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El corazón del otro/

El corazón del otro/ Gustavo Martín Garzo, escritor

EL PAÍS, 27/03/11;:

También la lluvia, la reciente película de Iciar Bollain, ha vuelto a recordarnos la brutalidad de la conquista del Nuevo Mundo por parte de la España del siglo XVI. La película hace un atrevido paralelismo entre esa colonización y la no menos sistemática y brutal que los países más poderosos siguen llevando a cabo en tantos lugares del mundo a través de sus negocios e industrias. Uno de los protagonistas de aquella conquista fue Cristóbal Colón. ¿Pero es Colón alguien que solo pertenece a la historia o un modelo aún vigente de la insaciabilidad y soberbia que siempre han caracterizado las relaciones de Occidente con el resto del mundo?
 ¿Quién era este oscuro navegante, qué esperaba encontrar en aquel viaje? ¿La gloria, el poder, la riqueza, la salvación de su alma, acaso todo a la vez? Entregó su vida entera a una aventura insensata y todavía hoy nos preguntamos la razón. Una aventura que llevó a cabo en las condiciones más penosas, si consideramos que para escoltar a la infanta doña Juana, hija de los Reyes Católicos, en su viaje matrimonial a los Países Bajos, la corona fletó 130 buques con miles de soldados a bordo. Se nos ha dicho que quería encontrar una nueva ruta a las Indias, para evitar a los peligrosos piratas del Mediterráneo, pero ¿de verdad era eso lo que buscaba? Hay quien piensa que era un hombre religioso en cuyos sueños se compendiaban algunas de las grandes aspiraciones del mundo cristiano de la época: “el comercio directo con Oriente, el contacto con los misteriosos reinos cristianos del Preste Juan y el remate al ideal de la Cruzada con la toma definitiva de Jerusalén”. Sin embargo, Cristóbal Colón también representa el modelo del hombre moderno, en que se combinan la mentalidad del científico y el naturalista con la del hombre pragmático que sueña enriquecerse. Todorov afirma que pueden darse tres móviles para la conquista. El primero, humano: la riqueza; el segundo, divino: la cristianización de los indígenas; y el tercero, relacionado con el conocimiento y el disfrute del mundo natural.
Cristóbal Colón fue un hombre situado a caballo entre dos mundos: uno, el moderno, que trata de regirse por la racionalidad y la observación; y el otro, el medieval, lleno aún de mitos y oscuros prejuicios. Esta alternancia de modernidad y tradición, podría explicar, al menos en parte, su compleja personalidad. Su despotismo, por ejemplo, no sería tanto el despotismo del que solo busca el poder y lariqueza, sino del que se cree investido de una misión superior y no duda en llevarla a cabo como sea, por pensar que sus cuentas no son con los hombres. Así era Colón, tan capaz de las observaciones más delicadas y conmovedoras, como de cortar las orejas y la nariz a un pobre muchacho al que cogen robando trigo.
Sus diarios son una prueba de esa personalidad contradictoria. Vemos en ellos a un hombre culto, aficionado a la lectura, dotado de un espíritu crítico y moderno; pero también a alguien que aún no ha abandonado la oscura noche del mito y cuya visión del mundo sigue condicionada por los más extravagantes prejuicios. Así, y junto a precisas descripciones de los lugares que visita, de su fauna y su flora, o de los indígenas que le salen a recibir, habla de personajes tan imposibles como los come-hombres y los hombres-perro, o se pregunta cuándo se producirá ese encuentro que tanto teme con el unicornio, del que ha oído hablar en el libro de viajes de Marco Polo. O dicho de otra forma, su travesía no tiene lugar solo por una geografía real sino también por una geografía soñada, y de hecho, al menos en dos ocasiones, cree haber encontrado el paraíso terrenal. Era un viaje real y simbólico a la vez.
De hecho, cuando los Reyes le reciben en Barcelona, a su regreso de su primera travesía, no lo hacen solo como si fuera un viajero ilustre, alguien portador de noticias acerca de nuevos mercados o países remotos con los que mantener relaciones provechosas, sino también como si viniera del mundo del mito. El hermoso relato que hace Björn Landström no puede ser más ilustrativo. La ciudad se engalana como para una fiesta, y cuando entra en el salón real los soberanos se levantan para recibirle, como habrían hecho con un igual. Acompañan a Colón las criaturas y productos de aquel mundo remoto. Varios indios casi desnudos, jaulas con cacatúas, pequeños perros que no podían ladrar. Arcas con algodón, áloe, especias y pieles de grandes iguanas. “Y grandes cestos llenos de oro: coronas de oro, grandes máscaras decoradas con oro, ornamentos de oro batido, pepitas de oro, polvo de oro”. Colón iba presentando estos bienes a los soberanos, al tiempo que les hacía el relato de sus aventuras. Les habló de los caribes devoradores de carne humana y de las sirenas frente a Monte Christi, aunque aseguró que no había visto ninguno de los monstruos que los cosmógrafos creían existentes en las islas al fin de la Tierra. Toda una representación, que Colón lleva a cabo como el más avezado de los escenógrafos, presentando su descubrimiento del Nuevo Mundo como el fin de la época de escasez.
Una cosa bien distinta era lo que había dejado atrás: tormentas, enfermedades, traiciones, la llegada a unas tierras extrañas y hostiles, donde nada era lo que había esperado encontrar.
Y aun así, repite ese mismo viaje hasta cuatro veces, sin que en ninguna de ellas le vaya mejor que en las precedentes. Esta repetida frustración y las numerosas penalidades que tuvo que sufrir le volvieron un gobernante altivo e implacable, que incluso tuvo que regresar a España para responder a las numerosas denuncias que se hicieron en su contra, tal como relatan las historiadoras Consuelo Varela e Isabel Aguirre. “Aplicaba la justicia sin juicios, no distribuían víveres entre los colonos y no permitía que se bautizara a los indígenas para poder utilizarlos como esclavos”. Puede que esos excesos tuvieran que ver con el fracaso de sus sueños, y con su incapacidad para aceptar sus errores.
De hecho, la historia de Colón no es sino una sucesión de equivocaciones. No había estado a las puertas de los reinos del Gran Khan, ni las tierras que había encontrado tenían nada que ver con el paraíso del que habla la Biblia. Tampoco había oro, al menos en las proporciones que esperaba, ni sirenas u otras criaturas fantásticas. Solo avidez, traición, enfermedades y muerte, la historia eterna de los hombres. Se equivocó en casi todo lo que hizo, especialmente en su trato con los pobladores nativos de las tierras descubiertas, a los que nunca hizo el menor esfuerzo por entender. Solo le importaba lo que veía, o lo que creía estar viendo: no lo que los demás podían ver u observar, ni siquiera sus otros compañeros de expedición. Se sentía superior a ellos, sobre todo a los indígenas, a los que siempre consideró poco más que animales.
Ese fue su mayor fracaso, y tal vez lo que más le acerca a nosotros, si consideramos el papel que seguimos cumpliendo con tantos pueblos. El Nuevo Mundo estaba en el corazón de los otros, y él, uno de los más grandes navegantes que ha existido, pasó a su lado sin apenas detenerse a mirarlo. ¿Sigue representado a esta Europa exhausta pero insaciable que somos?

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