11 ene 2026

Jaime Castrejón Diez: Anatomía de una amistad

 Jaime Castrejón Diez: Anatomía de una amistad

Hay encuentros que no solo definen la vida de un hombre, sino el destino de un pueblo. Para Jaime Castrejón Díez (1931-2022), la existencia no fue una línea recta, sino un nudo de pasiones que lo llevó del rigor frío del laboratorio de microbiología a los callejones bañados en plata de su amado Taxco.

Hace unos días, hurgando en los estantes de mi biblioteca, reencontré una joya que creía extraviada: “William Spratling. Anatomía de una pasión”. Es un libro que el Doctor escribió en 2003 bajo el cuidado editorial de Alberto Ruy Sánchez. Al hojearlo, no solo recuperé la historia del "Padre de la plata", sino que volví a escuchar con nitidez la voz de mi maestro; ese hombre generoso y culto que se nos fue en el silencio de un domingo de enero, hace ya cuatro años, en Guadalajara.

El científico que bajó del avión

Hijo de empresarios guerrerenses, el joven Jaime se forjó académicamente en la élite del pensamiento: Chicago, Bristol y Tulane. Parecía destinado a pasar sus días entre microscopios y cultivos de bacterias, hasta que, en los años 60, un encuentro fortuito a bordo de un avión cambió su brújula para siempre.

Su compañero de asiento era nada menos que Carlos Madrazo Becerra, el "Ciclón del Sureste". El político tabasqueño no solo forjó una amistad inmediata con él, sino que lo convenció de que su talento científico pertenecía a la tierra y no al laboratorio. Así, el microbiólogo se convirtió en el alcalde de Taxco (1966-1968), donde reconstruyó el templo de Santa Prisca y estrechó lazos con un personaje fascinante: el platero norteamericano William Spratling (1900-1967).

Castrejón recordaba con devoción a "Don Guillermo", aquel neoyorquino que llegó a México por su amistad con Diego Rivera y terminó siendo el alma de Taxco. Jaime me contaba cómo Spratling rescató los motivos precolombinos para elevar la plata mexicana al mundo. Cuando Spratling murió en aquel trágico accidente de 1967, su última voluntad fue un encargo de honor: que el Doctor Castrejón  se hiciera cargo de su legado. Fue así como Castrejón fundó el museo que hoy lleva su nombre, cumpliendo la promesa al amigo que, tras morir, fue llevado en andas por los orfebres como si fuera un santo del pueblo.

Entre la rectoría y el fusil

La vida de Castrejón Diez también estuvo marcada por el dramatismo de un México convulso. En 1970, con apenas 38 años, llegó a la rectoría de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro), tras una intensa contienda interna frente a Amín Zarur Menez y nuestro querido José "Pepe" Herrera Peña.

Eran tiempos de efervescencia y peligro. El 19 de noviembre de 1971, la tragedia lo alcanzó en el kilómetro 240 de la carretera a Acapulco: fue secuestrado por el comando de Genaro Vázquez Rojas.

Fueron doce días de angustia nacional. Fue el propio Jacobo Zabludovsky quien leyó las exigencias de la guerrilla en televisión. Mientras Fernando Gutiérrez Barrios supervisaba el rescate desde la Federal de Seguridad, el gobierno de Echeverría cedía para liberar a presos políticos y enviarlos a Cuba. Jaime regresó sano y salvo el 1 de diciembre, pero de aquel episodio oscuro casi no hablaba. Prefirió canalizar esa experiencia en la construcción institucional, convirtiéndose en uno de los arquitectos del Conacyt y de la UAM, junto a figuras como Alfonso Rangel Guerra.

La política y la última charla

Conocí al Doctor en 1990, cuando era diputado federal, y poco después tuve el privilegio de integrarme a su equipo en la Secretaría de Gobernación. Trabajar a su lado era asistir a una cátedra diaria de disciplina, exigencia y, sobre todo, tolerancia. Nuestras charlas eran un refugio: podíamos pasar horas diseccionando la política nacional o hablando de aquella aurora boreal que tanto lo había impresionado en sus viajes.

Jaime siempre quiso ser gobernador de su estado; recorrió Guerrero con esa "garra" que lo caracterizaba, pero en la política los dados no siempre favorecen al mérito…. Sin rencores, volvió a sus negocios, a sus libros y a sus columnas en medios como El Financiero.

El adiós a una biblioteca viviente

Los últimos años nos impusieron la distancia del teléfono. A principios de 2022, tras la muerte de su hermana Yolanda, intenté buscarlo en su oficina de la colonia Nápoles, pero el silencio fue la única respuesta. El tiempo se estaba agotando y yo, como suele suceder con los afectos verdaderos, algo presentía.

Me quedé con las ganas de ese último brindis "como Dios manda", con mesura e inteligencia. Se fue una enciclopedia viviente, un guerrerense ejemplar que supo transformar el trauma del secuestro en servicio y la erudición en bonhomía. Su partida a los 90 años nos deja un vacío, pero también ese libro en mis manos que hoy me permite, al menos por un instante, volver a conversar con mi maestro.

Descanse en paz, Jaime Castrejón Díez.

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