10 may 2026

Extravagancias indigenistas/Enrique Krauze

Hay lecturas que, más que un análisis, funcionan como una brújula necesaria para no perderse en la espesura del discurso político actual. Este domingo,  Enrique Krauze nos entrega una reflexión que disecciona con precisión quirúrgica el uso —y el abuso— de la historia como herramienta de poder. En su crónica, nos advierte sobre las "extravagancias indigenistas": esa escenografía de cartón piedra que intenta imponer el mito centralista de Tenochtitlan por encima de nuestra compleja y luminosa realidad plural.

Krauze nos propone un viaje a través de tres espejos donde México se ha mirado para entender su raíz indígena:

I. La mirada del entendimiento: El indigenismo comprensivo

Este es el indigenismo de los pasos lentos y la escucha atenta. Nació en el siglo XVI bajo el hábito de los franciscanos —Gante, Motolinía, Sahagún—, hombres que no buscaban someter el alma del otro, sino habitar su lengua. Es la tradición de la gramática, del rescate de la memoria y del "acercamiento amoroso". En el siglo XX, esa estafeta la cargó con sabiduría Miguel León-Portilla, recordándonos que comprender al indígena es, en esencia, un acto de preservación de nuestra propia humanidad.

II. El grito de la justicia: El indigenismo defensivo

Casi al mismo tiempo que el saber, surgió el deber. Encabezado por la figura volcánica de Bartolomé de las Casas, este indigenismo no se conformó con estudiar; se propuso proteger. Es la corriente de la denuncia, la que obligó al Imperio a legislar y la que, siglos después, resonó en las montañas de Chiapas con el obispo Samuel Ruiz. Es un impulso de justicia que busca saldar deudas materiales y políticas, aunque en ocasiones su fervor lo lleve a tensar las costuras de nuestro orden constitucional.

III. La máscara del poder: El indigenismo demagógico

Aquí es donde la historia se vuelve utilería. Krauze identifica esta vertiente como una "moda política" que hoy resurge con fuerza. Es un indigenismo que prefiere el rito al derecho y el mito a la persona.

La lección de Morelos: Es fascinante rescatar el episodio de 1813. Escribe que cuando Carlos María de Bustamante intentó poner en boca del "Siervo de la Nación" un discurso plagado de invocaciones a los "genios de Moctezuma", José María Morelos, con ese buen sentido y humor que lo caracterizaban, mandó borrarlo. Sabía que la independencia no se ganaba con fantasmas, sino con realidades presentes.

El olvido de la pluralidad: Esta demagogia celebra al guerrero de hace cinco siglos, pero le da la espalda al mexicano de hoy que, en la intimidad de una capilla barroca, le enciende una vela a la Virgen de Guadalupe. No busca la justicia, sino una narrativa centralista anclada en el Valle de México.

La patria como orden compartido

El diagnóstico final de Krauze es severo y necesario. Estas extravagancias florecen cuando las leyes se marchitan. Al intentar sustituir nuestro orden jurídico por una pureza étnica imaginaria, olvidamos que México es un cauce donde convergen muchas aguas: la africana, la asiática, la hispánica y la moderna.

Recuperar el espíritu de Morelos significa entender que nuestra pertenencia no depende de una raíz genética, sino de un orden compartido. La verdadera construcción de una patria republicana, libre e igualitaria, no se sostiene sobre el mito, sino sobre la ley que nos reconoce a todos en nuestra diversidad. Es tiempo de mirar al México de hoy, el de carne y hueso, y dejar de jugar con las sombras del pasado.

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Extravagancias indigenistas/Enrique Krauze 

REFORMA, 10 mayo 2026;

La moda política -no es otra cosa- de cubrirse, no con el manto de la Virgen de Guadalupe ni con la letra de la Constitución, sino con el mural portátil del pasado mexica me recordó un episodio de la Guerra de Independencia. Se trata del discurso inaugural del Congreso de Chilpancingo de 1813 que don Carlos María de Bustamante escribió para que lo leyese José María Morelos, jefe de la insurgencia, en aquella primera reunión constituyente de los independentistas mexicanos:

Genios de Moctezuma, Cacama, Quautimotzin, Xicotencal y Calzontzin, celebrad en torno de esta augusta asamblea...

Bustamante, criollo sin una sola gota de sangre indígena, escribe en nombre de un pasado que no le pertenece pero cuya invocación cree necesaria para refundar, después de una interrupción de tres siglos, a la nación "libre e independiente":

Señor: vamos a restablecer, mejorando el gobierno, el Imperio Mexicano, vamos a ser el espectáculo de las naciones cultas que nos observan...

Sus contemporáneos percibieron la impostura. El buen sentido de Morelos "le hizo calificar de extravagantes las alusiones al antiguo imperio mexicano, que ciertamente nada tenía que ver con la cuestión presente", escribió Lucas Alamán, y las mandó borrar de aquel discurso.

Por fortuna, frente a ese indigenismo demagógico, siempre ha habido en México indigenismos que han buscado comprender al indígena o defenderlo.

El indigenismo comprensivo nació con los franciscanos del siglo XVI. Figuras como fray Pedro de Gante, fray Toribio de Benavente "Motolinía" y fray Bernardino de Sahagún encarnaron un esfuerzo por estudiar y entender al indígena: aprender su lengua, escribir gramáticas, registrar sus creencias y costumbres, recuperar su memoria, rescatarlo de la orfandad teológica en que lo dejó la Conquista. Esa tradición tuvo representantes admirables a lo largo de todos los siglos. En el siglo pasado lo encarnaron el filólogo y sacerdote Ángel María Garibay y el historiador Miguel León-Portilla. Y en el XXI sigue teniendo representantes serios. Es un indigenismo de la cultura y del acercamiento amoroso y paciente.

A su lado, casi simultáneamente, apareció un indigenismo defensivo, cuyo adalid principal fue fray Bartolomé de las Casas, el autor de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552). Su defensa radical del indígena no fue sólo moral sino material y política: obligó al imperio español a confrontar sus abusos y a legislar en consecuencia. Aunque esas leyes no siempre se cumplieron, introdujeron un principio decisivo que continuó a lo largo del virreinato: el indio debía ser protegido. En el siglo XIX esta corriente se debilitó, aunque tuvo defensores inesperados como el propio Maximiliano de Habsburgo. La Revolución mexicana, en su vertiente zapatista y agrarista, retomó esa defensa. En tiempos recientes, la corriente reaparece en figuras como Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de las Casas, y su nuevo fruto han sido las reformas sobre derechos de los pueblos indígenas. Es un indigenismo de denuncia, animado por un impulso de justicia, aunque a veces derive en confrontación con el orden constitucional vigente hasta hace poco.

El indigenismo demagógico aparece a fines del virreinato y se consolida tras la independencia. Al vincular al México naciente con el Imperio Mexica como fuente de legitimidad exclusiva, contribuyó a una narrativa centralista anclada en la Ciudad de México, la antigua Tenochtitlan. Ese indigenismo recuerda al indígena que hace medio milenio adoraba a Quetzalcóatl (o, según la moda actual, a Huitzilopochtli) pero olvida al mexicano que hoy enciende veladoras a la Virgen de Guadalupe en la capilla barroca de su pueblo. No comprende ni defiende al indígena actual: lo utiliza con fines políticos.

Cuando se invoca una filiación directa con las civilizaciones prehispánicas como fuente de autenticidad, se olvida que México es una construcción histórica plural donde convergen tradiciones indígenas, hispánicas, africanas, asiáticas, liberales y modernas. Y se olvida más: en un país de leyes la pertenencia no se define por una raíz étnica y que sólo una mínima parte de la población actual podría reclamar. Se define por un orden jurídico compartido.

Pero como no somos ya un país de leyes ni de instituciones ni tenemos un orden jurídico compartido, es natural que prosperen estas extravagancias que ya José María Morelos -protector del Congreso de Apatzingán, profeta y padre de una patria republicana, libre e igualitaria- con su característico buen humor, reprobaba.

www.enriquekrauze.com.mx


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