23 jul. 2017

Editorial Siglo XXI, al rescate de Luis Spota: "El Balzac mexicano"

 Revista Proceso # 2125, a 23 de julio de 2017
Editorial Siglo XXI, al rescate de Luis Spota/
Este sello editorial pondrá en circulación las seis novelas del ciclo “La costumbre del poder”, que para su director, el poeta y académico Jaime Labastida, están vigentes más que nunca, pues “Spota nos muestra, al desnudo, la entraña oscura del poder, sin que importe su signo”, en vísperas “de un proceso electoral presidencial, para que la gente lo lea y se dé cuenta del vigor que conserva su narrativa 40 años después”. En entrevista, se refiere a Spota como “injustamente soslayado”.
Agosto será el mes cuando Siglo XXI Editores emprenda el rescate literario de Luis Spota, reeditando su saga completa “La costumbre del poder”, integrada por seis novelas políticas que el best-seller de Casi el paraíso (1956) publicó entre 1975 y 1980: Retrato hablado, Palabras mayores, Sobre la marcha, El primer día, El rostro del sueño y La víspera del trueno.
Su amigo el poeta Jaime Labastida, doctor en Filosofía y Letras de la UNAM, director general de Siglo XXI y al frente de la Academia Mexicana de la Lengua, escribe en la contraportada de los seis tomos:

«¿Por qué la obra de Spota transcurridos ya poco más de 30 años de su muerte sigue tan viva? Se ha derrumbado el partido hegemónico, ampliado el régimen democrático, hay una fuerte competencia de partidos; pero el carácter de la pasión política, La costumbre del poder, descrita con rasgos amargos por Luis Spota (en un país imaginario, más no por ello menos real) está vivo: una llaga que supura, porque aquello que la imaginación crea en literatura, fruto de la ficción, es mucho más denso que la realidad a la que alude. Spota nos muestra, al desnudo, la entraña oscura del poder, sin que importe su signo.
“Siglo XXI Editores se enorgullece al rescatar a este gran narrador, crítico que no se permite concesiones. Rescatar para el lector actual este novelista excepcional, pero injustamente soslayado, es imprescindible. Juzguen los lectores acerca del valor de este escritor generoso, a quien Rafael Solana llamó El Balzac mexicano.”
Justo al año de concluir dicha saga, el reportero Armando Ponce entrevistó a Luis Spota frente al Eje 6 Sur, donde fuera jardín de su casa en la calle de Watteau (“Spota: El juicio de las capillas, inútil; es el tiempo el que valora las obras”, Proceso, 1981), texto que comienza así:
El poder, “una constante para todos los hombres”, está fragmentado en el ámbito cultural mexicano en tantos grupos como hay, y lo rigen las simpatías o antipatías personales, no la obra en sí. Es, además, un poder que no influye absolutamente para nada, ni para bien ni para mal. Según el novelista Luis Spota, por ello se leen sus novelas, que en promedio se han vendido, informa, 150 000 ejemplares por título… Algunos de sus libros, dice, están empezando a pasar la prueba del tiempo:
“Siempre he sido un lobo solitario. Nunca he hecho ronda con nadie. Tengo demasiado poco tiempo en la vida, muy poca de vida para perderlo; tal vez soy demasiado soberbio, sé que ni mis libros van a ser peores porque me ataquen mis enemigos, a los que no les gusto, ni mejores porque mis amigos quemen incienso. El verdadero crítico, de la vida y de todo, es el tiempo.” 
Y un mes antes de morir, el 20 de enero de 1985 a los 59 años de edad, durante un homenaje en la Universidad Autónoma Metropolitana en diciembre de 1984, Spota declaró a Federico Campbell: “El tema de mi obsesión, de mi superstición, es el poder” (Proceso, 1884).
Golf y literatura
En su amplia oficina de Copilco que mira hacia los pedregales, junto a Ciudad Universitaria, ambientada por música barroca que recibe al reportero el coral Aleluya de Haydn, Jaime Labastida (camisa con sus iniciales JLO tejidas, mancuernas, corbata impecable) sostiene:
“Casi el paraíso me pareció una novela deslumbrante. Es muy moderna, de denuncia social muy fuerte, todas las desilusiones de la época alemanista, rasgos que más me interesan de Luis Spota, amigo de presidentes, una persona cercana al círculo más alto del poder sin jamás ambicionar detentarlo”.
Despliega entonces los seis volúmenes sobre su escritorio.
“Esta saga pone de relieve cómo él desnuda sin concesión alguna los mecanismos más oscuros del poder en México y en toda América Latina, por ello me importó rescatarlo y hablé con (la exactriz) Elda Peralta, su viuda; creo que Spota mantiene su vigencia ahora que estamos en vísperas de un proceso electoral presidencial, para que la gente lo lea y se dé cuenta del vigor que conserva su narrativa 40 años después”.
La historia es muy sencilla, agrega Labastida:
“Luis empezó a publicar en diversos lugares, llegó al FCE, luego le publicó Joaquín Mortiz, pero un día él me dijo –porque yo fui muy amigo de Luis–: ‘Tengo un problema en Joaquín Mortiz con Joaquín Díez Canedo, pues llega el tiraje de mis novelas a 10 mil ejemplares y quiere publicar a otros, las  nuevas ediciones mías le impiden publicar nuevos títulos, diferentes…’”
Spota solicitó a Labastida hablar con el entonces director de Siglo XXI, Arnaldo Orfila (1897-1997), para que así se le publicara; pero a Orfila no le interesó, “lo cual me pareció un grave error”. Labastida sonríe.
“Es un poco para reparar aquel error que ahora Siglo XXI lanza el mismo día de agosto las seis novelas que constituyen la saga sobre el poder en México. Para mí es una especie de deuda que tengo con mi amigo Luis Spota”.
–¿Cómo era Luis Spota?
–Un hombre sumamente sencillo con una capacidad de trabajo verdaderamente excepcional, se levantaba muy temprano, escribía a mano sus novelas, Elda Peralta las transcribía en la máquina mecánica, él las volvía a revisar, corregía, quitaba, ponía, desde el comienzo planeaba una estructura tipo Gustave Flaubert. Le gustaba la eficacia de la narración. Tú comienzas a leer una novela de Spota y te atrapa desde el punto de vista narrativo. Es un gran narrador. Te pone en suspenso inmediatamente.
“Él se enamoró de Elda de manera perdida. Hicieron una relación muy extraña porque él siguió casado, con su primera mujer tuvo dos niñas. Ambas viven, pero los derechos de su obra los tiene Elda porque fue el gran amor de su vida. Y Elda aceptó esa relación de pareja sin casarse con Luis…”
–¿Cómo lo conoció usted?
–De la manera más insólita, tenía 29 años y acababa de hacer una antología en 1969, El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana. Les pregunté a amigos quién podría interesarse en publicar uno de los ensayos, y me recomendaron a Spota, quien dirigía en El Heraldo el suplemento cultural, y les dije: “Ahí no hay espacio para publicar este ensayo, es muy largo”, pero ellos: “No, él dirige una revista que se llama Espejo”, era en forma de libro.
“Tenía una pequeñísima oficina en El Heraldo, un cubo de cristal de dos por dos metros, con un escritorio. Entré por la puerta abierta, casi ni levantó los ojos para verme, le dije: ‘Soy Jaime Labastida, traigo un texto para usted…quizá sea interesante para la revista’, y me respondió: ‘Déjelo’. Nada de ‘Buenas tardes’ ni ‘¿Cómo está, de qué se trata?’. Me di la media vuelta y salí verdaderamente estupefacto, ¡qué recibimiento tan frío, casi hostil! Él era así, se protegía mucho de la gente, justo por haber sido objeto de agresiones.”
Sorpresivamente, a los dos meses le llamaron a Labastida para decirle que su texto encabezaba la publicación de Espejo “sin que me hubiera dicho él nada antes, para que te fijes de qué manera actuaba Luis, no se guiaba por compadrazgos”. Se volvieron a ver un par de años más tarde.
“Cierto día que fui al viejo campo de golf de Cuernavaca a jugar con unos compañeros, pero resulta que ellos no llegaron. Jugar solo es muy aburrido, pregunté si no habría con quién y alguien me comentó: ‘Tal vez con el señor Spota, anda por allá…’ Me le acerqué: ‘Perdone, ¿usted es Luis Spota?’. Me respondió con la misma hostilidad de cuando lo conocí: ‘¡Así me dicen!’. Le dije: ‘Soy Jaime Labastida…’, y automáticamente se transformó gritando: ‘¡Hooola, Jaime! ¿No tienes con quien jugar? ¡Ven con nosotros!’.
“Yo lo quise mucho. Era un hombre extraordinario, de una generosidad además como no tienes idea, ayudaba a todo quien pudiera. Luis me daba a leer algunas de sus novelas para que yo le hiciera observaciones. A tal grado que la novela que dejó póstuma sobre los refugiados españoles, cuando estaba por morir me pidió le ayudara a concluirla pero no me atreví porque yo no soy narrador. Nos convidó a varios amigos del juego de golf y a cada uno nos dio algo. ¿Sabes qué me obsequió a mí? La pluma Montblanc Meisterstuck que conservo. Fue su forma de despedirse, una comida y una botella de champaña.
“¡Fíjate qué rasgo de carácter porque sabía que le quedaba una semana de vida y a cada uno le dio algo para que lo recordara! Aparentemente estaba bien, pero el cáncer de páncreas es terrible. Yo soy catorce años más joven que él, no obstante la diferencia de edad no impidió nuestra amistad.”
–¿Qué opina usted de su cercanía con el poder, con los presidentes Miguel Alemán, con Luis Echeverría…?
–Él estuvo cerca de los presidentes y vas a encontrar en esta saga una crítica ácida y amarga a toda la estructura del poder; no de fulano, zutano o perengano, de la estructura del poder y lo que produce. El primer día es una novela amarga y terrible, en donde el presidente sale de ejercer la función y es abandonado por todos. ¡Así paga el poder a sus hijos! Spota no hace concesiones, es un narrador con una capacidad de crítica verdaderamente asombrosa del poder.
Aunque los violines andantes continúan sonando, la puerta de la oficina rechina y se abre sola.
–¿Será Spota? –bromea el reportero.
–¡Llegó el fantasma! –secunda Labastida y Luis Galeana, su asistente con cámara en mano, suelta una risotada.
–Resulta oportuna esta reedición de las seis novelas, además, porque el año que entra se cumplen 50 de la mascare de Tlatelolco y Luis Spota tiene una que también fue vilipendiada por exonerar al expresidente Gustavo Díaz Ordaz por el 68: La Plaza. ¿Hay planes para sacar más novelas suyas?
–No. El acuerdo al que llegamos con su viuda Elda es sacar sólo estos seis volúmenes. Yo le dije que tenía interés en publicar también Casi el paraíso, pero esa está con editorial Grijalbo y el Grupo Planeta, los derechos son vigentes y no nos los cedió.
“La última novela la debe tener mecanografiada Elda. Yo podría acercarme ahora y atreverme a revisarla, pero… eso es otro asunto.”
–¿Dónde colocaría a Luis Spota en la literatura mexicana?
–Yo creo que está al mismo nivel de un Payno, de un Altamirano, de un Revueltas…
“Como periodista, Luis Spota fue también excepcional, ¿eh? Empezó en el periodismo muy jovencito, y a mí me dijo que se arrepintió toda su vida de haber descubierto la verdadera personalidad de B. Traven. Descubrió su identidad con la ayuda del criminólogo Quiroz Cuarón y me lo confesó así: ‘¿Qué derecho tuve yo de irrumpir en la vida privada de ese hombre que quería pasar desapercibido?’”.
Spota, termina Jaime Labastida, poseía “un enorme sentido ético”.

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