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Carlos Benavides entrevista a Marisela Morales

“Hasta las mafias respetan la honestidad”: Marisela Morales
CARLOS BENAVIDES entrevista a Marisela Morales, titular de SIEDO
  • Madre de dos hijos, 39 años, divorciada; de defonsora de oficio, agente del MP en la PGJDF a titular de SIEDO
    El Universal (http://www.eluniversal.com.mx/), 8 de marzo de 2009;
Existen dos caminos para llegar hasta su despacho. Los dos igualmente impenetrables. Por el acceso principal hay que pasar varios filtros con docenas de agentes fuertemente armados, y por una entrada lateral es simplemente imposible, pues existe una puerta similar a la de una bóveda de banco.

Una vez dentro del despacho todo cambia. Una modesta oficina en la que hay 14 arreglos de flores. Rosas, aves del paraíso, orquídeas, gerberas, antulios y tulipanes en canastas y floreros que dan cuenta de que ahí, en esa oficina, despacha una mujer, la encargada, nada menos, de combatir a las mafias en México, Marisela Morales, quien justo la semana pasada celebró su cumpleaños número 39.
Mientras se realiza la entrevista, a unos cuantos metros escaleras abajo, en los separos, las celdas están repletas, pues horas antes se había realizado una operación en la que fueron detenidos 16 hombres, 12 de ellos militares en activo, que trabajaban para la organización criminal de Los Zetas, operación en la que por cierto una mujer fue la heroína que salvó la vida a decenas de agentes federales.
“La ministerio público iba en el operativo y se dio cuenta de que estaban siguiendo a los policías federales encargados de realizar las detenciones. Dedujo que el grupo iba a ser atacado y se coordinó con la zona militar para que recibieran el apoyo y se logró rescatar a los agentes cuando ya los tenían prácticamente acorralados. Lejos de amedrentarse y huir permaneció y pidió el apoyo, si no hubiera sido por esa acción se hubieran perdido las vidas. Fue muy valiente”, dice con orgullo Marisela Morales, la titular de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO).
Al igual que la mujer que el pasado sábado salvó la vida de los agentes federales, Marisela Morales, hace casi 20 años era una modesta agente del Ministerio Público, en su caso del fuero común en el Distrito Federal. Sin embargo, antes de ser la encargada de meter a los criminales a la cárcel inició su carrera del otro lado de la barandilla, como defensora de oficio. “Comencé en la defensoría de oficio del fuero común en el Reclusorio Preventivo Oriente, ahí hice mi servicio social cuando estaba estudiando la carrera. Después de seis meses de servicio social hice mi examen para obtener la plaza de defensora de oficio, lo aprobé y fui contratada. Al principio estuve en varios lugares cubriendo las vacaciones de otros defensores, principalmente en juzgados de paz.
Al inicio de los 90, Marisela Morales tenía ya tres responsabilidades, estudiaba en la Facultad de Derecho de la UNAM, trabajaba como defensora pública y se hacía cargo de su primer hijo.
“Ahí se hace una labor humana y de servicio social muy importante, obviamente las personas que acuden a la defensoría de oficio no tienen posibilidades de pagar a un abogado, es gente humilde, muchas cometieron algún delito en estado de ebriedad. Son personas que necesitan ayuda. Muchas madres llegaban a pedir ayuda para liberar a sus hijos, y la mayoría de las veces, además de la asesoría legal, lo que más teníamos que brindarles era apoyo moral y sicológico. Había que dar asesoría en todos los delitos, desde homicidios hasta violaciones, robos, etcétera. Eso era como una escuela, por la diversidad de delitos que se ven en el fuero común se aprenden muchas cosas.
Ahí se ve cómo los problemas familiares y la desintegración llevan a las personas a cometer delitos. Como mujer me identificaba con las madres, pues yo tenía en esos momentos un bebé acabado de nacer, mi hijo nació en 1990 y eso me permitía hacer mi trabajo con sensibilidad y calidad humana”.
Asegura que vio delitos que la impactaron y relata cómo se negó a defender a un padre violador.
“Pedí autorización al jefe de mi departamento para no llevar un caso que me habían asignado. Era uno que no hubiera sido ético que llevara. Se trataba de la violación de un padre biológico a su hija de 11 años. Era un caso dramático pues el papá había invitado al compadre a violar a su hija y los dos en estado de ebriedad ultrajaron a la niña. Y lo más grave fue que la mamá defendió al esposo e incluso acusó a la niña de que ella provocaba al papá. Eso es imperdonable en una madre”, relata mientras mueve repetidamente sus manos que lucen un impecable manicure.
En diciembre de 1992, un mes antes de terminar su carrera, renunció a la defensoría de oficio. Y dos meses más tarde, en febrero de 1993 era ya una abogada titulada. Para agosto, cuando le entregaron su cédula profesional, ingresó a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal como agente del Ministerio Público.
“Ahí sí era requisito ser licenciada en Derecho, y ya con mi cédula en la mano pude ingresar.”
Fue precisamente en esa Procuraduría en la que tuvo que enfrentar a la primera banda de delincuentes de su carrera. Recuerda el caso de un asesinato que le tocó investigar en el que tuvo que convencer a una testigo presencial de declarar en contra del asesino, pese a que esa mujer estaba amenazada por una pandilla de Coyoacán.
“Cuando los abogados estaban muy convencidos de que su cliente iba a salir libre presentamos de manera sorpresiva a la testigo y logramos que esta persona, que era muy peligrosa y que ya había matado a un muchacho de 15 años a puñaladas, quedara preso. Después tuve amenazas por parte de esa pandilla, que afortunadamente nunca pasaron a mayores. Yo quedé muy satisfecha de haber sacado de la calle a esa persona”.
Las mafias han crecido
Desde aquellos días en la Procuraduría capitalina a la fecha, Marisela Morales ha subido muchos niveles en el escalafón de la procuración de justicia, pero también ha pasado de enfrentar pandilleros de Coyocán a poderosos cárteles de las drogas. Hoy sus enemigos no sólo están en las filas de los cárteles del Golfo, de Sinaloa, de Juárez, de Tijuana o en las organizaciones criminales de Los Zetas o La Familia, sino también dentro de las filas de las propias corporaciones policiacas del país, e incluso del Ejército.
Ella ha sido la encargada de conducir la mayor acción anticorrupción en la historia de lucha antidrogas. En la llamada Operación Limpieza ha tenido que perseguir a mandos de la propia SIEDO, personas con las que antes convivía casi a diario y que fueron compradas por las mafias que estaban obligadas a combatir.
El presidente Felipe Calderón entregó las riendas del órgano antimafia del gobierno mexicano a Marisela Morales luego de que su anterior jefe, Noé Ramírez Mandujano, tuvo que salir del cargo bajo sospecha. Hoy, el hombre que ocupó la oficina ahora llena de flores, se encuentra preso en un penal de máxima seguridad acusado de colaborar con dos de las principales organizaciones criminales del país.
La vida está llena de casualidades, pues Marisela Morales llegó a la PGR en 1997 luego de que un escándalo de corrupción, similar al que ahora le tocó investigar, había dejado muchas vacantes en el Instituto Nacional del Combate a las Drogas (INCD), el antecedente de la SIEDO.
Ell
a entró a la PGR con el rango más alto de Ministerio Público federal y de inmediato comenzó a trabajar conjuntamente con militares en labores del combate a las drogas.
En diciembre de 2005 salió por espacio de dos años de la PGR con el fin de realizar sus estudios de maestría y para tener a su segundo hijo. Regresó en mayo de 2008 como titular del área de tráfico de menores, indocumentados y órganos. Meses más tarde, fue ascendida de subprocuradora a cargo de la SIEDO.
—Tanto
del lado de la delincuencia, como de la justicia los hombres dirigen. Es una actividad de machos, ¿es fácil ser la subprocuradora antimafia?
—Si, yo creo que los hombres y las mujeres tenemos las mismas capacidades, hay tanto hombres como mujeres valientes y con carácter fuerte, y el respeto se puede ganar o perder sin importar si se es hombre o mujer. Creo que a veces se victimiza mucho a las mujeres, pensando que por su sexo tienen debilidades, pero no es así, tenemos muchas fortalezas. Por naturaleza las mujeres tenemos convicción de servicio y abnegación.
Este trabajo es muy importante y delicado y se tiene que hacer por los que vienen, por nuestros propios hijos y por los de los demás.
—Usted es una de las excepciones de la regla en este país y en muchos otros, en donde las mujeres no alcanzan los puestos más altos, pero hoy, cuando se libra una guerra contra la delincuencia organizada en México, usted está al frente de la oficina que se encarga de hacerlo, ¿de verdad no encuentra resistencia por parte de los hombres?
—Yo creo que en ocasiones se presenta, en especial con algunos subordinados, aunque con otros compañeros de trabajo no es el caso. El machismo sigue existiendo, pero creo que eso se puede combatir con capacidad y empeño y ganándose el respeto de los subordinados y jefes.
—¿La han amenazado?
—No, hasta el momento no. Creo que hasta los propios delincuentes respetan a las personas cuando hacen su trabajo. Antes ya había trabajado en delitos contra la salud (narcotráfico) y tampoco recibí amenazas, pues siempre hice mi trabajo apegándome a la ley y sin tomar los asuntos de manera personal. La experiencia me ha enseñado que hasta en esos sectores se puede obtener respeto trabajando con transparencia y honestidad.
La maestra, como todos sus subordinados la llaman (aludiendo a su grado en el estudio del derecho) confiesa que siente cierta envidia cuando los hombres de uniforme salen a realizar algún operativo y ella se queda encerrada en su pequeño búnker, al que llega cada día antes de las nueve de la mañana y abandona 14 o 15 horas más tarde.
Comenta que hace mucho que no va al cine, ni sale a restaurantes a cenar, y de tener una pareja, ya ni hablar.
—Y su vida privada existe. ¿Va al cine?
—Pues la verdad es que ahorita no he podido hacerlo. Pero espero poder hacerlo, pues la vida pasa. Estoy tratando de hacerlo, por ejemplo el otro día llevé a mi hijo, el chiquito de dos años, a ver a Mickey Mouse al Auditorio Nacional, lo llevé a ver a Barney y pienso seguir llevándolo.
—No ha de ser fácil ir a ver a Mickey Mouse con todo el pequeño ejército que la cuida. ¿O va de incógnito?
—No, por seguridad no puedo hacerlo. No puedo ir sin la seguridad que me brindan. Por supuesto que yo voy tratando de pasar inadvertida.
—Un poco complicado pasar inadvertida, ¿no cree?
—Desafortunadamente la seguridad llama la atención, pero yo siempre les pido que traten de ser muy discretos y que no haya actos de prepotencia.
—¿Y come en restaurantes?
—No, prácticamente como aquí todos los días. Esta es prácticamente mi casa
—¿Ahora vive sólo con sus hijos?
—Fui casada, pero me divorcié hace poco, después de que nació mi segundo hijo. Pero creo que si no me hubiera divorciado en esa ocasión, ahora ya lo hubiera hecho, pues con estos horarios es muy difícil tener una pareja. No creo que sea imposible, pero sí muy difícil.



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