El trono galáctico y el abismo terrenal
"Nada te prepara para una emoción así", confesaba la astronauta Christina Koch desde la estrecha cabina de la nave Orion. Pero, como bien señala el escritor Iñaki Ezkerra en El Correo, la verdadera frontera que cruzamos este miércoles con el despegue de la Artemis II no es solo la órbita terrestre, sino la de la dignidad fisiológica. Tras décadas de héroes espaciales lidiando con bolsas y precariedades indignas, la ciencia les ha regalado un inodoro, un WC. Un pequeño paso para el hombre, pero un salto... mucho más limpio para la humanidad.
Resulta reconfortante, y a la vez de un vértigo absoluto, pensar en esa distancia: mientras ingenieros brillantes diseñan la tecnología para que cuatro viajeros realicen sus necesidades sobre nosotros con una comodidad nunca vista, aquí abajo, el mundo sigue en manos de tipos con poder delirante. Es el abismo de nuestro tiempo: una sociedad civil capaz de tocar las estrellas y de operar corazones durante doce horas, pero gobernada por personajes que hablan de misiles y "daños colaterales" con la ligereza de quien cierra un negocio inmobiliario.