Edith Guadalupe: Cuando el sistema es el primer verdugo
La justicia que llega tarde no es justicia; es sadismo. La frialdad de un reporte de necropsia —con su precisión quirúrgica sobre heridas y hemorragias— rara vez alcanza a describir el vacío que deja una joven de 21 años. Edith Guadalupe Valdés Zaldívar era estudiante de turismo, tenía una vida por delante y una promesa de trabajo que terminó en tragedia en un edificio de la colonia Santa María Nonoalco.
Pero a Edith no solo la mató el metal. La mató un sistema que, en sus horas más críticas, prefirió la extorsión a la búsqueda. Es doloroso escucharlo, pero es la realidad que denuncia su familia: funcionarios que, ante la desesperación de unos padres, exigieron dinero para comenzar a investigar. Fue la familia, y no el Estado, quien reconstruyó el itinerario; fueron ellos quienes localizaron el lugar del crimen mientras las instituciones permanecían en una indolencia que asfixia.
Hoy, el caso entra en ese laberinto jurídico que tanto conocemos. En el Reclusorio Oriente duerme Juan Jesús “N”, un vigilante de 24 años que apenas llevaba tres meses en el puesto. Su defensa ya prepara el terreno: alegan tortura durante la detención y solicitan duplicidad de término para presentar videos. Por otro lado, su familia describe a un hombre trabajador, padre de familia, que se dice asustado y presionado para confesarse culpable.
¿Estamos ante el rostro del feminicida o ante un chivo expiatorio fabricado por la urgencia de dar resultados? Esa es la duda que siempre flota en un México donde el derecho a la verdad parece un privilegio que se "aceita" con influencias.
Lo único cierto es que el nombre de Edith Guadalupe se suma a una lista que no deja de crecer. Mientras las fiscalías activan protocolos de papel, en las calles queda el rastro de una justicia que, cuando por fin llega, lo hace arrastrando los pies y oliendo a corrupción.
Justicia para Edith, sí; pero también una justicia que no necesite de sobornos para empezar a caminar.
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