Leduc: El poeta que habitó el tiempo (y lo venció en una apuesta)
Por Fred Alvarez Palafox
El origen: entre la pólvora y el barrio
Dicen que Renato Leduc López llegó al mundo el 16 de noviembre de 1895 en Tlalpan, pero el mito prefiere ubicar su cuna en una vecindad que hoy es la cantina La Jalisciense. Esa dualidad marcó su vida: el rigor del intelectual y la solera del barrio. Hijo de Alberto Leduc —periodista modernista— y Amalia López, Renato creció en una casa de nueve hermanos donde los libros y las redacciones eran el pan de cada día; un entorno donde la palabra se respetaba, pero también se ponía a prueba.
Antes de que su pluma dictara sentencia, sus manos conocieron el oficio rudo. Fue obrero y telegrafista, un trabajo que lo arrojó al epicentro de la Revolución Mexicana. En la División del Norte, entre cables, pólvora y el polvo de los desiertos, coincidió con un joven John Reed que andaba contando la historia de un México insurgente. Leduc no solo transmitía mensajes de guerra; estaba aprendiendo la economía del lenguaje, esa precisión del telégrafo —donde cada palabra cuesta— que más tarde aplicaría con maestría a su poesía.
A su regreso, pasó por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y la Escuela de Jurisprudencia de la UNAM. Aunque la abogacía no lo retuvo, se llevó consigo el dominio del latín y la gramática, además de una red de amistades que terminarían gobernando el país, como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos. Pero Renato no buscaba el poder; buscaba la libertad de las palabras.
La arquitectura de una voz: Del galanteo al rigor
Su vocación literaria brotó de un impulso tan elemental como imperecedero: el deseo de enamorar. Sin embargo, esa búsqueda de la belleza no fue fruto del azar, sino de una formación de disciplina espartana. Leduc fue un lector voraz que supo abrevar de la modernidad de Amado Nervo y Rubén Darío, sin descuidar la arquitectura clásica de Góngora, Lope de Vega y Quevedo. Pero fue, quizá, la lectura de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust (1871-1922) la que dejó en él una huella emocional definitiva, una suerte de brújula para entender el paso del tiempo.
Con todo, al momento de rastrear su propia genealogía, el poeta fue siempre puntual en sus afectos. Reconocía sus raíces en la picardía del Arcipreste de Hita, en la complejidad de Góngora y en la pulcritud de Enrique González Martínez. No obstante, reservaba un lugar de honor para el colombiano Luis Carlos López, cuya ironía y mirada cotidiana terminaron por sellar el destino de su propia palabra.
Leduc fue un arquitecto de la irreverencia. Maestro del heptasílabo y el endecasílabo, utilizaba la métrica clásica para dinamitar la solemnidad. Para él, la palabra soez no era vulgaridad gratuita, sino un "anticuerpo" contra la cursilería. Era su forma de defender a los desposeídos: convirtiendo el lenguaje popular en una estrategia culta. El ejemplo máximo es su célebre "Soneto del Tiempo". No nació de una musa etérea, sino de una bravuconada de cantina. Un colega lo retó afirmando que la palabra "tiempo" no tenía rima consonante. Leduc pagó la multa de la apuesta, pero se llevó el desafío rumiando. El resultado fue una pieza magistral que, décadas después, en las voces de José José y Marco Antonio Muñiz, se volvería un himno de la educación sentimental mexicana. El disco fue grabado en 1976 y los arreglos musicales fueron realizados por Rubén Fuentes y Eduardo Magallanes..
El pacto de libertad: Leonora y el salvoconducto
En 1934, el destino lo llevó a París. En las mesas del Café de Flore, Leduc se tuteó con Picasso, Dalí y Breton. Pero fue el estallido de la Segunda Guerra Mundial lo que selló su historia más cinematográfica. Para salvar a Leonora Carrington de la persecución nazi y del horror de los sanatorios, Renato hizo lo que mejor sabía hacer: un acto de suprema libertad. Se casaron en Lisboa en 1941. No hubo marcha nupcial, sino un pasaporte mexicano que funcionó como escudo. Ella tenía 24 años; él, 44.
Al llegar a México en 1942, la realidad se impuso: eran, en esencia, agua y aceite. A Renato lo reclamaban los toros y el estruendo de las cantinas; Leonora habitaba mundos oníricos. Se divorciaron en 1945 sin asomo de drama. Leduc festejó su autonomía recuperada con una fiesta mítica en el restaurante "El Taquito", en la calle del Carmen.
Gracias a la generosidad de su hija Patricia Leduc, hoy conservamos ese acta de divorcio. Es un documento que encierra una ironía burocrática dolorosa: mientras a él se le reconoce como "periodista", a Leonora se le etiqueta bajo el rubro de “hogar”. Reducir a una de las mentes más visionarias del surrealismo a una categoría doméstica es el retrato más fiel de la mirada estrecha de aquel tiempo frente a una mujer que era un universo en sí misma.
El hallazgo de las cartas: amor en tinta roja
Durante décadas se pensó que aquel matrimonio fue puramente pragmático. Pero los archivos personales de Leduc guardaban un secreto: dos cartas de Leonora impregnadas de un amor volcánico y un dibujo a lápiz con una nota en tinta roja: “Dibujo mágico para que regrese Renato”.
“Te amo atrozmente... muero lenta y dolorosamente por las ganas de verte”, escribía ella. Antes de morir, la pintora confesó: “No tuve ningún amor más que él”. Leduc, por su parte, aunque escribió su "Inútil divagación sobre el retorno"años antes de conocerla, llegaría a decir que, en esencia, esos versos siempre fueron para ella.
El historiador de lo inmediato
A su regreso a México, Leduc se negó a ser un intelectual orgánico. Rechazó puestos de censor y se refugió en el periodismo. Sus columnas (Banqueta, Tics) lo consagraron como el "historiador de lo inmediato". Para él, el periodista político debía llamar a las cosas por su nombre y mantener la mirada aguda frente a las trampas del poder.
Carlos Monsiváis lo bautizó como "el último bohemio", un mote que Renato rechazaba con su humor ácido: "Yo no soy bohemio, sino de barril". Para él, el bohemio era un vago; él, en cambio, era un trabajador incansable de la palabra. Su ritual de la cerveza "templada" (una fría y una al tiempo) era, en realidad, un manifiesto de equilibrio vital entre la bajeza y la dignidad.
El legado de un hombre de pluma
Renato Leduc murió el 2 de agosto de 1986, a los 91 años. No quiso bustos en las plazas porque, según decía, no quería que lo "cagaran los pájaros". Hoy, su estirpe sigue viva en su hija Patricia y su nieta Renata, custodias de una memoria que se niega a la penumbra.
Su espíritu habita todavía en el murmullo de las charlas en La Jalisciense, en el mercado del arte donde el genio de Carrington sigue rompiendo récords, y en proyectos editoriales como el libro de 2011, Soy un hombre de pluma y me llamo Renato, una labor conjunta de Fred Álvarez que contó con la visión de José Alcaraz. A trece décadas de su nacimiento, honramos a quien supo presentarse ante el mundo con la sobriedad que solo poseen los grandes: 'Soy un hombre de pluma y me llamo Renato'."
Libros de Renato…
Entre ellas El Aula, etc. (1929) -; Unos cuantos sonetos (1932); Los banquetes (1932); Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1933); Poemas de Mar Caribe (1933); Prometeo (1933); Prometeo mal encadenado (1934); Breve glosa del Libro de Buen Amor (1939); Versos y poemas -están todos los libros anteriores más unos 14 poemas inéditos- (1940); El corsario beige (novela de 1940); Poemas de París (1942); Fabulillas de animales, niños y espantos (1957); Banqueta (1961); Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario, para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles (1962 ó 63): obra satírica en la que Leduc se mofa de conocidos políticos; Prometeo sifilítico, la Odisea Euclidiana (de 1934, 1940 y 1968, respectivamente). El famoso Prometeo sifilítico se copió a máquina y en mimeógrafo por décadas. Leduc llegó a contar un centenar de ediciones clandestinas y sólo hasta 1979 conoció una edición “normal”.
El rescate del tlalpense: Una red de complicididades literarias
La posteridad es, a menudo, un ejercicio de rescate. En ese empeño, la doctora Edith Negrín ha sido fundamental al coordinar la edición de la Obra literaria (FCE, 2000), un volumen que no solo recupera la voz del tlalpense, sino que la pone en perspectiva bajo la mirada siempre lúcida de Carlos Monsiváis, encargado del prólogo.
El camino para preservar el legado de Leduc ha tenido momentos de profunda calidez humana. En 1986, por encargo de su amigo Eugenio Méndez Docurro, Oralba Castillo Nájera emprendió la búsqueda del poeta para tejer un libro de diálogos. El resultado fue Renato y sus amigos (Editorial Domés, 1987), una obra que hoy clama por una reedición necesaria, pues en sus páginas habitan los testimonios de Aurora Reyes, Juan de la Cabada, Andrés Henestrosa y Luis Castro "El Soldado", entre otros cómplices de vida. (Me confiesa Oralba que Renato al despedirse de sus amigo no quiso ir a ver ni a María Félix ni a Leonora Carrington)
La estética de Leduc también ha encontrado nuevos bríos en el siglo XXI. En 2018, José Luis Martínez, con el apoyo de Patricia Leduc, devolvió a las prensas las míticas 15 Fabulillas... (Ed. Vaso Roto). Esta edición es un deleite para los sentidos: recupera el diálogo visual entre los versos de Renato y las viñetas de Leonora Carrington, incluyendo además un prólogo que desvela su historia y reproduce la correspondencia —con una carta inédita incluida— de la pintora surrealista al bardo mexicano.
La academia tampoco ha sido ajena al magnetismo de su figura. El humor y la ciudad, dos de sus grandes ejes, han sido explorados en investigaciones de alto calado:
Ximena Sánchez Echenique (UNAM, 2003) diseccionó la ironía en su tesis El humor en la poesía de Renato Leduc o cómo peinarle el cuello a la jirafa.
El poeta Juan Leyva Cruz (El Colegio de México, 2009) analizó el ritmo urbano y la Ciudad de México entre 1888 y 1945, situando la poética leduquiana en el centro del pulso metropolitano.
Finalmente, la reivindicación de su obra llegó también al Bajío. En abril de 2014, durante la 56ª Feria del Libro de Guanajuato, los maestros Carlos Mata Lucio, Elva Sánchez Rolón y Lilia Solórzano Esqueda, de la Universidad de Guanajuato, dedicaron una sentida presentación a su legado. Resulta una ironía gozosa que aquel encuentro celebrara los centenarios de Octavio Paz, Julio Cortázar, José Revueltas y Efraín Huerta; todos ellos, en algún momento del siglo, compartieron con Leduc la pasión por la palabra y la vida.
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