El ocaso de las reglas:
El profesor Matías Spektor no se limita a describir en NYT la geopolítica actual; relata el colapso de un guion que el mundo interpretó con relativa disciplina durante ocho décadas. El arresto de Nicolás Maduro y la intervención directa de EU en Venezuela no son solo noticias de portada: son el epitafio del orden establecido. Hemos cruzado el umbral hacia un capítulo donde la tinta de los tratados cede ante el peso de la fuerza y el pragmatismo crudo.
El retorno de los gigantes
El orden de la posguerra, ese andamiaje de instituciones y leyes internacionales, parece haber exhalado su último suspiro. En su lugar, presenciamos el regreso de un registro antiguo: la política de las grandes potencias. Washington, Pekín y Moscú ya no ocultan sus ambiciones bajo el velo de la diplomacia tradicional; hoy, la coerción y la búsqueda de esferas de influencia dictan el ritmo, ignorando los límites que alguna vez definieron la convivencia global.
La soberanía como herida y escudo
En este nuevo tablero, naciones como Brasil, India, Sudáfrica e Irán han dejado de ser simples espectadores. Para estos Estados, moldeados por memorias de ocupación y tutela, la soberanía no es un concepto académico, sino un activo físico conquistado a pulso.
Su estrategia no es la lealtad ciega, sino el transaccionalismo:
Agilidad sobre ideología: No se alinean con bloques; negocian caso por caso.
Diversificación: Mantienen sus opciones abiertas, conscientes de que en un mundo inestable, apostar por un solo bando es un lujo peligroso.
Cuando lo que nos unía se vuelve un arma
La globalización, que alguna vez se prometió como un puente de paz a través del comercio y los datos, ha mutado. Spektor advierte que la interdependencia económica ya no frena los conflictos, sino que los alimenta. Las cadenas de suministro, el flujo de energía y los sistemas de pago son ahora los nuevos rifles de una guerra silenciosa: instrumentos de presión para doblegar voluntades.
El arte de la resistencia silenciosa
Ante el empuje de los gigantes, las potencias medianas han perfeccionado una forma sutil de contraataque. No es una rebelión estrepitosa, sino una obstrucción calculada. A través del incumplimiento selectivo, la ambigüedad estratégica y la creación de "puertas de salida" tecnológicas y financieras, buscan blindarse contra el chantaje de los más poderosos.
Un epílogo improvisado
El horizonte que vislumbra Spektor no es el de un mapa ordenado, sino el de un mundo "más áspero e improvisado". La jerarquía que las potencias intentan imponer no está trayendo estabilidad; al contrario, está multiplicando las fisuras. Estamos ante el nacimiento de un orden que se renegocia cada día, donde la mayor victoria de una nación es, simplemente, conservar su poder de elegir.
Trump rompió el orden mundial. ¿Y ahora qué? (3)/ Matias Spektor es profesor de política y relaciones Internacionales en la Fundación Getúlio Vargas de São Paulo, Brasil.
The New York Times, Sábado, 24/Ene/2026
La política de las grandes potencias ha vuelto en un registro conocido: coerción, intervención, jerarquía. Estados Unidos, China y Rusia vuelven a hacer valer reivindicaciones privilegiadas sobre regiones, rutas comerciales y alineamientos políticos, a menudo mediante herramientas que amplían o eluden las restricciones legales que se suponía que definían la era posterior a la Guerra Fría.
Los Estados moldeados por la jerarquía impuesta del siglo pasado son ahora fundamentales en el próximo capítulo de la historia global. Se trata de países —naciones como India, Brasil, Sudáfrica e Irán— que han experimentado distintos grados de ocupación, tutela o restricción externa. Como grupo, están profundamente divididos por estilos de gobierno, consideraciones de seguridad y estrategias de desarrollo. Pero comparten una gramática política forjada por la dominación y la resistencia. Para ellos, la soberanía no es una abstracción. Es un activo conquistado a pulso, algo que se ve fácilmente amenazado y que se defenderá con fiereza.
Esa experiencia compartida no produce unidad de pensamiento ni de acción entre las naciones que a menudo se denominan colectivamente, aunque sea de forma imperfecta, el sur global. Pero sí genera agilidad. En todos los continentes, los gobiernos de las potencias medianas y pequeñas se protegen cada vez más en lugar de alinearse, buscan foros en lugar de comprometerse y negocian transaccionalmente en lugar de someterse. Diversifican el comercio, redirigen las finanzas, cultivan socios alternativos y mantienen abiertas sus opciones. El recurso que define hoy a muchos de estos Estados no es la ideología, sino el poder de elegir, y de hacer que sus elecciones tengan consecuencias en este nuevo panorama geopolítico.
Mientras las naciones más poderosas se disputan el dominio, su competición tiene lugar en un mundo de densa interdependencia económica y creciente tensión planetaria. Las cadenas de suministro, los sistemas de pago, los flujos de energía, las redes de datos y los mercados alimentarios se han convertido en instrumentos de presión. La interdependencia ya no frena el poder; cada vez más, se convierte en arma, se redirige y se raciona. La influencia viaja a través de los mercados y las infraestructuras, así como a través de los ejércitos.
Donde hay poder, llegará la resistencia. La coerción todavía puede extraer concesiones a corto plazo, pero también acelera la diversificación y empuja a los Estados a construir opciones de salida en finanzas, tecnología y seguridad. Cuanto más presionan las grandes potencias —militar, económica o tecnológicamente—, más invitan a la reacción en contra. No siempre se tratará de una desobediencia dramática, sino de una obstrucción más silenciosa a través de la demora, la dilución, el cumplimiento selectivo y la ambigüedad estratégica.
El próximo orden mundial probablemente no se asemejará a un concierto estable de potencias ni a una división ordenada del planeta en campos rivales. Probablemente será más áspero, más improvisado y más disputado, configurado por grandes potencias que intentan trazar líneas y por Estados con recuerdos vivos de jerarquía que los ponen a prueba, los doblan y los renegocian constantemente.
En un mundo de interdependencia y crisis, la jerarquía no pone fin a la disputa. La multiplica.
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