30 jul. 2017

'Sexenio contado por hijos de políticos'

'Sexenio contado por hijos de políticos'
Actualmente, Juan Pablo Villalobos vive en España, pero visita México recurrentemente. Durante el mes de julio dio clases de novela corta en el país. 
En 2016, Villalobos, fue seleccionado ganador del 34 Premio Herralde de novela con su obra "No voy a pedirle a nadie que me crea"; compitieron ese premio 512 obras. 
Explorar los límites del humor, es una de las claves del escritor. 
Foto de Hugo Balcázar

Andro Aguilar
R, Reforma, Cd. de México (30 julio 2017).- Para el escritor Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973), la trama de sus historias está subordinada al personaje que las narra, por lo que si tuviera que escribir la novela que retrate lo que ha sido el México de este sexenio, la voz ideal para contarla en primera persona sería el hijo de un político.
"Elegiría la voz de alguno de los hijos de nuestros políticos, alguna de las hijas de (Enrique) Peña Nieto, de los hijos de los políticos que están siendo perseguidos por casos de corrupción, y contaría ese mundo despreocupado que estos chicos tienen gracias a este sistema de corrupción perfecto que los beneficia.

"Estos chicos están a salvo, no tienen ningún peligro, porque la violencia no los toca, ni la inseguridad económica. Sería una voz desde el cinismo y la despreocupación quien podría reflejar muy bien el país que tenemos", señala.
El jalisciense retrató en sus primeras tres novelas -siempre irreverente- la violencia, la desigualdad y el conservadurismo mexicanos, a partir de los narradores de sus historias.
Así, en Fiesta en la madriguera (Anagrama, 2010), Villalobos expuso el mundo sangriento del narcotráfico a través de los ojos de un niño.
En su segunda novela, Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama, 2012), el tapatío abordó la pobreza, la desigualdad y la crisis económica de los años ochenta, con la historia de una familia empecinada en acceder a la clase media.
La forma como se construye la memoria histórica fue encarada por el autor en su tercer libro: Te vendo un perro (Anagrama, 2014), en donde también reivindica el papel de los marginados.
En No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama, 2016), la novela con la que Villalobos obtuvo el Premio Herralde, la trama gira en torno a una red trasnacional de lavado de dinero orquestada por mexicanos.
A pesar de que Villalobos sostiene que la ficción y la realidad son líneas paralelas que no se tocan, reconoce que la idea de que la realidad supera a la ficción en México ocurre por la poca verosimilitud de las historias de la clase política.
"(Ocurre) en vista de lo grotesca que es nuestra realidad, en vista de que a veces la realidad mexicana parece que tiene un muy mal guionista, que tiene un muy mal escritor detrás".
Y pone como ejemplo el caso paradigmático de corrupción gubernamental reciente: Javier Duarte.
"Si uno piensa en el escándalo de corrupción del ex gobernador de Veracruz, uno pensaría que esa historia está muy mal escrita, es absolutamente inverosímil, no respeta ningún código de verosimilitud. Sin embargo, es hasta donde sabemos, la realidad".
Pero la ficción, advierte Villalobos, tiene otros potenciales, es capaz de tocar la realidad y sugerir lecturas alternativas, ofrece vías para sobrevivir a esa realidad.
Para escribir sus tres primeras novelas desde Barcelona, con México como escenario, Villalobos se basó en lo que recordaba al haber residido en su país hasta los 30 años de edad. Le tocó ver devaluaciones monetarias, inflación económica, magnicidios políticos, enriquecimientos ilícitos y el asentamiento de las drogas para consumo en el territorio mexicano.
La fiesta de los libros
Y, sin embargo, hasta 2003, cuando Villalobos dejó México, la alternancia había llegado a Los Pinos tras siete décadas de gobiernos del PRI, no había una "guerra contra el narco" y la violencia no alcanzaba los niveles actuales, no vistos desde hace dos décadas.
A distancia, con un enfoque distinto, Villalobos pudo explotar su creatividad literaria al escribir sobre México desde Barcelona. Pero después comenzó a sentir que ya no entendía a su país de origen.

"Eso era un problema: si quería seguir teniendo una literatura centrada en México, basada en la memoria del lugar que recordaba, corría el riesgo de hablar de un país que no existía más. De idealizarlo o, peor aún, de folclorizarlo".

Ese conflicto lo resolvió al aceptar que con la tercera parte de su vida fuera de México ya no era la misma persona.

"Mi identidad ya no puede considerarse mexicana. No puedo seguir escribiendo como si fuera un escritor exclusivamente mexicano sobre las realidades mexicanas".

Villalobos no tiene planes para regresar a México en un corto plazo. A pesar de mantener una estrecha distancia con su país de origen, prefiere que sus hijos crezcan en un ambiente menos violento.

"Sería deshonesto y demagógico que te dijera que no. La verdad es que sí. Sigo muy atento las noticias y la realidad política y social de México. Me mantengo muy en contacto con los amigos y la familia y trato de enterarme de la realidad. Vengo con frecuencia. Percibo ese cambio que ha sufrido el país en los últimos años. Las cifras están aquí para decirnos que no es una paranoia. Hay una verdadera ola de violencia y motivos para preocuparse.

"Hemos perdido la confianza en el espacio público y en las relaciones sociales abiertas. Estamos en un estado permanente de alerta. Eso me parece que es un ambiente en el que no me gustaría que mis hijos crecieran. Lo digo honestamente. Mi familia está aquí, mis sobrinos, es la realidad que ellos tienen. Para mí, que en este momento mis hijos estén creciendo en un entorno más tranquilo, 'protegidos' nunca se sabe, me da muchísima tranquilidad".

Y es justamente la falta del espacio público lo que el escritor echa de menos de Barcelona cuando está en México.

"Mientras no reivindiquemos y rescatemos el espacio público como sociedad vamos a tener muchos problemas, incluyendo la violencia. La falta de espacio público tiene varias implicaciones. Una en lo social; si no hay espacio público, no hay donde la gente conviva, se reúna".

Otra de las problemáticas que se han transformado en México desde que Villalobos partió es la migración transnacional y el control criminal de los flujos de personas que buscan llegar al norte a través del territorio mexicano.

En 2018, el jalisciense publicará por primera vez un libro de no ficción, que narra en formato de cuento los trayectos de 10 menores de 9 a 17 años de edad que cruzaron México desde El Salvador, Honduras y Guatemala, para llegar a territorio estadounidense.

"Es raro, porque es un libro de no ficción que utiliza herramientas de la ficción. Se publicará simultáneamente en español y en inglés. En principio, se llamaría Yo tuve un sueño, que es un título que salió de una de las entrevistas con una jovencita hondureña, que tiene una historia muy dura, y que es un eco de la frase de Martin Luther King, pero en tiempo pasado. Ahora dudo, porque dentro de las protestas contra Trump se usó esa frase", explica.

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Juan Pablo Villalobos nació en Lagos de Moreno, Jalisco, un municipio con poco más de 150 mil habitantes descrito por el escritor en su literatura como un lugar con "más vacas que personas, más charros que caballos, más curas que vacas...".

Villalobos se crió en una familia católica, con cuatro hermanos. Es hijo de una ama de casa y de un médico. Es un asiduo lector de Historia. De ello y del contacto con su padre y sus tíos alimentó la conciencia política que plasma en sus libros, como uno de los personajes de su segundo libro: un profesor de civismo especializado en insultar a los gobernantes corruptos.

"Es el padre de mi generación. El padre nacido en los 30, 40, con una decepción profunda con el rumbo y la política del país y que su único recurso para reaccionar ante la realidad aplastante de la corrupción y del cinismo era el insulto".

A los 15 años de edad, Villalobos se mudó a Guadalajara para estudiar la preparatoria. Desde entonces, ya sentía una afición por la literatura, pero no lo veía como una profesión.

Después de estudiar una licenciatura en Administración y Mercadotecnia, en el verano de 1998, cuando manejaba un portal de ventas electrónicas, decidió dedicarse por completo a escribir.

Así lo narra en una de sus columnas para el blog de La Compañía de las Letras, en Brasil. Recuerda que fue en la playa de Rosarito, Baja California y que había bebido un poco.

Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Xalapa. Una de sus razones fue que Sergio Pitol -un autor al que leía constantemente- formaba parte de la plantilla académica.

En 2006, cuando Villalobos y su compañera de vida, la brasileña Andreia Sánchez Moroni, esperaban a su primer hijo, el jalisciense comenzó a escribir su primera novela.

Ya radicado en Barcelona, Villalobos envió el manuscrito de esa obra a varias editoriales, incluida Anagrama, con la intención de competir por el premio Herralde. Esa casa le respondió que, por tiempos, no alcanzaba a participar en el certamen, pero le ofreció publicarla.

Así, sin ninguna conexión previa, Villalobos ingresó al mundo editorial.

El autor escribió también No estilo de Jalisco, una obra que sólo se publicó en portugués, en el marco de la Copa Mundial de Futbol de Brasil, donde vivió de 2011 a 2014 con su familia.

Con No voy a pedirle a nadie que me crea, Villalobos se convirtió en el sexto mexicano ganador del Premio Herralde, junto con algunos de sus escritores fundamentales como Sergio Pitol (Desfile del amor, 1984) y Daniel Sada (Casi nunca, 2008); además de Juan Villoro (El testigo, 2004); Álvaro Enrigue (Muerte súbita, 2013) y Guadalupe Nettel (Después del invierno, 2014).

Siete años después de haber publicado su primera novela, la obra de Villalobos ha sido traducida a idiomas como el inglés, portugués, alemán, húngaro, rumano, holandés, japonés. En México, el sello Anagrama ha reimpreso sus cuatro novelas y en España ya publicó su primera obra que compendia textos escritos en catalán.

Además de escribir novelas y cuentos, Villalobos ha publicado textos periodísticos y es traductor -del portugués al castellano- de autores como los brasileños Rodrigo de Souza Leão, Raduan Nassar y Clarice Lispector.

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Desde el comienzo de su carrera, Juan Pablo Villalobos manifestó su interés por las obras breves. Este año, empezó a impartir un taller de novela corta -El arte de lo mínimo-, en el que expone su metodología.

Ahí, reivindicó su decisión de escribir a mano y confesó que quiere crear escuela en ello, ya que esta práctica implica un proceso mental distinto, más pausado.

"Yo escribo un rato, hasta que me canso, 30 o 40 minutos, e inmediatamente lo escribo en la computadora. No es una transcripción, es una relectura y la primera reescritura. Quizá lo que escribiste a mano te das cuenta que no sirve. Hay cosas que ya no transcribes", explicó en el taller que dio en Casa Lamm los primeros días de julio, ante poco más de una docena de alumnos.

Villalobos expuso otra ventaja de trabajar así: todo queda registrado en el papel.

"Si ustedes borran cosas en la computadora, al menos de que sean maniáticos que guarden miles de versiones, lo perderán. En el cuaderno se queda todo, incluso lo que tachas.

"Me gusta esa materialidad de la escritura. Uno se vuelve obsesivo del tipo de papel que utiliza, del tipo de tinta; son rituales", dice quien también usa sólo su propia pluma para firmar las dedicatorias que le solicitan sus lectores.

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En Barcelona, Villalobos se transporta principalmente a pie. Suele recorrer cafés y plazas públicas con audífonos puestos, pero sin ningún sonido. Le funcionan para pasar desapercibido mientras escucha conversaciones ajenas.

Toma notas de diálogos y algunas de esas frases las publica en su cuenta de Twitter (@VillalobosJPe):

"Oído en el parque. El chaval fumando el tercer porro consecutivo:

-No entiendo cómo ganan tanta pasta. No lo entiendo, tío".

En ocasiones, relata los resultados fallidos de su búsqueda:

"Cuatro horas espiando conversaciones en la playa y ninguna frase o diálogo interesante. La felicidad no produce buena literatura".

Y, otras veces, guarda lo que escuchó en la calle para usarlo en sus propias historias. Lo apunta en una libreta que siempre lleva consigo.

"Cuando estás escribiendo una novela también estás en un proceso, estás sobreexcitado, se te van ocurriendo cosas constantemente. Viene un diálogo cuando vas en la calle y tomas nota en ese momento. Después ya lo usarás".

En las etapas en las que se encuentra escribiendo una novela, utiliza, además de ese en el que anota lo que ve y escucha, otros tres cuadernos.

En el segundo apunta cómo va imaginando la novela, ideas abstractas o técnicas: si debe expresar una idea en uno o más párrafos. Si habrá capítulos cortos, uno o más narradores, y sus características.

El tercer cuaderno es un diario y bitácora, donde registra lo que escribió de la novela ese día, qué es lo que tiene pendiente, si falta consultar alguna fuente, o modificar el rumbo de su historia, aclarar características o hilos sueltos de los personajes.

Y, finalmente, el cuarto cuaderno es donde escribe la historia.

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Si Villalobos no come algo a media mañana, se pone de mal humor.

Su padecimiento de gastritis, como el 70 por ciento de los mexicanos, es tema recurrente en sus redes sociales.

"¿Qué género literario es cuando te despiertas y no tienes ranitidina u omeprazol?", escribió hace meses en su cuenta de Twitter.

En su última novela, en la que el protagonista es una parodia de él mismo, un Juan Pablo ficticio tiene su misma formación académica, su misma afición por analizar el humor en la literatura y la misma gastritis.

En No voy a pedirle a nadie que me crea -un título que parodia la literatura autobiográfica interesada en que el lector crea lo relatado por el autor- Villalobos rinde un homenaje a Sergio Pitol y a Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (quien también ganó el Herralde, en 1998).
"Cuando me fui a vivir a Barcelona, tuve una etapa muy mala y lo único que hacía era leer. Recuerdo haber leído a Bolaño en tres días. Sólo leía y comía. Cuando envié el manuscrito de Fiesta en la madriguera, me acusaron de recibido y esa carta la puse dentro de mi ejemplar del libro. No la he movido, hay una especie de homenaje a Bolaño. Es un autor que, de ser honesto, no me interesa tanto. No lo leo mucho. Pero fue importante en su momento".
Otros autores predilectos del jalisciense son el argentino César Aira y el uruguayo Mario Levrero.

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Villalobos ha hecho del humor una clave fundamental de su obra, así aborde temáticas crudas, basado en el precepto de Theodor Adorno: "el arte avanzado escribe la comedia de lo trágico".
"No me interesa la literatura solemne, que se toma muy en serio a sí misma, del autor que se da mucha importancia, del que se pontifica. Me gusta más la literatura que se hace desde una posición de marginalidad; muchas veces esto te lleva a poses poco serias y al humorismo. Soy una persona que valora mucho el humor y eso se manifiesta también en mis libros".

Lo dice quien en sus redes sociales bromea sobre su propio aspecto: "Si la barba no me cierra para el 2020, me afeitaré".

Sobre las costumbres de Lagos de Moreno: "Mi pueblo es tan católico, que de snack la gente come los bordes del cuerpo de Cristo" (mensaje al que añadió una foto de una plantilla de ostias).


E, incluso, sobre sus escritores predilectos: "Cuando Ibargüengoitia escribió 'Estas ruinas que ves', ¿andaba crudo?".

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