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"La justicia y el derecho son los cimientos de la prosperidad y la libertad de la Nación...FCH.


El Presidente Calderón en la Ceremonia del CCVI Aniversario del Natalicio del Licenciado Benito Juárez García
Ciudad de México, 21 de marzo del 2012
Señor Ministro Juan Silva Meza, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Señor Senador José González Morfín, Presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República.
Estimados Secretarios Alejandro Poiré Romero, de Gobernación; General Guillermo Galván Galván, de la Defensa Nacional; Almirante Mariano Francisco Saynez Mendoza, Secretario de Marina.
Muy estimados familiares y descendientes del Presidente Benito Juárez García.
Jóvenes estudiantes.
Muy apreciados soldados y marinos de México.
Estimados colaboradores.
Distinguidos invitados especiales.
Señoras y señores:
Hoy, nos hemos congregado en este Palacio Nacional, en el corazón político de México y, en particular, donde fuese la casa del Presidente Benito Juárez, para conmemorar este CCVI Aniversario de su natalicio.

El Presidente Juárez es el arquitecto de los derechos y las libertades de los mexicanos, es el constructor del entramado legal que nos gobierna.
En medio de la mezquindad colectiva, de la envidia y de la incomprensión, fue el artífice de nuestra Nación y el más férreo defensor de la soberanía de la Patria.
Quizá, por eso, él mismo llegó a decir, en 1861, cuando terminaba la Guerra de Reforma y a punto de comenzar estaba la Intervención Francesa, las siguientes palabras: Me considero como un arquitecto en medio de ruinas, que me afano por lograr la unión y la solidez de los multiplicados materiales para la grande obra del gobierno, mirando, a veces, con tristeza, que no se secundan los esfuerzos de todos aquellos que nos hemos consagrado a trabajar sin tregua por la posteridad y la salvación de la Patria.
Ciertamente, después de la Consumación de la Independencia, en 1821, nuestra Nación no pudo consolidar su libertad y prosperidad en muchas de las primeras décadas de su vida.
El sistema político no terminaba por cuajar. Persistía  la discriminación humana, social y racial. El país se hallaba en una constante crisis financiera, en un creciente endeudamiento, y las asonadas, los levantamientos y las guerras civiles eran recurrentes.
Era claro que no sólo se trataba de romper las cadenas que sujetaban a México de España, sino de hacer surgir un país con nuevas leyes e instituciones, y con  un nuevo orden vigente, que permitiera, precisamente, mayor  justicia, mayor libertad y mayor  igualdad entre los mexicanos y que, al mismo tiempo, diera a nuestra Nación la oportunidad de avanzar como un país en la modernidad y en la prosperidad, que asomaba ya al concierto internacional.

En vez de ello, México se hundió bajo la dictadura de Antonio López de Santa Anna. Fue víctima de sus propias divisiones internas y objeto de sucesivas agresiones extranjeras; una de las cuales arrebató la mitad de nuestro territorio. En ella, por cierto, no fue ni siquiera una mayoría de mexicanos la que se aprestó a la defensa de la Patria.
Y en ese turbulento Siglo XIX, a mediados del mismo, Benito Juárez, junto con toda una generación de liberales, propugnaba por una nueva Constitución, que diera paso al México anhelado de la libertad y la justicia.
Definidos, precisamente, como liberales, él y los suyos, fue firme defensor de la libertad de expresión, de la libertad de culto, de la libertad de manifestación, de la libertad de tránsito, de la libertad de trabajo, de la libertad de educación, de la libertad de reunión, de las garantías individuales y los derechos.
 Juárez decía: Libertad. Libertad en todo y para todos. Ese es nuestro programa, y hemos de llevarlo a cabo.
Pero, quizá, no todos los mexicanos estaban, entonces, preparados para asumir esta transformación imprescindible de México. En el Sigo XIX, había quien prefería el sistema heredado de la Colonia, aunque éste atrapara a México no sólo en su pasado, sino en una abominable sumisión.
Fue así que el país cayó en una dolorosa guerra civil, que conocemos como la Guerra de Reforma. En medio del conflicto armado, Benito Juárez promulgó, precisamente, las Leyes de Reforma, que fueron base del Estado mexicano moderno.
 Y al terminar esta guerra, la paz para reconstruir el país, por desgracia, no duraría mucho. Inglaterra, España y, especialmente, Francia, hicieron reclamos financieros. Y Francia decidió ir más allá. Invadió nuestro país, con la ambición de fundar un imperio en tierras mexicanas e imponer su capricho entre los nuestros.

 En 1862 comenzó, así, el periodo que conocemos como la Intervención Francesa, misma que duraría hasta 1867 en que, gracias al pundonor de Juárez, se restauró la República. Y fue en ese episodio amargo para la Patria que Benito Juárez se convirtió en el más férreo defensor de nuestra soberanía.
 Con valentía y con una fe inquebrantable en el porvenir de México, mantuvo al Gobierno, a las instituciones y a las leyes de la Nación. Miles de patriotas se congregaron a su alrededor para defender a la Patria, aún a costa de su propia vida.
 Este año, con orgullo, con admiración, festejaremos el Sesquicentenario de la Batalla de Puebla, 150 años en que las tropas del General Ignacio Zaragoza derrotaran al Ejército francés, considerado en su época, sin duda alguna, el mejor del mundo.
 Y gracias a la entereza y el liderazgo de Juárez, nuevamente, los mexicanos de entonces triunfaron durante la Intervención Francesa, y la derrotaron.
 En la Ciudad de Querétaro, el 15 de mayo de 1867 las tropas mexicanas al mando del General Mariano Escobedo, pusieron fin al Imperio de Maximiliano que había sido impuesto por Napoleón III.
 Maximiliano fue llevado a juicio por sus actos en esa misma ciudad y fueron muchos los ruegos de indulto y las presiones internacionales sobre Juárez, pero al final prevaleció la justicia y Maximiliano fue fusilado.
 Juárez no separaba la ley y la justicia. Él era un hombre de una sola pieza y defendió a México y los derechos de los mexicanos de principio a fin.
Por ello, un poeta y escritor de la talla de Ignacio Manuel Altamirano lo llamaría el Segundo Padre de la Independencia Mexicana, equiparándolo con don Miguel Hidalgo y Costilla.
Altamirano dijo: Juárez por eso será el Segundo Padre de la Independencia Mexicana. Y para decirlo de una vez, no sólo ocupa el primer puesto en nuestra Patria por el sufragio de los pueblos, sino porque se ha mostrado superior ante los más rudos golpes de la fortuna.
 Gracias a Juárez, México existe. México es un país que se preservó de la voracidad extranjera, un país que rompió sus ataduras entonces de una vez y para siempre.
 Un México fundado en los derechos y libertades de los mexicanos, como la piedra angular sobre la cual se edifica nuestra soberanía y nuestra democracia.
 Después del triunfo de la República, Benito Juárez persistiría férreamente en la construcción de un país de leyes y de justicia, en las cuales creía, porque en su trayectoria hacia la Magistratura de la Nación, se había desempeñado con brillantez, como Ministro de la Suprema Corte de Justicia.
 Sin desconocer el derecho, entendía perfectamente no sólo la ley y su formalidad, sino, sobre todo, sus fines, los fines que le son propios, y el impacto de la aplicación misma de la ley en la sociedad y en la convivencia.
 Por ello, expresó ante el Congreso de la Unión, en septiembre de 1869: La aplicación de la ley contra ladrones y plagiarios ha producido ya un efecto conveniente para ahuyentar a los criminales y para contribuir al restablecimiento de la seguridad pública.
 Por eso, también, fue inflexible ante quienes, violando la ley, robaban, asesinaban o secuestraban a los mexicanos de entonces.
 Juárez pudo, así, poco a poco, con la ley en la mano y con la justicia en el alma y en el corazón, restaurar el orden, la paz y la justicia, hasta que la muerte lo sorprendió.
 Hoy, como hace siglo y medio, la justicia y el derecho son los cimientos de la prosperidad y la libertad de la Nación.
 Hoy, los mexicanos requerimos reforzar nuestro andamiaje institucional, hacerlo valer; fortalecerlo, precisamente, en el marco de la ley, y a la ley en la orientación de los fines que le son propios.
 Sólo así, el Estado será capaz de enfrentar los desafíos que tiene enfrente, y con éxito. Desafíos que, siendo grandes, no son de la envergadura ni de la dimensión a los que enfrentara Juárez en su momento, y la generación de liberales que lo acompañaron.
 Por eso, es importante que en momentos de prueba, de los cuales el país está saliendo avante, nos empeñemos, precisamente, en fortalecer aún más nuestras leyes y nuestro andamiaje institucional.
Por eso, es importante, y con todo respeto lo expreso, que las y los señores Legisladores puedan valorar, discutir y aprobar leyes fundamentales para consolidar el Estado de Derecho, en estos momentos en que nuestro país vive tan singular amenaza criminal.
De estos cuerpos legales, enfatizaría quizá la importancia de regular en la Ley de Seguridad Nacional, el refuerzo indispensable y el ordenamiento de los procesos a seguir para que las Fuerzas Armadas de México tengan una mayor certidumbre en su tarea de preservar la seguridad interior del país, y de apoyar a las autoridades ministeriales y de seguridad en todo el territorio nacional, frente a los criminales, que destruyen el tejido social con su crueldad y con su barbarie imponen, precisamente, la inseguridad y la muerte.
O la Ley del Mando Único Policial, que permita, precisamente, establecer criterios orgánicos unificados, uniformes y confiables en todas y cada una de las entidades federativas, para que mandos fuertes, eficaces y leales a los ciudadanos, y no a los criminales, dotados de mayores capacidades y tecnologías, puedan asegurarnos que las policías civiles estén, precisamente,  en capacidad de cumplir con su función, y estén al servicio de la ciudadanía, y no de la criminalidad.
O las leyes contra el lavado de dinero, o las que reforman la materia de extinción de dominio, porque es indispensable desmantelar la capacidad financiera de los criminales.
El objetivo es cortar el flujo de dinero, con el cual los delincuentes fortalecen su organización, compran miles de armas asesinas y sobornan a las autoridades, que son frágiles, precisamente, en su convicción de servicio público.
Finalmente, las reformas al Código Federal de Procedimientos Penales, que nos permita acelerar las reformas en materia de justicia que ya han sido aprobadas y que, sin duda alguna, traerán un amplio beneficio a la Nación.
El fin propio del Estado, es el bien común, la seguridad y la justicia. Nuestro deber es reforzar el Estado de Derecho, a través de la consolidación de los fines que le son propios y el cumplimiento de la ley, que obliga por igual a todos los servidores públicos en todos los poderes.
Debemos adaptar a México al presente, pero también prepararlo para un futuro promisorio. Garantizar, precisamente, que México pueda, en este Siglo XXI, ser una Patria justa, una Patria libre, una Patria democrática, como la anhelaba Juárez, y por la que trabajó hasta su aliento último.
 Señoras y señores:
 Benito Juárez anheló ese México; un México moderno y sin ataduras coloniales, un México de ciudadanos y libertades, y ofrendó su vida para alcanzarlo. En aquel momento del país, en el caos prevaleciente, tales ideales parecían una simple quimera. Eran muchas las ataduras y las inercias del país, el cambio parecía imposible. Pero ellos tuvieron la claridad de ver más lejos de los obstáculos y tuvieron, Juárez y los liberales, la firme libertad de perseverar en su propósito.
 Su causa tuvo que defenderse con enormes sacrificios. Y, por eso, hoy, la Reforma es, junto con la Independencia y la Revolución, momento fundacional de la Patria.
 Hoy, en democracia, nuestra generación tiene la oportunidad y el deber de transformar a México, de realizar un cambio pacífico que pueda vencer las inercias, las resistencias y los intereses que enfrentamos. De efectuar un cambio profundo y sustancial, que convierta a México en el país seguro, justo y próspero que está llamado a ser.
 Es, por eso, hora de transformaciones profundas, transformaciones que se necesitan y que reclaman los ciudadanos.
Hora, también, de asumir los riesgos que tales cambios implican y de rechazar toda tentación autoritaria.
De liberar, precisamente, las amarras que pretenden sujetarnos a un pasado de arbitrariedad, de corrupción o de impunidad.
Es la hora, también, de seguir adelante en los cambios que hemos emprendido, porque sólo así habremos de consolidar la Nación justa por la que lucharon Juárez y la generación de liberales.
 Y eso, estoy seguro, será nuestro mayor homenaje al Benemérito de las Américas.
Muchas gracias.

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