18 may. 2017

Las víctimas de la frontera merecen un monumento

Las víctimas de la frontera merecen un monumento
The New York Times, Jueves, 18/May/2017
La frontera es un cementerio sin memoria.
Según un reportaje de Manny Fernández en The New York Times, es mayor el número de personas que han muerto en los últimos 16 años al cruzar ilegalmente de México a Estados Unidos —6023, según la Patrulla Fronteriza— que el total de víctimas del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001.
Y hay otra diferencia: quienes perecen en el trayecto del sur al norte también pierden su identidad. Los restos y objetos personales anónimos que dejan son catalogados en sitios como el Centro de Antropología Forense de la Universidad Estatal de Texas, en San Marcos, Texas, donde se les asigna un número que los distingue en la Operation Identification, un proyecto que incluye una colección inventariada de más de 2000 objetos y 212 cuerpos, la mayoría no identificados.
Un par de ejemplos. El caso 0435 tenía una pelota nueva de béisbol, marca MacGregor, en la mochila. Y el 0469 llevaba una pulsera que era una cinta verde atada con un nudo. Hasta ahí llegan los recuerdos que tenemos de ambos.

El tránsito ilegal a los estados de California, Texas, Nuevo México y Arizona es una tragedia inconmensurable. Demuestra, una vez más, que no todas las muertes son iguales. La solvencia económica decide quién merece un lugar en la memoria colectiva y quién, por el contrario, queda en el olvido.
6023 es más que una cifra. El efecto de cada una de estas víctimas crea círculos concéntricos. Cada una tenía padres, cónyuges, hermanos, hijos, amigos. El dolor de su desaparición y la de los otros latinos que murieron en pos del sueño americano reverberará en las vidas de sus deudos por largo tiempo.
A diario somos testigos de lo desvalorada que es la vida del inmigrante hispánico. El abuso de la policía, la infraestructura en estado ruinoso de los barrios, la falta de recursos en las escuelas. Estos problemas requieren atención. Y también es hora de considerar la memoria de los que ya no están, los ecos que su muerte emite entre los vivos. Porque la gente no muere y sanseacabó.
Es por eso que propongo erigir en el Mall de Washington, DC —es decir, en el corazón del poder político— un museo o un monumento que inmortalice a las víctimas de la frontera, a través del cual no solamente les devolvamos la identidad perdida sino el lugar que merecen en nuestra mitología nacional. Junto a ellas están los balseros cubanos que se ahogaron en el estrecho de la Florida. O los puertorriqueños que sucumbieron en la odisea de la isla caribeña a Manhattan durante “la gran migración” de la década del cincuenta.
Me refiero a un cenotafio, palabra que en griego quiere decir “tumba vacía”. En la antigüedad estas edificaciones estaban dedicadas a uno o más mártires cuyo legado dejaba una estela simbólica y cuyos restos estaban en otro sitio.
En Washington tenemos construcciones análogas que evocan la memoria de las víctimas judías del holocausto perpetrado por los nazis. O dedicadas a los cientos de miles de esclavos africanos encadenados que fueron traídos a través del océano Atlántico durante el siglo XVII. O a los soldados que fallecieron en diferentes guerras, como la de Vietnam. Pero no hay nada que rinda tributo a los muertos que cruzan la frontera y otros latinos que se han lanzado a los brazos del destino en aras de un futuro mejor.
Esa, al fin y al cabo, es la meta del sueño americano y los 6023 desaparecidos son parte de ese sueño. Utilizo el término “desaparecido”, que designa a quienes fueron aniquilados por las juntas militares durante la Guerra Sucia en los años setenta en países del Cono Sur, porque me parece equiparable. Los dos son víctimas. El desaparecido es víctima de la violencia de Estado; el inmigrante es víctima de carencias económicas, de la corrupción gubernamental, del narcotráfico, de los pandilleros.
Si bien la ideología de los que cruzan ilegalmente la frontera no se dibuja en un trasfondo de protesta política, en realidad gira en torno al mismo deseo: dejan sus lugares de origen, donde la oferta laboral es mínima, con la esperanza de habitar una sociedad más justa, menos desigual, en la cual sus hijos tendrán más oportunidades. ¿No merecen nuestro respeto?
Soy consciente de lo utópica que es mi propuesta. Tal es la animadversión del gobierno de Donald Trump hacia los “ilegales” que imaginar siquiera un obelisco que homenajee a los muertos sin nombre resulta quijotesco.
Sin embargo, el problema es más complejo. Más allá de quienes sean, para que el Mall les abra un espacio, el grupo conmemorado por lo menos debe haber ascendido a la clase media. De otra manera carece de prestigio social.
Esto significa que los latinos carecemos de la fuerza e influencia necesarias para crear una cultura filantrópica con solvencia que impulse esfuerzos como el que requiere la edificación de un monumento. No tenemos donantes o mecenas que abran un espacio en el Mall.
La única institución latina en Washington es el Smithsonian Latino Center, más conocido por los vergonzosos escándalos de sus líderes o por lo convencional de sus exhibiciones que por atreverse a llamar la atención al ensanchamiento de la memoria colectiva.
Se dirá que para recordar a las víctimas fronterizas acaso el lugar apropiado, por razones geográficas, sea la misma frontera. Al fin y al cabo, el monumento más importante al 11 de septiembre está en Nueva York. Pero el Mall es, metafóricamente, un panteón de mitos. Los tributos que rinde no son exclusivamente a aquellos que cayeron en territorio nacional. El Holocausto ocurrió en el continente europeo y una de las principales instituciones que lo recuerda está en la capital estadounidense. Lo mismo la Primera y Segunda Mundial, la guerra de Vietnam, Corea.
Se dirá, además, que las personas que perdieron la vida eran indocumentados, es decir, criminales, y que recordarlos en el Mall, con fondos privados o federales, sería imperdonable porque no eran patriotas. El argumento es ridículo. Criminal no es el que sueña sino el que mata. Y patriota no es el que iza la bandera y canta el himno sino el que se sacrifica por ellos.
Mientras la minoría latina no sea valorada, así en la vida como en la muerte, igual que todas las otras minorías, el racismo, la xenofobia y, especialmente, el antihispanismo, extenderán sus tentáculos.
Erigir el monumento servirá de antídoto a la injusticia del olvido. Probará que el sacrificio de unos es tan meritorio como el sacrificio de otros.
Tal como van las cosas, los latinos tardarán por lo menos otra década para que su clase alta colectivamente tenga los fondos necesarios y entienda la función histórica y el impacto ecuménico de la filantropía. Hay que empezar, pues, en otra parte.
Despertemos el interés de donantes y mecenas de otros grupos. Y presionemos, de forma organizada, para que el gobierno federal invierta no solamente en mejorar la situación de los vivos sino en devolverles el honor y la identidad a los muertos.
Les debemos el recuerdo.

Ilan Stavans tiene la cátedra Lewis-Sebring de culturas latina y latinoamericana en Amherst College y es director de Restless Books. Sus últimos libros son I Love My Selfie (Duke) y Pablo Neruda: All the Odes (FSG).

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