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“No voy a escribir más...”


“No voy a escribir más...”/RAFAEL CRODA 
Revista Proceso # 1955, 16 de abril de 2014
En 2007, al huir de una tediosa recepción oficial en el puerto caribeño de Cartagena, Gabriel García Márquez aprovechó un momento de confianza con el periodista radiofónico Juan Gossaín y con Margot Ricci, esposa de éste y pariente del escritor. Resguardado por la noche y en la intimidad del auto, el autor de exuberantes novelas y cuentos anunció que daba por terminada su labor literaria porque lo estaba abandonando la memoria…
CARTAGENA DE INDIAS, COLOMBIA.- El periodista colombiano Juan Gossaín tiene muy presente cada instante de la noche en que su amigo, el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, le confesó en este puerto colonial del Caribe colombiano que no volvería a escribir porque la memoria lo había abandonado.
Desde el gran balcón de su departamento en lo alto de un edificio del sector de Bocagrande, en Cartagena, Gossaín señala un recinto oficial de la Presidencia de Colombia que está en el islote de enfrente, a unos 300 metros:
–Esa es la Casa de Huéspedes Ilustres; fue ahí donde nos encontramos esa noche, en una recepción que ofrecía Lina Moreno, la esposa del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez.
Era la noche del sábado 27 de enero de 2007. García Márquez se encontraba en Cartagena para asistir al Hay Festival, que le rindió un homenaje por el 40 aniversario de la publicación de Cien años de soledad.

 La playa que rodea la casa lucía espléndida con la fila de mecheros que hizo colocar Lina Moreno por todo el borde costero. En unos anafres, los chefs preparaban langostinos al carbón que los meseros ofrecían a los invitados con champaña o vinos Chardonnay y tinto de La Rioja.
 –Esos langostinos y esos vinos eran una cosa deliciosa –evoca el periodista radiofónico– y yo comentaba eso con mi mujer (Margot Ricci, una periodista que es parienta lejana de García Márquez por cuenta de sus abuelas guajiras de apellido Iguarán), cuando de pronto veo a Gabo. Nunca me imaginé que fuera asistir a una cosa de esas.
Ahí estaba el Premio Nobel, extrañamente solo, sin su esposa Mercedes Barcha. Vestía guayabera, pantalón de lino y zapatos, todo blanco. La brisa marina atemperaba el bochorno. García Márquez levantó los brazos cuando vio al matrimonio Gossaín:
–¡Juan! ¡Parienta! –exclamó–. ¿A qué hora se van a ir de esta vaina?
–Como a las nueve, en un par de horas –dijo Juan.
–Pues me llevan con ustedes porque no tengo transporte. Me trajo mi hermano Jaime, pero me dejó solo y sin coche.
Un día antes, el viernes 26, la pareja había estado en la casa del escritor en la zona amurallada de Cartagena, en una velada donde había sido el centro de la atención una hermosa abogada de aguda inteligencia, quien había sido guerrillera.
Juan comentó lo bien que la habían pasado:
–Oye, Gabo, la que sí es un personaje fascinante es la abogada esa. Qué vieja tan divertida.
–¿Cuál abogada? –preguntó García Márquez.
–La de anoche en tu casa, la exguerrillera.
–¿La exguerrillera? ¿Te viste con una exguerrillera?
Margot miró a Juan “con cara de ¡ah, carajo!” y cambió de inmediato el tema de conversación.
La recepción fue tediosa. Después de un coctel a la orilla del mar, los invitados pasaron a la magnífica Casa de Huéspedes Ilustres, obra del arquitecto colombiano Rogelio Salmona. En el recinto de gruesos muros de piedra coralina, García Márquez fue acaparado por una escritora que se afanaba por obtener elogios del Nobel para sus novelas.
–Vámonos, Gabo, esta señora está muy necia –propuso Gossaín, y el escritor estuvo de acuerdo.
La confesión
García Márquez y los Gossaín subieron a una camioneta blindada Toyota Land Cruiser gris que le proporcionó al periodista la cadena radiofónica RCN cuando se retiró de ese consorcio en 2010, tras 26 años de dirigir su principal noticiario. Manejaba Gustavo, su jefe de seguridad.
Juan se sentó en el asiento delantero; el autor de Cien años de soledad y Margot en la parte de atrás.
–Bueno, por fin puedo hablar a solas, tranquilo, con mi parienta y contigo –comentó García Márquez, y soltó una pregunta que sonó inquietante:
– ¿Sabes una cosa?
–¿Qué, Gabo? –dijo el veterano periodista radiofónico.
–No voy a escribir más.
–¿Cómo? –reaccionó Gossaín, girando el rostro hacia atrás para ver a su amigo, atónito– ¿Cómo que no vas a escribir más?
–Como lo oyes. No voy a escribir más.
Juan Gossaín le indicó a Gustavo que bajara la velocidad. García Márquez tenía que decir algo.
–Pero, Gabo –le planteó el periodista–, ¿cómo está eso de que ya no vas a escribir más? Si nos estás debiendo al menos dos tomos más de tus memorias (Vivir para contarla, cuya primera y a la postre única entrega fue publicada en 2002). Eran por lo menos tres los que habías prometido.
–No va a haber ni dos ni tres ni nada. Ya no me acuerdo de nada, y yo, como todos los escritores, vivo de la memoria, de lo que recuerdo, de los personajes y hechos que tengo en la memoria. Y la memoria, Juan, ya me abandonó.
De acuerdo con Gossaín, en las palabras de García Márquez no había amargura ni frustración, sino mucha resignación.
“Creo que estaba plenamente consciente de lo que le ocurría y que lo había asumido”, dice el periodista, quien a sus 65 años se mantiene activo como cronista y relator de historias en el diario El Tiempo. Mantiene intacta su vocación de reportero, una cualidad que el novelista siempre valoró.
Cuando se acercaban a la casa del Nobel colombiano en la Calle del Curato, Gossaín le indicó a Gustavo que no se detuviera, que diera vueltas por el centro histórico de Cartagena: un enjambre de callecitas adoquinadas por las cuales apenas cabía la Toyota.
García Márquez hizo una larga pausa que sus interlocutores respetaron. En ese momento vibró el celular de Gossaín, que estaba en modo silencio. Era un mensaje de texto de su esposa Margot, tan impresionada como él: “Gabo está en plan de contarte casi testamentariamente sus cosas”. Él contesto: “Ya me di cuenta. Me está haciendo revelaciones como para que las preserve, para que no se olviden”.
Volvió a hablar García Márquez:
–Así las cosas, Juan, parienta. Ya no me acuerdo de nada y esto es muy doloroso para mí porque creo que tengo varias cosas por contar. ¿Saben por qué me hubiera gustado escribir el segundo tomo de mis memorias?
–¿Por qué, Gabo?
–Por una razón fundamental. Por contar mi participación en los sucesos políticos de América Latina. Hay cosas que la gente no sabe, unas maravillas de historias.
–¿Cómo cuáles?
–Como lo que me pasó con los sandinistas, Carlos Andrés Pérez y (el general Omar) Torrijos.
–¿Qué te pasó? Cuéntanos –lo animó Gossaín.
–Que mis amigos sandinistas de Nicaragua me pidieron convencer a Carlos Andrés Pérez (presidente de Venezuela en esa época, a principios de 1979) de que los ayudara en la lucha contra el dictador Anastasio Somoza. Yo estaba en Caracas. Hablé con el presidente Pérez. A él le encantó la idea y me dijo: “Claro que hay que ayudar a esos muchachos”.
Pérez ordenó preparar un embarque de armas y municiones en un avión particular de carga que no llamara la atención y que no tuviera matrícula venezolana. Una vez culminados los preparativos, un edecán militar del presidencial Palacio de Miraflores de Venezuela se comunicó con García Márquez y le dijo: “El avión está listo, señor, cuando usted lo disponga puede volar a Nicaragua”.
García Márquez estableció un enlace radial desde Caracas con los comandantes sandinistas y ellos le proporcionaron las coordenadas donde la aeronave debía aterrizar en territorio nicaragüense, previa escala en Panamá, para concluir la logística de la entrega y cargar combustible.
–Y estos muchachos –relataba García Márquez en el asiento trasero de la Toyota– que me dicen: “Gracias, maestro, estas armas nos van a ser de mucha ayuda, pero le queremos pedir otro favor: que aproveche y venga usted en el avión. Para nosotros va a ser un gran golpe de opinión que los periodistas internacionales lo vean apoyando nuestra causa”. Y yo, de loco, me monté en el avión con el piloto y el copiloto, y tomamos rumbo a Nicaragua. Pero primero hicimos escala en Panamá. Ahí, desde el aeropuerto, llamé por teléfono al general Torrijos (el líder máximo de Panamá entre 1969 y 1981).
Gossaín considera que Torrijos “era el sentido común del Caribe”. Dice que era ignorante, pero su inteligencia, astucia y sensibilidad política eran “totales, además de que era un genio de la comunicación”.
–General, estoy aquí en Panamá, en el aeropuerto –le dijo García Márquez a Torrijos, según su propio relato.
–¿Y tú qué haces por aquí? ¿En qué estás? –preguntó el militar nacionalista del otro lado de la línea.
–No le puedo contar por teléfono, general.
–Entonces voy para allá.
Unos 20 minutos después, Torrijos llegó al aeropuerto con su caravana de jeeps descubiertos y encontró a García Márquez en la sala de protocolo.
–¿Tú en qué andas? –le insistió.
–Voy a Nicaragua con un avión cargado de armas.
–¿Tú estás loco? ¿Tú eres militar? ¿Sabes disparar? Por favor, Gabo, te llegan a coger esos carajos allá en Nicaragua… ¿y sabes la presa que sería para el somocismo que el mejor escritor de habla hispana sea capturado con armas para los sandinistas? ¡Tú eres loco! ¡Dedícate a escribir, que es lo que sabes hacer!
Torrijos no lo dejó subir al avión. Lo retuvo en Panamá, sin oportunidad de culminar su irreflexivo acto.
En la Toyota de Gossaín circundaron todas las plazas coloniales de la zona amurallada de Cartagena, recorrieron de ida y vuelta el malecón por la avenida Santander, doblaron a la izquierda en Blas de Lezo, siguieron por Venezuela y Pedro de Heredia y, casi al llegar al Colegio María Auxiliadora, en el sudoriente de la ciudad, regresaron al centro histórico.
–Esa noche –recuerda Juan— Gabo me contó muchas historias. Me habló mucho de Torrijos. Lo consideraba un tipo absolutamente excepcional. Hablamos de Vargas Llosa, del episodio de la trompada. Yo sentí una cosa tan comprometedora. Me pareció que Gabo, sin esas palabras, lo que me estaba diciendo es: “Mira, como yo confío en ti, te puedo contar estas cosas”.
Dos horas después de salir de la Casa de Huéspedes Ilustres, la camioneta blindada se detuvo en la casa de García Márquez en la Calle del Curato.
 “Antes de bajar del auto –sigue Gossaín– Gabo me dijo una cosa muy curiosa, que hasta la fecha no acabo de entender: ‘Volvería a intentar escribir bajo una sola condición: que yo me inventara un nuevo género literario, que no fuera novela, que no fuera poesía, que no fuera cuento, que no fuera teatro… Como eso no va a ocurrir, no volveré a escribir’.”
 Entonces el periodista y fabulador colombiano, Premio Nobel de Literatura y uno de los más leídos autores del planeta, Gabriel García Márquez, se despidió de la pareja, bajó de la camioneta y entró a su casa.
 El matrimonio permaneció en silencio durante todo el trayecto hasta su departamento en Bocagrande. Al llegar al edificio, mientras esperaban en la planta baja la llegada del elevador, Margot exclamó sin fijar la mirada: “Caramba, la vejez debería saber que ciertas personas merecen respeto”.
 –Nunca se me olvidará esa frase –afirma Gossaín.

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