La palabra bajo fuego:
Corría el año 1991 en Windhoek, Namibia. Allí, donde el calor del desierto se fundía con la urgencia de una África que despertaba de sus propios silencios, un grupo de periodistas sembró una semilla. Hoy, cada 3 de mayo, esa semilla florece como el Día Mundial de la Libertad de Prensa. No nos equivoquemos: no es una efeméride de mármol para los libros de historia ni un brindis al sol; es, en su esencia más pura, el recordatorio de que la democracia solo respira si hay alguien dispuesto a contar la verdad, incluso cuando el viento sopla de frente y con furia.
La libertad de prensa no es, bajo ninguna circunstancia, un privilegio de quienes escribimos o hablamos frente a un micrófono; es el derecho sagrado de la gente a saber. Sin embargo, el horizonte hoy se oscurece. Los datos de la UNESCO son una bofetada a nuestra modernidad: enfrentamos un declive que nos arrastra de vuelta a las sombras más densas del siglo XX. El enemigo actual ha mutado; ya no solo es la censura burda y el garrote, sino el acoso digital sistemático, la asfixia económica y esa sombra silenciosa —quizás la más peligrosa— llamada autocensura, que ya ha obligado al silencio a más del 60 % de nuestros colegas en el mundo.