9 jul. 2017

Confesiones añadidas (a la obra de Neruda)/Jorge Edwards

Confesiones añadidas/Jorge Edwards, escritor chileno

ABC; Sábado, 08/Jul/2017
Se puede sostener que toda la obra de Pablo Neruda, con pocas excepciones, en prosa y en verso, es confesional, autobiográfica, de la memoria profunda, de la intimidad en su forma extrema, a menudo desgarrada. Es una poesía y una prosa del yo. Neruda fue rimbaldiano; después, hugoliano, y en sus años finales trató de recuperar la atmosfera de JeanArthur Rimbaud y de Charles Baudelaire. Osciló siempre entre Lautréamont y Walt Whitman, pero tuvo una actitud constante: la desconfianza mayor frente al saber libresco, frente a las especulaciones de los filósofos, frente a toda forma de pensamiento abstracta. 

Hace pocos días, antes de viajar de París a Santiago, pasé por la vieja rue de Varenne, donde se encuentra el «hotel» del primer ministro de Francia y donde habitó una pareja literaria que hoy es leyenda, Elsa Triolet y Louis Aragon. Reconocí el gran portón de madera de color gris celeste, comprobé que el timbre era el mismo de hace ya más de cuarenta años, y seguí mi camino, pensativo y más bien sonriente. Aragon, ya viudo de Elsa, nos invitó a cenar a Neruda con Matilde y a mí con Pilar allá por 1972. La casa del poeta francés quedaba exactamente al frente de las puertas celosamente custodiadas del Hotel Matignon. Toqué el timbre profundo, protegido por un resguardo de acero, y Neruda dio un pequeño salto de flebítico, de persona de cuerpo pesado, de agilidad escasa. «¡Estamos fritos, exclamó, vamos a tener que ser inteligentes toda la noche!».
Comimos un arroz a la valenciana, bebimos vinos de La Rioja, España, en compañía del dueño de la casa y de otro invitado, el poeta y editor Pierre Seghers, y ya no recuerdo si fuimos inteligentes todo el rato. Recuerdo, sí, que Aragon nos mostró una magnífica colección de obras de Émile Zola y nos habló, con algunas reservas, de la filosofía narrativa del autor de El vientre de París. Salimos de esa casa y Pablo Neruda propuso que nos fuéramos a comer una «cazuelita» en La Coupole. ¡Sin necesidad de ser inteligentes, sin estar obligados a cuidar cada palabra!
En esos días, la conversación del poeta, que sabía que estaba enfermo, era intensamente evocativa, nostálgica, de balance de una larga vida, de recuerdo emocionado. Cada vez que me contaba una historia, le decía de inmediato que la contara en sus memorias, y él me pedía que se lo recordara al día siguiente. Pero la Embajada chilena, en esos días complicados, en plena renegociación de la deuda externa en el llamado Club de París, no me daba tiempo ni respiro para colaborar en la escritura de Confieso que he vivido.
Neruda tuvo en los comienzos una idea interesante, que aparte de su aspecto práctico revelaba un estado de espíritu. Se proponía tratar de conseguir que el gobierno de Salvador Allende nombrara agregado cultural en París a Luis Oyarzún Peña a fin de dictarle sus memorias. «Lucho Oyarzún, me decía, recibirá el dictado mejor que nadie y después, en París, hará su vida». Conociendo al poeta, al ensayista, al especialista en botánica, al paseante y vagabundo, al noctámbulo que era Oyarzún, nos reíamos y nos preparábamos para recibirlo. El hecho de que fuera hombre de pensamiento cristiano, cercano a la democracia-cristiana, que formaba parte en esos años de la oposición política al régimen de la Unidad Popular, no nos inquietaba en absoluto.
Oyarzún, que estaba refugiado en una cátedra de la Universidad Austral, en la ciudad de Valdivia, y que tenía problemas de salud que no conocíamos, murió en esos días. Alcancé a recibir dos cartas suyas apasionantes, que describían mejor que nada el clima chileno de ese momento. Pablo Neruda, entonces, consiguió que su amigo de juventud, Homero Arce, funcionario jubilado del servicio de correos de Chile y poeta a sus horas, viajara a París y recibiera el dictado de sus memorias de vejez. Homero vivió encerrado en la embajada como provinciano asustado, muerto de miedo, y me acuerdo del poeta embajador que partía al dentista y llamaba a gritos a «Homerito» para que por lo menos pudiera conocer la ciudad a través de las ventanillas del automóvil. Pablo dictó las memorias de Confieso que he vivido en la embajada de la avenida de la Motte-Picquet y más tarde, poco antes de su muerte, en su casa de Isla Negra. 
Murió en septiembre del año 1973 cuando todavía estaba lejos de terminar el dictado. Matilde, su viuda, viajó entonces con las páginas ya dictadas a Venezuela y «editó» el libro con ayuda de Miguel Otero Silva, novelista, gran amigo del poeta, dueño principal del diario «El Nacional» de Caracas. La edición consistió en añadir páginas autobiográficas escritas por Neruda en años anteriores e insertarlas en las memorias de acuerdo con un criterio cronológico. El resultado fue un libro de dos personas diferentes: el Neruda anterior a la muerte de José Stalin, estalinista confeso, y el posterior al congreso en el que Nikita Kruschev, entonces secretario general del partido, hizo la dramática relación de los crímenes del estalinismo. 
Fue un libro contradictorio, válido en su vertiente narrativa, pero de coherencia interna, mental e intelectual, discutible. Doy un solo ejemplo: en páginas sobre Berlín Oriental escritas a comienzos de la década de los cincuenta, Neruda, a propósito del temible fiscal de los procesos de Moscú, escribe sobre «el gran Vishinsky». Era como haber hablado del gran Lavrenti Beria, el policía siniestro del estalinismo, o del gran José Stalin. El Neruda de los años crepusculares, el de la Sonata crítica, el del poema La verdad de Memorial de Isla Negra, jamás habría hablado en esa forma.
El trabajo que ha hecho ahora la Fundación Neruda al preparar esta nueva edición de Confieso que he vivido consiste en agregar al texto nuevas páginas autobiográficas encontradas entre los papeles del poeta. Es decir, ha reincidido en el error. Por ejemplo, hay un retrato literario de Pushkin, el gran poeta romántico ruso, por quien el Neruda del final tenía una fuerte devoción. El retrato no dice gran cosa, pero recuerdo un episodio interesante. Encontramos en una recepción en París a un chileno a quien yo conocía algo, que le presenté a Neruda, y cuyos apellidos eran De Heeckeren D’Anthès. Era descendiente directo del barón George-Charles de Heeckeren D’Anthès, el oficial francés que mató a Pushkin en Moscú, en 1837, en un duelo célebre. Neruda escuchó esos nombres y quedó profundamente conmovido. Parecía que la sangre de Pushkin había salpicado al lejano descendiente del duelista que lo había matado, y tuvo frente al descendiente una muy amistosa curiosidad.
Yo creo que ahora la Fundacion Neruda tiene una tarea apasionante por realizar: reunir los trozos de memorias verdaderamente dictados por Neruda en los años anteriores a su muerte y publicarlos. El libro sería un testimonio y un texto único, además de necesario. Un testimonio verdadero, no estereotipado ni fabricado.

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