19 jun. 2011

Antonio Aguilar, cuatro años después

El Cine de Antonio Aguilar*

 Escrito por Rafael Aviña on jun 19th, 2008
http://www.cineforever.com/2008/06/19/el-cine-de-antonio-aguilar/

Justo en una época en la que las carteleras de los cines mexicanos exhibían películas como El águila (1925) protagonizada por Rodolfo Valentino o Jinetes del correo (1925) con Ricardo Cortez; atípicos latin lovers del momento, Pascual Antonio Aguilar Barraza mejor conocido como Antonio o Tony Aguilar nacía en Villanueva, Zacatecas en mayo de 1926. De alguna manera, su incipiente carrera cinematográfica iniciada poco después de su arranque como cantante, retomaba algunos de los géneros de aquellas cintas mudas. Es decir, la abultada filmografía de Aguilar ha saltado de la acción, aventura y el melodrama, al western y un cine rural y campirano que logró coincidir a su vez con relatos urbanos.
En apariencia, la figura de Antonio Aguilar no tiene quizá el impacto de un Pedro Infante, un Jorge Negrete o un Luis Aguilar, quienes alternaron también el canto y el cine. No obstante, la carrera de Tony Aguilar ha dado saltos cualitativos importantes, en los que el actor y cantante pasó a la escritura de argumentos y a la producción de varios filmes protagonizados no solamente por él mismo, sino por otras nuevas figuras. Eso no es todo, Aguilar se convirtió en uno de los actores que más personajes históricos y populares ha representado y ha dado al cine algunos verdaderos clásicos como Los hermanos del Hierro o Emiliano Zapata.
De hecho, Antonio Aguilar empezó desde abajo con pequeños papeles, algunos más lucidores que otros, pero en los cuales, tuvo la oportunidad de alternar con los más prestigiosos actores, directores y actrices de una cinematografía nacional que despuntaba en su bien llamada época de oro. En efecto, en sus primeras películas, Tony Aguilar fue apadrinado por Meche Barba quien triunfaba en el cine de arrabal y a su vez por Pedro Infante y el guionista y realizador Rogelio A. González en el melodramón Un rincón cerca del cielo y secuela que lo fueron colocando poco a poco en el gusto popular.
Su primera intervención en el cine llega con Yo fui una callejera (1951) con Meche Barba como la heroína que atraviesa todo tipo de obstáculos para salir airosa y limpia luego de verse enredada con varios hombres de dudosa calidad moral. Aquí, Antonio Aguilar interpretaba al encargado de una carpa que le servía de cobijo y de escuela a la protagonista en un filme aderezado con breves intervenciones de Luis Aguilar, Fernando Fernández y un joven Güero Castro como bailarín.
Para su segunda cinta, se interpreta a sí mismo como el exitoso cantante Tony Aguilar en un curioso y entretenido drama cabaretil dirigido con buen oficio por el artesano Fernando Méndez. En La mujer desnuda (1951), Meche Barba es una bailarina de carpa y su padre (postizo) es el buen payaso ciego que encarna Carlos López Moctezuma. Ella, es rescatada de la pobreza por Aguilar quien la convierte en estrella sólo para ser chantajeada por su antiguo amante, Miguel Torruco. Resalta la estupenda fotografía de Agustín Martínez Solares que le da un toque de cine negro con Aguilar como una suerte de Victor Mature a la mexicana quien acaba propinándole tremenda golpiza al maleante Torruco.
En Un rincón cerca del cielo (1952) de Rogelio A. González, Pedro Infante es un pueblerino ilusionado con la capital que se consigue una chambita de oficinista y conoce a Marga López, pero es despedido. Se casan y viven en un cuartito de azotea; a partir de ahí y del nacimiento de su hijo, les suceden una larga cadena de desgracias: entre ellas, el de trabajar como guarura de un villano, una estancia en prisión, después, un trabajo inhumano de cirquero callejero y como remate: la muerte de su pequeño hijo. Tony Aguilar es un ricachón que con algunas copas encima es asaltado por un desesperado Infante cuyo hijo agoniza. Infante le roba justo lo necesario para las medicinas del niño y Aguilar lo perdona cuando es atrapado por la policía, sin embargo, llega demasiado tarde sólo para contemplar la muerte del chamaco en una de las escenas más tremendas que ha dado nuestro cine.
El personaje de Infante luce una cojera permanente en la secuela: Ahora soy rico (1952), pero empieza a progresar socialmente cuando decide ser honrado y es apoyado por el buenazo del ingeniero Tony Merino que encarna Aguilar con quien canta en un elegante cabaret. No obstante, Infante comete error tras error y Tony es acusado de traficante de drogas. Aquí Aguilar tuvo la oportunidad de ponerse al tu por tu con Infante en el papel del amigo siempre dispuesto a ayudar y la verdad, Tony no lo hizo nada mal. De alguna manera el filme le abrió un amplio abanico de posibilidades a Aguilar quien apareció tan sólo en ese año de 1952 en seis películas más, todas muy distintas entre sí como Había una vez un marido o Por el mismo camino en las que aparece cantando, o Amor de locura, parodia de la vida de Juana La Loca y Felipe el Hermoso en la que debutaba como realizador Rafael Baledón y en la que Aguilar aparece sin bigotes como ahijado de Oscar Pulido y enamorado de Tongolele.

Galán de apoyo

En Mi papá tuvo la culpa, Tony Aguilar es el galán de Meche Barba, bailarina exclusiva de una estación de TV de la cual Tony es ejecutivo, no obstante, su idilio se ve truncado debido a la trama urdida por una enloquecida novelista que encarna Vitola quien hace suponer que ambos son en realidad hermanos. Y en La segunda mujer es un compositor casado con la exótica Rosa Carmina y padre de un muy jovencito Fernando Luján, en tanto que en El casto Susano, Aguilar alterna con la guapa Silvia Pinal, su novia y explotadora de viejos rabos verdes como el que encarna Joaquín Pardavé, con quien repetiría en Mi adorada Clementina (1953) comedia sentimental sobre un matrimonio con problemas: Tony es él marido alegre y moderno y Marga López, su mujer, anticuada y aburrida.
En la línea de Amor de locura, la comedia Reventa de esclavas (1953) con una muy guapa Silvia Pinal como princesa egipcia trasladada a la época moderna, Aguilar encarnaba a un tímido profesor de Historia que se convertía en capitán de la guardia real e iniciaba un idilio con Pinal. En muy breve tiempo, Tony Aguilar se había convertido en una figura conocida y por ello, era reclamado por los productores para protagonizar filmes o aparecer en papeles especiales como ocurre en Yo soy muy macho (1953) estelarizada por Silvia Pinal y Miguel Torruco. En tanto que en cintas como Música, espuelas y amor (1954) mezcla de melodrama y comedia ranchera fungía como galán de Evangelina Elizondo y en Pueblo quieto encarnaba a Manuel Santoyo, macho peleonero y cantarín zacatecano que conquista a la joven Verónica Loyo.

El western y la comedia ranchera

La comedia ranchera había iniciado un serio declive y las producciones de ambiente rural habían menguado sus presupuestos. Se hacían películas de fórmula, con muchas canciones y para explotarse básicamente en provincia y a Tony Aguilar le tocaría protagonizar varios de estos filmes, muchos de ellos al estilo del incipiente cine de “caballitos” o western a la mexicana, género en el que Luis Aguilar se convertiría en el amo. Ahí está el caso de El Rayo Justiciero y secuelas: La barranca de la muerte, El gavilán vengador -todas de 1954-, La sierra del terror, La huella del chacal y La pantera negra en 1955 y La guarida del buitre, La justicia del gavilán vengador, Los muertos no hablan del 56 con Antonio Aguilar como el héroe rural y cantarín, bueno para las peleas de cantina Mauricio Rosales apodado El Rayo Justiciero. En esta larga serie, trabajó al lado de actrices jóvenes como Elda Peralta, Marina Camacho, Sara Montes, Alicia Ravel, Rebeca Iturbide y Flor Silvestre –su futura esposa-.
A su vez, la versatilidad de Antonio Aguilar le permitió alternar el western rural con otras comedias urbanas apoyadas en los ritmos de moda e incluso en cintas de aventuras históricas como Cuatro contra el imperio (1955) y El fin del imperio (1956) que trasladaban los relatos de Dumas –Los tres mosqueteros, principalmente- al Guanajuato de la época de Maximiliano. Así, en Bailando cha cha cha, Tony Aguilar llevaba como figura joven a la hermosa Christiane Martel futura esposa de Miguel Aleman en una comedia moderna en la que debutaban los ágiles bailarines Alfonso Arau y Sergio Corona y en Una gallega en La Habana con Niní Marshall Catita -ambas de 1955- Aguilar es un joven productor de radio y TV que acaba casándose con la hermosa Ana Bertha Lepe, hija de un magnate tabacalero.
Dramas rurales
Luego de excesos folclóricos con canciones de José Alfredo Jiménez y Rubén Fuentes: Aquí están los Aguilares (1956) con Antonio y Luis Aguilar y de ser dirigido casi siempre por cineasta de pocas habilidades como Jaime Salvador, Tony recibe la gran oportunidad de estelarizar un recio drama rural dirigido por Ismael Rodríguez: Tierra de hombres (1956) en la que alternaría con Domingo Soler, Joaquín Cordero y Julio Aldama. Ubicada primeramente en la Revolución de 1910 para finalizar en tiempos de la Reforma Agraria cardenista, la trama de la película se mantiene con las empresas épicas de la familia del patriarca Soler; todos ellos muy patriotas y a favor del movimiento armado, en medio de situaciones veristas y atractivas y en la que Aguilar terminaba como Ingeniero agrario.
ara 1957, Antonio Aguilar estaba preparado para empresas mayores; había pasado ya por las pruebas de fuego propios del actor novato, pero había logrado dar constancia a su trabajo histriónico como lo demuestra la serie de tres películas dedicadas al héroe rural oriundo de Sinaloa, Heraclio Bernal, un minero convertido en bandido justiciero que antecedio al estallido revolucionario dirigido por Roberto Gavaldón. Aquí está Heraclio Bernal, La venganza de Heraclio Bernal y La rebelión de la sierra rebasaron la simple fórmula del cine de “caballitos” serie B para convertirse en dramas de aventuras interpretados con solvencia y carisma por Aguilar quien alternó con Elda Peralta, Chula Prieto y Flor Silvestre, seguidas de otros relatos similares como Las tres pelonas –ambientado en época revolucionaria con Martha Valdés, La marca del cuervo con Aguilar como maestro rural trastocado en héroe enmascarado y patriota, La cama de piedra, al lado de Lorena Velázquez o Fiesta en el corazón comedia musical en la que Aguilar transitaba del campo a la urbe.
Antonio Aguilar había dejado de ser simplemente “Tony” Aguilar, había dado un paso adelante y a raíz de la muerte de grandes figuras como Negrete o Infante, venía de alguna manera a suplir a aquellos ídolos con cintas que recordaban en parte las pasadas glorias de nuestro cine como Los Santos Reyes, una comedia en la que compartía créditos con Antonio Badú y el cómico norteño Eulalio González Piporro. O quizá, Yo…el aventurero, al lado de Andrés Soler y Domingo Soler, los actores cómicos El Chicote, Borolas y Agustín Isunza, más la presencia de la guapa Rosa de Castilla y Amalia Mendoza La Tariacuri y Dos hijos desobedientes junto a Pedro Armendáriz, María Duval y Elvira Quintana –todas de 1958-.

Actor de prestigio

Al lado del western, uno de los géneros que había resucitado era el melodrama revolucionario y de alguna manera, La cucaracha (1958) de Ismael Rodríguez, con fotografía de Gabriel Figueroa y diálogos de Ricardo Garibay, venía a ser una suerte de película suma del tema con un reparto multiespectacular que incluía a María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Emilio Fernández, David Reynoso, Ignacio López Tarso y por supuesto, Antonio Aguilar como el carrancista capitán Ventura. Ismael Rodríguez intentó hacer la gran obra de la revolución y para ello, no bastó el color, los grandes conjuntos de extras, o las desmedidas escenas de acción épica. En duelo de divas, María Félix en su papel de soldadera muy macha, alternaba por única ocasión con Dolores del Río, la catrina decente, y en medio de ellas, el siniestro coronel Zeta vestido siempre de negro e interpretado por Emilio Fernández.
Luego de aquella, Antonio Aguilar alternó con Lola Beltrán en una curiosa comedia ranchera sobre los alcances del machismo a partir de un exitoso tema de José Alfredo Jiménez: ¡Qué bonito amor!, seguida de La joven mancornadora también con Lola y el actor y cantante Demetrio González. La nueva comedia ranchera no sólo pugnaba por llevar a la pantalla a los cantantes vernáculos de moda, sino en imponer a Antonio Aguilar como el típico ranchero vacilador, muy macho, cantarín y agradable al viejo estilo de Negrete o Badú como lo muestra Bala perdida con Tere Velázquez y Miguel Aceves Mejía en se año de 1959.
Por fortuna, los inicios de la nueva década trajeron para Aguilar un cambio importantísimo en su carrera. Había dejado de ser el galancito joven para convertirse en un actor de carácter recio –pese a que sólo contaba con 34 años- capaz de combinar con versatilidad el drama y la comedias y por ello logró con creces dar prestancia al trágico héroe imaginado por Ricardo Garibay bajo la dirección de Roberto Gavaldón en El siete de copas (1960), en un ambiente de feria ranchera. Aguilar es un hombre hábil con la baraja cuyo destino le juega una mala pasada. Ese mismo año, Que me maten en tus brazos con el propio Aguilar y Ofelia Montesco, retomaba de alguna manera el tema del juego de azar y el pesimismo de aquella ambientada hacia 1913 entre maderistas y huertistas.

El gran salto

Finalmente, luego de un par de comedias mundanas y turísticas como Vacaciones en Acapulco en la que Antonio Aguilar se interpretaba a sí mismo y Rumbo a Brasilia coproducida por la cinematografía brasileña, la mejor película en la que participara Antonio Aguilar en 1960, sería la polémica y censurada La sombra del caudillo de Julio Bracho en el papel del coronel Jáuregui, el hombre que advierte –durante una partida de billar- al general Ignacio Aguirre aspirante a la presidencia, que será traicionado, por órdenes del Caudillo (Miguel Angel Ferriz). Se trata de un filme maldito por excelencia, basado en la novela escrita por Martín Luis Guzmán en 1929 que se convirtió en manos de Bracho, en una síntesis de los manejos del sistema político mexicano.
Una lección de texto con alcances de irónica farsa negra como lo muestran las pugnas por el poder, las alianzas entre partidos y dirigentes, las traiciones y venganzas, así como sus militares acompañados siempre de alcohol, los gobernadores enriquecidos, mientras el pueblo muere de hambre, sin faltar los panfletarios discursos en una violenta Cámara de Diputados y cuyo telón de fondo son las sucesiones presidenciales de los periodos 1920-24 y 24-28.
Por cierto, La sombra del caudillo fue producida para beneficio de los trabajadores del STPC. Contó con la colaboración de la Defensa Nacional, la Cámara de Diputados y la Secretaria de Gobernación, entre otras instituciones. Aquí, los personajes no son arquetipos revolucionarios, sino encarnaciones de personajes reales en la historia de México. El caudillo, por ejemplo, es una mezcla de Plutarco Elías Calles y de Alvaro Obregón, en particular éste último; recuérdese que favoreció la candidatura de Elías Calles frente a las aspiraciones de Adolfo de la Huerta en 1923. El ficticio general Aguirre encarna a De la Huerta y a los generales Arnulfo R. Gómez y Francisco Serrano, quienes figuraron como candidatos ante la reelección de Obregón en 1927. Gómez murió fusilado y Serrano asesinado en Huitzilac (como Aguirre en la película).
Luego de aquella magna obra que permanecería enlatada durante 30 años, Antonio Aguilar protagonizaría la que sería quizá su mejor película. Se trata de Los hermanos del hierro (1961) de Ismael Rodríguez, al lado de Julio Alemán, Columba Domínguez y Patricia Conde, entre otras notables figuras de aquella época. Ricardo Garibay, su guionista se internó en una provincia desconocida para contar la historia de dos hermanos que, aleccionados por su madre, desean vengarse del asesino de su padre. Ismael Rodríguez creó una verdadera obra maestra sobre el tema en un ambiente nacional y con elemenos sicologistas muy inquietantes.
Los hermanos del Hierro surge como una muestra de ese cine de prestigio que se aventuraba por géneros en apariencia menores. En efecto, dentro de los lineamientos del western tradicional, el realizador y su guionista, rastreaban en los orígenes de la violencia. Una suerte de vicio que corrompía y devoraba a una familia norteña; los Del Hierro, cuya madre (Columba Domínguez) acaricia una ansiada venganza en contra del asesino de su marido asesinado ante los ojos de sus dos pequeños hijos educados en el odio y el desquite. Basada en un hecho real, se ambienta en una agreste tierra de nadie donde reina la violencia, la muerte, adornada con las elegantes imágenes y alardes técnicos del fotógrafo Rosalío Solano.
Con el tema musical “Dos palomas a volar” de Jesús Gaytán, Rodríguez y Garibay apuestan incluso por una suerte de western sicológico en el que conviven sin problemas, complejos de Edipo, temores infantiles y un pistolero sicópata que saca a la luz sus instintos asesinos por naturaleza (Julio Alemán). Antonio Aguilar encarna a Reynaldo del Hierro asesino involuntario que vaga con su hermano por el desierto y a quien salva de la horca. De hecho, Aguilar fue capaz de dar diferentes matices a su personaje; el de un hombre pacífico que se trastoca en criminal perseguido por la justicia enamorado de la misma mujer a la que ama su hermano y cuyo final resulta trágico e ineludible. Por si ello fuera poco, Los hermanos del Hierro, cuyo apellido remite por igual a la idea de la dureza y el error, reúne un reparto espectacular con varios de los actores recios del cine nacional como Pedro Armendáriz, Emilio Fernández, Víctor Manuel Mendoza, Ignacio López Tarso, David Reynoso, David Silva y José Elías Moreno.

En la cima

Después de éste gran clásico de los 60, Antonio Aguilar fue llamado para apoyar una coproducción con España para lucimiento del niño cantante Joselito y del propio Aguilar, hábil caballista y cantante, además de actor ampliamente reconocido: El caballo blanco, en la que Aguilar interpretaba temas de José Alfredo, Pepe Guízar, Rubén Fuentes, entre otros afamados compositores. Ese mismo año de 1961 intervino en Sol en llamas, melodrama ambientado al final del porfiriato con Aguilar como ranchero cabal que intentaba impedir los abusos de terratenientes dispuestos a ejercer el derecho de pernada (don Fernando Soler y su hijo, Héctor Godoy) y enamorado de la joven Maricruz Olivier.
El prestigio ganado por Antonio Aguilar era indudable, por ello fue natural que apareciera en la ambiciosa producción de Ismael Rodríguez, Animas Trujano (1961) como co estelar del japonés Toshiro Mifune célebre en su país por su trabajo al lado del gran Akira Kurosaawa. Aguilar hacía aquí el papel de Tadeo, un indio oaxaqueño que gana la mayordomía largamente acariciada por Animas Trujano, a su vez derrota a éste en una pelea de gallosy a los golpes, e incluso le gana el cariño de una prostituta que interpreta notablemente Flor Silvestre en este impactante relato folclorista. Cierra ese mismo año con su participación en la serie iniciada con Ahí vienen los Argumedo y secuela: Vuelven los Argumedo filmadas en los Estudios América para mantener aún con vida los westerns de machos parranderos con novias machorras (Rosa de Castilla y Norma Mora) y patiños chistosos como Fernando Soto Mantequilla, protagonizadas por Aguilar y Fernando Casanova.
En los primeros días del año 1962 participa en la comedia Si yo fuera millonario para lucimiento del chaparrito venezolano Amador Bendayán, en la que tiene una breve aparición como el mismo al igual que María Félix que filma casi al mismo tiempo que Duelo de valientes al lado de Luis Aguilar y Ana Bertha Lepe en la que encarnaba a un cazador de recompensas en este relato de aventuras rurales, para continuar con una nueva versión de El mil amores (54) –protagonizada por Pedro Infante- titulada Yo, el mujeriego al lado de Patricia Conde, Luz Márquez y Mantequilla y una intrascendente comedia ranchera como Aquí está tu enamorado co estelarizada por su esposa Flor Silvestre. Cierra ese año con una serie de “caballitos” rodada en los Estudios América compuesta por: El jinete enmascarado, El Norteño y Vuelve El Norteño con “La Tariacuri” y Mantequilla.

En busca de nuevos temas

A pesar de ciertos títulos memorables como La sombra del caudillo, Los hermanos del Hierro o las obras de Luis Alcoriza, estaba claro que el cine mexicano de los 60 había perdido fuerza y buena parte de su carisma y su público y ello afectaba directamente a los actores del momento como Antonio Aguilar. De ese modo, en La vida de Pedro Infante (1963) dirigida por Miguel Zacarías fueron utilizadas algunas escenas en las que aparecieran juntos, Aguilar y el ídolo y en El bracero del año es captado durante una de sus presentaciones en San Antonio, Texas, lugar al que el bracero Piporro se hace pasar por su primo para provocar tremendo lío y de hecho Aguilar le sigue el juego y lo pone a bailar en el teatro donde actúa. En Alazán y enamorado las habilidades ecuestres de Antonio Aguilar eran lo más destacable de esta comedia y a su vez, participó en el western episódico Revólver sangriento que de alguna manera se fusilaba la trama de la cinta estadunidense Winchester 73 (1950): en éste caso, una pistola va pasando de mano en mano ocasionando tragedias.
Alternó con la bravía española Lola Flores en La gitana y el charro (1963) en esta comedia que ponía al día La fierecilla domada de Shakespeare y con Javier Solís y Luis Aguilar en Escuela para solteras (1964). A éstas, le siguieron una serie de comedias intrascendentes y cintas de aventuras campiranas como El padre Diablo, El rifle implacable, Los cuatro Juanes o Alma llanera. Más interesante resultó El Alazán y el Rosillo filmada en su rancho en Zacatecas y co escrita por Ricardo Garibay a partir de un argumento del propio Antonio Aguilar en el papel de Rosendo Anaya, ranchero íntegro y gran aficionado a las carreras ecuestres que se enfrenta a un terrateniente. Finalmente cierra ese año de 1964 con la serie de dos cintas: Gabino Barrera y El hijo de Gabino Barrera interpretados ambos papeles por Antonio Aguilar quien explotaría a partir de aquí esa vocación heroica con personajes patriotas y campiranos al estilo de Zapata y otros caudillos revolucionarios como Juan Colorado filmada en 1965. Por cierto, en 1967 realizaría La venganza de Gabino Barrera y La captura de Gabino Barrera.
Alejado del estilo trágico de aquellas, Antonio Aguilar filma Los alegres Aguilares en la que interpretaba dos papeles: un par de primos, uno pobre, vago, generoso, jugador y simpático, y el otro, rico, ávaro y presuntuoso y Los dos rivales al lado de una machorra Lucha Villla para contar en tono humorístico un añejo pleito de familias que incluía travestismo de Lucha y del cómico Javier López Chabelo. Por su parte, Caballo prieto azabache también de 1965 al lado de su esposa Flor Silvestre le sirvió para recuperar su adoración por los relatos revolucionarios y sus héroes –en este caso Pancho Villa-, así como su gusto por los potros, como sucede en El caballo bayo.
La Revolución y otros héroes populares
Para 1966, el tema de la Revolución, sus héroes populares y sus corridos, parecían ser la obsesión de Antonio Aguilar quien encontró una fórmula eficaz para su desempeño como actor. Así, encarna a Lauro Puñales y a Lucio Vázquez en las cintas homónimas con Jaime Fernández como Emiliano Zapata y para 1967 regresa con Valentín de la sierra y El ojo de vidrio y secuela Vuelve el ojo de vidrio, dos cintas muy taquilleras inspiradas en un corrido de Víctor Cordero a partir de un argumento del propio Antonio Aguilar, acompañado por supuesto de Flor Silvestre. Ese mismo año, Aguilar aparecía en un lienzo charro luciendo sus habilidades ecuestres e interpretándose a sí mismo en El As de Oros con Manuel Capetillo como protagonista.
El actor y cantante se tomó un merecido descanso de dos años fuera de los sets cinematográficos para regresar con una cinta de producción estadunidense: Los invencibles (The Undefeated, 1969) de Andrew McLaglen en la que compartió créditos con John Wayne, Rock Hudson y Bruce Cabot, un western ambientado poco después de la guerra civil estadunidense y la que sería una de sus mejores películas Emiliano Zapata (1970)
Dirigida por Felipe Cazals, con Jaime , Mario Almada, José Carlos Ruiz y Patricia Aspíllaga, entre otros, para narrar la vida del caudillo revolucionario a partir de una narrativa no convencional.
Filmada en 70 milímetros, esta espectacular épica repleta de grandes masas de extras y apantalladora fotografía de Alex Phillips Jr. Dio oportunidad a Aguilar para encarnar a su héroe revolucionario favorito en base a un argumento de él mismo y Mario Hernández con la colaboración de Ricardo Garibay. Antonio Aguilar invirtió una gran cantidad de dinero y de trabajo histriónico; bajo varios kilos de peso y evitó cantar en la cinta en aras de un realismo pero a fin de cuentas no quedó muy contento con la realización del joven Cazals futuro director de Canoa y Las poquianchis. Ese mismo año, Antonio Aguilar protagonizó junto con Flor Silvestre, Los marcados, un western atípico de Alberto Mariscal con muchos excesos sanguinolentos, desnudos y referencias homosexuales y sadomasoquistas. Aguilar es El marcado, pistolero con cicatriz en el rostro contratado para dar muerte a una pareja de asesinos y amantes.
En 1972, luego de filmar en su hacienda de Tayahua en Zacatecas dos filmes de época co escritos por él mismo como La yegua colorada –una crítica al caciquismo de los años 40- y Valente Quintero que lo regresaba a sus héroes revolucionarios, Antonio Aguilar emprendería otro de sus grandes éxitos: Peregrina (1973) biografía del afamado gobernador socialista de Yucatán Felipe Carrillo Puerto, durante los años 20. Aguilar la estelarizó, produjo y co escribió un argumento centrado en su idilio con la periodista estadunidense Alma Reed interpretada por Sasha Montenegro. Asimismo fue el protagonista de La muerte de Pancho Villa (1973) de nuevo, al lado de Flor Silvestre y Jaime Fernández, un nuevo melodrama revolucionario sobre las correrías del caudillo Pancho Villa y otra vez con la fotografía del estupendo Rafael Corkidi.

El empuje de Aguilar

A mediados de los 70, quedaba claro que Antonio Aguilar se había convertido en una interesante personalidad dentro de la industria fílmica, alternado obras comerciales con otras cuyos temas intentaban dar fe de una crítica social popular. A su vez, Aguilar ya no se contentaba con actuar, sino que producía películas protagonizadas por él e incluso por otros actores y a su vez, escribiendo los argumentos de varias de ellas, como es el caso de Simón Blanco -otro caudillo de la Revolución- Don Herculano enamorado o Mi aventura en Puerto Rico todas de 1974. Una fórmula que le diera buen resultado a Antonio Aguilar para lucir además sus capacidades en el canto y la equitación y para trabajar al lado de su esposa y de sus hijos en cintas como Volver, volver volver, El rey o El moro de Cumpas de 1975 inspiradas en exitosas canciones, co escritas, actuadas y producidas por Aguilar y a su vez con otros actores del género ranchero como Gerardo Reyes, Eleazar García Chelelo y un envejecido Chicote que aún tenía cuerda para rato.
Para entonces, con una filmografía que rebasaba los cien títulos, Antonio Aguilar podía darse el lujo de protagonizar todavía varias cintas de corte campirano y/o de tema revolucionario que oscilaban entre el drama y la comedia en la que mostraba sus dotes de cantante y su afición pro los animales. Ahí está el caso de Mi caballo el cantador, Sabor a sangre, La muerte de un gallero –al lado de Elsa Aguirre al igual que en Albur de amor (79)-, Soy el hijo del gallero –de 1977-, Benjamín Argumedo y Los triunfadores de 1978 y Persecución y muerte de Benjamín Argumedo (1979).
Entrada la década de los 80, además de participar en cintas como Los gemelos alborotados, Viva México y sus corridos, Viva el chubasco, El rey de oros decide financiar otro tipo de producciones de crítica social y ambientes populacheros y de provincia dirigidas por su amigo y realizador de cabecera de los70 a la fecha, Mario Hernández: ¡Qué viva Tepito!, Noches de carnaval, El tonto que hacía milagros, Contrabando y muerte, Astucia. Por supuesto, Antonio Aguilar seguía filmando con él otras películas con nuevos héroes campiranos tal fue el caso de: Domingo Corrales, Lamberto Quintero o El hijo de Lamberto Quintero, para regresar gracias al material de archivo a otra épica espectacular del zapatismo: Zapata en Chinameca.
Dirigida en 1988 por Mario Hernández y protagonizada por José Carlos Ruiz, María Rojo y Blanca Guerra, Zapata en Chinameca resulta una versión libre de La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes elaborada con fragmentos de la película Emiliano Zapata de Cazals, con un guión de Xavier Robles y Guadalupe Ortega. Era el recuento de un falso general, traidor a los ideales de “tierra y libertad”, convertido después en terrateniente dedicado a ocultar títulos de propiedad y finalmente en voraz cacique. Al momento, Antonio Aguilar aún sigue produciendo cintas como Triste recuerdo (1990) y El Chivo (1992) con él mismo y Flor Silvestre dirigidas por Mario Hernández y La Güera Chabela (1993) de Jesús Cárdenas, al tiempo que continúa trabajando en su espectáculo ecuestre al lado de Flor Silvestre y sus hijos. Se trata sin duda de una vida dedicada al cine y una carrera administrada con empuje y sabiduría.
*Nota: Este texto fue publicado originalmente en la revista SOMOS en su número especial dedicado a Don Antonio Aguilar en 1994 y se publica con autorización expresa de su autor.
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1 comentario:

Mariachis en Bogotá dijo...

Gracias por publicar, la información es muy interesante.