar la Unión de Periodistas Democráticos (UPD), en defensa de los compañeros del gremio. Leduc resultó su presidente inicial. El asunto tiene gran importancia ya que la agrupación fue la única que condenó el golpe a Excélsior en 1976, relatado únicamente en la revista Sucesos para todos, de Gustavo Alatriste.
Las columnas de Renato tenían nombres muy elocuentes: “Cabezas, textos y pies” en Excélsior;  “Rezagos” en La voz de México , órgano del PCM, y otras más en diferentes
periódicos. Hasta que se estableció en El Sol de México y, asimismo, en Esto, en el segundo escribiendo de toros, una de sus pasiones.
Le pregunté un día: “¿Por qué escribir con el coronel García Valseca?”. Claro, sin titubeos, respondió: “Es el único dueño que no tiene listas variables”. 
Cara de what? la mía.
“Sí, en los demás los nombres de los intocables crecen o disminuyen según la publicidad o el
chayo a los dueños” –este último es un asunto que no se ha investigado nunca, aclaro–, mientras que el coronel me dijo: “Usted puede escribir lo que quiera, pero no ataca al trío conocido: la Virgen de Guadalupe, el presidente de la República, y el ejército. ¡Ah, y tampoco a mi compadre, Maximino Ávila Camacho!”.
No obstante ello, Leduc siempre apoyó a los estudiantes de la UAP y condenó las muertes de Joel Arriaga y Enrique Cabrera, líderes estudiantiles poblanos y nacionales.
Dirigió un periódico de carambola. Órbita, que se autotitulaba como “El pior periódico del mundo”. Ello porque la nefasta comisión calificadora de revistas multó, cerró e inhabilitó a su dueño y director, Héctor Pérez Verduzco. Entonces tomó las riendas Renato. Y me contó: “En un número puse que un chavo era el muy nalga y me llamaron a la oficina de la Secretaría de Gobernación para que explicara la palabreja. Le dije al burócrata: ‘En una taquería llegó un tipo y espetó retadoramente, «Aquí ¿quién es el más nalga?”, o sea, el mero mero»’. Como verá, le expliqué al azorado individuo, nalga es una palabra de la gente común, ya que eso de pompis
es una tontería de la clase media que no sabe utilizar el lenguaje’”.
En Órbita, por cierto, había una sección titulada “Semana escocesa” y salía el rostro inigualable de Renato con una faldita propia de aquellos lares. Y es que durante muchos años publicó en
Siempre! la gustada columna “Semana Inglesa”.
Un trabajo que causó sensación fue:  Cuando éramos menos, que relataba sus andanzas por la Villa de Guadalupe.
Esa la elaboraba para Interviú (mexicana), la cual dirigió Francisco Álvarez del Villar, otro de los que salieron de Excélsior con Julio Scherer. Por cierto, en la publicación aparecieron en pelotas varias importantes actrices, hasta Silvia Pinal. 
En una
revista para caballeros, como torpemente se decía antes, Su otro yo , que presentó a la mayoría de vedettes de antaño en cueros, participaban Leduc con Pedro Ocampo Ramírez y muchos otros profetas del momento. 
Dirigía el mensuario Vicente Ortega Colunga. Amigo, también, de personajes importantes del sistema, a quienes trataba de cerca y les explicaba la vida política, Soy un hombre de pluma y me llamo Renato amén de lanzarles poemas, nunca dejó su independencia por un plato de lentejas, como ahora muchos. Vivió modesta-mente en la primera Colonia del Periodista, calle de Mónico Neck, muy cerca de Jorge Piñó Sandoval, quien fue censurado y acosado en la época de Miguel Alemán por dirigir la revista Presente, a la cual le quemaron las instalaciones, y hasta el tocayo sufrió un raro accidente. Luego se autoexilió en Argentina.
Patricia Leduc, que estudió economía en la UNAM y visitaba a los presos del 68 en Lecumberri, vive en el sur, cerca de Xochimilco, en unos terrenos que compró Piñó, quien fue jefe de prensa de Horacio Flores de la Peña, secretario de Patrimonio Nacional en el echeverriato. Por allá anduvo en sus últimos alientos (recuerdo de Buñuel) Leduc.
Siempre fue muy querido en el gremio. Uno que lo admiró fue Antonio el Charro Sáenz de Miera, el cual en el sexxnio de López Mateos formó el Club de Periodistas. Tan adorado, que un salón lleva el nombre de Renato Leduc, donde actualmente hay reuniones de grupos opositores, incluso en los años 60 en dicho sitió funcionó la Tribuna de México, un lugar de discusiones entre liberales e izquierdistas.
Acerca de si debían ponerle su nombre a algo, Renato decía: “No quiero ninguna estatua, pues no deseo que los perros se meen en ella ni los pájaros me caguen”. Maldición.
Hay bustos en su honor, biblioteca, escuela, calle y hasta un fraccionamiento que actualmente vende lotes y lleva su nombre y apellido. El primero que lo homenajeó como se debía fue Jesús Salazar Toledano, recientemente fallecido, delegado priísta y habitante de Tlalpan.
Pocos libros pero muy intensos. El ya citado del corrido reaccionario. El Prometeo, La Odisea Euclidianque imprimió el Club en 1979.
 Aunque el Prometeo(1934) estuvo censurado muchos años y todavía causa furor porque al inicio dice: “Tú, padrote de putas miserables,/ quedarás enclavado en esta roca,/ un chancro fagedénico en tu boca/ dejará cicatrices imborrables”. Y sigue con gran recato. Los diablos del petróleo, en defensa del sindicato de esa industria antes de que entambaran a Joaquín Hernández Galicia, la Quina Este personaje le regaló un lector óptico, ya que en los últimos años de su vida Renato leía con graves problemas y necesitaba ver palabras gigantes. Con todo, seguía trabajando como podía.
La Historia de lo inmediato (FCE, 1976, Lecturas mexicanas canas,  62), que contiene un texto acerca de John Reed, el de los Diez días que conmovieron al mundo , y otro de “Tauromaquia y religión”. Pero el título es de Gabriel Peri, redactor de L’Humanit é (vocero del PCF), quien dice: “El periodista político es el historiador de lo inmediato”. Y asegura Leduc que en el teclear diario no se hace literatura.
El gran maestro Alonso Aguilar encargó un libro de personalidades levantiscas. Me pidió un breve ensayo acerca de Renato. Lo elaboré y puse un fragmento del Prometeo.
No le gustó y me pidió cambiarlo. Para no desatender a un gran luchador por la democracia, lo sustituí por “Los buzos diamantistas”. De las pocas solicitudes de modificar un texto que he aceptado.
Otro de sus cuates fue Francisco Pérez Ríos, contrincante de Rafael Galván en su lucha por la titularidad de contrato colectivo de los trabajadores electricistas. La batalla oficial la ganó Paco, aunque aceptó en su sindicato a cientos de galvanistas, quizá por conseja de Leduc.
Jesús Reyes Heroles lo escuchaba con atención, algo extraño para quien regañaba incluso a los supuestos teóricos marxistas. En un momento Renato abogó por Roberto Sánchez Ench, quien cayó a Lecumberri por andar con el grupo Lacandones. Como la esposa de Roberto era Georgina Ramírez Coca, familiar de Leduc, éste insistió en la liberación de quien tomó las armas. Cuando dejaron libre a Roberto, le pidió que fuera con el padre de la reforma política a agradecerle las gestiones, independientemente que su salida del fresco bote no fue por las gestiones oficiales.
 Nobleza obliga.
Como todos saben, casó con Leonora Carrington, más que por tener una relación amorosa con la pintora surrealis-ta, para traerla a México; asunto muy controvertido. Pero lo cierto es que en una ocasión María bonita, quien anduvo con el Flaco Agustín Lara, le dijo a Renato que si se casaban. Él contestó: “Ni loco, jamás seré el señor Félix”.
Premio Nacional de Periodismo (1977). También le dimos el Francisco Martínez de la Vega (1986). El galardón de la UPD lo instituimos siendo presidente Miguel Ángel Granados Chapa. Cuando estuve al frente de la Unión, primero se lo dimos a Alejandro Gómez Arias por su lucha en el movimiento de reforma universitaria y sus valientes escritos. Luego, obvio, a Renato. En la modesta ceremonia, se acercó a él Concepción Salcedo. Manos para que te quieren, de inmediato atacó el poeta y amoroso en serio.
De toros supe poco. Pero una cercana a él me comentó que Manolo Martínez le enviaba siempre que toreaba (en México o España) cuatro boletos para la corrida y los de traslado a las plazas. Era como su padrino periodístico. Incluso al regreso del inmenso matador, quien llegaba en malas condiciones a capotear siempre, estuvo el que hacía la crónica.
Antes de que se fuera por Xochimilco, tenía una oficina en la calle de Artes número 110. A una cantina de enfrente, de nombre El club de los artistas, homónimo de cierto cabaret, hoy desaparecido, le hablábamos. Un mozuelo corría a bus-carlo y bajaba los cuatro pisos para contestar. Subía presuroso a seguir tecleando.
En la cantina de Tlalpan hay dos figuras sobresalientes: Renato y Armando Jiménez, el autor del bestseller nacional, Picardía mexicana –chorrocientas ediciones. Curiosamente, A. Jiménez –como firmaba– estudió arquitectura de estadios deportivos, pero nunca la ejerció. Se hizo famoso por “El gallito inglés”, la inscripción que había en los viejos bebederos y dice: “Este es el gallito inglés, míralo con disimulo, quítale el pico y los pies y métetelo por el culo”. Obviamente es un pene adornado.
Sería largo hablar de este enorme mexicano, prefiero citar un poema que viene en el libro
Obra literaria, con prólogo de Carlos Monsiváis, y compilación e introducción de Edith Negrín (FCE). Se llama “El diputado” y está muy a tono en estos tiempos:
Con la boca reseca, reseca y el cabello erizado, erizado, corretea de la seca a la meca el presunto señor diputado. Trasudando sufragio-efectivo caga sangre el señor diputado al pensar que pudiese algún vivo Soy un hombre de pluma y me llamo Renato comerle el mandado...
Ya en la paz del congreso descansa triunfador el señor diputado bien repleto el bolsillo y la panza y en la boca fruncida, un candado.
¡Felicidades legisladores de parte de San Renato! Y como dijera el multicitado: “Ya muerto, soy cabrón si me meneo”.

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