5 feb. 2017

Cervantes y Shakespeare, frente a frente

Cervantes y Shakespeare, frente a frente/ Emilio Martínez Mata, dirige un grupo internacional sobre la interpretación del Quijote y es autor del libro Cervantes comenta el Quijote.

 El País, 5 de febrero de 2017.
La coincidencia en el tiempo, hasta el punto de que su fallecimiento se produce con solo once días de diferencia, ha hermanado a Cervantes y a Shakespeare, los dos grandes genios de la literatura occidental. Los dos han tenido una enorme influencia en la cultura occidental y, de hecho, la siguen manteniendo: Cervantes en la novela contemporánea, Shakespeare, más que en el teatro, en el cine y en las series de televisión.
Aparte de esa simultaneidad en el tiempo y de las ineludibles coincidencias culturales y literarias (los modelos literarios entonces, tanto para españoles como ingleses, eran los mismos: los autores grecolatinos y los italianos), son escritores con notables diferencias. Si bien resulta absurda la confrontación entre creadores, no ha dejado por ello de producirse, generando además una expectación nociva. No hay más que pensar en la de Cervantes frente a Lope o la bien conocida de Quevedo frente a Góngora.

La polémica por las distintas actitudes oficiales ante la conmemoración del centenario del fallecimiento de los dos escritores, con la plena implicación del gobierno inglés frente a la pasividad del español, que se ha limitado a dar amparo en un página web a las iniciativas particulares, ha reactivado la celebración cervantina. Pero mientras en las iniciativas inglesas Cervantes ha estado ausente, salvo en el mundo académico (y a instancias de hispanistas, como Edwin Williamson en Oxford), han sido frecuentes los congresos o reuniones en España en los que los dos escritores han ido de la mano. Así lo ha hecho la propia agencia estatal, Acción Cultural, que se encarga de difundir nuestra cultura en el exterior. Aunque deberíamos ir más allá del simple sacar provecho de un importantísimo activo cultural y ser conscientes de qué es lo que celebramos.
Cervantes y Shakespeare comparten bastante más que una coincidencia cronológica, los dos se sitúan, por derecho propio, en el punto de partida de la literatura moderna. Sus protagonistas no serán ya personajes de una pieza sino complejos, contradictorios. La fuerza verbal de Shakespeare, la sutileza y expresividad de sus conceptos, la intensidad argumental, la compleja dimensión psicológica de sus personajes son rasgos que siguen teniendo plena vigencia, que han trascendido además el teatro para pasar a otros géneros, como el cine y las series televisivas.
Para muchos, esa pervivencia de Shakespeare en medios tan populares vendría a otorgar al escritor inglés una relevancia que no habría alcanzado Cervantes. Pero no debemos perder de vista que el Quijote se convierte en la base sobre la cual los novelistas ingleses del siglo XVIII construyen el género de la novela, iniciando una senda que transitarán los grandes novelistas del XIX y buena parte de los contemporáneos (Austen, Dickens, Twain, Melville, Stendhal, Flaubert, Turgueniev, Dostoievski, Tolstoi, Galdós, Clarín, Conrad, Joyce, Kafka, Faulkner, Fowles, Kundera, Lodge, Rushdie y tantos otros que se podrían citar).
La influencia del Quijote no se limita a personajes y episodios, sino que va a determinar la propia concepción de la novela moderna, proporcionando una clave nueva para leer la ficción. Sin duda, la huella más importante es el llamado «principio quijotesco», que los novelistas del XVIII y XIX van a entender como el desajuste entre literatura y realidad pero los románticos como el desajuste entre el individuo y el mundo. Por supuesto, encontramos también otras influencias notorias, como la caracterización ambivalente de los personajes (don Quijote es loco y cuerdo a la vez; Sancho, simple pero ingenioso; los personajes no son enteramente malos ni por completo buenos), la ironía y el diálogo cómplice del autor con el lector gracias a la autonomía y capacidad irónica que Cervantes proporciona a la voz narradora, una autonomía y capacidad irónica verdaderamente revolucionarias.
Debemos tener en cuenta también que, aparte de ese papel esencial en el nacimiento de la novela moderna, el Quijote adquirió, a partir del siglo XVIII, una dimensión que trasciende lo literario: los intelectuales ilustrados vieron en la novela cervantina el testimonio más fidedigno del cambio de época, el texto que mejor reflejaba cómo una sociedad había dejado atrás unos valores, una concepción del mundo, la del Antiguo Régimen, que pretendían superar. De un modo similar, los románticos encontraron en el Quijote la expresión de su propio anhelo, el de servir, al precio que fuera, los propios e íntimos ideales, aun cuando puedan entrar en conflicto con la sociedad. De ahí el valor simbólico que adquiere en seguida, y que en nuestro tiempo se ha aplicado a causas tan diferentes y aun opuestas.
Por ese camino, las interpretaciones del Quijote se han distanciado del texto cervantino, transparente y situado del lado de la amabilidad y de la comprensión de los comportamientos humanos, de las motivaciones que mueven las conductas de las personas, representadas no ya en el contradictorio protagonista, convertido por los románticos en el centro de atención que ha provocado la marginación de los demás, sino en el resto de los personajes, construidos con la “arcilla” humana pese a todo lo que puedan tener de convenciones literarias. Esa vía simbólica es la culpable de que hayamos relegado lo que en definitiva resulta más próximo a nuestra sensibilidad: la benevolencia de Cervantes y su confianza en el género humano, en su capacidad para enmendar su comportamiento.
Por su parte, Shakespeare nos muestra al hombre como un ser desvalido en un universo inabarcable y a menudo carente de sentido. Su visión sombría de la vida se percibe también en el modo con el que descubre las angustias inherentes al hombre sin dar solución, sin proponer una respuesta. Sus personajes son incapaces de comprender las motivaciones de los demás, imposibilitados de evolución por la influencia de los otros.
Cervantes también es consciente de que el conflicto de la existencia es inherente a la naturaleza humana, consecuencia de las dificultades para una relación justa y armónica entre los hombres y de la complejidad del alma humana. Pero Cervantes, en cambio, nos muestra unos cuantos ejemplos de personajes, muchos de ellos mujeres admirables, que se labran su destino, que se enfrentan al conflicto de la existencia con ánimo decidido e independiente.

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