Los otros suicidios/ Pablo Malo es psiquiatra y escritor, autor de Los peligros de la moralidad (Deusto).
El Mundo, Lunes, 05/Ene/2026
Cuando hablamos del suicidio -la autoaplicación de violencia letal-, casi siempre hablamos de un tipo concreto. El de una persona deprimida que va viendo su situación de forma cada vez más negativa y que en algún momento siente que aparece en su mente la idea de que sería mejor estar muerto. Luego surgirían ideas autolíticas, cada vez más recurrentes. Después empezaría a investigar o planear algún método de suicidio y finalmente realizaría un intento. Esto se llama el «modelo continuo del suicidio», que asume que éste es un trastorno mental tratado por los psicólogos y psiquiatras, un «modelo médico del suicidio».
Este modelo es acertado en un gran número de casos, pero resulta incompleto, pues hay otros tipos que quedan fuera de este marco. El «modelo continuo» tiene, por lo menos, dos problemas: a) que muchos casos no tienen antecedentes previos de suicidalidad y no parecen relacionados con depresión; y b) que no hay un continuo entre ideas/intentos de suicidio y suicidio consumado. Es decir, que el intento y la consumación son dos fenómenos diferentes, aunque se solapan.
Acaba de salir un artículo científico con unos resultados muy interesantes al respecto. El estudio analizó 2.769 personas fallecidas por suicidio en Utah (EEUU) con datos genéticos y registros médicos. Las dividieron en dos grupos: a) uno de 1.432 personas que habían tenido ideación o intentos previos; y b) otro de 1.337 personas en el que no había evidencia de suicidalidad previa (es decir, casi la mitad de todos los casos completados no tenía pensamientos ni conductas suicidas previas). Lo que encontraron es que las personas que se suicidaron sin intentos ni ideación previos eran en mayor porcentaje hombres (83 % frente a 68 %), de mayor edad promedio (47 frente a 41 años) y tenían cargas genéticas significativamente más bajas para varios trastornos neuropsiquiátricos que las personas que sí tenían suicidalidad previa (depresión mayor, trastorno bipolar, esquizofrenia y otros). De hecho, tenían cargas genéticas iguales a las de la población general sana.
La conclusión clave del estudio es que el suicidio «por sorpresa» o «sin señales previas» (que representa casi el 50 % de todos los consumados) no es lo mismo desde el punto de vista biológico/genético que el de las personas con historia de intentos o ideación. Esto desafía la idea tradicional de que «todo suicidio viene siempre de un trastorno mental grave». ¿Cuáles son las implicaciones prácticas de estos hallazgos? Por un lado, que mezclar ambos grupos en investigaciones diluye los resultados y dificulta encontrar causas reales del suicidio consumado. Por otro lado, que las estrategias de prevención basadas solo en detectar y tratar la depresión pueden fallar en este 50% de casos «sin señales previas». Tenemos otros estudios donde se encuentra que la mayoría de los suicidios (60-70%) ocurren en el primer intento conocido. En definitiva, hace falta investigar otros factores (impulsividad extrema, eventos vitales agudos, acceso a medios letales, dolor crónico, rasgos de personalidad no patológicos...) y desarrollar enfoques diferentes para este subgrupo.
Queriendo combatir mitos que existían en nuestra sociedad -por ejemplo, que resulta negativo hablar del suicidio porque podemos dar ideas-, hemos generado otros mitos, como que los suicidas siempre avisan o que todos los suicidios se pueden prevenir. No es cierto. Muchos no avisan antes de realizar sus intentos por diversas razones y una de ellas es que muchos suicidios son impulsivos. Hay estudios donde se encuentra -definiendo impulsivo como el ocurrido en menos de 5 minutos desde el inicio de la ideación- que el 24% de la muestra pensó en matarse sólo cinco minutos antes de realizar el intento y el 70% pensó en él dentro de la hora anterior. Y esto ocurre no sólo en intentos de baja letalidad, sino también en los de alta, como ahorcamiento o armas de fuego. Hay otros estudios donde se observa esa intensificación aguda de ideación en horas, o menos de un día.
Pero además del impulsivo tenemos otros tipos que no encajan en el marco que he descrito al principio. Entre ellos están los suicidios moralistas, que son aquellos en los que la conducta del sujeto es una respuesta a una ofensa moral producida contra él. Es decir, el sujeto es víctima -o se siente víctima- de un daño moral. También sería el caso de aquellos debidos a la culpa por haberse comportado de una manera inmoral y haber causado un daño a otros. En este grupo tendríamos un tipo que se ha llamado de diversas maneras: suicidio agresivo, del ofendido, sansónico (De Sansón, el personaje bíblico que muere matando) o con intención hostil. Estamos hablando de uno que se produce por venganza y que tiene más que ver con la ira y la rabia que con la depresión. Si un individuo piensa que le están despojando de todo y que no hay salida, puede poner en riesgo su propia vida para vengar la afrenta y hacer justicia. El suicidio en estos casos es una agresión interpersonal que busca generar culpa o perjudicar a los demás. Es moralista porque la naturaleza del conflicto interpersonal es moral, es decir, alguien nos ha hecho algo malo moralmente o nosotros hemos hecho algo moralmente malo a alguien. Muchas conductas suicidas son una forma de expresar y de responder a agravios u ofensas morales.
El último tipo que quiero tratar es el homicidio seguido de suicidio u homicidio-suicidio. Se trata de un fenómeno de difícil ubicación y los autores no se ponen de acuerdo: para unos sería un tipo de homicidio, para otros un tipo de suicidio y para unos terceros un fenómeno distinto de ambos. Suicidólogos como Thomas Joiner consideran que estaría en el segundo apartado. Según Joiner, el suicidio es no sólo lo primario, sino también la fuente de todo lo que sigue a continuación. En los homicidios-suicidios, el primero ocurre como consecuencia del segundo. El perpetrador decide quitarse la vida y después toma el propósito de matar a otras personas (hijos, pareja...), bien para que no sufran o por venganza. También muchos expertos consideran los asesinatos en masa típicos de EEUU como un suicidio, ya que acaban quitándose la vida o saben que la policía los va a abatir (lo que se llama «suicide by cop»: la persona provoca intencionadamente que la policía le dispare y le mate).
En última instancia, el suicidio no es un trastorno mental, sino una conducta humana que tiene dos causas principales: el sufrimiento humano y nuestra capacidad cognitiva/ inteligencia, que nos permite darnos cuenta de que si nos quitamos de en medio dejamos de sufrir. Y las causas de ese sufrimiento pueden ser emociones distintas a la depresión, como el odio, la venganza, la humillación, la pérdida de estatus y de la reputación moral, etcétera. Tendemos a pensar que el suicidio es algo individual que está en la cabeza de la persona y olvidamos que es también social y tiene que ver con nuestras relaciones con los demás. Las personas se suicidan como respuesta a conflictos interpersonales, por divorcios y rupturas emocionales, por el desempleo y los problemas económicos y por otros tipos de sufrimiento.
En definitiva, estamos enfocando todas las campañas de prevención con el modelo médico y continuo en mente, que es válido para un número importante de casos, pero hay unos caminos hacia el suicidio de los que sabemos muy poco. Son los que siguen las personas del subgrupo de los que no sobreviven al primer intento y nunca van a ser tratados por un profesional de la psiquiatría o de la psicología. Es necesario ampliar la investigación para intentar conocer mejor -y aliviar- esos otros sufrimientos que pueden conducir a la persona a ese túnel oscuro donde se piensa que el suicidio puede ser una solución.
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