11 ene 2026

Trump y María Corina: el límite moral del poder

Entre la fuerza de Trump y la luz de María Corina

Hace apenas un año, decíamos que era imposible entender a Donald Trump con la lógica del siglo XX. Hoy, nos damos cuenta de que nos quedamos cortos. No es solo un personaje; es el arquitecto de una era donde las sutilezas diplomáticas han muerto. La reciente operación militar para capturar a Maduro  no fue solo un despliegue de fuerza; fue un mensaje al mundo: el orden liberal de valores ha sido reemplazado por la "moralidad" personal de un solo hombre.

Trump lo ha dicho con una crudeza que asusta y fascina a la vez: sus capacidades solo están limitadas por su propia conciencia.  En este tablero de ajedrez global, no hay utopías ni hipocresías, solo intereses. 

Washington ha decidido que la Doctrina Monroe vuelve a estar vigente, esta vez para expulsar a China, Rusia e Irán del patio trasero de América Latina.

Sin embargo- comenta Joaquín Manso, director de El Mundo-, hay algo que la fuerza bruta no puede fabricar: la legitimidad. Y ahí es donde la figura de María Corina Machado y Edmundo González se eleva por encima del estruendo de los aviones militares. Su victoria no nació de una incursión extranjera, sino del rugido de las urnas .

Venezuela no es un desierto institucional como Libia o Irak. Tiene memoria democrática y una sociedad civil que no se ha quebrado.

El encuentro convocado entre Trump y María Corina para la semana entrante abre un campo nuevo. Ella no habla de venganza, sino de reconstrucción: una transición ordenada, respeto a la propiedad privada y, sobre todo, el fin de la tortura.

Trump y María Corina: el límite moral del poder/ Joaquín Manso, director de El Mundo.

El Mundo, 11/Ene/2026

"Todo el que usa la lógica política, filosófica, mediática o ética del siglo XX es incapaz de entender o debilitar a Trump", escribía Pablo R. Suanzes en el especial que EL MUNDO publicó para designar al Personaje del Año 2025. Nos quedamos cortos: es el personaje de toda una era. La demostración militar de EEUU en la operación para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela envía al mundo un mensaje performativo de poder sin restricciones que reconfigurará la geopolítica global y el orden liberal de valores.

El presidente norteamericano lo verbaliza con precisión sorprendente en su entrevista en The New York Times cuando dice que sus capacidades como comandante en jefe están limitadas sólo por su "propia moralidad", toda una reivindicación de la discrecionalidad unipersonal como doctrina. Lo que impacta de Trump es que no haya en él ni un gramo de hipocresía, que no finja estar motivado por construir una utopía: únicamente le guía el interés. Así ha sido en Oriente Próximo, así está siendo en Ucrania y así será en América Latina.

Stephen Miller, el asesor de la Casa Blanca más intuitivo para traducir las ambiciones del presidente, le contestó así a Jake Tapper en la CNN cuando preguntó por Groenlandia: "Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que se rige por la fortaleza, por la fuerza, por el poder". El principio más antiguo de la política internacional vuelve a estar vigente con una crudeza que desnuda las ingenuidades del mundo de ayer: might makes right. La fuerza hace el derecho. Mientras el planeta se fragmenta en esferas de influencia, Europa balbucea principios sin poner los medios para defenderlos ni ofrecer su alternativa liberal.

El destinatario del golpe de mano en Venezuela es China, que lleva desde la crisis financiera ampliando su posición en América Latina con fuertes inversiones en todos los países. Como explicaba Lucas de la Cal, "a cambio de petróleo, Pekín concedió créditos masivos que convirtieron al régimen chavista en el cuarto mayor receptor de préstamos oficiales chinos en el mundo". Nada de lo que está sucediendo se entiende sin el contexto de rivalidad geopolítica e ideológica entre EEUU y el Imperio del Medio. El corolario Trump a la doctrina Monroe consiste en que Washington utilizará todo su poder duro para disuadir la presencia de potencias externas con capacidad de control sobre los recursos naturales de América Latina.

Venezuela ha abierto la puerta a China, Rusia e Irán. También a los matones cubanos: el crudo gratuito sostiene al régimen brutal de La Habana. El país sirve de plataforma de salida para la cocaína y de refugio para la guerrilla terrorista. El empobrecimiento masivo ha provocado el mayor éxodo de la historia del continente. Y Caracas ejerce contra su pueblo una represión feroz y todo tipo de vulneraciones de derechos humanos. Por esa amenaza para la seguridad regional y por sus impresionantes reservas de petróleo, parecía la víctima propiciatoria para estrenar "la nueva gramática del poder", como decía Ana Palacio: también fue decisivo que Maduro hubiese "dilapidado todo su caudal social" tras perder las elecciones frente a María Corina Machado, lo que había generado "un desgaste acelerado del poder y una expectativa palpable y transversal de cambio". Nadie con un mínimo de humanidad pudo evitar la empatía hacia el conmovedor sentimiento de esperanza que expresaron millones de venezolanos en todo el mundo ante la caída del tirano. La legitimidad de Machado y la de Edmundo González procede de su victoria en las urnas, no del ataque de EEUU.

Y ahora, ¿qué? Nada que no sea entregar a los venezolanos las riendas de su propio destino sería digno. La incógnita es qué quiso decir Trump cuando habló de "administrar" Venezuela hasta una transición. The Wall Street Journal publicó un informe de la CIA que sugiere que el chavismo conserva el control de las fuerzas represivas y que entregar el poder a la oposición desestabilizaría el país. Delcy quiere hacerse fuerte en ese escenario y ha iniciado, bajo la insomne asistencia de José Luis Rodríguez Zapatero, la imposible operación de reciclaje del régimen. La liberación selectiva de los presos políticos, mientras los colectivos revolucionarios de Diosdado Cabello mantienen la represión, es la confesión de la dictadura y una forma de chantaje. Que el Gobierno español se haya apresurado a asomar la cabeza nos recuerda su infamante silencio mientras Maduro usurpaba el gobierno. El chavismo soportará a duras penas las contradicciones de admitir su vasallaje a EEUU. Tiene las armas, pero no a la gente.

La prueba que no podrá superar será la del interés. Nadie confiará en que Venezuela sea un lugar más seguro mientras gobierne la misma camarilla narcoterrorista. El CEO de Exxon le dijo a Trump en su reunión con las petroleras que "es imposible invertir" mientras no haya "cambios significativos". Es fácil interpretar que nadie en su sano juicio haría una inversión a largo plazo en un país en el que quienes robaron las elecciones se mantienen en el poder bajo aparente control remoto de un gobierno extranjero.

Para el interés, lo primero es restaurar la seguridad jurídica de la mano de un gobierno estable con respaldo popular. Venezuela no es Irak ni es Libia: tiene una memoria democrática reciente, una sociedad civil cohesionada y resiliente y un liderazgo extraordinario que fue capaz de galvanizarla para vencer a la tiranía. La convocatoria de Trump a María Corina abre el campo. Sus últimas entrevistas con EL MUNDO contienen un plan de nation building: una "transición ordenada" que respete "la voluntad soberana del pueblo", que ofrezca "garantías" de reconciliación, que restaure "el orden constitucional" y la "propiedad privada", que suprima la "tortura" y los "controles criminales". No será sencillo detener la esperanza del cambio. El orden liberal parece muerto, pero no tanto. Ni siquiera en un mundo regido por la fuerza hay estabilidad y progreso sin Estado de Derecho y límites morales al poder.


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