La CIA en el País de las ventanillas
Por Fred Alvarez Palafox
¡Vaya sorpresa! Resulta que la CIA no acostumbra tramitar visas de "agente operativo" en las ventanillas del Instituto Nacional de Migración antes de entrar en escena. Casi una semana después del estruendo en la Sierra de Chihuahua, el Gabinete de Seguridad Federal ha tenido a bien informarnos —con una parsimonia que envidiaría un monje de clausura— que los dos estadounidenses fallecidos el pasado 19 de abril eran, ante todo, infractores migratorios.
En una tarjeta informativa que destila un formalismo casi poético (y una ceguera voluntaria), el Gobierno de la República precisó que uno entró como "visitante" —quizá seducido por la mística profundidad de las Barrancas del Cobre— y el otro con pasaporte diplomático. Pero —¡válgame Dios!— ninguno portaba el gafete oficial que autoriza el intercambio de plomo o el desmantelamiento de laboratorios. Es la burocracia mexicana descubriendo, con un asombro herido, que el espionaje internacional no suele ajustarse a los lineamientos de la Ley Federal del Trabajo ni a los horarios de oficina de un país de trámites.
Mientras tanto, el Gobierno se envuelve, una vez más, en el lábaro de la soberanía para recordarnos que la legislación es "clara": los agentes extranjeros tienen prohibido jugar a los soldados en nuestro patio. Resulta fascinante observar cómo intentan tapar el sol con una ciega "tarjeta informativa, donde se habla de "coordinación institucional" mientras de fondo retumba el eco de una realidad que los registros migratorios simplemente no alcanzan a leer. Para la narrativa oficial, si la CIA no tiene acreditación, entonces es un fantasma; aunque sus bajas en el terreno tengan nombre, apellido y un peso político que asfixia.
En el tablero de las formas, la tragedia sirvió primero para que la Presidenta Sheinbaum le aplicara la "ley del hielo" a la gobernadora Maru Campos, centralizando el mando en la figura de Omar García Harfuch. Sin embargo, la política es el arte de la coreografía: tras el desplante, llegó la foto, el saludo de rigor y, de inmediato, el anuncio de una fiscalía especializada local para investigar los hechos. Un "borrón y foto nueva" que busca domesticar el escándalo con el viejo truco de crear una instancia para que el tiempo y el olvido hagan su trabajo.
Al final, lo que queda es el frío de las condolencias enviadas por compromiso bajo la mirada vigilante de la Casa Blanca. Deberíamos recordar que hace más de veinte años, tras el cataclismo del 11-S, supimos que había cien mil agentes de la CIA operando por el mundo; por supuesto, ninguno estaba acreditado como tal en ninguna aduana. La inteligencia extranjera no deja rastro en las nóminas ni huellas en los formularios de entrada. Su presencia es un secreto a voces que la retórica oficial intenta someter con sellos y pasaportes, prefiriendo ver a un "turista despistado" donde en realidad yace un soldado de las sombras.
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