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Enemigo jurado /Rafael Fernández de Castro

Enemigo jurado (Cuarta y última parte)/Rafael Fernández de Castrodoctor en ciencia política por la Universidad de Georgetown, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y jefe del Departamento Académico de Estudios Internacionales del ITAM
Revista Proceso 2098, 15 de enero de 2017

En agosto de 2000, Vicente Fox, recién electo presidente, fue recibido como héroe de la democracia en Washington, donde se entrevistó con el mandatario Bill Clinton y con el candidato demócrata a la Presidencia Al Gore.
Días antes de viajar a Washington, Fox sorprendió al responder a la pregunta “¿le gustaría ver una frontera abierta entre México y Estados Unidos?” con un “sí, dentro de 10 años… Eso es a lo que debemos aspirar”. Su declaración fue interpretada como una visión de mediano plazo en la cual la línea divisoria entre ambos países ya no sería necesaria pues, como estaba aconteciendo en la Unión Europea, la integración económica y eventuales acuerdos migratorios entre México y Estados Unidos harían de la línea fronteriza una división cada vez más tenue.

En 2016 Donald Trump conquistó al elector estadunidense y llegó a la Casa Blanca prometiendo que erigirá un muro entre los dos países, “una grande y hermosa pared… Y me encargaré de que la paguen los mexicanos”.
¿Qué pasó en México, en Estados Unidos y en la propia relación bilateral para que en 16 años una visión diametralmente opuesta a la de Vicente Fox, la de Donald Trump, haya sido corroborada por el electorado del vecino del norte?
La imagen de México en Estados Unidos
Habría que empezar por tomar en cuenta cómo se ha visto México desde Estados Unidos en estos primeros días de 2017. Precisamente cuando el presidente electo Trump se prepara para tomar las riendas del país y empezar a construir el muro fronterizo, las imágenes de los saqueos por el gasolinazo en prácticamente toda la República Mexicana han llegado en directo y a todo color a los hogares estadunidenses. También habría que imaginarnos cómo se tomó la noticia de la segunda fuga del criminal más buscado en todo el continente, El Chapo Guzmán, a quien le construyeron un túnel hasta su propia celda. Finalmente habría que ponerse en los zapatos de los pobladores de El Paso, Texas, en 2010, cuando su ciudad gemela –Ciudad Juárez– se convirtió en la más peligrosa del mundo, con una tasa de 229 homicidios por cada 100 mil habitantes.
Según una encuesta realizada en junio del año pasado en Estados Unidos (levantada por Vianovo y GSD&M), 65% de los estadunidenses considera a México un país inseguro para ser visitado: 31% muy inseguro y 34% inseguro. Es decir, en el imaginario estadunidense nuestro país está en la liga de los más peligrosos del continente y del mundo. Por ejemplo, en la misma encuesta 67% y 66% considera a El Salvador y Colombia, respectivamente, como peligrosos para viajar. En la pregunta abierta “¿cuál es tu visión de México?”, las tres primeras respuestas son: un país de drogas, cárteles, narcotraficantes y violencia (36%); no lo conozco lo suficiente (16%) y corrupción (12%). O bien, cuando en la misma encuesta se pregunta cuáles son las primeras palabras que te vienen a la mente cuando piensas en México, las respuestas más recurrentes son: drogas (encabezando la lista con 31%), pobreza (13%), corrupción (12%) y migración ilegal (7%).
Aunque en décadas anteriores no hay encuestas comparables a la que se cita, mi argumento es que si bien México nunca ha gozado de una gran reputación en el vecino del norte, la imagen de nuestro país se ha deteriorado extraordinariamente en los últimos 10 o 12 años, en especial a causa de la crisis de violencia que experimentamos desde 2007 así como por el fallido debate migratorio en Estados Unidos.
Cronológicamente hay que empezar por el debate migratorio. Éste arranca en 2004, justo cuando el presidente George W. Bush pretende reelegirse. El texano hizo un llamado a mejorar lo que llamó un sistema migratorio “roto”. Durante su segundo cuatrienio (2005-2009) y la primera presidencia de Barack Obama (2009-2013) hubo un intenso y divisivo debate en el vecino país sobre la conveniencia o no de realizar una reforma migratoria.
Los esfuerzos de los presidentes Bush y Obama y de legisladores progresistas, como Edward Kennedy (extinto demócrata de Massachusetts), fueron literalmente enterrados por una avalancha de xenofobia antimigratoria liderada por figuras mediáticas archiconservadoras, como el locutor de radio Rush Limbaugh o Lou Dobbs. El segundo mantuvo un programa diario en CNN, Lou Dobbs Tonight, de 1980 a 2009, en el que en sus últimos años presentaba a diario un segmento titulado Frontera rota para insistir en que los inmigrantes mexicanos estaban invadiendo el país. Los gritones extremistas de la radio y la televisión ganaron por amplio margen el debate migratorio e impidieron la reforma. También crearon una imagen de una frontera de papel que estaba siendo penetrada por todo tipo de indeseables mexicanos.
La narrativa de un México violento y corrupto se instaló en Estados Unidos con relativa facilidad de cara a la escalada de violencia que sobrevino en nuestro país a partir de 2007 y al terreno fértil propiciado en la opinión por los grandes ataques contra la reforma migratoria.
En diciembre de 2008, por ejemplo, la revista mensual Forbes publicaba una aparatosa portada, “México se derrite” (Mexico’s ­Meltdown), y el influyente reporte de inteligencia Stratfor Report señalaba que el país vivía la tormenta perfecta: problemas poselectorales, un incremento alarmante de la violencia y una recesión económica producto de la crisis financiera iniciada en Wall Street.
Estas imágenes de un México en vilo no sólo se multiplicaron en los medios de comunicación conservadores, como Fox News, sino también en prensa prestigiada y liberal como el rotativo Los Angeles Times, el cual creó una sección especial en su sitio web, Mexico Under Siege, en donde se concentraban todas las notas sobre el narco y la criminalidad.
En conclusión, esta deteriorada imagen de México en Estados Unidos creó un espacio de opinión pública propicio a aplaudir las propuestas de un candidato extremista –construyamos un muro en la frontera sur para que no se cuelen los criminales y violadores; para que la inseguridad y violencia del vecino del sur no nos salpique–.
Las amenazas
Son tres las grandes amenazas de Trump hacia México: levantar el muro en la frontera, deportar masivamente a connacionales y denunciar el TLCAN. La más preocupante es la última.
En los temas fronterizo y migratorio México está literalmente acostumbrado a las fricciones con el vecino del norte. Más aún, en la última década en ambos temas hemos experimentado grandes desencuentros.
Por el contrario, la cooperación comercial y económica entre ambos países ha sido profunda y sofisticada. El TLCAN ha sido el instrumento fundamental de la cooperación México-Estados Unidos del último cuarto de siglo.
El tratado se negoció justo a raíz de que se transformó el modelo económico mexicano, de uno basado en sustitución de importaciones a otro que privilegiaba la exportación de manufacturas. Según este último modelo, mantener abierto el mercado de Estados Unidos para nuestras exportaciones y un flujo hacia México de inversión extranjera (principalmente estadunidense) sin trabas, es fundamental para el bienestar económico.
En 2005 la Cámara de Representantes aprobó la ley para el control de la inmigración, el antiterrorismo y la protección de las fronteras, conocida como Ley Sensenbrenner. Esta ley autorizó la construcción de 700 millas de bardas entre México y Estados Unidos. Fue una medida totalmente unilateral, que en su momento dañó la relación bilateral y la vida fronteriza.
Trump ya señaló que el fundamento legal para levantar su “hermoso muro” será esa ley. El muro será una afrenta más y tendrá consecuencias negativas no sólo en la frontera, sino en la relación bilateral en su conjunto. Sin embargo, su construcción tomará tiempo; varios años seguramente. El republicano, autoritario y bravucón, se asegurará de que en los primeros 100 días de su presidencia comience a erigirse el muro. Pero construir un muro a lo largo de los casi 3 mil 200 kilómetros de frontera requerirá un esfuerzo político y presupuestal que, a mi juicio, se irá desvaneciendo ante el cúmulo de problemas que el republicano enfrentará una vez instalado en la oficina oval.
Entre Bush y Obama deportaron a más de 4 millones de personas, casi 3 millones de ellas, mexicanos. En 2012, el pico de la deportación, el Departamento de Seguridad Interna deportó a cerca de 300 mil mexicanos. Según Marco López, un joven político mexicano-estadunidense, quien fungiera como coordinador de asesores de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, la burocracia estadunidense sólo tiene capacidad instalada para deportar a 400 mil personas al año. Sería terrible que volviera a la cacería de 2012. Pero según los expertos, simplemente no hay capacidad para deportar a millones por año. Más aún, los números de Trump, “deportaré a los 3 o 4 millones de migrantes con récord criminal”, no dan. Según un reporte del prestigioso centro de investigaciones Migration Policy Institute, sólo hay 820 mil inmigrantes con antecedentes criminales.
El escenario más adverso para México es que el republicano, una vez presidente, denuncie el TLCAN. Sólo necesita invocar el artículo 2205 y Estados Unidos estaría fuera del tratado en seis meses. Este hecho sería catastrófico para la economía de nuestro país. Sin embargo, Trump, de acuerdo con el New York Times, señaló la semana pasada que renegociaría el TLCAN y que el pago del muro sería parte de la negociación. Es decir, aparentemente habrá un escenario cuesta arriba de renegociación, pero no de franca adversidad.
La estrategia de Peña: apaciguar
Ante el abanico de opciones de cómo enfrentar al próximo habitante de la Casa Blanca, el presidente Peña Nieto ha optado por uno de los extremos, apaciguar. El otro extremo, la confrontación, sería, en términos de política interna, el más redituable. Según las encuestas de Alejandro Moreno de El Financiero, Andrés Manuel López Obrador ha ganado puntos por sus posiciones de franco antagonismo frente al republicano. Ante el cambio más importante del tablero geopolítico global que implicó la elección presidencial de Estados Unidos, Peña Nieto movió sus piezas y puso al frente de su estrategia de apaciguamiento a su hombre más cercano, quien fuera el artífice del acercamiento al Trump candidato, Luis ­Videgaray.
El nuevo canciller tendrá su prueba de fuego justo en el terreno económico-comercial. Debe asegurarse de que Trump, considerablemente impredecible, apueste por la renegociación del TLCAN.
Como sea, la negociación permitiría al gobierno mexicano comprar tiempo, el cual es de enorme relevancia ante un Trump que tendrá prisa al llegar a la oficina oval. La renegociación dará margen a las grandes corporaciones ganadoras del libre comercio –como la automotriz y la aeroespacial– para hacer llegar su mensaje al presidente-empresario: acabar con el TLCAN será un pésimo negocio. El secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, lo explicó así a los embajadores y cónsules mexicanos: “No conozco empresario que no cuide su negocio”.
Negociar un acuerdo comercial con la administración de Trump llega en un momento difícil para el debilitado gobierno de Peña Nieto. La negociación requerirá de liderazgo, disciplina, recursos y coordinación. En la negociación del TLCAN el líder indiscutible fue el entonces presidente Carlos Salinas.
A los mexicanos debe quedarnos claro que Trump es un enemigo jurado, como en su momento lo fue James K. Polk, el presidente que ordenó la invasión a nuestro país en 1846.
Trump no comandará una invasión. Sí hará escarnio de nuestro país y de nuestra gente como presidente, como ya lo hizo como candidato. Lo que México ya perdió es margen de error y para divisiones internas. La lección histórica es clara: perdimos la mitad del territorio porque se juntó la división nacional con el expansionismo estadunidense. Si no logramos consensos nacionales ante la embestida, seremos presa fácil del depredador que llegará a la Casa Blanca el próximo viernes 20.
El advenimiento de la presidencia del republicano también supone un escenario optimista pero ciertamente remoto: los mexicanos nos unimos ante el enemigo jurado, Donald Trump. Las élites mexicanas, en especial la clase política, dejan de lado sus mezquindades y se abocan a dar la pelea a quien con gozo e insolencia nos tacha de criminales y violadores.

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