19 mar. 2017

La prensa que lo saca de quicio

Revista Proceso # 2107, 18 de marzo de 2007..
La prensa que lo saca de quicio/J. JESÚS ESQUIVEL, reportero.., corresponsal de Proceso en. Washington..
Reporteros de los dos más emblemáticos periódicos estadunidenses –The New York Times y The Washington Post– hablan con este semanario acerca de la animadversión que siente hacia ellos –y otros medios críticos– el habitante de la Casa Blanca. En la opinión de estos dos periodistas, el odio en su contra lo detonó la información publicada por ambos periódicos acerca de las poco claras relaciones del equipo de campaña de Donald Trump con el gobierno ruso, y la posible injerencia de Moscú en el resultado de las elecciones del pasado noviembre.

Washington.- La obsesión del presidente de Estados Unidos por atacar y desacreditar a la prensa es contraproducente, pues genera más credibilidad hacia los medios impugnados, más filtraciones de información y aumenta el número de suscriptores a The New York Times y The Washington Post, sostienen reporteros de estos dos influyentes periódicos estadunidenses.
En entrevista, Michael D. Shear, corresponsal del New York Times en la Casa Blanca, y Dana Priest, la reconocida y laureada reportera de investigación especializada en temas de seguridad nacional e inteligencia, del Washington Post, hablan de la fijación de Donald Trump de llamar a estos medios “failing New York Times” (decadente New York Times) y “fake news” (noticias falsas).

“Lo que hace Trump está en su naturaleza. Lo que no tiene precedente es la intensidad con que lo hace y la manera tan personal con la cual demoniza a la prensa”, expone Shear, a quien el New York Times asignó la cobertura de la Casa Blanca desde la presidencia de Barack Obama. “Lo que busca es socavar a toda la institución de los medios de comunicación al atacar de manera personal a un individuo y a un medio”, agrega.
Su experiencia y prestigio entre la prensa estadunidense hacen de Priest una voz autorizada para analizar las críticas del presidente de Estados Unidos a los medios. “A ningún presidente le gusta la prensa; todos quieren controlar su mensaje. Ocurrió así con Obama. Pero Trump realmente exagera la crítica de una forma que jamás en mi vida había visto de parte de un presidente”, afirma.
Desde junio de 2015, cuando anunció que aspiraba a la candidatura presidencial republicana, Trump inició la campaña de desacreditación contra los medios, concentrada en los que lo critican y exponen la falsedad de sus aseveraciones, los fracasos de sus empresas, los escándalos sexuales que lo rodean, su racismo, su prepotencia y su injustificada criminalización hacia los mexicanos e inmigrantes indocumentados.
Desde entonces en la lista de villanos favoritos de Trump destacan The New York Times y The Washington Post.
Shear no se siente personalmente ofendido por el adjetivo que Trump le endilga a su periódico cada vez que lo ataca. Precisa que el tema no es el New York Times sino el presidente.
“Esto ha generado un aumento entre la gente que está motivada o deseando acercarse a nosotros, los reporteros del New York Times, y darnos información, porque tal vez sientan que es una forma de responder a sus ataques. Claramente esto lo podemos ver en el hecho del aumento de suscriptores al periódico. Todos los días recibo correos electrónicos de personas que me dicen: ‘Gracias por lo que haces. Necesitamos una prensa valiente, una prensa que haga responsable al gobierno’.”
La injerencia rusa
El New York Times y el Washington Post revelaron que durante la campaña presidencial, y días después de las elecciones del pasado 8 de noviembre, asesores de Trump, como el general Michael Flynn y el senador republicano Jeff Sessions, entre otros, tuvieron conversaciones con el embajador de Rusia en Estados Unidos, Serguéi Kislyak.
La conexión Trump-Rusia durante la campaña ocurrió mientras agencias de inteligencia de Estados Unidos –como el FBI– investigaban el espionaje cibernético al Partido Demócrata, que presuntamente patrocinó el gobierno ruso para intentar manipular el resultado de las elecciones presidenciales en favor del candidato republicano.
A pocos días de concluir su mandato, Obama impuso sanciones al gobierno de Rusia y expulsó de Estados Unidos a 35 de sus diplomáticos, por esa presunta injerencia cibernética en el proceso electoral.
El Washington Post y el New York Times señalaron que –aunque vedados por la ley– los asesores de Trump hablaron con Kislyak, posiblemente sobre la eventualidad de que el nuevo presidente levantaría las sanciones y por ello el presidente ruso, Vladimir Putin, no reaccionó luego del anuncio de Obama.
El escándalo destapado por los dos periódicos provocó la renuncia de Flynn como jefe del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, a menos de un mes de asumir el puesto, y casi hizo que a Sessions –actual procurador general– lo acusaran de perjurio en el Congreso federal, pues cuando fue cuestionado por legisladores sobre si había conversado con los rusos siendo asesor de la campaña de Trump, lo negó.
El Washington Post publicó que Sessions, siendo aún senador, se reunió con Kislyak en el Capitolio. Los artículos del Washington Post y el New York Times obligaron al Congreso a abrir una investigación sobre la conexión Trump-Rusia y no se descarta que el Departamento de Justicia inicie otra, con un fiscal independiente, si posteriormente se dan a conocer más pormenores de la escandalosa relación.
“Hay un elemento claro en todo esto; entre más nos ataca diciendo que somos un medio fracasado, lo cual no es cierto, hay una parte de la población que nos respalda y que en términos generales apoya a la prensa y al New York Times”, dice Shear.
Vía Twitter
En su guerra contra la prensa que lo cuestiona y exhibe sus contradicciones, Trump utiliza su cuenta personal de Twitter para atacar y desacreditar al periodismo.
“Las pláticas sobre Rusia son noticias falsas orquestadas por los demócratas y repetidas por la prensa con el objeto de enmascarar la gran derrota electoral y las filtraciones ilegales”, tuiteó el pasado 26 de febrero. Dos días antes había escrito: “Los medios saben que son noticias falsas y ni así dicen la verdad. Un gran peligro para nuestro país. El fracasado New York Times se ha convertido en un chiste”.
El enojo de Trump por las filtraciones de información sobre su gobierno al New York Times y al Washington Post lo llevaron incluso a criticar duramente a las agencias de inteligencia que ahora están bajo su cargo: “El FBI es totalmente incapaz de parar las filtraciones de Seguridad Nacional que durante mucho tiempo han dañado al gobierno. Ni siquiera pueden localizar a los filtradores de información dentro del mismo FBI”, sentenció el pasado 24 de febrero.
No sólo eso, en otros dos mensajes, que ya fueron borrados de su cuenta de Twitter, declaró a la prensa “enemiga de los estadunidenses”.
–Como reportera del Washington Post, ¿qué siente cuando Trump los ataca desde su cuenta de Twitter y los califica de falsos? –se le pregunta a Priest.
–Me hace sentir fuerte y me crea la necesidad de hacer mejor mi trabajo para contar la auténtica verdad de Donald Trump y su gobierno. Creo que la prensa ha estado respondiendo de esta manera a sus críticas. La prensa más importante en Washington y Nueva York ha estado escribiendo la historia de Trump desde las elecciones –responde.
Su colega del New York Times opina también que las críticas y ataques de Trump generan un mayor reto a los periodistas para cuestionar sus acciones y decisiones y obligarlo a rendir cuenta de sus actos.
No obstante Priest subraya que los periodistas deben ser “extremadamente cuidadosos” para dar cobertura a Trump. Considera que se deben evitar las palabras tendenciosas y los adjetivos para describir lo que hagan el presidente y su equipo.
“Tenemos que ser extremadamente rectos al presentar los hechos noticiosos y esto no creo que ocurra en todos lados. Se hacen muchos comentarios sobre lo malo que es Trump por parte de gente que no debería estar comentando sino reporteando. Creo que por este tipo de comentaristas la gente está confundida sobre lo que es la prensa.
“Mucha gente se autoproclama periodista y no lo es; son lo que yo llamo opinadores, que simplemente tienen una opinión y no investigan los hechos. Se llaman periodistas y nosotros los periodistas dejamos que lo hagan, especialmente en la televisión, no tanto en la prensa escrita. Aun cuando tenemos la sección editorial y hay editoriales estructurados con una tendencia específica”, explica la investigadora del Washington Post.
A Shear le irrita que Trump considere a la prensa como enemigo de los estadunidenses:
“No somos malévolos. El presidente y cualquier otra persona tienen el derecho de considerar bueno o malo lo que escribimos, y tienen el derecho absoluto de no comprar o leer nuestro producto. Pero preferiría que el señor Trump reaccionara a lo que escribimos diciendo que proporcionemos más información, en lugar de ofrecer opiniones sobre nuestros motivos por hacer el trabajo y acusarnos de ser el enemigo.”
–¿Existe un ambiente extraño, hostil, en la Casa Blanca? –se le cuestiona al corresponsal del New York Times.
–Se siente diferente. Te puedo decir que había una determinación por parte de Sean Spicer (vocero de Trump) de no darle la palabra al New York Times durante sus conferencias de prensa. No nos ha dado la palabra en semanas. Pero eso es diferente: es su decisión, no está obligado a darnos la palabra.
“En la Sala de Prensa de la Casa Blanca se siente un ambiente de adversarios. No quiero sobredimensionar esto, no puedo decir con precisión cuántas discusiones tuve con el gobierno de Obama, con funcionarios muy altos de su Presidencia. Me llamaban a las cinco y media de la mañana, me gritaban que no les gustaba el titular de mi nota en el periódico, que la entrada de la nota era incorrecta o que algo más en el texto era estúpido”, cuenta Shear.
Priest tiene una opinión muy peculiar al describir la relación de la Presidencia con la prensa, ahora bajo la dirigencia de Spicer: “Siempre he considerado que la fuente de reporteros de la Casa Blanca es muy dependiente del portavoz y creo que necesitan ser más independientes, porque la Oficina de Prensa de la Casa Blanca se mantiene mintiendo. Los buenos reporteros no dependen del portavoz para obtener información, la buscan por otras fuentes. Esa es la lección”.
Lo preocupante y hasta alarmante para Priest es que “el presidente siga llamando falsa a la prensa auténtica y coloque a los sitios de internet conspiratorios –que no tienen información pero sí muchos seguidores– al nivel de los verdaderos medios de comunicación. Esto es verdaderamente peligroso porque la gente necesita responsabilizarnos por lo que escribimos y que con evidencias demostremos que es auténtico lo que escribimos. Que nos llame ‘fake news’ es realmente un peligro para la democracia”.
–¿Por qué cree usted que los funcionarios del gobierno, por encima de las quejas y amenazas de Trump, le sigan filtrando información confidencial al Washington Post y al New York Times? –pregunta este reportero.
–Estas filtraciones denotan que hay gente que no tiene una tendencia política, son profesionales que han trabajado en el gobierno muchos años y están dispuestos a servir a cualquier presidente y del partido que sea.
“Pero con este presidente, los profesionales del gobierno creo que tienen miedo de lo que pueda hacer Trump y por eso –por medio de filtraciones a la prensa– informan a la gente lo que en realidad está haciendo el presidente. Saben qué tan diferente y extremista es Trump. Mi ejemplo favorito de esto son las llamadas telefónicas al presidente de México y al primer ministro de Australia.
“Para mí es destacable que haya salido tan rápido la información sobre estas llamadas, especialmente con el primer ministro de Australia. No sé si en el caso de la Presidencia de México dieron información sobre la conversación con Trump, pero los australianos sorprendieron a todos al dar a conocer cómo fue la llamada telefónica”, responde enfática Priest.
–¿Qué piensa cuando Trump asegura que la gente desconfía de los medios de comunicación y que confían plenamente en él?
–Cuando esgrime argumentos absurdos, como que Obama ordenó la intercepción de llamadas telefónicas en la Torre Trump. Hace este tipo de acusaciones sin la mínima evidencia y lo hace simplemente porque es el presidente. Lo que pretende es confundir a la gente. Lanza cualquier tipo de acusaciones sin fundamento para desviar la atención de la ciudadanía de las acusaciones serias, como la conexión de su gobierno con Rusia.
Información anulada
La reportera refuta el argumento de los críticos, de que la prensa estadunidense –especialmente The Washington Post– no hizo bien su trabajo durante la campaña presidencial porque nunca tomaron en serio la candidatura de Trump y por ello se abstuvieron de investigar más a fondo los negocios, comportamiento y posiciones sobre asuntos de carácter nacional del ahora presidente.
“Durante la campaña, en el Washington Post se escribieron muchas noticias sobre sus negocios y sobre sus contactos con los rusos, pero quedaron anuladas por el mismo Trump, quien hacía y decía muchas cosas que parecían dignas de un programa de entretenimiento. Las historias sobre quién es Trump quedaron sepultadas por la manera tan efectiva que tiene para atraer la atención de la prensa con cosas superficiales.
“Si se hiciera un análisis sobre la cobertura que le dieron el Washington Post y el New York Times, se puede deducir que se hizo mucho para exponer sus negocios, sus conflictos, su lazos potenciales con Rusia y sus bancarrotas; ahora pareciera que a nadie le importó”, subraya la periodista.
–¿Se podría dar el caso de que Trump denuncie judicialmente a un periodista?
–¡Claro que sí! Debemos tener mucho cuidado, sobre todo los reporteros de investigación, con las filtraciones. Para que el gobierno pueda tener acceso al historial telefónico de un reportero, la orden tiene que ser girada por el procurador general, por ser una determinación tan importante.
“Aun cuando la odien, no se debe bromear con la prensa. La prensa juega un papel importante en la sociedad. No creo que Trump se ajuste a estas reglas y no sé si ya empoderó al FBI o a la Agencia Nacional de Seguridad para preparar investigaciones a periodistas. Creo que esto es posible y debemos prepararnos con abogados y mucho dinero para defendernos en las cortes, porque es donde se tendría que juzgar todo esto.”
A Shear se le pregunta sobre el futuro de la relación de Trump con la prensa. Y contesta, con pesimismo, que no ve un cambio inmediato por dos razones: una, “se tiene que separar al gobierno en general del presidente Trump”. Y la otra es que “Trump personalmente tiene una relación complicada con el New York Times; adora llamarnos los enemigos, los odiosos, los fracasados, pero al mismo tiempo somos el periódico con el cual creció en Nueva York.
“Nos lee, creo, todo el tiempo. Una de sus primeras entrevistas como presidente electo fue con el New York Times, entrevista en la cual estuve presente y durante la cual nos llamó la ‘gran joya de la corona de la prensa de Estados Unidos’. Es una relación muy complicada y espero –aclarando que no es mi trabajo ser su amigo ni nada parecido– que en algún momento nos deje de llamar enemigos y tengamos una mejor relación.”
De las entrevistas con los dos reporteros se podría inferir que es un privilegio estar en el grupo de medios a los que Trump tilda de ser “fake news”. Proceso se lo pregunta a Priest, quien antes de contestar suelta una larga y fuerte carcajada:
“Sí, pues por primera vez posiblemente en 15 años, la gente aprecia el trabajo de los periodistas, lo cual me hace muy feliz; cuando estábamos en crisis económica, la gente no apreciaba lo que hacíamos de forma gratuita. Ahora es lindo que la gente respalde a la prensa y tenga fe en que la prensa haga un trabajo minucioso sobre las responsabilidades del gobierno. Esto es maravilloso. Hay lectores que nos envían cartas de aliento.”
–¿Qué le han dicho?

–‘Gracias por todo su trabajo, dependemos de usted’. Otros dicen: ‘He sido lector del Washington Post los últimos 30 años y ustedes hacen un gran trabajo, sigan haciéndolo así’. En el pasado nunca recibimos este tipo de aliento por parte de nuestros lectores –concluye Priest.

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