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Gabo, cronista de Colombia/Manuel Lucena Giraldo


Gabo, cronista de Colombia/Manuel Lucena Giraldo, historiador e investigador del CSIC.
 ABC |19 de abril de 2014
El tránsito a la inmortalidad de un escritor acontece cuando su apellido deviene en adjetivo. Así, usamos de manera habitual cervantino, o «shakespeariano», para designar cualidades vinculadas a sus creaciones literarias. Hace décadas que «garciamarquiano» devino en adjetivo. Rosa Beltrán indicó en las actas de un importante congreso de semiótica: «Como en toda enfermedad cuyas causas se desconocen, los síntomas del contagio del estilo garciamarquiano han sido descritos con metáforas y, casi siempre, como un padecimiento». Existe desde hace años una ruta turística garciamarquiana por el Caribe colombiano. Comienza en Cartagena de Indias y pasa por Barranquilla, Mompós, Santa Marta, Valledupar y por supuesto Aracataca, donde nació en 1927 el premio Nobel que acaba de abandonarnos. Existe un pueblo en el departamento de Sucre llamado Sincé, donde protestan con regularidad por no haber sido incluidos. Argumentan que «García Márquez aún tiene allí ancestros y dejó sus huellas».

La pasión colombiana por Gabo, un verdadero culto nacional, ha dado lugar a libros como «El mundo según Gabriel García Márquez», publicado por la gran escritora Piedad Bonnett en 2005. Consta de 350 términos (desde acordeón hasta zapato), extraídos de su producción narrativa y periodística. Macondo, escribe Gabo, «más que un lugar es un estado de ánimo». También señala: «Caribe es el único mundo en que no me siento extranjero, y donde pienso mejor». O «El amor es muchas cosas a la vez. Pero por encima de todo es un trastorno digestivo. Dos enamorados encuentran el clima perfecto del amor, cuando sus digestiones funcionan como una sola». Novela es «una adivinanza del mundo». Intelectual «persona que tiene ideas preconcebidas que trata de adaptar a la realidad». «Cien años de soledad», la obra maestra publicada en 1967 que consolidó el «boom» hispanoamericano y, según algunos prepotentes críticos literarios angloamericanos implicó «la mayoría de edad de su literatura» –ahí queda eso–, no le parece más que «un vallenato (canción popular de la región) de trescientas cincuenta páginas». No es por resultar garciamarquiano, pero tiene su interés que el escritor haya fallecido poco después de que las autoridades informaran que sólo padecía una neumonía típica de su edad y todo estaba bajo control. A los ocho meses de la desaparición, a los noventa años, de su entrañable amigo Álvaro Mutis, que en su momento declaró: «No sabemos nada de la muerte, es inútil hablar de ella, pero es bueno invocarla para mantenerla controlada». En 1954 Mutis mandó a García Márquez un billete de avión para que viniera a Bogotá desde Barranquilla y entrara a trabajar en el periódico «El Espectador», donde dejó algunas de sus mejores crónicas y practicó un reporterismo de calle memorable, que algunos aduladores suelen olvidar. En una entrevista que le hizo entonces, Mutis afirmó que Colombia era una síntesis de lo americano: «Vastas costas, cordilleras, llanos, selvas, todo eso sirviendo de marco a cien años de apasionadas guerras civiles, de sangrienta búsqueda de una nacionalidad, de un perfil, de una voz de América».
Ahora que ambos han abandonado este mundo casi al mismo tiempo, resulta aleccionador revisar las circunstancias de la Colombia de mediados del siglo pasado, que configuraron tan claramente la actual. Forma parte de la versión dramática (y un tanto pícara) de la vida de García Márquez su peculiar relación con la capital, Bogotá, imaginada como un páramo oscuro y helador, habitada por leguleyos, frailes y patricios (los «cachacos»), practicantes de un español almibarado, arcaico, ritual y retorcido. Existen en esta versión que Gabo propagó con reiteración elementos verdaderos. Los costeños (y los extranjeros, incluidos los españoles) pasan frío y en el páramo andino llueve mucho. 
Como probó el profesor de Oxford y maestro de colombianistas Malcom Deas en su obra «Del poder y la gramática», el control bogotano es inseparable del dominio del idioma español. Desde los virreyes el manejo de la palabra ha formado parte del patrimonio de familias principales, muchas de ellas linajes procedentes de Cádiz, Santander, Cataluña o Vascongadas, llegados en la etapa colonial (sin acritud). Pero Mutis el bogotano y Gabo el costeño representaron en su amistad inquebrantable no la confrontación entre una Colombia caribeña y otra andina, sino la multiplicidad de las Colombias posibles, expresadas en la obra literaria de cada uno por caminos distintos. En este sentido, es fundamental entender que el fenómeno Gabo no es heroico –fueron muchos años de trabajo para lograr el éxito– ni tampoco explosivo. Hasta 1967, creció poco a poco. Su primera publicación data de veinte años atrás. Responde por el contrario a una potente tradición literaria que remite tanto al nacionalismo colombiano de frontera, de Jorge Isaacs a José Eustasio Rivera, como a los españoles del 27 y más allá. También a la narrativa del cubano Alejo Carpentier, del que pudo aprender el manejo simultáneo de diferentes etapas históricas. O por supuesto a la poética del estadounidense y sureño Faulkner, maestro del estilo concreto, ajustado y creador de mitologías. Resulta obvio que su invención del condado de Yoknapatawpha en Mississippi inspiró el Macondo de Gabo. Son territorios imaginarios que para serlo están cargados de referencias reales e históricas. Tantas que sobre ellas se puede fabricar un itinerario para visitantes.
La gran obra maestra, «Cien años de soledad», tiene en la famosa matanza de las bananeras acontecida en el Caribe colombiano en 1928 un evento crucial. Macondo era un lugar tranquilo, hasta que llegaron los gringos de la «United Fruit Company» a explotarlo y destruirlo. En una huelga general contra la compañía, tres mil trabajadores son asesinados por el ejército. El episodio habría sido borrado de los libros de historia por una conspiración de silencio: «Aquí no ha habido muertos». Lejos de ser una masacre apocalíptica, sabemos por fuentes contemporáneas –la investigación de Eduardo Posada Carbó publicada en «La ficción como historia» es memorable– que allí murieron según las fuentes entre 47 y 2.000 personas, que ya es diferencia. Sin embargo, la novela de Gabo, que practica una deliberada exageración de los hechos, se convirtió en «historia verdadera», académica y oficial. Ha señalado Michael Wood que la obra mezcla leyendas a las que trata como verdades con hechos históricos tan inconcebibles que resultan difíciles de creer. La fuerza pública disponible era escasa, mal armada y la propaganda hostil. Los decretos gubernamentales no se cumplían: «Esa ley ha pegado poco por aquí», decían recientemente en aquella región. De los 600 detenidos fueron condenados 31, que nueve meses después estaban en libertad, como resultado del debate parlamentario liderado por Jorge Eliécer Gaitán, cuya muerte en 1948 precipitaría el «bogotazo».
En 1989, cuando publicó la novela sobre Simón Bolívar «El general en su laberinto», dedicada a Mutis, García Márquez señaló que realmente hasta entonces no había trabajado con información histórica. «Lo había trabajado periodísticamente. Pero eso de rastrear hasta el fondo no lo había hecho». Le salió un libertador de las Américas crepuscular, nada estilizado, pobre, camino del exilio y de la muerte en Santa Marta, puro territorio macondiano. Acogido a la caridad postrera de un comerciante español. Esa sí que fue, en homenaje anticipado a Gabo, la crónica de una muerte anunciada.
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La soledad de América Latina
El País | 
Discurso íntegro que Gabriel García Márquez dio al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1982:
Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

Gabriel García Márquez, durante la entrega del Nobel, en 1982. / AP
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.
Muchas gracias.

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