23 abr. 2017

Una de hadas/Eduardo Caccia

 "Priistas necios que acusáis
al corrupto con razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis..."
 Una de hadas/Eduardo Caccia
Reforma, 23 de abril de 2017
La coincidencia es materia para las hadas. En milagroso momento electoral se nos avisa la captura de dos exgobernadores prófugos de la justicia mexicana, y en algunos casos norteamericana (que a ratos parece nuestro Departamento de Justicia). La jugada era un "strike cantado" para los maestros de la sospecha política. Aún así, no deja de asombrar que el gobierno y el PRI celebren las detenciones como un logro que deben capitalizar, siendo que los ahora cautivos emanaron de ese instituto político y su conducta no es una rara avis, es más bien vulgaris.
Inevitable pensar cómo lo rimaría una monja mexicana desde su claustro: "Priistas necios que acusáis/ al corrupto con razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis". La siguiente estrofa es un traje a la medida: "Si con ansias sin igual/ solicitáis su desdén/ ¿por qué queréis que obren bien/ si los incitáis al mal?", pues como dice (en alusión al exvirrey de Veracruz) Pedro Kumamoto, "él no es él sin ellos".

Pues nada, que esta nueva generación de priistas rebasó en desvergüenza a sus antecesores. Lejos de desaparecer, como en la fábula de Monterroso, el dinosaurio sigue ahí, un monstruo de coraza recia que se alimenta de su propio excremento: corrupción e impunidad, y que crece de la misma manera que se multiplican los otros cárteles del otro crimen organizado. Su cola es larga, acorazada, y en momentos de tensión amenaza con agitarla destructivamente, lo que atemoriza a más de algún beneficiado por la habilidad del saurio para multiplicar los votos, los favores y, faltaba más, evaporar el erario.
A propósito de estas terribles bestias que surgen en las ciudades, José Saramago escribió alguna vez "El Lagarto", una breve historia de hadas, según nos lo dice él, en el libro Las maletas del viajero, publicado en 1973 y cuyo ejemplar conmemorativo, con magníficas ilustraciones del brasileño José Borges, maridan una historia que se cruzó en mi camino hace unos meses, tal vez (como suele sucederme) con el único fin de que escribiera hoy estos renglones. Resulta que por obra del destino (que en mi caso lleva los apellidos de mi esposa) fui a dar a Óbidos, un amurallado poblado medieval al norte de Lisboa, donde por motivos de su Festival Literario Internacional, tenían en exhibición los grabados de Borges y el libro que hoy acompaña mi librero (confesión de autor: me costó trabajo escribir "librero", hubiera querido decir "biblioteca").
Casualmente este abril la Fundación José Saramago celebra sus 10 años de vida con la exhibición de El Lagarto, ficción del Nobel lusitano. Narra la súbita aparición en el Chiado, de un lagarto enorme que atemoriza a la gente (aquí los mal pensados o los dotados de habilidad fantasiosa pueden sustituir al reptil por su exgobernador o político favorito). El inusual suceso provocó la reacción de la fuerza pública. En medio de la histeria colectiva una niña soltó su canasta de violetas que, al caer, dispersaron las flores por el suelo alrededor del animal. En medio de la ofensiva de tanques y aviones, el lagarto rompe el círculo de violetas. Y entonces surgen las hadas "aunque por manifestación indirecta" para transformar al saurio en una rosa carmesí "color de sangre, posada sobre el asfalto negro, como una herida en la ciudad". Al esparcir su aroma, la rosa tornose blanca, "los pétalos se convirtieron en plumas y alas y alzó el vuelo hacia el cielo azul".
Desde el principio del cuento el narrador nos previene: "...esto de las hadas (...) es cosa que nadie cree, y por más que jure, seguro que se ríen de mí. A fin de cuentas será mi palabra contra la burla de un millón de habitantes".
Y entonces pensé en los lagartos atrapados en espera de su extradición, y en otros que aguardan la justicia selectiva. Imaginé su llegada a México o a EU, como ese extraño enemigo que profana nuestro suelo, y recordé, claro, a las hadas, que habrán de hacer a las bestias no sólo confesar sus fechorías, también, al ritmo de su lengua bífida, soltar la sopa y señalar a los reptiles cómplices, desde las lagartijas hasta los Rex, y así, en medio del morado de las jacarandas de abril, convertirán este momento en la verdadera justicia que espera la patria. Aunque se burle un millón de habitan

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