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Gracias, Miguel Ángel

Columna SOBREAVISO/Gracias, Miguel Ángel
Reforma, 15 de octubre de 2011
En el ejercicio y la defensa de una libertad fundamental no es sencillo tocar el cielo sin despegar los pies de la tierra. Menos sencillo todavía es hacerlo a lo largo de más de tres décadas en la Plaza Pública que es, por naturaleza, el espacio donde mejor se encuentra la ciudadanía.
Realizar esa proeza a partir de escribir lo que se piensa y no de pensar lo que se escribe lo complica más, sobre todo cuando se trata no de vestir o disfrazar los abusos o los excesos del poder sino de desnudarlos. Hacerlo a diario, sin rebasar seis mil quinientos golpes en el teclado ni asomarse al precipicio del cierre de la edición, exige genio y disciplina. No todos escriben lo justo, con oportunidad y a tiempo.


Muy pocos logran esa proeza. Algunos dejan de ver el cielo, otros pierden el piso, unos más terminan -adrede o sin querer- por acomodar las letras al gusto de los poderosos, y no faltan quienes acaban por olvidar al lector libre para buscar al lector cautivo. Hay también, desde luego, quienes ni siquiera saben dónde o a qué hora empeñaron la pluma. Muy pocos escapan a eso.
Por todo eso, maestro Granados, es hora de agradecer la Plaza Pública que construyó hace 34 años para regalarnos con ella todos los días.
 Guardar la imprescindible distancia con la necesaria cercanía del poder cuando se resuelve ser periodista, en verdad, no es fácil. Mil y un trampas visibles e invisibles hay en ese laberinto y, a veces, pese a la voluntad y el deseo, se cae en una de ellas.
Uno de los cimientos de la Plaza Pública fue ése. Preservó y mantuvo distancia y cercanía con el poder, ahí fincó su solidez e independencia. No fue un espacio útil para llevar y traer recados, ni buzón donde los poderosos depositaran su correo, como tampoco sitio para escribir de prestado con ideas ajenas o esculpir, con letras, monumentos para adorar o venerar a éste o aquel otro político. Fue, efectivamente, como se intitula, una plaza pública donde se escuchó una voz propia, fuerte y libre, que infinidad de veces fue voz de muchos.
Todo oficio que se practica con vocación, conocimiento, pasión y equilibrio lleva, por fuerza, a no tener tiempo libre... pero también, ése es su premio, a no tener tiempo esclavo porque el tiempo se vuelve uno, donde deber y placer se conjugan con armonía.
Es evidente, maestro, que supo hacer buen uso del tiempo, de su tiempo, que por fortuna compartió en la Plaza Pública.
Practicar un día sí y al siguiente también un oficio prensado entre el pasado y el futuro, presionado por la oportunidad y la profundidad, urgido de precisión y velocidad, siempre bajo la exigencia del manejo riguroso de los datos duros, los hechos, los dichos y la reflexión inteligente para entender y explicar un presente avasallado por un caudal de los más diversos acontecimientos, es destreza digna de reconocimiento y agradecimiento.
En alguna conversación, usted decía que entre las cosas de las que el periodista se debe cuidar se encuentra la rutina. "No hacer las cosas por hábito, de tic, o por comodidad. Hay que huir de la rutina y de la comodidad. Hay que emprender cada jornada como si fuera el primer día, como si estuviera uno a prueba, como si mantenerse en la posición en que uno esté dependiera del trabajo de ese día".
Es cierto, en cualquier momento, tener en la Plaza Pública a alguien con la habilidad y la capacidad de ir todos los días con velocidad al pasado para desentrañar el presente y proyectar el futuro es contar con una luz fundamental. Tener esa luz, brillante y sostenida, en tiempos de oscuridad es encontrar refugio a la esperanza.
Apreciar esa luz y agradecerla hoy es posible, no hay por qué ser omisos.
En cualquier momento se podría decir lo dicho, pero en éste -cuando la adversidad nutre la confusión y muchos políticos se aferran al dogma de su costumbre al poder, como un náufrago a su salvavidas- el espacio de la Plaza Pública fue y es un alivio.
Ese espacio se constituyó en uno de los pocos referentes que orientan y, aunque ahora se despida de él, la plaza queda abierta para encontrar claves en la memoria, útiles al propósito de reponer y ensanchar libertades y derechos que, en estos días, se advierten lastimados o restringidos. Cierto, la Plaza se escribía día tras día, pero no sólo para ese día.
Entre sus virtudes tuvo ésa. Sí, se trataba de una columna diaria pero que escapaba a la magia y el hechizo del periodismo. Un diario vive su gloria o su fracaso un día, bueno o malo, ése día se agota al siguiente. La Plaza escapó a ese designio, hay columnas con mucho más vida que las mariposas. Ahí están, por eso la Plaza ahí sigue.
Son referentes que sirvieron ayer... y hoy todavía. Cabalga usted entre el periodismo y la historia.
Habrá quienes, desde luego, encuentren alivio en no ver más la Plaza Pública.
Es normal, hay quienes no sufren claustrofobia. Gustan de los espacios cerrados y estrechos, se deleitan en recorrer los pasillos, las salas y las antesalas del poder, en habitar sus recámaras y en vigilar sus cajas fuertes. Son quienes evitan estar al aire libre y mucho más a la intemperie o recorrer el suelo desnivelado de las brechas y las calles porque los deslumbra y encandila el brillo del piso, no del cielo abierto. Son los que hablan en voz baja y al oído a quienes tienen como suyos, aunque engolan la voz cuando se topan con un micrófono frente a una multitud y dicen lo que siempre han dicho.
Son quienes ven la información como un valioso instrumento del poder y, por lo mismo, se empeñan en guardarla como secreto, en no abrirla, menos aún en divulgarla porque saben, y tienen razón, que abrir información es democratizar decisiones.
No hay por qué ocuparse de ellos, su convicción es otra. En su lógica, ascender a un estadio superior o labrar un mejor destino exige un helicóptero, una escalera eléctrica o al menos un elevador. Es el camino más corto a su techo.
Hace ya casi cinco años que, en catarata, se le vino a entregar lo que ya tenía.
Vinieron los homenajes y los reconocimientos pero, en el fondo, la principal condecoración de un escritor y periodista son los lectores, y éstos le rindieron su tributo desde hace mucho más tiempo: la lectura atenta y sostenida de sus textos donde estos se imprimieron. De Cine Mundial, donde se inauguró la Plaza Pública, a Reforma, donde se mantuvo abierta la mayor parte del tiempo, hay quienes lo siguieron y hoy todavía lo condecoran.
Por todo lo anterior, maestro, reconocido y agradecido, no le digo adiós. Le digo: hasta siempre.
Nota. Este texto parte de uno anterior, publicado en el libro Miguel Ángel Granados Chapa: maestro y periodista, coordinado por Rosalba Cruz, Yolanda Zamora y Juan Romeo Rojas, UNAM, México, 2008. Así como de una entrevista a Granados Chapa, publicada en Reforma, el 7 de octubre de 2008.
sobreaviso@latinmail.com




 René Delgado

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